31
—Alejandro, ¿puedes venir? Acaban de llegar estos papeles del banco –le dijo Mónica, la recepcionista, tendiéndole una carpeta azulada.
Llevaba dos horas metido en su despacho sin hacer nada. Simplemente, como cuando Nerea era pequeña, había llorado en soledad viendo álbumes de fotos de años atrás. En una de esas fotos, vio a su niña jugando en el hotel con apenas diez años y la boca mellada. Y ahora, su princesa estaba a punto de convertirse en madre. Era increíble cómo pasaba de rápido el tiempo. Había estado mirando todos los álbumes de fotos que guardaba en su despacho, hasta que miró el reloj y vio que era hora de continuar con su labor.
Esperó unos minutos para serenarse y salió de su despacho cuando le llamó la recepcionista. Con su habitual sonrisa, aunque algo forzada, se acercó hasta el mostrador para examinar los papeles que le tendía y comprobar que les habían concedido el crédito para reformar la piscina. Querían poner más toboganes y cambiarla por completo. Las obras empezarían en octubre y para la temporada de verano del año siguiente ya estaría acabada.
—¿Le has enseñado esto a Pedro?
—No, le he llamado a su despacho y no me cogía –explicó Mónica.
Alejandro agitó la muñeca para colocarse bien el reloj y mirando la hora dijo:
—Estará tomándose el café o su copa de coñac.
—Hoy ha tocado café, Alejandro –le sobresaltó Pedro a su espalda que llegaba a la recepción junto con su hijo.
Habían estado tomando un café los dos juntos. Pedro, por fin consiguió que su hijo se sincerara del todo con él. Le notaba deprimido y demasiado callado y en sus ojos vio arrepentimiento. Hugo se mostró ante su padre como de verdad se sentía y le contó lo que le dijo la última noche que habló con ella. Pedro no dijo nada, sólo le miró con gesto de desaprobación y le explicó que en ocasiones la ira es una mala compañía para la lengua, ya que te ciega y dices cosas que en realidad ni sientes, ni quieres.
—Han llegado los papeles del banco. En octubre comenzamos las obras.
—Me parece perfecto. Es hora de renovar un poco el hotel.
Alejandro iba a hablar en el momento que su móvil comenzó a sonar. Alejó la pantalla para ver mejor quién era y frunció el ceño al comprobar que era un número desconocido para él. Pensando que se podían haber confundido, optó por no coger, pero finalmente la curiosidad pudo con él, y lo hizo.
—¿Dígame?
—Buenas tardes, disculpe ¿es usted el señor Alejandro Delgado? –dijo una voz femenina.
Dándose la vuelta se apoyó en el mostrador de recepción mientras Pedro y Hugo lo observaban.
—Sí, soy yo, ¿y usted es?
—Le llamo del Hospital Francesc de Borja. Se trata de su hija, Nerea Delgado.
El corazón de Alejandro se detuvo y un sudor causado por el miedo comenzó a invadir su cuerpo. Su cabeza comenzó a dar vueltas y caminando a paso lento, se sentó en uno de los sofás que había en el hall aflojándose el nudo de la corbata.
Pedro y Hugo al verle, se acercaron a él preocupados, y este primero mandó a su hijo ir a por una botella de agua.
—Alejandro, ¿estás…?
Alejandro levantó la mano para pedirle a su amigo silencio y vio por el rabillo izquierdo cómo Hugo corría hacia él con la botella en mano. El joven se la ofreció y un asustado Alejandro la aceptó. Con manos temblorosas la abrió y dio un pequeño sorbo, ya que su estómago no podía con nada en esos momentos.
—Señor, ¿sigue ahí? –preguntó la voz de la mujer.
—Sí, sí… –dijo pasándose la mano por la frente quitándose el sudor.
—Su hija ha sufrido un accidente y ahora mismo está aquí, en el hospital. Le están realizando una serie de pruebas para comprobar sus lesiones.
—¡Voy para allá!
Como un resorte se levantó del sofá tras colgar, y con las manos temblorosas buscó las llaves de su coche.
