10
El nuevo hotel estaba más lleno de lo esperado para septiembre y, a pesar de que no era tan caro como el de la vez anterior, le pareció un lugar sorprendentemente deteriorado para lo que costaba. De todos modos, había tenido la suerte de encontrar habitación sin reserva previa, y no podía permitirse nada mejor. ¡Qué insensatez, un segundo viaje apenas dos meses después del primero! Oficialmente el verano había terminado, pero los turistas seguían llegando en manadas y los parisinos acomodados que solían escapar de la ciudad en agosto empezaban a volver poco a poco a sus hogares. El taxi desde el aeropuerto la dejó frente a un par de escalones estrechos que llevaban a una puerta de madera ordinaria, donde había esperado encontrar una marquesina y un hombre uniformado. No le quedó más remedio que empujar la puerta con un pie al tiempo que luchaba para balancear la maleta por encima del umbral y meterla en el diminuto vestíbulo. El joven recepcionista tras el mostrador no hizo ni el ademán de ayudarla.
La habitación era opresiva. La única ventana, en parte obstruida por un armario desvencijado, daba a un callejón sucio. Una cama ancha partida por un surco en la mitad de la panza ocupaba todo el espacio, y un angosto sendero en uno de los lados llevaba a lo que se anunciaba como un «espacioso cuarto de baño privado con ducha». El inodoro y el lavabo se apiñaban en diagonal; una enorme bañera con una serpentina enroscada apenas permitía el paso.
Por la mañana, sin embargo, encontró el vestíbulo transformado por un círculo de pequeñas mesas de desayuno acuchilladas por la luz del sol e invadidas por entrecortados gorgoritos británicos y el grave catarro del alemán. Tomó el riquísimo café, saboreó un pedazo de brie y un cruasán, y salió a la calle. Esta vez había dejado la guía, porque no resolvía en nada sus confusiones en aquel momento, pero le había arrancado el mapa compacto de París que llevaba anexo. El mapa era un misterio, en cualquier caso, se veía el nombre de las calles y el punto en que se encontraban o divergían, y en letra roja números romanos que identificaban tal o cual arrondissement, pero de poco le servía. En Nueva York se reconocía inmediatamente la diferencia entre la rutilante Quinta Avenida de los museos y la Quinta Avenida de los vecindarios decadentes, aunque ningún callejero insinuara lo que un par de millas de distancia podían significar. En París, en cambio, ¿qué más daba que te encantara Proust (Bea se había llevado su ejemplar amarillento de Por el camino de Swann para leerlo en el avión) o conocer por los libros la historia, los reyes, los revolucionarios, los filósofos? No servía de nada cuando había que devanarse los sesos para ir del IX al VII un martes corriente de una vida corriente, cuando además se sentía el rechazo en los rostros serios que pasan de largo en día laborable, rostros con tareas cotidianas por hacer y resueltos a cumplir con ellas y concentrados en cómo hacerlas. Bea no lograba entender la ciudad, para ella era un enigma; o bien París comprendía lo que pasaba por sus arterias y el enigma era ella, la intrusa.
Un enigma para sí misma, desde luego. Se había marchado con una serenidad pasmosa, una calma extraña, la calma del sonámbulo: el autobús hasta el banco, la puesta a punto del equipaje en estado de hipnosis, la entrevista con el director del colegio, tosco como de costumbre.
—¿Y pides esto ahora? ¿En el último momento, justo al principio del curso?
—La señora Bienenfeld dice que me sustituirá, es una solución, ¿no?
—Es demasiado, ella ya tiene sus clases. Y no está titulada para enseñar lengua y literatura, ¡no se pueden mezclar estas cosas al tuntún!
—Se las arreglará, y lo hace gustosa, es amiga mía.
—Más bien prima, querrás decir. Bueno, si tantas ganas tiene, puede ocuparse de dos de tus cursos, pero cubrir los otros dos significará traer un profesor extra de fuera y pagar un sueldo extra, y aquí nos ajustamos a unas pautas y a un presupuesto. Muy bien, para nosotros eres valiosa, nos das algo de clase, así que pasaré por el aro, pero más vale que la señora Bienenfeld mantenga a tus muchachos a raya, porque en eso has sido buena. Demonios, ¿qué hay detrás de todo esto, Bea? Otra vuelta por París, ¿no tendrás un amante allí escondido? La señorita Nightingale, la dama de la noche, ¡olalá!
Y luego con Laura:
—Bea, no puedo seguir el temario tal y como lo has pensado, con tanto Whitman y Hawthorne y, Dios me ampare, la Historia de dos ciudades, ¡escupirán encima! ¿No puedes cambiarlo y poner cosas que sea capaz de manejar?
—Tú ve sobre la marcha, Laura, sobre la marcha.
El director del colegio, Laura, tan toscos los dos. Su propia vida mezquina, hecha jirones, despreciada por Marvin, despreciada por Leo... ¡Leo la había metido en aquello! Entonces, ¿por qué no se había desentendido de toda la historia?
