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—Gracias a Dios que ya has vuelto —dijo Laura—. ¿Qué tal el viaje?

—Complicado —dijo Bea—. ¿Qué tal te fue con mis chicos?

—Bueno, no dejaban de meterse con mis boinas, supongo que eso fue lo peor de todo, aparte del ruido. Esa pandilla es peor aún que la mía, Bea, pero no te lo vas a creer: llegaron hasta el final de Historia de dos ciudades y ¡les gustó! Un día encontré un par de agujas de hacer calceta en mi escritorio. Mira... —Sacó un amasijo alargado de lana de una bolsa de loneta y lo extendió—. Una bufanda, lista para el invierno. Empecé a tejerla: cinco pulgadas por capítulo, una carrera hasta el final, y me derrotaron, ¡ganaron ellos!

Laura, cómica e ingeniosamente triunfal.

Y aun así era la vuelta a lo cotidiano, a la vida de antes. ¿Antes de qué? Bea sopesó la cuestión. Había viajado en calidad de embajadora de alguna clase y, contra lo que pudiera dictar la fuerza de la costumbre, se había convertido en una espía. Era cierto, pues a veces un embajador sirve de espía y otras veces un espía ejerce de embajador. En un principio empezó su andadura errante por Marvin. Sí, por Marvin, pero ¿solo por él? Algo había cambiado. Ahora era un asunto de su incumbencia, estaba involucrada, ya no se trataba de la necesidad de Marvin. De necesidad estaba el mundo lleno; necesidad dondequiera que mirara.

Pensó: «Voy a cambiar mi vida». Otras vidas estaban cambiando («Le hago bien», había dicho Lili), ¿por qué no la suya? París era el gozne. Por desagradable que hubiera sido la visita —por malos que hubieran sido con ella los dos hermanos—, había detectado movimientos furtivos, sublevación, jóvenes rebeldes a la fuga. El salto a lo desconocido, el desafío al pasado. Las vueltas de la vida.

Había llegado la hora de deshacerse del piano de cola.