—¡Eh! ¡Eh! –Le detuvo Pedro que se percató de cómo Alejandro temblaba, especialmente las manos–. ¿Qué ocurre, Alejandro?
Cada vez más nervioso y completamente asustado porque a su hija le hubiese pasado algo grave, contestó:
—Nerea… ha tenido un accidente. Se la han llevado al hospital que está a diez minutos de aquí y… y…
—Alejandro, tranquilízate y…
—¡¿Nerea ha tenido un accidente?! –exclamó Hugo detrás de ellos.
Pedro se volvió para ver a su hijo que tenía el rostro descompuesto y estaba igual de nervioso que Alejandro. Su pecho subía y bajaba rápidamente y comenzó a pasarse asustado las manos por el pelo mientras se movía en círculos por la recepción.
—Voy contigo, Alejandro –decidió cogiendo en recepción las llaves de la moto.
—A ver, ninguno de los dos está para conducir –medió Pedro–. Sé que estáis nerviosos y preocupados. ¡Yo también lo estoy! Pero hay que relajarse y enterarse de lo que ha pasado. Coged un taxi, yo me quedo aquí y llamadme cuando tengáis noticias.
—Tienes razón –Y mirando a Hugo, Alejandro concluyó–: Vamos.
Como les ordenó Pedro, cogieron un taxi que les llevó al hospital donde se encontraba Nerea. El camino se les hizo eterno y no pararon de repetir al conductor que se diera más prisa.
Durante el trayecto, Hugo no paraba de pensar en todo lo que le había dicho. Si le ocurría algo, no se lo perdonaría. Además, si hubiese impedido que se fuera ahora no estaría en el hospital, sino junto a él. Rezaba por que no le hubiera ocurrido nada, pero tanto él como Alejandro estaban demasiado asustados. No les habían adelantado nada, si estaba bien, grave, en coma… ¡nada!
El taxi se detuvo frente a la puerta y Alejandro le tendió un billete de veinte euros. Salió del taxi sin coger las vueltas y entró corriendo en el hospital buscando a alguien que pudiera ayudarles. Hugo le cogió del brazo y le señaló la recepción. A paso ligero se acercaron y Alejandro se secó nervioso el sudor.
—Hola, buenas tardes. Me han llamado hace un rato… mi hija… –dijo comenzando a hiperventilar.
La recepcionista al verle en ese estado, se levantó y se colocó junto a Alejandro mientras llamaba a un médico que pasaba por ahí para que le atendiera. Este mandó a una enfermera que trajera un vaso de agua.
—Cálmese, por favor. Respire con tranquilidad –dijo el doctor tomándole el pulso y comprobando que lo tenía demasiado acelerado.
Poco a poco, Alejandro consiguió calmarse y miró al médico que le había atendido con ojos preocupados.
—Mi hija ha sufrido un accidente y está aquí. Necesito saber si está bien, por favor… –suplicó.
—¿Cómo se llama su hija?
—Nerea… Nerea Delgado. –El médico fue a pedir los papeles de los pacientes ingresados recientemente pero Alejandro se levantó y le cogió del brazo–. Doctor, mi hija está embarazada.
Al oír lo que había dicho, el doctor asintió y se metió por una de las puertas por donde se accedía a las diferentes habitaciones del hospital. Alejandro, un poco más tranquilo, pero aún asustado por no saber nada de su hija, se sentó en la sala de espera junto con Hugo.
—¿Estás bien? –le preguntó al ver al chico completamente pálido y con la boca abierta.
—¿Nerea está embarazada?
Hugo había escuchado lo que Alejandro le había dicho al médico. ¿Nerea embarazada? Se había quedado completamente petrificado. Ella. La mujer de la que estaba enamorado. La mujer que amaba. La mujer que había estado a punto de marcharse. ¿Embarazada? Hugo comenzó a dar marcha atrás en el tiempo y se dio cuenta de que desde que empezaron su relación, en ningún momento le dijo que le hubiera visitado el período. ¿Cómo no se pudieron dar cuenta antes? Y lo peor de todo, aquella princesita pensaba largarse sin decírselo. Pensó en echárselo en cara cuando la viera y en enfadarse con ella, decirle que le parecía increíble que se fuera sin contarle que iba a ser padre. Y que era una egoísta por apartarle de su hijo, pero lo pensó con más detenimiento y se dio cuenta de que así sólo empeoraría las cosas. Y eso era lo último que quería, ya que lo que más necesitaba en el mundo era que ella volviera a su lado.
