26
Los días posteriores a la noticia del fallecimiento de Elisa Sotovila fueron tristes y negros. E incluso el tiempo trajo nubes grises y lluvias fuertes. Alejandro acompañó a Pedro al hospital, donde ambos reconocieron el cuerpo sin vida de esa mujer que les había causado numerosos problemas, pero que tanto Pedro como Hugo habían querido.
Hugo no salió de su habitación durante todo el día y Nerea no se separó de su lado. No hablaba, no la miraba, no la besaba, no hacía nada. Sólo permanecía tumbado en la cama y de vez en cuando Nerea veía una solitaria lágrima recorrerle la mitad del rostro. Supuso que estaría recordando. Verlo así la mataba y en una ocasión se excusó un momento para bajar a su habitación, donde lloró de impotencia. No sabía qué hacer o qué decirle para que al menos hablara con ella. Incluso se sentía mal consigo misma. Sin quererlo, no había podido dejar de pensar en marcharse de Gandía. Cada día que pasaba veía más difícil un futuro junto a él. ¿Le esperaba una vida feliz a su lado? Ella lo dudaba. Finalmente, agobiada y sin apenas poder respirar, fue al baño y vomitó. Cuando consiguió calmarse, cogió ropa limpia y regresó junto a Hugo.
Le obligó a comer, pero el estómago del chico estaba completamente cerrado. Apenas probó la comida que le había subido el servicio de habitaciones a petición de Nerea y por orden de Pedro.
Al acabar de comer y con la mirada baja volvió a la cama y se quedó dormido. A pesar de no haber hecho nada durante todo el día, Nerea estaba agotada. Le superaba verle en ese estado. Su respiración comenzó a acelerarse a causa de los nervios y el agobio que sentía, y sin importar que lloviera a cántaros, abrió un poco la terraza para salir y cerrarla casi del todo tras de sí. La lluvia chocaba contra su cara y se mezclaba con las lágrimas que se deslizaban por su rostro. Se quedó ahí parada observando el fuerte oleaje del mar, hasta que comenzó a notar el frío. Decidió darse una rápida ducha y cambiarse de ropa.
Cuando salió del baño con el pelo húmedo y vestida con unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta de manga tres cuartos, vio a Hugo de pie mirando la tormenta caer. Sin saber muy bien si hacía lo correcto, se acercó a él y le abrazó por detrás rodeando con sus brazos su duro pecho y apoyando su mejilla en la espalda. Por fin, tras más de doce horas de silencio, Hugo se dio la vuelta y la abrazó como si temiera perderla. Temía que ella también se fuera.
—¿Crees que lo superaré? –le preguntó en un hilo de voz sin deshacer el abrazo.
—Claro que lo superarás, aunque ahora no lo sientas así. Tendrás a tu lado a gente que te ayude. Yo pasé por lo mismo hace apenas cuatro años. Mi madre se suicidó delante de mí y hasta hace dos meses tenía pesadillas con eso, pero desde que… bueno –se sonrojó– desde que estamos juntos no me ha vuelto a pasar.
—Siento haberte ignorado todo el día pero me sentía tan… impotente. Aún no entiendo por qué sufro por ella si nunca me quiso.
Nerea abrumada le acarició la mejilla y miró a sus ojos azules ahora enrojecidos e hinchados por el llanto.
—Porque tú sabes lo que es querer y aunque te lo niegues, la querías. Era tu madre.
—Nunca lo fue… nunca me cuidó.
—Pero tu padre sí lo hizo y probablemente no viste que tu madre no te cuidaba hasta que él se fue.
Hugo comenzó a recordar esos años y vio como Nerea tenía razón. Hasta que su padre no se marchó de casa, no descubrió cómo era en realidad su madre. Su padre se encargó de que no lo hiciera para que no sufriese a tan corta edad.
Esa misma tarde se celebró una misa en su honor. Nerea acompañó a un decaído Hugo y no le soltó la mano en ningún momento. Bajo las gafas de sol negras, ambos ocultaban los signos de esos dos horribles días.
La mañana siguiente no despertaron mejor. Hugo no era el que Nerea había conocido dos meses atrás. Estaba callado, apenas la tocaba y mucho menos la besaba.
Para el funeral, Nerea buscó entre su ropa algo adecuado para la ocasión. Finalmente, Sara, la maître, le dejó un recatado vestido negro a juego con los tacones y las gafas de sol. Ayudó a Hugo con el nudo de la corbata pero no le miró a la cara en ningún momento, simplemente entrelazaron sus dedos y salieron al pasillo donde Alejandro les tendió un paraguas negro. No había parado de llover durante esos dos días. Llegaron al cementerio en silencio, y abrazada con una mano a la cintura de Hugo para resguardarse de la lluvia, Nerea miró con un nudo en el estómago aquella tumba marrón oscuro cubierta por flores. Fue una ceremonia íntima, donde las lágrimas apenas estuvieron presentes. Hugo miraba mohíno el ataúd donde descansaría para siempre y por fin, en paz, una mujer condenada a la amargura.