En la rué Mouffetard —vio la placa en el flanco de un edificio— se detuvo y miró alrededor. Había estado caminando en sentido equivocado; estaba lejísimos de los números que aparecían en el dorso del sobre que le había enviado Iris. El fresco de la mañana empezaba a remitir. A pesar del gentío creciente, el frenético ajetreo de turistas con cámaras y bolsas, sintió la náusea de la soledad. Se había colado clandestinamente en aquel decorado antinatural, desplazada, desolada, ¿y con qué fin? Marvin, el insustancial y engañoso Marvin... Ni siquiera había contestado a su carta, no le había dicho nada. Bea era pura contradicción; al resentimiento y la indiferencia les sucedía de pronto esta descabellada caída en picado sobre París. ¿Y para qué? ¿A quién pretendía rescatar? ¿A Marvin de su tormento, al hermano que la maltrataba? ¿A sí misma, de una vida mezquina y hecha jirones? Aquella nota, aquel sonido quebrado como el del cristal que se hace añicos, fue una conmoción para el cerebro. Se había creído satisfecha, conforme, fuerte, se había sentido bien con sus días ordenados, con su vida ordenada, hasta que el dedo de Iris la sumió en el caos. La puñalada de aquella única tecla inquietante, un sonido fugaz que había dado la vuelta al espejo: el timbre, el tono, no podía recordar si grave o agudo, si atronador o chirriante, fue una esquirla de cristal que se le metió en las venas y fluyó con el fluir de su sangre... El instrumento intocable de Leo, tocado por aquella chica. Una chica dorada. Y Bea, en cambio, envejecía hecha jirones, mezquina.
Se metió por una calle de tenderetes cavernosos adornados con souvenires, llaveros, anillos, ceniceros, pulseras, todos con una torre Eiffel en miniatura; corbatas pintadas, bufandas y banderines; una hilera tras otra de trivialidades en porcelana. Y, asediada por los puestecillos en aquel barrio indeterminado, la terraza de la enésima cafetería. Pidió huevos revueltos y zumo frío, más por educación que por hambre, y le mostró al anciano camarero el mapa, señalando la calle que buscaba. Madame —risa en una cara arrugada del Levante—, ¡está lejos de aquí, muy lejos! Madame, no se le ocurra ir a pie, con este calor se desplomará en la calle, vendrá la policía y la ingresará en el hospital, ¡el hospital para norteamericanos estúpidos que se caen al suelo! No, si a él le gustaban mucho los norteamericanos, sobre todo le gustaba el cine norteamericano. Allí en Estados Unidos, ¿se conocía Viento susurrante? Una película muy buena, la mujer bellísima, solo en el cine norteamericano las mujeres tienen los labios así de rojos y la dentadura tan perfecta, mire, en realidad la pasan en ese cine de ahí, apenas a diez metros...
Sí, dijo Bea, Vientos susurrantes, la conozco. Pagó el almuerzo, que quedó intacto, salvo por el zumo, que apuró con avidez, y se encaminó hacia el lugar que le indicaba el camarero. Allí estaban los llamativos carteles en color escarlata, la pareja protagonista fundida en un beso, la blusa de la heroína desabrochada lo imprescindible para que se entreviera la turgencia del pecho abundante, los brazos del hombre desnudos y musculosos hasta rozar lo caricaturesco. Para su sorpresa, la taquilla estaba abierta, a pesar de que era primera hora de la tarde. En la noche súbita del patio de butacas, Bea sintió el suelo pegajoso bajo los pies: chicles y sustancias derramadas en una moqueta inmunda. La película había empezado; cerró los ojos. Conocía prácticamente todos los movimientos de memoria, y buena parte del diálogo. No sintió ningún deseo de mirar la pantalla. En Nueva York, en los barrios residenciales o en el centro, en el Village, en la calle Ochenta y las sucesivas, en Times Square, había seguido el rastro de aquella cinta de cine en cine, en secreto, sola, escuchando una y otra vez los sonidos que nacían de la mente de Leo. ¡La mente de Leo! «Quiero —le había dicho en una ocasión— expulsar los componentes habituales de la orquesta convencional, ¿entiendes a qué me refiero?» No, Bea no lo entendía. Leo sabía que no lo entendía, pero lo complacía que escuchara. Por las noches, después de cinco o seis horas con aquellos chavales ensordecedores en aquella aula ensordecedora, Bea escuchaba. En la cama desde la mañana, Leo soñaba sinfonías, soñaba óperas.
—Precisamente estoy consiguiendo lo que nadie ha logrado. Dos pianos eléctricos, dos bajos, dos saxos altos, un conjunto de percusión, un soprano masculino, un coro femenino...
Y en otra ocasión:
—La idea es un coro de cincuenta voces, con una mezzosoprano para Ana Karenina o para Bovary, aún no lo he decidido. —Leo exaltado, transportado (y descansado, Bea no podía evitar pensarlo), aporreaba las teclas para mostrarle una sucesión de paisajes ruidosos; con eso bastaba, era solo para que se hiciera una idea, para que captara el meollo del drama, guiándola por el cogote, con la mirada encendida, el motor de la armonía y el contrapunto entre ambos, como a él le gustaba denominarlo... Los amantes se abrazaron, la película había terminado, los créditos pasaron sin que apenas diera tiempo a leerlos, pero Bea siguió las letras con los ojos, al acecho del nombre, que apareció y desapareció en un segundo, «Música compuesta por Leo Coopersmith», y luego las luces se encendieron y vio la suciedad en el suelo sin barrer, y a los cuatro espectadores repartidos en las butacas, uno de ellos un marginado que apestaba a algo hediondo.
La mente de Leo...
Halló la calle tan deslumbrante como cuando había entrado: era un sol parisino, célebre porque llegaba a ponerse a las diez de la noche. Buscar a Julian podía esperar un día más. Caminó hasta encontrar un taxi y volvió al hotel a reponerse del mortal cansancio de un huso horario extraño.