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—No me jodas que hay cola para entrar a cenar.

El Hotel Villa Magic tenía un grandísimo comedor, pero no era extraño que estuviese lleno y tuvieses que esperar a entrar. Tenía muchísima variedad de comida. Una zona con las comidas que más le gustaban a los niños, otra con más variedad aún para hacerte ensaladas, comerte un gran chuletón o un sabroso pescado al horno y por último la zona de los postres, donde cada noche ponían una fuente de chocolate, alternando entre el negro y el blanco. Nerea tenía una gran anécdota con esa fuente.

La maître se llamaba Sara y llevaba más de diez años en ese puesto. Era una chica muy simpática y alegre que conseguía ganarse a los huéspedes y hacer más entretenida la espera.

—Nerea, ¿eres tú? Madre mía, mi niña, qué guapa estás.

Sara y Nerea se abrazaron y tras presentarles a sus amigas, las cinco entablaron una conversación, hasta que por fin consiguieron mesa.

—¿Qué haces? ¿Intentar mover la comida con la mente? –preguntó Nerea al ver cómo Laila examinaba toda la comida.

—Es que hay tanta comida, que no sé qué coger. Quiero probar eso, pero también esto y no me va a entrar en el cuerpo.

—Coge un poco de cada –sugirió Nerea.

—¿No has visto todo lo que he cogido ya? –dijo señalando la mesa donde estaban.

Nerea le sonrió y continuó eligiendo su cena. La mesa donde se sentaban estaba llena de platos. Todas habían cogido un poco de todo, pero sabían que no iban a poder con ello y así fue. La mitad de la comida se quedó intacta.

—No puedo más –dijo Ada medio recostada en la silla con las manos en la tripa–. Creo que es la primera vez que vengo a un hotel y dejo comida en el plato porque no me entra. Con la buena pinta que tenían los aros de cebolla, que lo he dejado para lo último y si como uno ¡reviento!

—¿Queréis postre? –preguntó Nerea levantándose de la silla.

—¡¿Qué dices?! No me entra nada más –dijo Elena.

—Bueno, pues yo voy a cogerme un par de brochetas de fruta mojadas en la fuente de chocolate.

—Ahora que lo dices… creo que dos brochetitas de esas sí me entran. Tráeme, porfi –dijo Ada poniendo morritos.

—¿Te molesta mucho traerme a mí también? –pidió Laila

—¿Y a mí? –las imitó Elena.

Al final todas le pidieron ese delicioso postre y Nerea cogió un plato grande para poner ahí las ocho brochetas mojadas en chocolate. Estaban formadas por una fresa, plátano, kiwi, naranja y melón y el sabor del chocolate mejoraba su gusto.

—Espera, espera –oyó Nerea una voz a su espalda.

—¿Otra vez tú? Puedes dejarme en paz de una vez, por favor –dijo dando una patada en el suelo cansada de ese idiota.

—Sólo vengo a ayudarte.

Nerea le dio la espalda a Hugo y él aprovechó para pasarle el brazo izquierdo por la cintura y pegar su espalda a su pecho. Llevó su mano derecha a la de ella para colocarla encima, y la guió hacia la fuente para que la brocheta quedara empapada de chocolate. En esos segundos, que para Nerea fueron una eternidad, sólo pudo sentir el calor de sus manos y su aliento en la oreja.

—Muy bien princesa –dijo Hugo apartándose y comenzando a dar infantiles palmas para burlarse de ella–: Ya has aprendido a poner chocolate a la fruta sin tirarte la fuente encima.

Nerea abrió la boca cuando oyó ese último comentario. ¿Cómo sabía él lo que hizo siendo una niña? Además fue sin querer. A los ocho años, Nerea era demasiado bajita para llegar a la fuente y subiéndose a una silla, la cogió con la mano para atraerla hacia ella provocando que se le cayera todo el chocolate encima y que casi rompiera la fuente. Alejandro la rescató y la estuvo bañando mientras ella lloraba avergonzada por lo que había pasado y su padre intentaba consolarla.

Hugo seguía riéndose y ella volvía a sentirse una inútil al haber vuelto a dejarse manejar por un tío para su diversión. Le dio un pequeño empujón, pero Hugo tropezó y en un intento de no caerse, colocó la mano en el extremo del gigantesco bol del arroz con leche, haciendo que volcara y que la mayor parte del contenido acabara duchándole por completo. Nerea se llevó una mano a la boca y comenzó a reír a carcajadas.

—Me voy a empezar a cagar en todos tus antepasados, princesita Cascanueces. ¡Mira lo que me has hecho! –bramó enfurecido.

