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Eran las cuatro de la mañana cuando Nerea se despertó con la respiración agitada y lágrimas en los ojos. Miró a Ada que dormía profundamente y se llevó una mano a la boca para ahogar un llanto. Había vuelto a soñar con su madre. Se levantó y fue al baño para echarse agua por la cara e intentar relajarse, pero le era imposible. Apoyó la espalda en la puerta y se deslizó hasta quedar sentada en el suelo, abrazada a ella misma. Habían pasado más de tres años desde la muerte de su madre, pero su último recuerdo volvía sin ella quererlo.

Salió del baño y se calzó las chanclas que usaba a modo de zapatillas de casa y con el pijama puesto, cogió la llave y salió de la habitación con cuidado de no despertar a Ada. Respiró profundamente y se secó las lágrimas antes de subir a la habitación de su padre. Le necesitaba.

A esas horas la mayor parte de los huéspedes dormían, pero siempre te encontrabas al guiri borracho por los pasillos probando la llave en todas las habitaciones hasta dar con la suya.

Cogió el ascensor y subió hasta la octava planta. La última del hotel y donde se encontraban las habitaciones de los empleados que decidían quedarse a dormir allí. Su padre, a pesar de tener un pequeño apartamento cerca del hotel, no le gustaba estar tiempo allí porque se sentía demasiado solo. Por eso dormía en el hotel donde se sentía más a gusto cerca de los otros empleados que día a día se habían convertido en su familia.

Nerea caminó por el pasillo de la octava planta pero se detuvo cuando una de las puertas se abrió y de ahí salió una chica morena con el pelo alborotado y colocándose bien la ropa. Detrás de ella, salió Hugo vestido sólo con unos boxers, que la rodeó por la cintura para besarla salvajemente.

¡Merci! –dijo la morena en un perfecto francés.

La francesa le regaló una última sonrisa y se dirigió hacia el ascensor emitiendo un suspiro de victoria y satisfacción tras la noche que acababa de pasar con el sexy animador infantil.

—¿No deberías tener prohibido, como el resto de los empleados, tener líos con las huéspedes? –dijo Nerea cruzándose de brazos.

—¿Celosa, princesita? –rio y se miró la muñeca como si tuviese un reloj en ella–. Creo que puedo aguantar una hora más. Pasa y te complazco.

—¡Imbécil! Encima las engañarás para llevártelas a la cama. Como no saben español la mayoría a las que te tiras…

—Princesa Cascanueces, me tiro a chicas de todas las nacionalidades incluidas españolas, ya que te interesa tanto saberlo. Además no engaño a nadie. Aunque no te lo parezca, a mis veintiocho años, tengo la carrera de turismo y hablo, además de español e inglés, francés e italiano.

—Y ya veo para lo que te sirve. Con la carrera entretienes a los niños y con los idiomas follas con quien te dé la gana.

Hugo lanzó una carcajada y se apoyó en el quicio de la puerta desnudándola con la mirada.

—No estás mal, princesita –dijo acercándose hasta dejarla arrinconada contra la pared.

—Déjame si no quieres tener problemas –amenazó comenzando a ponerse nerviosa.

Pero Hugo no sólo no le hizo caso, sino que hundió la nariz en su cuello. Olía de maravilla y su miembro comenzaba a latir dentro de los calzoncillos.

—¿Qué problemas? ¿Te chivarás a tu papá que me follo a algunas clientas?

—No, porque tarde o temprano te pillarán y te irás a tomar por culo.

—Pedro ya sabe lo que hago y si no me despide es porque soy el mejor animador infantil, además me lío con ellas fuera de horario de trabajo y eso no le agrada, pero está permitido.

—Apártate –le miró con furia y comenzando a agobiarse. Aún tenía una fuerte opresión en el pecho tras el sueño–. Por favor –susurró.

Comprendiendo que se estaba pasando con la chica y más al oír cómo le suplicaba, Hugo lo hizo y dio un paso hacia atrás para dejarle su espacio.

—No lo niegues, princesita. Sé que te atraigo como al resto de las féminas y te aseguro, que tarde o temprano acabarás tumbada en mi cama y abierta de piernas, como todas.

Nerea le abofeteó y se enfrentó de nuevo a él.

—Eres un completo hijo de puta. ¡¿Por qué no puedes dejarme en paz?!

—Eres tú la que no para de tocarme los huevos tanto metafórica como literalmente.

Ignorándole y con la furia en el rostro, Nerea caminó por el pasillo donde se encontraban las habitaciones de los empleados hasta llegar a la puerta del cuarto de su padre. El sueño volvía a su cabeza y comenzó a llamar con más fuerza y más insistencia al notar cómo las lágrimas aparecían de nuevo. Hugo se quedó parado en el pasillo viéndola golpear la puerta de la habitación de su padre mientras se ocultaba el rostro con el pelo ¿Acaso estaba llorando? ¿Sería por su culpa?

Cuando por fin Alejandro abrió la puerta, encontró a su hija con la cara descompuesta y a Hugo mirándola serio y medio desnudo ¿Qué significaba eso?

—¿Qué ocurre, cariño?

—Mamá…

Fue lo único que pudo decir Nerea antes de que su padre la abrazara. Sólo una palabra hizo falta para comprender que su hija había vuelto a soñar con su madre. Alejandro hizo que Nerea pasase dentro y volviéndose hacia Hugo dijo:

—Hugo, por favor, ¿te importaría mucho ir a la cocina y subirme una tila?

