23
Leo estaba furioso, se sentía humillado. Se había reunido con el director aquella mañana para hablar de unas escenas añadidas a última hora y decidir dónde entraría y dónde saldría la música. El director insistía en hablar de «temas de éxito», de «puntos climáticos»; no eran los modismos lo que a Leo le molestaban, sino que insultaran su música. Quería que, por una vez, la partitura fluyera de principio a fin, sin costuras, de manera que, aunque discurriese por debajo y a través de los diálogos, aunque se levantase y creciese en los momentos de terror o de júbilo, aunque galopase con los caballos, aunque ondulase evocadoramente en el momento en que los amantes se reconocen, viviría, al margen de aquel estúpido drama, como el organismo autónomo que había concebido: sería suya.
—¡Leo! ¿Qué demonios crees que estás haciendo? —bramó el director; era Brackman, tan desagradable y arrogante como de costumbre—. ¿Una pieza de concierto? ¿Es que estamos en el Carnegie Hall? ¿Me estás entregando una ópera? Mira, necesito meter alguna clase de ruido infernal aquí, me da igual qué, quizá un tambor, un estrépito, eso resuélvelo tú. Mantente pegado a la acción, no me vengas con una música artística moderna, ¿me sigues?
Sin embargo, la obra tenía una trayectoria, conocía el propósito que la animaba, era una flecha viva dotada de su propio torrente sanguíneo. Incluso Schonberg, el maestro e inventor sublime, había sido un fracaso en el cine y acabó despedido. ¡Schonberg! Allí de nada les valían la polifonía compleja, la originalidad o las ideas elevadas. Si Brackman pudiese haber contratado a Prokófiev, pongamos por caso, en lugar de a Leo Coopersmith, le hubiera hablado con la misma sorna, sin importarle que Prokófiev y Eisenstein hubieran colaborado de mil amores. Aquellos tiempos ya nunca volverían. Sí, ¿por qué no una ópera? ¿Por qué no el empíreo, la sublimación? Brackman quería lo que había oído en otras cien películas, viejos sonidos solventes que encajaran con viejas imágenes solventes. Tempos serpenteantes y cuerdas edulcoradas.
Hacía mucho que Leo se había resignado a ser un obrero industrial. Pertenecía a un escalafón bajo de la pirámide en cuya cima planeaban los directores, los productores y las figuras de relumbrón. Y aun así, ¡qué dorada pirámide! Ahí estaba su mansión y, aparcado en la rotonda de la entrada, estaba su gran coche; una cocinera, de hombros recios y cintura ancha, estaba en la cocina. Sus mujeres se fueron, tanto la primera como la segunda. Se habían llevado consigo a sus hijas, Lucinda la primera, Lenore la segunda. A veces se acordaba de corregir la cuenta: la primera era en realidad la segunda, y la segunda era la tercera; algo bastante corriente en su entorno, donde uno podía tener tantos hijos de mujeres distintas como cualquier trobriandés. Su primera mujer con el tiempo se había convertido prácticamente en un ser fantasmal; un episodio enterrado («episodio», un término de la industria), un capricho tan distante en el pasado que difícilmente había podido existir. Un matrimonio medio olvidado..., solo un estúpido de remate hubiera abandonado un magnífico piano de cola en manos de una inepta musical. El hermano había hecho algo en la vida, porque al menos había ganado dinero, o se había casado con quien lo tenía. En cualquier caso era un magnate de los negocios, si así podía llamársele. El hermano, que hacía un siglo lo había menospreciado y vino después implorando un favor.
Caminaba frente a uno de los altos ventanales, tan alto que habría encajado en una catedral. En la casa todo era más grande de lo normal y parecía inflamado por una enfermedad. Había pertenecido a un actor de películas mudas, fallecido ya. Leo encontró una colección de espadas de goma y túnicas con aire medieval en un armario cerrado con llave; tuvo que reventar la puerta para abrirlo. También encontró cacas de perro en el vestíbulo. El precio de la casa había caído en picado cuando Leo la compró; quizá por las tejas rojas españolas y las chabacanas torrecillas almenadas, llevaba cuatro años y medio a la venta; habían rellenado la piscina después de que se ahogara el pastor alemán del difunto actor. Carrie, la primera mujer de Leo (tal y como él se refería a la segunda), aguantó veintidós meses antes de emigrar. Marie, la segunda (no, la tercera), duró más; aun así, era una casa que no propiciaba la armonía conyugal. O tal vez el problema fuera Leo; o tal vez fuera la costumbre de la región, de aquella parte del país que miraba al veleidoso Pacífico.