—¿Yo? –dijo Nerea señalándose–. Perdona, pero yo sólo he puesto distancia entre nosotros con un pequeño empujón. Tú, que no miras por dónde vas, has pisado mal y ¡tú! te has tirado el bol en un intento de sujetarte a la mesa y no caer.

Hugo le echó una mirada llena de furia mientras ella seguía con su sonrisa burlona.

—Mira el lado positivo –dijo Nerea cogiendo el plato con las brochetas rebanadas en chocolate–: Ahora eres un poco más dulce.

Cuando Nerea llegó a su mesa, todas se echaron hacia adelante para poder susurrarse. Desde allí habían visto todo y aunque rieron al verlo, sabían que Nerea se había vuelto a pasar con el pobre chico.

—Pero ¿qué le has hecho ahora?

—¡Otras! Yo no he hecho nada, si habéis visto bien, él se ha tropezado y se ha tirado el arroz encima.

—Pero porque tú le has empujado.

—Pero yo no he hecho que él mismo se tire el bol y si le he empujado es porque estaba invadiendo mi espacio.

Tras degustar las deliciosas brochetas, fueron al bar-salón del hotel para tomarse unos cubatas. Se sentaron en una de las mesas que se encontraban en la zona del salón, donde se veía mejor el espectáculo que organizaban los animadores y los niños correteaban y jugaban ansiosos por ver qué hacían los animadores esa noche.

—Creo que es la primera vez que le voy a ver trabajar –dijo Nerea señalando a Hugo antes de meterse la pajita en la boca.

—Pues yo creo que hace bien su trabajo. Mira como los niños se acercan a él –comentó Laila con una tierna sonrisa al ver a los niños ir hacia Hugo.

—Precisamente su trabajo consiste en eso, en que los niños caigan a sus pies.

—No sé qué tienes contra él, Nerea –dijo Elena mirándola seria.

—Pues que desde que nos conocimos no hace más que tocarme los ovarios –resopló cansada de hablar de ese idiota.

—¿Él a ti los ovarios o tú a él los cascabeles? –se mofó Ada.

—Las dos cosas –contestó Laila–. Yo a estos dos les doy una colleja y para lo próximo que abrirán la boca será para pedirse disculpas.

Nerea vio cómo Hugo mandaba a todos los niños sentarse en el suelo mientras el otro animador infantil entraba en la estancia con un carro en el que había seis tartas de nata.

—Veréis, niños, –comenzó a decir Hugo– estas tartas de aquí, no son unas tartas cualesquiera, sino tartas mágicas. ¿Sabéis por qué?

Los niños negaron con la cabeza.

—Porque a veces, estas tartas cobran vida y salen disparadas hacia la gente. Ya veréis.

Hugo cogió una tarta con cuidado y comenzó a moverse con ella como si fuese la tarta quien le controlara. Los niños reían y gritaban cuando se acercaba a ellos, pero Hugo la controló y resoplando se pasó exageradamente la mano por la frente como si se secara el sudor, pero la tarta salió disparada hacia un lado cayéndose al suelo boca abajo. Hugo se llevó las manos cómicamente a la boca y miró de nuevo a los niños con los ojos muy abiertos.

—Es que, Hugo –comenzó a hablar su compañero–, no tienes ni idea de controlarlas. Verás se hace así.

El otro animador cogió otra tarta y se agachó frente a un niño para que soplara diciéndole que su aire anularía la magia de la tarta.

—¿Ves? –dijo enseñándosela a Hugo.

—¿Y qué pasa si se vuelve a soplar? –preguntó Hugo divertido mirando a los niños.

—Que vuelve la magia.

Entonces Hugo se agachó con los niños y les hizo señas con las manos para que se acercasen y así hablarles en voz muy baja.

—¿Queréis que sople y que vuelva la magia de la tarta a ver qué pasa?

Todos asintieron divertidos y Hugo acercándose sigilosamente por detrás a su compañero mientras los niños reían y el otro animador infantil fingía que no se enteraba, sopló en la tarta que acabó en la camiseta del animador. Los niños rieron y aplaudieron, y el compañero de Hugo lo miró con falso enfado.

—Ahora te las arreglas solito con las tartas –dijo mientras se colocaba en una esquina a mirarse las uñas mostrándose indiferente.

A pesar de que Nerea intentaba mantenerse seria, al ver cómo Hugo y su compañero hacían su espectáculo no podía controlar la risa dentro de ella y alguna se le escapaba, pero rápidamente se ponía la mano en la boca para disimular, aunque sus amigas la habían pillado y Hugo también.

—Pues me he quedado solo, así que, necesito a una valiente voluntaria que tenga los ojos marrones y grandes y un color de pelo indescifrable.