—Sí, Hugo. No te voy a mentir.
—No me lo pensaba contar, ¿verdad?
Alejandro suspiró y le pasó un brazo por los hombros mientras Hugo miraba el suelo como si fuera lo más interesante de ver en aquella fría sala.
—Tu padre, mientras se despedía de ella, le dio de plazo hasta que naciera la criatura. Hugo, ahora las cosas entre vosotros no están bien y a pesar de que le dije que me parecía mal que te lo ocultara, la entiendo. Nerea tenía miedo de que sólo quisieras hablar con ella para solucionar las cosas por ese bebé. No quiere que estéis juntos y estéis incómodos el uno con el otro.
—Nunca haría eso. Alejandro amo a Nerea más que a nada y cuando has dicho que había sufrido un accidente, he creído morir. Ha tenido que pasarle eso para darme cuenta de que no quiero que desaparezca de mi vida. Soy un gilipollas –resopló negando con la cabeza–. .Samuel tenía razón. Debería haber hablado con ella.
Alejandro se quedó callado. En esos momentos no sabía qué decir. Lo único que quería era tener noticias de su hija. Desesperados, daban pequeños paseos por la sala de espera y tomaban un café de vez en cuando, hasta que cuatro horas después de su llegada apareció una enfermera preguntando por los familiares de Nerea Delgado. Rápidamente, ambos se levantaron y se acercaron a una enfermera cincuentona y algo rolliza, impacientes por que les dijeran cómo estaba.
—¿Cómo está? –le preguntó Alejandro.
—Tranquilo, todo está bien. El choque no se ha producido a mucha velocidad, ya que según nos han informado, el conductor acababa de arrancar y no ha dado tiempo a que el coche fuera a una velocidad mayor de veinte kilómetros por hora, por lo que ha tenido suerte. Tiene una brecha en el lado izquierdo de la frente, le hemos tenido que dar puntos y una distensión muscular en el cuello. Le hemos hecho una serie de pruebas y podemos descartar lesiones craneales y/o cervicales. El bebé está perfectamente, pero lo mejor es que estos días haga reposo absoluto. Por lo demás, ahora está dormida, pero pueden pasar a verla, eso sí, mejor de uno en uno.
Hugo miró a Alejandro y le indicó con un gesto con la cabeza que pasase él primero. Este asintió y le mandó llamar a su padre para contarle cómo estaba Nerea. Alejandro siguió a la enfermera y Hugo se quedó solo en la sala, donde cogió el móvil y llamó a su padre.
—Ya era hora –contestó este tras coger–. Estaba a punto de ir al hospital.
—Acaba de venir la enfermera a darnos noticias –dijo con voz ahogada–. Nerea está bien y… el bebé también.
—¿Te lo ha dicho ella?
Hugo tragó saliva y se dirigió de nuevo a la máquina de café para coger otro y un snack de la máquina de al lado.
—No, ha sido Alejandro.
—¿Estás bien, hijo?
—Asustado y confundido –confesó dando un sorbo al café y sentándose de nuevo en la sala de espera.
—¿Vas a hablar con ella?
—Voy a intentar recuperarla.
Pedro no dijo nada pero Hugo notó como sonreía al otro lado del teléfono.
—Lo harás, hijo.
—Ella creerá que quiero estar a su lado sólo por el bebé, pero no es así. Papá, quiero estar con ella porque la quiero, porque quiero que forme parte de mi día a día y porque mi vida está vacía sin ella.
—Díselo.
—¿Y si no me cree?
—Convéncela. Hijo, la vida te está dando una segunda oportunidad de recuperarla. Está a apenas unos metros de ti. Así que ve a hablar con ella y cuidado con lo que le dices, Hugo, y cómo lo dices.
