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Nerea se despertó al amanecer. A pesar de sus intentos por descansar un poco más, le fue imposible conciliar de nuevo el sueño. El reloj marcaba las siete menos cuarto de la mañana y el sol comenzaba a dejar ver sus primeros rayos. Sin cambiarse, cogió una fina chaqueta y subió a la planta donde se encontraban las habitaciones de los empleados.

Deteniéndose frente a la puerta que había cruzado casi todas las noches, pasó con delicadeza sus dedos por la fría madera oscura que la componía. A esas horas, sabía que ni él ni su padre se encontraban en las habitaciones, ya que estarían desayunando. Mirando hacia atrás para comprobar que estaba sola, Nerea empujó la puerta transparente situada al final del pasillo, por la que se accedía a las escaleras de emergencia y frotándose los brazos al notar la brisa fresca del mar, subió a la azotea.

Lentamente, anduvo hasta apoyarse en el borde y se asomó levemente para mirar las vistas que el amanecer ofrecía. El mar brillaba con la luz del sol y las suaves olas morían en la arena a los pies de los corredores que más habían madrugado. Sin poder evitarlo, se tumbó en el suelo para contemplar el cielo y escuchar el sonido de las aguas del Mediterráneo de fondo. Cerró los ojos impregnándose de esa única sensación. Sin darse cuenta, se quedó dormida.

La vibración de su móvil la despertó y estirándose se quejó al notar una punzada de dolor en su espalda y en el cuello. El suelo de la azotea no era el mejor sitio para echar una cabezadita. Al desbloquear el móvil, comprobó que se trataba de un mensaje de Ada para preguntarle dónde estaba. Tras contestarle que enseguida iba, se puso en pie y estirando la espalda, los brazos y el cuello, echó un último vistazo al paisaje y se fue.

Al llegar a la habitación, Nerea supo que estaba completamente convencida de su marcha. La noche anterior Hugo había dejado claro lo que pensaba de ella y de nada servía replantearse si quedarse a su lado. Desayunó junto a sus amigas sin ningún ánimo y con la mirada apesadumbrada. A pesar de que se moría por un café o alguna bebida con cafeína para estar despejada en el viaje, era consciente de que su embarazo no se lo permitía y quería cuidar a ese bebé desde el principio. Sólo la tendría a ella.

De nuevo en la habitación, Nerea sacó la ropa del armario doblándola con cuidado para meterla en la maleta bajo la atenta y triste mirada de sus amigas, quienes observaban cada uno de sus movimientos sentadas en las camas. Todas querían que se quedara hasta el día de su marcha, pero ella se negaba. Lo único que deseaba era irse de allí y olvidar a Hugo. Además, Nerea tenía la sensación de que jamás podría volver a pisar el hotel. Ni siquiera verlo. Todo le recordaría a él.

Agitó la cabeza suspirando para eliminar esos pensamientos y, metiendo la última prenda de ropa, fue al baño para coger su neceser y guardarlo también. Consiguió cerrar la maleta tras comprimir la ropa todo lo que pudo y la dejó junto a la otra que ya tenía preparada. Agotada, bebió agua y se cambió las chanclas que llevaba puestas por las manoletinas. Así conduciría mejor.

—Nerea, te lo pido como un favor, espera hasta el domingo cuando nos vayamos todas – le suplicó Elena.

—No, lo siento, chicas. Pero yo me voy.

—No me gusta que conduzcas tú sola en tu estado –replicó Laila cruzándose de brazos.

—Estoy bien y os prometo que si me encuentro mal, pararé en la primera área de servicio que encuentre –las tranquilizó Nerea sentándose junto a ellas.

—Y si no encuentras, ¡paras en mitad de la carretera! ¡¿Me has oído?! –le advirtió Ada.

—Sí, hombre, y provoco un accidente múltiple. –Y viendo que ninguna decía nada continuó–: Os prometo que en cada parada os mandaré un mensaje para que sepáis que estoy bien, ¿vale?

