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Una comedia ambientada en la gran ciudad, retazos de jazz entre rascacielos, una cascada de violonchelo cuando el ascensor se avería entre dos pisos, los acordes habituales para los amantes; la banda sonora podía componerse en menos de un mes. A Leo no le importaba lo más mínimo. Otra película de serie B, Brackman amuermándose, cada vez más enloquecido, y Leo Coopersmith a su lado.

Pero algo había ocurrido. Leo tomó conciencia del cambio, no pudo ignorarlo, había echado raíces en lo que suponía que eran las volutas de los lóbulos de su cerebro, aunque con excesiva frecuencia se propagaba rápidamente y le inflamaba los testículos, que permanecían latentes, sensibles y secretos, como planetas oscuros entre sus piernas. Así que, más que oírlo, lo sentía, o eso creía a veces. Lo sentía en sus zonas erógenas, incluso en la punta erizada de los pezones, del mismo modo que lo hubiera sentido una mujer. Pero sobre todo lo oía, era innegable, percibía fugazmente el horrible estruendo, y de vez en cuando también lo olía, un olor que se le antojaba el de la tierra removida con una pala. Cómo lo había logrado Bea, de qué manera exactamente habían cobrado existencia aquellas antífonas polifónicas, si eso eran, que no nacían de ningún sistema reconocible, pues ¿cómo nombrar aquel sonido? Cuando intentaba imaginarlo (lo intentaba a todas horas) apenas podía apresarlo. Se trataba más bien de una exultación pasajera, o acaso un vacío terrible, como un ano, o el escarbar rugiente de garras animales. O, y entonces era insoportable, un perpetuo y enloquecido crescendo. Luchaba por recordar la posición de las manos de Bea en aquel instante: la mano izquierda con los dedos extendidos, de eso estaba casi seguro, con el largo pulgar abarcando más de una octava; pero ¿y la derecha? Era impensable que la hubiera cerrado en un puño. Un puño no podría explicar el estremecimiento de la belleza que sentía entre las piernas.

Anhelaba reproducir la misma exultación, y pasaba horas y horas en el Blüthner. De vez en cuando, pulsando suavemente el pedal, poco le faltaba para agarrar uno de los cabos en legato, en si menor, en las graves, que suspiraba con el temblor de una hoja; pero claro, Bea lo había hecho de pie, sin inmutarse, calzada con aquellos feos zapatos de señora, ¿y qué sabía ella de pedales? Leo sabía que había sido fortuito, una especie de milagro místico. Dicho con palabras sencillas, un mero accidente. Bea era un cero a la izquierda para la música, había sido un golpe de suerte; pero a pesar de todo había sucedido, y si había sucedido una vez podía repetirse el hallazgo. No había mayor quimera en el mundo que aquel acorde perdido, capaz de obsesionar a un estúpido que aspiraba a la elevada ópera y alcanzó la fama componiendo melodías de anuncio. El golpe de suerte, el accidente, el misterio estaban ahí, encerrados en el Blüthner, a la espera de ser revelados; solo tenía que desentrañar la clave. Existía para cobrar vida en las teclas... Estaba ahí.