Por la ventana vio el pequeño Ford de alquiler entrando por la avenida y maniobrando para aparcar detrás de su alargado Buick. Caramba, ¡había aprendido a conducir! Bueno, él también; qué lejos estaba el período antediluviano de tranvías, autobuses, de codos apremiantes de desconocidos en asfixiantes vagones de metro, y el muchacho que vivía con sus parientes en el Bronx y se veía a un tiempo obligado y vetado a tocar en el horrible piano vertical desafinado de su prima. Qué distante se sentía de aquel chico, y también un poco apaleado por el curso imprevisto que habían tomado los acontecimientos desde entonces. En cambio, los sonidos dentro de su cerebro eran incorruptibles, solo que de alguna manera, de alguna manera...
Ella se acercaba a la puerta, la puerta enorme y maciza, provista de un timbre que tañía como las campanas del Big Ben (el actor de cine mudo, para compensar, había dotado la casa de un conjunto de gigantescas cuerdas vocales), y se planteó si debía ir en persona a abrir la puerta o haría salir a Cora de la cocina para librarle de la primera e incómoda mirada. ¿Estaría ella violenta? ¿Y él? Su voz por teléfono no le había resultado nada familiar, la recordaba distinta, titubeante, dócil. ¿Los seres humanos se vuelven incoherentes con el tiempo? Le había parecido algo nerviosa, desde luego, pero la alentaba un propósito. Quería algo. Primero el hermano, ahora la hermana. En cuanto a coherencia, él se había mantenido fiel al muchacho distante que había sido en el único sentido que importaba: la incorruptibilidad, el coro sublime de los sonidos de su cerebro. Aunque, a decir verdad (a veces se sinceraba consigo mismo), para el ojo experto él era esclavo, otro esclavo de la industria del cine, ni más ni menos.
Ella no lo vería igual, sabía que en sus ojos reluciría el velo conocido, la membrana sedosa de intensos colores tejida por el embrujo nacional, internacional, galáctico de las películas. La magia del cine: su nombre era de dominio público desde el momento en que aparecía en letras fantasmales en las pantallas de los siete continentes. Había visto la humildad venerante que inflamaba la cara ancha y recia del hermano, la boca plana y dura, el destello de la saliva verbosa que cubría los grandes dientes inferiores. Y sin embargo, el hombre influyente se tornó tímido y temeroso cuando se atrevió a importunarlo. La magia del cine lo subyugó, del mismo modo que subyugaba a todo ser vivo en los siete continentes. El hermano, el hombre influyente, estaba impresionado, empequeñecido; y no por la grandiosidad de su casa, porque sin duda la suya era diez veces mayor y mejor. Probablemente Bea también había dejado atrás, por poco que fuera, el antiguo vecindario, ¡Dios santo, no podía haberse quedado estancada en el mismo colegio de tarugos decadente...! Y cuando Cora la condujo por la extensión del vestíbulo y el salón central hasta el páramo de moqueta azul donde Leo la esperaba entre mullidos sofás (cosa de Carrie), mesas con superficie de mármol, un exceso de panzudos jarrones chinos (cosa de Marie), fotogramas enmarcados de sus películas y el Instrumento mismo, creyó experimentar la satisfacción de ver a una mujer acobardada. ¡Una mujer! Qué extraño haber imaginado que iba a parecer la misma, o casi la misma. La muchacha se había desvanecido y era una criatura completamente distinta.
Le tendió una mano para liquidar el trámite del saludo, ¿qué otra cosa iba a hacer? Ella se la estrechó como si estuviera dormida. Tenía la palma caliente, los dedos lánguidos.
—Apenas te reconozco —dijo Leo; ¿por qué ocultarlo, si era lo principal? No creyó que a ella le importara; constataba un hecho, lisa y llanamente.