Dándola por imposible y sin querer presionarla, las cuatro se envolvieron en un emotivo abrazo y decidieron dar todas juntas una vuelta por el paseo marítimo, echándose las últimas fotos de sus largas vacaciones. Pero enseguida regresaron. El viaje era largo y Nerea odiaba conducir de noche, por lo que a las once y media de la mañana, sus amigas, algo llorosas y mostrando tristeza en sus rostros, le ayudaron a bajar las maletas hasta la recepción. Pidiéndoles un segundo, Nerea entró en el comedor para despedirse de Sara, la maître, con un abrazo y un beso en la mejilla. Como esperaba, ella la despidió con una sonrisa y le deseó buen viaje antes de recordarle que llamara a su padre cuando llegara, si no se pondría nervioso y movilizaría media España.

Entregando su llave, se despidió de la recepcionista y vio aparecer por la puerta que se encontraba tras esta a su padre, Pedro y Samuel. Los ojos de Alejandro estaban húmedos y algo rojos. Nerea al verle, supo que estaba aguantando las ganas de llorar, lo que hizo que su corazón se encogiera. Con sus amigas resguardando las maletas, se acercó primero a Samuel que la abrazó.

—Cuídate mucho, preciosa. Me ha encantado conocerte y espero que vuelvas pronto. –Deshaciendo el abrazo, colocó las manos sobre sus hombros y la miró–: Llevo seis años trabajando aquí y nunca había disfrutado de unas clientas como vosotras. Habéis dado más vida a este hotel sin daros cuenta.

—¡Hala! –se quejó Ada–. Que nosotras aún no nos vamos, pero si nos dices eso… ¡nos va a costar más!

Samuel sonrió y se acercó a ellas para abrazarlas también. Tres meses con ellos y ya, esas tres locas formaban parte de la gran familia del hotel.

—Creo que todos los años hablaré con Pedro y Alejandro para que os traigan de nuevo.

—¡Puf! Ojalá –dijo Laila–. Ha sido un verano increíble, creo que de los mejores de mi vida. Creo, no. ¡El mejor de mi vida! Pero bueno, ahora hay que buscar curro y da por hecho que te vendremos a visitar. La loca esta –Señaló Laila a Ada que sonreía emocionada– se muda a Gandía con su chico.

—¿En serio? –dijo Samuel sorprendido mirando a la pelirroja.

—Totalmente, pero espero que cuando Sergio me eche de casa porque no me aguanta, tengáis una habitación para mí.

—Eso siempre, preciosa.

Samuel las volvió a abrazar y se despidió de todas de nuevo. Tenía que seguir trabajando. Al llegar a la piscina, se dirigió al almacén donde se encontraba Hugo cogiendo todos los materiales necesarios para la actividad que tenían preparada. Al llegar a su lado, le revolvió el pelo ganándose una mirada asesina.

—Ya se va –le dijo Samuel para ver si reaccionaba.

—Me parece estupendo. Espero que la princesita tarde mucho en pisar de nuevo el hotel.

—Tío, a mí no me engañas. Y al igual que sé que odias la mermelada de fresa, sé que te jode que Nerea regrese a su ciudad. Pero allá tú, tío. No te tragues el orgullo y piérdela para siempre. Creo que es lo mejor que puedes hacer –dijo irónico y molesto antes de salir del almacén.

Hugo ni siquiera le miró durante la conversación, a pesar de que era verdad lo que decía. No quería que se fuera, pero con sus crueles palabras del día anterior ya había destruido todo. Esas palabras les habían destrozado a ambos. Lo mejor que podía hacer era dejarla marchar para que fuera feliz. Necesitaba a un hombre que la mereciera y que no tuviese la fama que tenía él. En ese momento se dio cuenta que, al igual que su ex, no había sabido valorarla y, a pesar de quererla más que a su propia vida, había sido capaz de hacerla daño con sus palabras. En un principio, Hugo se puso como excusa el dolor por la reciente muerte de su madre y más tarde, su ruptura. Pero la noche anterior, se le había puesto por delante la oportunidad de arreglarlo, a pesar de que las intenciones de Nerea eran otras. Aunque quizá, si no se hubiese dejado llevar por un impulso, ahora permanecería a su lado. Ya nada podía hacer.

Sin ser visto, se asomó por la puerta que daba a la recepción, en el momento que Nerea abrazaba a Pedro. Separándose, este la cogió el rostro y siguió hablándola lo que parecía que eran unas indicaciones, a lo que ella correspondía asintiendo.

Nerea le había contado a Pedro lo de su embarazo. En un principio, él se sorprendió, incluso el color desapareció de su rostro. Nerea, pensando que le había decepcionado, bajó la mirada, que Pedro inmediatamente volvió a subir para que lo mirara.