La recepcionista le siseó y al volverse, Hugo comprobó que debía colgar. Estaba prohibido hablar por teléfono en la sala, por lo que se despidió de su padre, colgó y volvió a sentarse para terminarse el café. Al acabarlo, tiró el vaso de plástico a la basura mientras seguía esperando a Alejandro, el cual llevaba una hora con Nerea y aún no había salido. Ya eran las seis de la tarde y Hugo estaba cansado, pero no pensaba irse de allí sin verla y mucho menos, sin hablar con ella.
Al cabo de unos minutos, Alejandro apareció más tranquilo y le indicó que regresaba al hotel. Mañana a primera hora volvería, pero lo mejor era que regresara ahora sabiendo que su hija estaba bien, aunque seguía dormida. Le mostró a Hugo cuál era la habitación y dándole las gracias se despidió de Alejandro y caminó hacia ella.
Nervioso, abrió la puerta despacio y primero asomó la cabeza para comprobar que no se había confundido de habitación y al ver que se trataba de Nerea entró cerrando la puerta tras de sí. Como le había dicho Alejandro, seguía dormida. Tenía un apósito en la frente cerca del nacimiento del pelo y una vía intravenosa en el brazo izquierdo. Se acercó hasta la cama y se sentó en el filo de esta cogiéndole la mano. Se la llevó a la boca y besó cada uno de sus nudillos.
—Voy a hacer todo lo posible para que no quieras separarte de mi lado, princesita –le susurró sin soltar su mano.
Los minutos pasaban y ella no despertaba. Comenzaba a preocuparse y aprovechó que una enfermera entró a ponerle una nueva bolsa de suero para preguntarle si era normal que aún no hubiera despertado. Con una sonrisa para tranquilizarle, le respondió que aparte del golpe en la cabeza, otros factores como el estrés, los nervios o la falta de sueño podrían afectar a su estado actual.
Cuando la enfermera se fue, él volvió a sentarse en el filo de la cama y apoyó su frente en la de ella con cuidado de no tocar ninguno de los cables que la rodeaban. Poco a poco fue bajando sus labios y depositó un suave, pero largo beso sobre los suyos, hasta que notó que se movía. Hugo se apartó lo justo para verle la cara en el momento que ella, por fin, abría los ojos.
—Me encanta despertarte con un beso, princesita –susurró sonriendo al ver de nuevo sus ojos castaños.
Nerea fue a moverse pero un intenso dolor le azotó todo el cuerpo. Hugo colocó sus manos sobre los brazos de ella impidiendo que se moviera.
—Hugo… ¿dónde estoy? –Se llevó una mano a la frente tocándose el apósito– ¿Qué me ha pasado?
—Tranquila, mi amor. Estás en el hospital. Has tenido un accidente, pero estás bien. –Colocó una mano sobre su vientre–. Los dos estáis bien.
Nerea miró primero la mano de él posada suavemente sobre su estómago y después clavó sus ojos en él sorprendida porque lo supiera y asustada por la reacción que tuviera con ella por no decírselo.
—Yo… yo… sé que hice mal –sollozó– pero… pero –tartamudeó– habíamos roto y... y… luego… luego… tú me dijiste esas palabras y yo… yo…
Hugo al verla nerviosa y con los ojos humedecidos, le colocó una mano en la boca para que callara. Lentamente se la apartó al comprobar que había dejado de hablar y le retiró un mechón de la cara.
—No puedo evitar sentirme molesto y enfadado por querer irte sin decírmelo y…
—No quería que me buscaras sólo por el bebé o que le negaras y te desentendieras o que…
Le volvió a colocar la mano en la boca.
—No me interrumpas, princesita. Escucha, yo jamás me desentendería y quiero que sepas que no pienso permitir que te separes de mi lado, y no sólo por el bebé, sino porque eres la persona a la que más quiero en este mundo, Nerea, aunque no lo creas. Y pienso tragarme el orgullo que he mostrado estos días y que hace que casi te pierda, para demostrarte cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo que para mí no hay nadie más importante que tú.
Nerea dibujó una pequeña sonrisa de emoción y acarició con la yema del dedo índice sus nudillos.