Sin embargo, Bea observaba la fastuosidad de las paredes revestidas de madera y cortinajes ondulados. Desde luego no le pasó por alto el razonable grado de hospitalidad del anfitrión: tortitas de ajonjolí. Allí no había ni rastro de la chillona decoración del actor mudo, tan solo el estilo de Carrie con una capa del de Marie.
Y la mirada fija de Bea.
—Tienes otro piano.
—¿Otro? Lo tengo desde hace años, es mi tesoro —dijo él.
—Es mucho más grande que el otro.
—¿La vieja caja de hojalata de mi prima? Ah, vamos... La pobre Laura, tan corta de luces... Supongo que no sabes nada de ella.
—Me está sustituyendo en el colegio, por eso he podido marcharme.
—Así que sigues en lo mismo —dijo él.
—No, no hablaba del de Laura, sino del otro, del piano de cola. Aún lo tengo, y sí, sigo en lo mismo.
—Enseñando —dijo como un tonto. Sintió que se le echaba encima un interrogatorio comprometido y se propuso eludirlo.
Estaba a punto de invitarla a sentarse en uno de los sofás, pero ella se había acomodado en una silla con respaldo de ratán y asiento tapizado. El tapiz mostraba un puente en forma de arco. Iba a juego con el puente en forma de arco dibujado en el jarrón chino más gordo, que se erguía sobre la mesa de similor, junto a su codo. La vio volverse hacia el jarrón y lo alarmó que en un descuido pudiera derribarlo, pues conocía su valor. En cambio ella contemplaba los demás objetos que había en la superficie dorada: un cenicero (Marie fumaba, los cojines del sofá guardaban aún la niebla latente de sus Camel), una fotografía de dos niñas toscamente pegada en un portafotos de cartón hecho a mano, y el libro que él mismo dejó allí hacía por lo menos media docena de años.
—Veo que estás leyendo a Mann —comentó ella.
—Doctor Faustus. Hace tiempo que no me sumerjo en él, pero me gusta tenerlo a la vista. Es una especie de talismán.
Ella cogió la fotografía y la dejó en el mismo lugar.
—¿Quiénes son?
—Mis hijas. Fue un regalo de cumpleaños, ellas hicieron el marco y todo.
Paseó la mirada alrededor, buscando en los rincones, supuso él, indicios de la presencia de las chiquillas.
—Viven fuera —dijo.
Ella pareció indiferente; había vuelto su atención de nuevo al Instrumento. ¿Qué le importaban sus niñas? Ella no tenía hijas. No entendía que Beatrice Nachtigall, o como se hiciera llamar ahora, estuviera en ese momento sentada frente a él en su propia casa. La situación era irreal, una quimera. Se trataba de la visita de un fósil.
—¿Es un Steinway? —preguntó—. Siempre decías que querías un Steinway.
—Es un Blüthner —dijo él. Aunque a desgana, añadió—: Un piano de cola para conciertos, del siglo XIX, importado de Viena. Me dijeron que Mahler compuso con él su Sinfonía número 6, es un tesoro...
—¿Y ahora compones con este? ¿Igual que hacías antes con el otro?
Así que se avecinaba una avalancha de preguntas ingenuas... ¿Era posible que acudiera a su casa en el papel de admiradora, una de las que componían su pequeño público, igual que su descarado y entrometido hermano? Si solo era eso podía arreglárselas; no opondría resistencia, siempre y cuando no fuese nada personal. Y sin embargo, ¿cómo no iba a ser personal? Era inconcebible que aquella mujer madura y adusta hubiera sido alguna vez la mujer de nadie. Desde luego, la suya no. Vaya tobillos, y qué decir de los zapatos. Incluso los huesos de la muñeca. Seca, se mirara por donde se mirase. ¿Había pechos bajo la chaqueta de lana? Iba vestida para el clima de Nueva York.
Había mencionado el piano de cola, no podía tratarse de un comentario inocente: era algo personal. Acudía a él con un propósito. No le debía nada, ya entonces se estipuló que no le debía nada: en aquella época la que tenía trabajo era ella. Cuando la noche anterior lo abordó desde el auricular del teléfono, él perdió el control de la garganta y se le escapó un gallo ahogado. Aun así ella no se acaloró, le dijo que estaba por su barrio, ¿le iba bien si pasaba a verle? ¡Como caída del cielo! Una mujer que a estas alturas era una extraña en su vida, que había quedado borrada de su historia, eliminada, como si nunca hubiese existido. No había pensado en ella ni una sola vez desde hacía décadas. Nunca tenía una razón para mencionar su nombre.