Nerea y Hugo cruzaron sus miradas y ella levantó una ceja. «Vas listo si crees que me voy a levantar de esta silla», pensó Nerea negando con la cabeza y lanzándole una mirada de advertencia. Pero Hugo no se dejó intimidar por esa mirada y se acercó hasta su mesa.

—Sí, sí, tú eres la valiente voluntaria que estaba buscando, ¿o me vas a decir que le tienes miedo a las tartas mágicas? –Miró a los niños–. Venga, chicos, hacedle la gallina.

Los pequeños, divertidos, comenzaron a imitar a la gallina, pero Nerea no se movía, así que Hugo la cogió de las manos y la llevó hasta el lugar donde serían el centro de atención mientras las traidoras de sus amigas comenzaban a sacarle fotos y grabarla. A pesar de oponer resistencia, él era más fuerte que ella y tuvo que dejarse arrastrar.

—¿No vas a decirme tu nombre? –la vaciló Hugo.

—Nerea –contestó pensando en los niños que los observaban. No le quedaba más remedio que quedarse quietecita.

—Muy bien, Nerea –dijo Hugo cogiendo una tarta–. Vas a ser la primera en probar este delicioso postre. ¿Alguno de vosotros tiene una cuchara? –preguntó dirigiéndose a los niños que volvieron a negar.

—Bueno da igual, así también la puedes probar.

Hugo le estampó a Nerea la tarta en la cara para diversión de todos menos de ella. Se retiró con los dedos la nata de los ojos y asesinó a Hugo con la mirada.

—¿Está buena?

Sin decir palabra, Nerea cogió dos tartas y se acercó a él.

—Buenísima, pero creo que deberías probarla para comprobarlo.

Dicho esto, le dio un tartazo en la entrepierna provocando a los espectadores mayores carcajadas.

—Uy, perdón. Aún tenía nata en los ojos y creía que eso era la boca, espera que ahora sí que acierto.

La segunda tarta que tenía en las manos acabó en la cara de Hugo y Nerea se las sacudió para quitarse un poco de nata. Alejandro y Pedro pasaron por el bar para tomarse una buena copa de coñac, y se quedaron sorprendidos al ver el espectáculo que esos dos estaban montando. Divertidos, se sentaron en unas mesas y siguieron disfrutándolo.

—Preciosa, creo que deberías dejar de comer dulces –dijo cogiendo la última tarta del carrito–. Chicos, ¿sabéis dónde van todos los dulces que comemos?

Antes de que los niños contestaran, Hugo le dio la vuelta a Nerea y estampó la tarta en su trasero.

—¡Al culo! –contestó Hugo divertido.

En ese momento en el que todos reían, Nerea levantó las cejas divertida mirando al animador al notar que no apartaba la mano de su trasero. Se quedó completamente anonadada con ese gesto. Apenas se soportaban, pero increíblemente, estaba disfrutando con ese divertido espectáculo y no le importaba que tuviera la mano en esa zona de su anatomía.

Todos los presentes se levantaron y aplaudieron una vez acabó el espectáculo y Nerea, al ver a Hugo saludar, ella, cómicamente, también lo hizo. Aunque al principio se enfadó, no podía negar que se había divertido mucho participando en el espectáculo.

Alejandro y Pedro se acercaron a ellos para darles unas toallas mientras Samuel, el otro animador infantil, que se había retirado para que Hugo hiciera solo el número, continuó entreteniendo el ambiente.

—Vaya, cariño –dijo Alejandro mirando a su hija–. Creo que te voy a contratar como compañera de Hugo. Hacéis muy buena pareja.

—Ni de broma, papá. Esto no estaba previsto –contestó limpiándose la nata de la cara con la toalla.

—Y por eso ha sido el mejor espectáculo que ha habido en el hotel desde hace tiempo –dijo Pedro sin parar de reír–. Hacéis muy buen equipo los dos.

—Pedro –advirtió Nerea–. No veas cosas que no son.

Antes de irse Hugo, con una sonrisa burlona, guiñó un ojo a Nerea y se marchó. Necesitaba una ducha.

En la habitación, tras un baño a fondo para quitarse los restos de nata, Nerea y sus amigas repasaban los vídeos y fotos que le habían hecho en el bar-salón. Todas rieron, incluida Nerea, y comentaron cada cosa que veían como cuando Hugo le dio el tartazo en el trasero y dejó ahí más tiempo la mano. Parecía increíble pero a Nerea no le molestó que hiciera eso. Es más, sonreía al recordarlo, sobre todo cómo el animador miraba embobado su trasero. Con una sonrisa y recordando lo que había hecho junto a Hugo, Nerea se durmió.