—No hace falta que te pregunte de quién es.

—Menos mal –dijo recordando que su padre sí lo había hecho cuando le contó la noticia.

—Pero, como padre de Hugo que soy, pienso en lo mejor para él. Y lo siento, princesa. Pero me parecería muy mal por tu parte que se lo ocultaras. Te doy tiempo, Nerea. Sé que las cosas entre ambos ahora están complicadas, pero si antes de que nazca, mi hijo no sabe nada, se lo diré yo.

Nerea soltando el aire retenido, asintió sin saber qué hacer o qué decir. Nunca Pedro se había puesto tan serio con ella y sentía una opresión en el pecho al pensar que parte de su relación con él había muerto, pero Pedro le borró esos pensamientos cuando la atrajo hacia sí para abrazarla y besarla en la mejilla, notando que algunas lágrimas de la chica le mojaban la americana del traje.

—Ahora, Nerea, cuídate. Conduce con cuidado, si te encuentras mal, para, y si necesitas algo, estés donde estés, ¡llama! ¿Entendido?

Ella asintió y tras un nuevo abrazo se despidió de él. Odiaba las despedidas y ahora llegaba la peor de todas. La de su padre, que finalmente había sacado su pañuelo blanco de tela y se secaba los ojos con él.

—Papá, no llores, por favor –dijo ella intentando sonreír y pasándose el dedo índice por debajo de las pestañas inferiores para evitar que las lágrimas cayeran.

—Cuando eras más pequeña y tu madre llegaba para recogerte, nada más que te ibas, me ponía a llorar como un niño pequeño en el despacho –soltó una tímida carcajada triste–. Apenas te veía y cada vez te veo menos al año y te echo mucho de menos, princesa. Por eso estos tres meses que hemos pasado juntos han sido un regalo. Sabía que si decidías marcharte, la despedida iba a ser dura, pero no cambiaría estos días a tu lado por nada. Es cierto que tenía la esperanza de que te quedaras y la esperanza es lo último que se pierde, pero sabes que quiero que seas feliz y que estés donde estés, vayas a donde vayas o hagas lo que hagas, siempre te querré.

—Y yo a ti, papá.

Se fundieron en un cálido abrazo lleno de emociones y sentimientos mientras las lágrimas les corrían a ambos a pesar de que Alejandro se las secaba lo más rápido posible.

—Te repito lo mismo que Pedro, si necesitas durante el camino que vayamos a buscarte, necesitas ayuda o lo que sea, me llamas y estaré allí lo más pronto posible. Si te encuentras mal, para en un área de descanso o en el arcén. Bebe agua, hidrátate y, por favor, Nerea, come. Aunque sea un sándwich, pero come algo. Y cuando llegues a Oviedo, llámame. ¡Ah! Y acuérdate de pedir cita con tu médico de cabecera. Debes ir lo más pronto posible.

—Que sí, papá. Tranquilo, ¿vale?

—Nunca estoy tranquilo cuando conduces y menos si lo haces sola.

Nerea rio negando con la cabeza.

—Ni que fuera la primera vez que hago este viaje sola o condujera mal.

—Lo sé, pero sabes que es algo que me asusta. Y cada día más con los accidentes que veo en las noticias.

—No pienses en eso, papá. Iré despacio, ¿vale?

Él asintió y dándole un último abrazo y un beso, se despidió de su hija hasta las Navidades, en las que se reunirían Nerea y él quince días como cada año en la casa que tenía en Gandía para celebrar las fiestas los dos juntos. Sin querer alargar más la despedida, Alejandro se dio media vuelta y se metió en su despacho.

Nerea caminó hacia sus amigas y despidiéndose de todas, sacó las asas de las maletas y salió del hotel. Al bajar la larga rampa para acceder a la acera, la joven giró el rostro viendo por última vez la fachada del hotel. Empujó sus maletas en dirección al coche y al llegar guardó las asas y buscó en su bolso las llaves. Dándole al botón del pequeño mando, dos luces parpadearon y abrió el maletero para meter las maletas. Pero cuando caminaba hacia la puerta del conductor, una mano la agarró por la muñeca y la empujó hasta que su espalda quedó pegada al coche. No le dio tiempo a reaccionar y unos suaves labios se posaron sobre los suyos en un beso desesperado.