El chico negó con la cabeza y se metió en la habitación para vestirse y bajar a por lo que le habían pedido ¿Por qué le estaba afectando ver llorar a esa malcriada? ¿Acaso se sentía culpable? Él no había hecho nada para que estuviera así, ¿o sí?

Cuando Alejandro entró en la habitación, se encontró a Nerea acurrucada en el sillón y llorando en silencio. Se acercó a ella y la abrazó acariciándole el pelo y besándola en la frente. Su hija había vuelto a soñar con su madre y eso siempre le traía el horrible recuerdo de cómo la vio quitarse la vida.

—¿Me lo quieres contar? –le dijo Alejandro en un susurro.

—He soñado con la última noche que pasé con ella. El momento que la dejé cinco minutos sola para ir a por sus pastillas y cuando volví a la habitación, y vi la sangre y el cuchillo y…

Nerea volvió a derrumbarse. La imagen de su madre tumbada en la cama con las venas cortadas y la sangre manchando las sábanas y cayendo al suelo, fue un golpe duro para ella. La ambulancia llegó enseguida, pero nada pudieron hacer por su vida. Carolina no soportaba más los dolores y estaba harta de recorrer los hospitales de medio país buscando algo que le alargara la vida y le aplacara los dolores. Su cáncer pancreático era irreversible y decidió abandonar el mundo para acabar con su sufrimiento.

—Recuerdo que cuando fui a por sus pastillas –siguió Nerea entre sollozos –antes de salir de la habitación, me detuvo para decirme que me quería. Yo no entendí a qué venía todo eso, le dije que yo también a ella y cuando volví lo entendí. Se estaba despidiendo de mí.

Los llantos de Nerea volvieron a aumentar y a Alejandro se le escapó una lágrima al recordar a la que fue la mujer que más amó en el mundo. A pesar de que se divorciaron cuando Nerea tenía seis años, siguieron en contacto y entablaron una gran amistad, pero él nunca dejó de quererla.

El ruido de alguien llamando a la puerta, hizo que Alejandro soltara a su hija y fuera a abrir.

—Gracias Hugo –dijo Alejandro cogiendo la tila que le tendía.

—No hay de qué. Oye, Alejandro, ¿puedo preguntar qué le pasa?

Durante el tiempo que había durado el trayecto para llevarle la tila a Alejandro, Hugo no había parado de darle vueltas pensando si él había sido el culpable del estado de Nerea. ¡Se estaba sintiendo mal por esa malcriada! Necesitaba saber que él no era el culpable o no dormiría durante lo que quedaba de noche.

—Su madre. Se suicidó mientras ella iba a buscar sus medicinas cuando Nerea tenía veintidós años. La encontró cuando ya no se podía hacer nada, fue un duro golpe. Lo tiene superado, pero en ocasiones sueña con ella. Sueña con el momento que la encontró muerta, sueña recuerdos, o sueña que está viva y sigue en su vida. Al día siguiente está mejor, pero en el momento que se despierta de esos sueños, se siente débil y necesita a alguien a su lado. Rara vez le sucede, pero cuando lo hace…lo pasa muy mal.

Hugo asintió y se despidió de Alejandro hasta la mañana siguiente. Nerea, más tranquila se tomó la tila que había pedido su padre para ella mientras él se tomaba un poco de whisky.

—¿Mejor? –Nerea asintió–. ¿Necesitas algo más?

—¿Puedo quedarme a dormir contigo? Vale, sé que tengo una edad pero te necesito cerca, papá. Ha sido mucho tiempo sin ti, soportando sola los sueños.

—Claro que puedes pasar la noche aquí, cielo. Por cierto, ¿qué hacíais tú y Hugo en el pasillo?

—Pues… cuando he subido, me he equivocado de puerta y he llamado a la suya. No me acordaba si tu habitación era esta o la de al lado, así que me he confundido y por eso él estaba fuera –mintió.

—¿En calzoncillos? –preguntó levantando las cejas.

—Papá, la gran mayoría de los hombres duermen así. A ti te gusta más el pijama y a él pues le gustara más dormir fresquito.

—Ese chico también lo ha pasado mal por su madre.

—¿Por qué?

—No soy quien para hablar de eso, Nerea –dijo sentándose en el sofá a su lado–. Pero es un buen chico que ha trabajado muy duro y superado cosas en la vida hasta ser el gran muchacho que es.

Nerea levantó las cejas ante el término «gran muchacho» y Alejandro rio ante ese gesto.

—Sé que Hugo no te cae bien, pero porque no te has esforzado por conocerle

—¿Y para qué quieres que lo conozca? –dijo dando un sorbo a la tila.

—Porque sé que podría ser un gran apoyo para ti y una persona en la que confiar. Os ayudarías mutuamente, lo sé.

Nerea dejó el vaso en la mesilla y negó con la cabeza. ¿Su padre estaba haciendo de celestina o se lo parecía?

—Lo siento, papá. Es un imbécil.

Alejandro volvió a reír y se acercó a su hija para besarla en la frente como siempre hacía.

—Vamos a dormir, que mañana quiero enseñarte algo, ¿de acuerdo?

Nerea asintió y ocupó la cama individual que había en la habitación de su padre, intrigada por lo que le había mencionado de Hugo. ¿Qué escondía bajo esa fachada de tío insensible y mujeriego? Con esa pregunta en la cabeza, Morfeo llamó a su puerta.