Epílogo
Ocho meses después…
—¡¡Que no!! Que ese tobogán en los planos sale descubierto. ¡¡No cubierto!! –bramó enfadado Alejandro a los arquitectos que estaban arreglando la piscina del Hotel Villa Magic.
El jefe de obra, cansado de oírle, llamó a sus trabajadores y les mandó desmontar todo el tobogán que ya tenían hecho. Llevaban siete meses intentando remodelar por completo la piscina, y el proceso se estaba alargando más de lo que Pedro y Alejandro creían.
—Malditos incompetentes… ¡hay que decírselo todo!
—¡Me parece increíble que maldecir sea lo primero que oiga mi hija de su abuelo! –dijo una dulce voz tras él.
Al oír la voz de su hija, Alejandro rápidamente se dio media vuelta para encontrarse con la amplia sonrisa de su yerno y su princesa, quien sujetaba en brazos y envuelta en una manta rosa a su pequeña nieta. Hacía tres días que Nerea había dado a luz a una preciosa niña rubita con los ojos azules de su orgulloso padre, al cual se le caía la baba al mirarla.
Aquellos últimos meses habían sido un caos para todos. Hugo y Nerea estuvieron un tiempo instalados en el hotel hasta que por fin pudieron mudarse a su hogar en aquella maravillosa urbanización que había enamorado a Nerea. Por aquel entonces, ella estaba de cuatro meses y ayudada por su padre pudo conseguir el puesto vacante de orientadora en el centro educativo de la urbanización. Este se encontraba al lado de la casa en la que vivía con Hugo quien continuaba trabajando como animador infantil, pero con un horario fijo.
Tras mudarse junto a Nerea, Hugo habló con su padre para que contratara a más gente y así establecer un horario de ocho horas a los animadores. Pedro aceptó encantado entendiendo que, ahora, su hijo tenía una familia por la que velar.
Ada y Sergio siguieron con su particular historia de amor en el piso de él situado en primera línea de playa y ya comenzaban a hacer planes de boda. Mientras, en Oviedo, Elena y Laila habían montado un pequeño bar de tapas que había tenido bastante éxito y ya comenzaban a idear cuándo regresaban a Gandía para visitar a sus dos amigas y a su pequeña sobrinita.
—Es preciosa, princesa –dijo Alejandro emocionado cogiendo a su nieta que movió sus pequeños bracitos al notar que la separaban de los brazos de su madre–. Hola, Alba. Soy el yayo Alejandro. Sí… el yayo Alejandro.
—Por Dios, otro que habla balleno –rio Pedro llegando hasta ellos.
—Calla, abuelo, y mira que nieta más bonita tenemos.
Pedro, sonriendo, se acercó a la pequeña y le colocó el dedo índice sobre la palma de la mano para que la niña le atrapara el dedo. La pequeña Alba fue pasando de mano en mano como la falsa moneda, hasta que cansada y hambrienta comenzó a llorar. Nerea la tomó en sus brazos y la meció con suavidad siseándole para calmarla. Se despidieron de la pequeña familia del hotel y Hugo ayudó a Nerea a montarse en el asiento trasero del coche con su pequeña hija en brazos.
Llegaron a su hogar y aparcando en el garaje, Hugo cogió de los brazos de Nerea a su pequeña, para que ella pudiera bajar mejor del coche. Al ver que la niña comenzaba a llorar, él la calmó y le dio un suave beso en la frente. Adoraba a su hija. A su pequeña princesa.
Tras darle el pecho y hacer que echara los gases, Hugo se llevó a Alba a su moisés que movió suavemente hasta que por fin consiguió que se durmiera.
—¿Se ha dormido? –preguntó Nerea en un susurro asomándose a la habitación.
Hugo asintió y ella se acercó hasta sentarse en la cama al lado de él. Entrelazando sus dedos, apoyó la cabeza en su hombro mirando maravillada a su hija dormir.
—Es perfecta –susurró sonriendo y mordiéndose el labio inferior.
—Porque ha salido a ti, princesita.
—Mentiroso. Los ojos son tuyos.
Él soltó una suave carcajada y giró un poco la cabeza para besar la frente de Nerea. Cada día que había pasado a su lado había sido perfecto y aunque tuvieran sus discusiones, las reconciliaciones hacían que se olvidaran de esos pequeños percances.
—Será mejor que durmamos. La pequeña princesa se despertará en apenas tres horas reclamando nuestra atención.
—Más bien la mía –dijo cerca de sus labios–. Que soy la que le da de comer.
Nerea besó su sonrisa y abriendo la cama, ambos se tumbaron. Como cada noche, ella se recostó en su pecho y Hugo apagó la luz, pero no dejó de notar las suaves caricias del dedo de Nerea sobre su cuello.
—¿En qué piensas, cariño?
—En lo que me decía mi padre y… en que tenía razón.
—¿En qué? –le preguntó abrazándola.
—En que el tiempo lo decide todo y en que… –sonrió mordiéndose el labio inferior–…en que encontraría a esa persona que, como en los cuentos, me despertaría con un beso.