Nerea abrió los ojos como platos ante ese inesperado contacto, pero al ver de quien se trataba los cerró apretándolos y disfrutando del beso. La lengua de Hugo se enroscaba con la suya. Miles de mariposas recorrieron el estómago de Nerea, la cual llevó las manos hacia su pelo enredando los dedos en él y apretándolo más contra su boca para impregnarse de su sabor. Con las respiraciones entrecortadas, se separaron dándose un último y suave beso. Hugo se fijó en los labios rojos e hinchados de Nerea tras ese intenso contacto. Sin saber por qué, la había seguido sin que ella se diera cuenta y no había podido controlar su instinto de besarla. Aún no podía creer que se marchara y necesitaba probar sus labios por última vez. Mostrando un semblante serio, la miró a los ojos y dando un paso hacia atrás, se alejó de ella.

—Buen viaje, Nerea. Sé feliz.

Dejándola completamente confundida, Hugo se dio media vuelta y sin mirar atrás regresó al hotel. Nerea no dejó de mirarlo hasta que le perdió de vista. ¿Cómo podía haberla besado con esa pasión y anoche decirle las palabras tan crueles que le dijo? Inconscientemente, se llevó los dedos a los labios, aún los tenía calientes e hinchados por el beso y podía sentir en ellos su sabor.

Al ver cómo la besaba y sentir su cuerpo aprisionándola contra el coche, por un momento pensó que había ido a por ella. Que había ido a impedir que se fuera. Que iba a luchar por ella. Pero todos esos pensamientos desaparecieron al oírle. ¿Cómo podía haber sido tan idiota? Hugo no iba a luchar más. Él le confesó sus sentimientos y ella le rechazó. Soltando el aire retenido en sus pulmones, abrió la puerta del piloto y sentándose, metió la llave en el contacto. Puso la radio a un volumen bajo y cogió el GPS. Introdujo la ruta y colocándolo en el soporte pegado en la luna delantera, metió primera y salió de la plaza de aparcamiento sin poder olvidar ese beso. Miró por el retrovisor el hotel y girando a la derecha, lo perdió de vista.

Fijándose en los carteles de la carretera, fue conduciendo hasta la salida de la ciudad, pero frenó en un semáforo en rojo perteneciente a una intersección. Estaba sumida en sus pensamientos cuando oyó sonar en la radio la canción Impossible.

—¡Esto es surrealista! –se quejó golpeando suavemente el volante con las dos manos.

Impaciente porque el semáforo se pusiera en verde, comenzó a mover la pierna derecha hasta que vio algo dorado en la alfombrilla del asiento del copiloto. Agachándose como pudo, consiguió cogerlo y colocándola entre sus dedos índice y pulgar vio que era una moneda de veinte céntimos. Sin saber por qué, al ver esa pequeña y dorada moneda, le vinieron a la mente las palabras que le dijo su padre: «Mira cariño, cuando estés entre dos opciones y no sepas qué elegir, lanza una moneda al aire. Lanzar una moneda es un truco que siempre funciona, no sólo porque por fuerza te saca de dudas, sino porque en ese breve momento en el que la moneda está en el aire, de repente sabes qué cara quieres que salga».

Pensando en esas palabras y con la moneda en la mano, la lanzó. Esta dio unas cuantas vueltas en el aire y antes de que cayera, Nerea arrancó sin mirar la cara que había salido pero sabiendo lo que ella quería. Regresar al hotel junto a su padre. Junto a Hugo. Sin darse cuenta de que el semáforo seguía en rojo, fue a hacer una peligrosa maniobra para dar media vuelta, pero no se percató de que el semáforo de su izquierda se había puesto en verde y los coches ya arrancaban. Uno de esos coches impactó lateralmente con el coche de Nerea, haciendo que esta se golpeara fuertemente en la cabeza contra la ventana. Su visión comenzó a hacerse borrosa y notó cómo el oído iba perdiendo capacidad de escuchar. Sólo oía voces lejanas y suaves golpes en la ventana de su coche.

—Señorita, ¿está bien? –le preguntó la voz de un hombre–. ¡¡Una ambulancia!! –gritaba el hombre intentando abrir la puerta del coche de Nerea, pero estaba atascada.

—Hugo…

Fue lo único que pudo susurrar Nerea antes de quedarse inconsciente, con la imagen de él en su cabeza.