El cura les dio el pésame a Pedro y a su hijo y montando en un coche verde oscuro, se fue. Los pocos invitados que habían asistido, fueron abandonando el tétrico lugar quedando sólo Pedro, Hugo, Alejandro y Nerea ante la lápida de Elisa.
—Será mejor que regresemos al hotel –propuso Alejandro rompiendo el hielo.
—Tienes razón –dijo Pedro sacando un pañuelo blanco de tela y pasándoselo por los ojos–. Vámonos…
—Id yendo vosotros –habló Hugo soltando la mano de Nerea y tendiéndole el paraguas. No le importó que la lluvia comenzara a calarle–. Quiero estar un poco más aquí.
Nerea quiso quedarse con él pero su padre le pasó un brazo por los hombros y pidiéndole silencio, la obligó a caminar. Cansada y deprimida, se abrazó a su padre cuando este le cogió el paraguas. Sin poder evitarlo, Nerea volteó la cabeza y algo en ella murió al verle bajo la lluvia y de rodillas ante la tumba de su madre con una mano acariciando el frío mármol como si sus caricias traspasaran hasta el cuerpo de la difunta. Al verla, su padre hizo que mirase al frente y le dio un beso en la sien.
Hugo no regresó hasta la noche. Nerea le esperó preocupada en su habitación, hasta que por fin oyó el ruido de la puerta abrirse. El joven tenía el traje completamente empapado y sucio, pero a ella le dio igual y aliviada por que estuviera bien y de vuelta, se lanzó a sus brazos para abrazarle.
—Me tenías muy preocupada… ¿Dónde has estado? –le preguntó acariciándole la mejilla con el pulgar.
—En la casa donde me crié y luego en la cala. Estoy bien –dijo comenzando a quitarse el traje.
—Deberías darte una ducha.
Hugo asintió y fue al baño, donde terminó de desnudarse y se metió bajo el chorro caliente. Apoyó la frente contra la pared de la ducha y dejó que el agua le cayera por la espalda y el cuello. Cerró los ojos e intentó poner en orden sus ideas, pero estaba agotado tras esos días. Iba a salir cuando notó unas suaves manos comenzar a masajearle los hombros y el cuello. Despacio giró la cabeza y se encontró con el dulce rostro de Nerea, cuyos labios dibujaban una medio sonrisa. Estaba vestida con el pijama, pero no pareció importarle que se mojara. Dándose con lentitud media vuelta quedó frente a ella y tras mirarse a los ojos, Nerea se puso de puntillas y alcanzó sus labios en un suave y corto beso. Nerviosa por su reacción, se pasó la lengua por los labios para retener su sabor. Sin hablar aún, Hugo le acarició el rostro retirándole con el dedo índice un mechón de pelo que se le había quedado pegado en la mejilla a causa del agua. Le acarició con el pulgar el labio inferior y finalmente la besó. No fue un beso pasional, sino un beso tierno donde se convirtieron en uno.
—Gracias… –susurró Hugo tras finalizar el beso.
—No tienes nada que agradecerme. Hubieras hecho lo mismo por mí…
—Aun así gracias. No sabes cuánto me ha ayudado que no te hayas separado de mí, salvo cuando necesitaba estar solo. Jamás podré compensarte por esto…
—Me vale con que nos vayamos a la cama, me abraces mientras dormimos y a la mañana siguiente me despiertes con un beso.
Tras dos días sin sonreír, por fin Nerea consiguió que lo hiciera y tras un rápido beso salieron de la ducha. Hugo le dejó una camiseta para que se quitara el calado pijama y cuando se cambió, la cogió por la muñeca para atraerla hacia él y que se tumbara a su lado.
*
—¡¡Nerea!! ¡¿Me estás escuchando?! –gritó Laila dándole una colleja.
—¡Auch! –se quejó llevándose la mano a la nuca–. Joder, Laila, algún día te corto la mano.
—¡Te estoy hablando y no haces más que mirarle el culo a Hugo! Mis ojos están aquí. –Se los señaló–. No en esa espectacular retaguardia.
—¡No le miro el culo! –se defendió–. Estoy preocupada. Hace apenas tres días que falleció su madre y yo he visto lo mal que lo ha pasado.
Laila se sentó en la hamaca a lo indio y agachó la cabeza para mirar su entrepierna por si acaso se le escapaba algún pelillo de las ingles de la braga del biquini. Llevaban todo el día en la piscina aprovechando el sol que había salido tras dos días de fuertes lluvias. Ada, como siempre esos días, estaba con Sergio, y Elena en la cama con migrañas y náuseas causadas por estas.