—Estaba en un semáforo cuando he tenido el accidente –dijo recordando–. Pero soy una impaciente, y decidí saltármelo porque me di cuenta de lo que de verdad quería. Te quería a ti, Hugo –se sinceró mirándole a los ojos–. Iba a dar la vuelta para ir a buscarte e intentar conseguir que me perdonaras. Iba a volver para decirte que te quería y que sí, que quería quedarme contigo. Porque te quiero, Hugo. Me he enamorado de ti como una idiota sin quererlo, pero ha ocurrido y no quiero separarme de ti. Perdóname Hugo, por favor –le suplicó con la voz temblorosa y bajando la mirada.
—¿Has dicho que me quieres?
Sin poder evitarlo ella soltó una tímida carcajada y asintió frotándose con los dedos el ojo izquierdo.
—¡Repítelo! –exigió acercando su rostro al de ella.
—Te quiero… –dijo en apenas un susurro.
—Más alto, princesita, y mirándome a los ojos.
Ella sonriendo, negó con la cabeza, e incorporándose en la cama como pudo, le miró a los ojos cogiéndole el rostro con las manos.
—Te quiero, te quiero, ¡te quiero!
Feliz por esas palabras, Hugo la besó demostrándole todo el amor que sentía por ella. Nerea echó los brazos a su cuello para poder besarle mejor y él le abrazó por la cintura apretándola contra su cuerpo hasta que ella emitió un gemido de dolor.
—Lo siento, princesita. ¿Te he hecho daño?
—Un poco, pero te perdono si esta noche duermes conmigo.
Acariciándole la mejilla, Hugo sonrió y juntó su frente con la de ella.
—No pensaba irme, princesita.
—Me refería aquí, en la cama. Conmigo.
Hugo se separó y sus labios dibujaron una fina línea recta. La cogió de la mano y entrelazó sus dedos con los de ella.
—Princesita, la cama es pequeña y tú necesitas descansar.
—Pues al menos, túmbate a mi lado hasta que me duerma –le dijo con ojos suplicantes.
—Está bien, pero sólo hasta que te duermas.
Hugo no se separó de ella ni salió de la habitación, ni siquiera cuando Nerea le dijo que bajara a la cafetería a comer algo. Cuando una enfermera le llevó la cena, le tomó el pulso y comprobó con una pequeña linterna sus pupilas. Al comprobar que estaba todo bien, se marchó a terminar la ronda.
Mientras Nerea cenaba como podía aquella asquerosa comida, Hugo le contó que su padre y él habían esperado cuatro largas horas hasta que por fin una enfermera les había indicado su estado. Ella le preguntó por su padre y él le respondió que tras pasar a visitarla, había vuelto al hotel. Como pudo, Nerea terminó de cenar y esperó a que la enfermera se llevara la bandeja diciéndole que enseguida el doctor pasaría a verla y así fue. Un hombre de unos cuarenta años con el pelo negro y una amplia sonrisa se acercó a ella y le hizo una pequeña exploración física.
—¿Cómo se encuentra, Nerea?
—Cansada y con dolor de cabeza, pero bien.
—El dolor y sentir mareos es normal. Tienes seis puntos en la frente que tendrás que venir a que te los retiremos en quince días y una leve lesión en el cuello. Deberás llevar collarín una semana, pero por las noches retíratelo. Probablemente estos días te salga algún que otro moratón, pero por lo demás no tienes nada por lo que preocuparnos y tu bebé está perfectamente. Mañana te realizaremos las últimas pruebas y si todo sale bien, por la tarde te daremos el alta.
—Gracias, doctor.
Guiñándole un ojo, el hombre se despidió y Nerea abrió la boca en un largo bostezo. Los medicamentos le causaban bastante sueño, por lo que haciendo hueco en la cama, le hizo una señal a Hugo para que se acercara y se tumbara a su lado.
—Has dicho que te tumbarías conmigo hasta que me duerma –dijo poniéndole morritos.
Él no dijo nada. Se limitó a sonreír y a hacer lo que le había prometido. Tumbándose a su lado con cuidado de no tocar los cables, Nerea apoyó la cabeza en su pecho hasta que poco a poco se fue quedando dormida, y sin poder evitarlo, Hugo también.