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El chico era ridículo, patético, iba por ahí con la actitud de quien se cree el amo del mundo, apropiándose de un puñado de sillas como si el planeta Tierra fuera suyo, uno de aquellos norteamericanos ignorantes fascinados con visiones añejas y harapientas de Sartre, aquel imbécil, aquel comunista repugnante, aquel instigador de la escoria. París estaba infestado de aquellas imitaciones de Sartre y Gide en pañales, que se sentaban en los cafés con sus manuscritos impenetrables como la tinta, con un aperitivo colocado justo al lado del nudillo más próximo para dotar de autenticidad la parodia, en un alarde de histrionismo caduco y estúpido. Y este, en plena agonía romántica por algún trágico tropezón de su genialidad. Vivían en un París de pega, un París de juguete; lo usarían hasta agotarlo, o acabarían ellos mismos por hartarse; uno u otro se desentendería. Y cuando sacaran lo que querían, se marcharían; qué fácil volver en avión, con sus pasaportes estadounidenses caídos del cielo, a las ricas ciudades y los rascacielos de Movietone que los aguardaban, a sus felices Clevelands y Chicagos y Bostons. Podían llegar y podían irse sin saber que el terreno estaba arrasado, pues lo sentían sumamente mullido bajo sus pies. Y hete aquí este mocoso que se creía con derecho a poner sus sandalias sucias grandes encima de una silla, enseñando las sucias uñas de los pies...

Así que Lili se echó a reír y en el inglés raro que manejaba le soltó su pequeña burla, y luego reanudó la carta a su tío.

Sin embargo, el niñato estúpido no lo tomó como la pulla indiferente que era, simple sarcasmo ramplón, o si lo hizo debía de estar penosamente necesitado de conversación y sacaba la lengua para recoger cualquier migaja de calor humano. Ella no tenía calor que darle y fue fría; su calor era para el pobre hermano de su difunta madre, lejos de donde ella había logrado dar con su paradero; tenía la intención de ir a verlo, en un par de meses o tres. Así que, si se sentía solo, el chico debía volver a casa, tendría familia en alguna parte, ¿por qué perseverar? ¿Perseverar en qué? ¿En hacer teatro en un café? Ella los había visto por todas partes y conocía su manera de beber, su estridencia, su histrionismo. Exilio impostado, un devaneo efímero. La tierra estaba arrasada, las calles bullían de refugiados, ¡y aquellos norteamericanos jugando a ser fugitivos! Como si tuvieran algo por lo que ofenderse, algo que despreciar o desdeñar, algo de lo que escapar. Como si no fueran los amos del mundo.

Sin embargo, aquel amo del mundo la miraba con tristeza, con rabia, con... amargura. Cualesquiera que fueran sus penas, eran triviales, pues carecía de educación, su ignorancia en nada se distinguía de la inocencia; y aun así ella alcanzó a detectar el olor de la amargura.

—¿Soy gracioso? —dijo el joven. Porque se había reído. ¿Quién no se reiría ante semejante farsa?

—Desde luego —dijo ella—. Exactamente. Porque hay tantos como tú.

—¿Tantos cómo? —¡Bastaba con ver qué dispuesto estaba a ser beligerante!

—Tantos desnortados. Un carnaval para pasar el rato. Venís aquí y no sabéis ni por qué.

Lo estaban reprendiendo; peor aún, lo estaban poniendo en evidencia. Y quien lo hacía era una mujer entrometida e imperiosa que se creía clarividente. Como si él no tuviera derecho a ser lo que le viniera en gana. La mujer lo metía dentro de un colectivo, cuando en realidad ya había abandonado el colectivo; no era justo. Sintió la punzada de la pérdida; solo su hermana era comprensiva. Bueno, su madre también, pero estaba tan sometida a los dictados de su padre...

—No me conoce —dijo—, así que no me juzgue.

El comentario le sonó pueril incluso a él mismo.

—Deberías volver a casa —dijo ella.

—No puedo.

—¿Y eso por qué?

—No tengo casa.

¡Ah, portentoso! Aquella caricatura, aquel vástago de la fortuna, decía que no tenía casa.

—¿No? Dime, ¿de dónde eres?

—De California. —Dejó salir la respuesta como si fuera un gusano.

—Entonces allí está tu casa, ¿no? —Aunque bien podría haber dicho que procedía de la Antártida; a ella le sonaban irreales por igual.

—Nacer en un lugar —replicó el chico— no hace que sea tu casa, sobre todo si no te tratan como a una persona.

La mujer le estaba dando conversación, supuso, con la intención de que desembuchara: ¿por qué iba a permitirlo, por qué iba a contarle nada de nada? Había hablado de más, otra vez el mismo discurso infantil. En ese momento examinó detenidamente cuán menuda era, la clavícula prominente, el fino hoyuelo del bozo, el labio superior mordido. Los dedos pálidos seguían sujetando con fuerza el portaminas.