—Me acuerdo de cómo era —insistió ella—. Te entraba una especie de sudor.
—No sabes de lo que hablas, nunca tuviste ni idea.
—Leo, hace años que te escucho. Años y años.
Ignorancia bañada de adulación, ¿para eso invadía su casa, su vida?
—Oye —le dijo—, ¿vienes por lo mismo que tu hermano? ¿Otra vez la misma historia? Primero le dijiste que yo podría hacer algo por su hijo, ¿y ahora te toca a ti? No puedo hacer nada por su hijo, me lo pida quien me lo pida.
Le asombró ver qué colorada se ponía, como si le hubiera golpeado directamente en la cara.
—Ya me enteré de que vino Marvin —dijo ella.
—¿Por los viejos tiempos, eh? ¿Es eso?
—No sé por qué. No he hablado con él. No lo he visto. Fue idea suya...
—Si no has hablado con él, ¿cómo sabes que estuvo aquí?
—Me lo dijo su mujer.
—Tu hermano, su mujer, el chico. Toda la condenada familia. ¡Búscale un hueco al chico en el mundo del cine! No puedes presentarte aquí pidiendo favores, Bea. No tienes derecho a reclamarme nada.
Se dio cuenta de que la estaba avergonzando, y se sorprendió de que su vergüenza lo avergonzara. Ella siempre lo había defendido de su hermano, nunca se había puesto de parte de Marvin. Había olvidado cuánto había olvidado. Era la primera vez que decía su nombre en voz alta, en... ni sabía cuánto tiempo.
—Y suponiendo —dijo— que yo fuera por ahí repartiendo trabajos, y que me parta un rayo si es así, ¿qué supone que va a hacer su hijo en el cine? ¿Vender chicles en la entrada? Tu hermano cree que soy famoso, que tengo influencias, que puedo hacer milagros...
—No he venido por Marvin, ni sé qué es lo que cree. Tampoco he venido por su hijo. Es solo porque..., porque...
—Porque crees que soy famoso —la atajó.
—Te oí en Londres, te oí en París... ¡En los siete continentes!
—Eran películas —repuso él—, no era yo.
—No eras tú. —Debía ser una pregunta, así quiso formularla, pero al decirla fue una afirmación. O tal vez no le creyera y fuera una mofa, un desaire. O, peor aún, le creía, porque aquella inepta musical pensaba que la música de las películas estaba a la altura de la ópera, de las sinfonías. No conocía la industria, no conocía la música, no sabía quién era Mahler, no sabía la verdad del Blüthner, no sabía lo que era estar cegado por la jungla de la Sexta, la herida, el dolor, el ruido sordo con que el martillo cae sobre el cerebro... Aunque, bien mirado, ella sabía, claro que sabía. Avergonzado por haberla incomodado (se dio cuenta de cuánto la avergonzaba su hermano, y puede que el hijo también), comprendió lo que Bea sabía: ella había estado allí al principio, fue su testigo. Vio nacer su voluntad, ni más ni menos. Conocía sus honduras, sus pasiones, sus abismos. Era la única mortal de la tierra que creyó que iba a ser compositor de sinfonías. Carrie no lo creyó, ni Marie, y finalmente ni siquiera él mismo.
—Londres y París —dijo con cautela—. Veo que has estado viajando.
—Por lo general no lo hago, ha sido últimamente. En París vi dos veces Vientos susurrantes, y en Nueva York media docena. Ya te he dicho que he estado escuchándote.
—Lo que has escuchado son meras artimañas. Mecánica y trucos. No puede ser nada auténtico, no es posible, no te lo permiten. —Quiso decirle: «Ni a Schonberg se lo permitieron, ni a Schonberg, ¡a Schonberg lo despidieron!». Pero si no conocía a Mahler, ¿cómo iba a conocer a Schonberg?
—No —dijo ella—. Eres tú, Leo, puedo apreciarlo.
—¡Puedes apreciarlo! Si no sabrías diferenciar un flautín de un oboe. Ese hermano tuyo...
—Marvin no es feliz, no tendría que haberte molestado.