Hugo decidió saltarse su último día de baja e ir a trabajar. Necesitaba distraerse, y a pesar de que ni Pedro, ni Alejandro, ni Nerea estaban de acuerdo, era su decisión y la respetaron. Se encargó de hacer actividades con los niños en la piscina y se le veía como siempre, incluso Nerea notó que esa mañana se levantó con mucho más ánimo, aunque aún sentía una espina clavada en el pecho.
Como era de esperar, Nerea arrastró a Laila a la piscina. Aparte de hacerla madrugar para ser las primeras en desayunar, después le hizo correr con el estómago lleno y, así, coger sitio en las mejores hamacas.
—Pero parece que está mejor. El impacto que te produce la noticia de una muerte es muy malo. Y creo que aún no se cree que su madre haya fallecido. Yo lo veo bien, Nerea, pero no descartes que por la noche le den bajones. Aunque si se pone a patalear como un niño de cinco años, llámame que le espabilo.
Nerea puso los ojos en blanco y suspiró. ¡Laila era misión imposible!
—¿Qué haces, loca? –le preguntó Nerea al ver cómo se abanicaba con las copas del biquini.
—Estoy asada. Mira, toca. –Se sacó un pecho tapándose el pezón–. Tengo las tetas ardiendo que parece que van a explotar.
—¡Pero tápate! –le gritó Nerea al ver un grupo de niños mirando con la boca abierta el pecho de Laila–. Por Dios, que hay niños.
—Nerea, no me jodas, que lo primero que ven los niños cuando nacen es una teta y no sólo la ven, sino que ya se la meten en la boca –soltó tapándose.
Laila se recogió el pelo en una coleta alta y tras quitarse las chanclas se tiró de bomba a la piscina.
—Joder, qué gusto –dijo cuando sacó la cabeza del agua y bocarriba comenzó a flotar– anímate Nerea, está muy buena.
Encogiéndose de hombros, Nerea se quitó el colgante que le había regalado Hugo días atrás para no perderlo y descalzándose se tiró a la piscina junto a Laila.
—¿Buena? ¡¡Está fría!! –se quejó curvando la espalda.
—Anda, no seas quejica –rio Laila haciéndole una aguadilla.
Haciéndose la enfadada, Nerea le devolvió la aguadilla y cuando notó las manos de Laila en la cinturilla de la braga de su biquini, asustada al ver sus intenciones, gritó sin dejar de reír y empujándola comenzó a nadar por toda la piscina para que no la pillara. Laila, dispuesta a conseguir su propósito salió de la piscina y corrió por el borde para alcanzarla antes. Se tiró de nuevo al agua y cogiéndola del brazo consiguió desabrocharle el nudo de la espalda del sujetador.
—¡¡Laila, yo te mato!! –gritó con las manos en sus pechos para que no se le cayera el biquini.
Aún muerta de risa, Laila salió del agua y recogiendo a todo correr sus cosas, se enroscó la toalla al pecho y se marchó de la piscina después de sacarle la lengua a Nerea que seguía metida con las manos sujetándose el sujetador y roja como un tomate.
—Princesita, acércate anda. ¡Sois peores que los niños! –la llamó Hugo divertido, que había visto todo el numerito que esas dos habían montado.
Como pudo y sin dejar de taparse los pechos, Nerea salió de la piscina y se puso de espaldas a Hugo para que le abrochara el biquini.
—Ya está –dijo tras hacerle un doble nudo.
—¿Hemos llamado mucho la atención? –preguntó Nerea.
—Sólo un poco, princesita. Pero tranquila, ha sido muy divertido.
—Las payasas del hotel, ¿no?
—Bueno, yo llevo siendo el bufón durante años y sigo vivo –se mofó sonriendo y dándole un suave beso–. Ya he acabado esta mañana y me toca comer. Nos vemos luego, ¿vale princesita? –dijo tocando con el dedo índice la punta de su nariz.
—¿Estás bien?
Al ver cómo el rostro de Nerea cambiaba de una expresión divertida a una preocupada la abrazó sin importarle que le mojara.
—Estoy mejor, pero sigue siendo duro.
—Quizá deberías tomarte el resto del día libre…
—No, trabajar me viene bien, me impide pensar en ello.
Sin querer presionarle más, Nerea asintió y le dio un último beso antes de ir hacia su hamaca para recoger y subir a la habitación. Se lavó el pelo sin dejar de pensar en Hugo. Detrás de esa sonrisa que tanto le gustaba, sus ojos mostraban su estado de desconcierto y aún de dolor. Pero en situaciones así, lo mejor que podía hacer era permanecer a su lado.