¡Y de nuevo la misma risa! De desdén. Había en ella una especie de vacío. ¿Acaso él era gracioso?

—Hablas con más sabiduría de lo que crees —comentó la mujer.

Estaba equivocado, no era vieja, debía de rondar los treinta y cinco años, era solo su voz la que parecía de anciana. Voces así tenían los inmigrantes paletos que vivían en reductos remotos de Nueva York. Había visto las viejas películas, las carretillas, las babushkas con los pañuelos anudados a la cabeza que caminaban arrastrando los pies, los ancianos. Sabía que el abuelo de su padre había sido un inmigrante; nada que ver con su madre, ¡ni hablar! Era una especie de secreto de familia. Su padre despreciaba los acentos extranjeros, los ridiculizaba, para él eran una afrenta.

La mujer vio lo perplejo que estaba. ¿Amargura, con qué pretexto? Un joven desconcertado que no entendía nada. California, un país de hadas, Deanna Durbin, Fred Astaire, musicales donde se cantaba y se bailaba mientras el mundo ardía.

Y por culpa de aquella voz, con sus violentas modulaciones extranjeras cubiertas por una cadencia desconocida —era excesivamente rápida y lenta a la vez, un despropósito— y el ronroneo de las erres en la garganta, a Julian se le reveló la condición de la mujer como un aguijonazo y se rindió ante la evidencia. Era uno de los espectros del Marais, aquellas palomas vagabundas que picoteaban entre los pies en busca de sobras. No se podía evitar, a menos que uno sintiera repugnancia, compadecer a aquellas criaturas inmundas que en sí mismas eran ya poco menos que despojos. Sin embargo si uno se compadecía, por poco que fuera, tal vez cobraran lustre y se convirtieran en elegantes tórtolas, aves cosmopolitas conocedoras de historias ocultas a las que un torbellino maligno había degradado. Tórtolas, así llamó a aquellas personas, y cuando para su asombro se posaron en las páginas de Merlín (¡un logro de Alfred!), en tórtolas quedaron.

Y la mujer, al advertir que aquellos ojos claros se oscurecían ante el inevitable reconocimiento, se fijó justo entonces en el cuaderno de márgenes rojos; ¿y si se había precipitado en su desdén, y si había en el cuaderno algo que mereciera la pena? Un chico a los veintipocos años podía tener ideas valiosas. Eugen a los veintipocos años era encomiable, e incluso bello, no tan distinto del joven desgarbado de hombros anchos, barbilla triste y puntiaguda por encima del cuello regordete, el bigote descuidado, el pelo sin cortar y la nariz chata con los lóbulos en espiral. Pero ella no quería pensar en Eugen, y no quería pensar en Mijaíl. A Eugen y Mijaíl los desterraba, se purgaba los ojos cada vez que se abrían paso hasta su mirada. Una purga negra, como un vómito.

Así fue aquella tarde el encuentro de Lili y Julian, entre el ridículo y la condescendencia, entre el vacío y la protesta airada. Él habló con el acento ronco de California, la tierra desconocida, sin más crédito que los gatos y los osos de sus fantasías. Ella dejó salir su Transnistria natal, donde se sabía demasiado, aunque nada que aquel muchacho pudiera imaginar: ella se lo ocultó, ocultó el tifus, la disentería, la hambruna, las ejecuciones. Ejecuciones y más ejecuciones. Madre, padre, Eugen, Mijaíl. Y luego solo Lili,

Lili nada más, con aquel horrible agujero en el brazo, que también ocultaba, de un tiro errado, y el tío que hacía poco había aparecido en un lugar lejano. La Transnistria del demonio negro, y luego el Bucarest del demonio rojo, hasta que la tierra estuvo desordenada y vacía. Pero ella lo ocultó.

Fue por lástima: ella se compadeció de su desolación; él la compadeció porque había conocido la plenitud y la habían despojado de todo, y por aquel horrible agujero en el brazo. Ella le dijo que quería ir a ver a su tío; su tío vivía en Bat Yam, un pueblo junto al mar, no lejos de Jaffa; su tío la esperaba, y ¿Julian conocía Jaffa? No conocía ese lugar. Fue el puerto desde donde zarpó Jonás, le dijo. Apenas sabía quién era Jonás, no era religioso. Pero al final —llevó más de un mes— ella lo acompañó para llevarse sus cosas de la casa de madame Duval. Acordaron (cuánto costó convencerla) vivir un tiempo en el piso desocupado del doctor Montalbano. Ella tenía mucho por enseñarle. Él no tenía otra cosa que ofrecerle, salvo el milagro de su gratitud.

Ella le hizo comprender Europa. Le robusteció la mente. Y él entró en su cuerpo, agradecido. Olvidó la lástima. Ella, que no disponía de tanta (porque en verdad él merecía menos lástima), la olvidó también.