—Es ambicioso y un cretino. Imagino que su hijo es un cero a la izquierda.
—No quiere volver a casa, eso es todo.
Entre ambos se hizo un silencio. La había desnortado, pero ¿dónde estaba el norte para ella?
—¿Vas a ir a verle? —dijo él.
—Le he visto. En París.
—¿Tu hermano está en París?
—Su hijo. No sé dónde está Marvin, hace poco estaba en México. No sé si iré a verle, no creo. Su mujer está enferma, ingresada en una casa de reposo no lejos de aquí, así que pensé en ti... —Guardó silencio. La rojez de la cara había disminuido. Fijó en él una mirada sin contenido, como una página en blanco—. Pienso mucho en ti. Más de lo que debería.
—Qué romántica, después de todos estos años. —¡Qué malvado! ¿Por qué era tan perverso? A Bea no le guardaba ningún rencor.
—No es eso, Leo, para nada. Me hiciste pensar en ti. Me obligaste. Porque lo dejaste allí y nunca volviste a buscarlo.
—El piano de cola —dijo él.
—El piano de cola.
—No tenías por qué quedártelo, ¿de qué te sirve?
—Está en buen estado. Nadie lo toca. Está afinado, hice venir a un afinador, eso es lo que sé.
—Podías venderlo. Podrías haberlo vendido hace mucho.
El rubor volvió, pero le manchó solo el ceño. La marca del brahmán; hacía poco había compuesto la banda sonora de una película de suspense ambientada en Calcuta.
—Habría sido vender tu alma, ¿no crees? —dijo ella.
—Ah, de eso ya me he encargado yo muchas veces —contestó él, desbordando de resentimiento.
—Por eso voy al cine. Para escuchar cómo lo haces.
Leo se levantó. Empezaba a tener calambres en una pierna. El sofá era demasiado mullido, nunca le había gustado, al final siempre acababa hundiéndose, y la presión se le concentraba en los muslos.
—No podía seguir allí, Bea, era una celda, temí no salir nunca si no saltaba. Pedías demasiado, esperabas demasiado. No querías nada para ti, todo lo hacías por mí.
—Entonces, ¿por qué no volviste a buscarlo, por qué lo dejaste?
—Me compré uno mejor.
—¿Mejor? ¿Porque hace una eternidad alguien compuso con él una sinfonía?
—Alguien... ¡por Dios, como si Gustav Mahler fuese cualquiera!
—Y aun así no lo hiciste. No lo has hecho.
—¿Qué no he hecho? ¿De qué estás hablando?
—No ha sucedido. —Su mirada era temible y resuelta; no era la mirada que recordaba—. No hay sinfonía.
—Estás decepcionada, ¿es eso?
—No por mí. Por ti, como bien acabas de decir.
—Ves demasiadas películas, Bea. Sobre todo las mías y, créeme, ahí es donde está toda la farsa del trémolo...
—Dijiste que vendrías a buscarlo y nunca lo hiciste.
El calambre se había vuelto insufrible; el dolor le recorría la pierna desde la pantorrilla hasta el tobillo. Observó a Bea dar un rodeo por el salón. Sus sofás, sus jarrones chinos, sus cortinas onduladas, el páramo de moqueta azul; estaba seguro de que ella no tenía ninguna de esas cosas. Ganaba un sueldo de profesora en la urbe, vivía en un apartamento en la urbe. No era la mujer de nadie, ¿qué había sido de sus pechos.
La tapa del Blüthner estaba cerrada. Bea la levantó y contempló las teclas. ¿Alcanzaba a comprender que estaba viendo la historia, la verdad, el poder más sublime? No, era demasiado sorda para ver. Separó los dedos de la mano izquierda en toda su envergadura; frunció la derecha en un pomo prieto. La izquierda se hundió como las fauces de un león en las graves, al tiempo que el puño se estrellaba contra las agudas. Del piano salió un sonido formidable, augusto, un trueno, un coro de dioses trágicos salido de las profundidades, salido del cielo, granizo, una lluvia de piedras, ¡un sonido majestuoso! Los primeros compases de la sinfonía que Leo aún había de componer. Dio un pisotón en el suelo para sacudirse el dolor. Sintió la vergüenza en carne propia.