No durmió ni dos horas. Se despertó bruscamente, angustiada por algo que la estaba corroyendo por dentro. Una vez pasada aquella noche de cuento, su mente racional recuperaba el control perdido y la realidad se imponía con toda su dureza.

Se levantó y fue hacia el ventanal sin molestarse en ponerse el caftán. El frío lo sentía en su mente, no en su cuerpo. Frío por la decisión que tenía que tomar. Su vuelo salía para Madrid en unas pocas horas y ni siquiera se lo había dicho a Alejandro. ¿Qué debería hacer?

Podría despertarlo y contarle la verdad sobre todo lo que le pasaba. «¿Incluido el hecho de que le hayas elegido a él para ser el primer hombre en tu vida?», se preguntó a sí misma. Sonaría ridículo decirle que nunca había deseado a otro de aquella manera.

¿Por qué tendría tanta importancia para Alejandro? A fin de cuentas, era lo más normal del mundo que dos personas se conocieran en unas vacaciones y deseasen pasar un buen rato, ¿no? Después, cada uno volvía a su vida cotidiana y punto. Nadie pedía explicaciones al otro, ¿verdad?

El problema era que, por mucho que intentara convencerse a sí misma de la validez de ese razonamiento, algo en su interior le decía que, en su caso, no iba a ser tan fácil. Sentía que en el viaje había nacido entre ellos un vínculo especial que se había afianzado durante las últimas horas que habían pasado en aquella habitación.

Ya no le quedaba mucho tiempo. Tenía que tomar una decisión: despertar a Alejandro y proponerle que intentaran retomar en España lo que habían comenzado allí o marcharse como la cobarde que era, sin despedirse y sin volver a saber nada de él en su vida. No tenía valor para aceptar una alternativa intermedia.

Comenzó a vestirse con la ropa que había llevado el día anterior. Sería muy fácil acercarse a la cama y despertarle con un beso, decirle que ahora se tenía que marchar, pero que la llamase cuando quisiera al móvil que le habría dejado escrito en un papel.

Y, luego, ¿qué? Alejandro tenía sus raíces en Albalut. ¿Qué futuro tendría aquella relación a distancia? Ella no podía enterrarse en un pueblo perdido de la mano de Dios. Allí no dispondría de los recursos necesarios para continuar con sus investigaciones. No podía tirarlo todo por la borda por un hombre al que, prácticamente, acababa de conocer.

Recordó la conversación que había mantenido en la Mezquita Azul con su nueva amiga. Se sentía igual de confundida, pero ella no era Montse. Intentar ir más allá en lo que había empezado con Alejandro no tendría sentido para ninguno de los dos. «Pero ¿y si sí tuviera sentido? ¿Y si aquellos días solo fueran el preludio de una verdadera relación de pareja con un hombre como él? ¿No era precisamente eso lo que ella misma le había dicho a su amiga?». Imposible, lo suyo jamás funcionaría. Incluso en el caso de que todo fuera bien, Alejandro adoraba su pueblo, a su abuelo, ¿cómo le iba a pedir que se fuera con ella? No, no podía. «Pero ¡ni siquiera le das la oportunidad de opinar! ¡Tú estás tomando la decisión por los dos!». Sara no quiso escuchar a esa pequeña voz de su interior que se negaba a renunciar a él sin luchar por un futuro compartido. Cogió un papel con el logotipo del hotel y, sin pensárselo dos veces, le escribió una nota de despedida:

«Gracias por esta noche maravillosa. Nunca te olvidaré. Sara».

Sin hacer ruido, se acercó al lado de la cama donde descansaba Alejandro, y dejó la hoja encima de su mesilla. Le vio dormir, ajeno al momento de dolor que estaba pasando ella. Boca abajo y con la mejilla izquierda apoyada en la almohada, lucía un cuerpo perfecto, cincelado, capaz de proporcionar un placer inigualable, tal como ella había podido comprobar. Se imaginó cómo sería despertarse cada mañana a su lado y recordó lo bien que lo pasó cuando desayunaron juntos en su camarote; el día tan maravilloso que vivieron en Cos; su primer beso en la goleta; el cosquilleo que le recorrió el cuerpo cuando Alejandro dijo a aquellos alemanes que ella era su mujer, y esa inolvidable noche que acababan de pasar juntos y que ella pensaba grabarse a fuego en su memoria.

«¿De verdad quieres renunciar a todo esto? ¿Vas a abandonar de esta manera al único hombre por el que has sentido algo en tu vida?», se dijo, pero una vez más el dictador que siempre la gobernaba impuso su criterio.

«Venga, Sara, en unos días ni te acordarás de que te planteaste esto. Además, probablemente acabaría mal y afectaría a tu trabajo». No podía permitírselo. Cualquier distracción le haría pagar muy caro su error. Venían tiempos difíciles. Ahora era el momento de dar lo mejor de sí misma para conseguir su objetivo final. No podía dejar que ningún hombre se interpusiera en su camino.

Recogió su bolso y se dirigió hacia la puerta. Debía ser más fuerte que nunca, se lo debía a su familia.

Salió a la galería con mucho cuidado para no despertar a Alejandro. Al cerrar la puerta, sintió un dolor profundo en su corazón, como una puñalada. Sabía que había tomado la decisión más razonable, pero no había imaginado que sería tan dolorosa. Ojalá el cielo se apiadase de ella y su herida cicatrizase pronto. Ojalá Alejandro pudiera perdonarla algún día por lo que acababa de hacer. Ojalá, con el paso del tiempo, ella misma también pudiese hacerlo.

La maldición de los Luján
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