29
Había pasado más de una semana desde que Nerea hubiera decidido poner fin a su relación con Hugo. Ahora sólo salía de la habitación para comer, pero en cuanto podía, se escabullía de nuevo a ella.
No quería verle, ya le dolía bastante pensar en él. Tras la noticia de su embarazo, Nerea decidió que era hora de luchar de verdad por un trabajo. No podía hacer que su padre siguiera manteniéndola. Durante los siguientes días, Nerea pensó en cómo contarle a su progenitor que iba a ser abuelo. ¿Le decepcionaría? Tragándose su miedo, decidió saltarse la comida e ir a hablar con su padre.
—¿Se puede? –preguntó Nerea asomando la cabeza por la puerta tras llamar.
—Claro, pasa princesa.
Con los nervios a flor de piel, Nerea se acercó a su padre que, como siempre, la recibió con un candoroso abrazo y beso en la frente. Tomaron asiento en las sillas que se encontraban frente a la mesa del despacho y Alejandro tomó las manos de su hija.
—¿Has comido ya? ¿Quieres un café o algo?
—No, no he comido, tengo el estómago revuelto y tampoco quiero café, pero gracias.
—Nerea... –suspiró cansado–. Tienes que comer.
—He descubierto la razón por la que no puedo comer.
Nerea se puso de pie y se sacó del bolsillo trasero del pantalón el segundo test que se había hecho. Se lo tendió a su padre y esperó con manos temblorosas su reacción. Alejandro cogió el alargado aparato blanco y azul y se fijó en lo que ponía en la pantalla digital. Clavó los ojos en su hija y de nuevo en el predictor. No daba crédito a lo que veía.
—Cariño, ¿estás embarazada?
Ella asintió.
—¿Sabes quién es el padre?
—¡¡¡Papá!!! –gritó Nerea con los ojos como platos–. Pero papá, ¿por quién me tomas? ¿Y no ves la fecha? Estaré de un mes o así y corté con Hugo hace diez días.
—Tienes razón, lo siento cariño, es sólo que… no me lo esperaba.
—¿Estás enfadado?
—Por supuesto que no, cariño. –La abrazó besándola en la mejilla–. ¡Me vas a hacer abuelo! Y ya no tienes dieciocho años. –Con los ojos llorosos miró a su hija–: Has crecido, princesa, y te has convertido en una preciosa mujercita que está a punto de formar su propia familia. Parece mentira que hace sólo cuatro días te sentabas en esta mesa a pintar tus princesas favoritas mientras yo trabajaba y después me las hacías pegar con celo por todo el despacho. A Pedro se lo llenaste entero.
Con lágrimas de felicidad, Nerea sonrió y volvió a abrazar a su padre mientras notaba cómo él posaba una mano en su inexistente barriga.
—Se lo tienes que decir, Nerea. Hugo tiene derecho a saber que va a ser padre.
—¿Para qué? El martes regreso a Oviedo y no creo que vuelva a verle…
—¿El martes? Pero si tus amigas se van dentro de diez días. El 31 tal y como dijisteis.
—Lo sé, papá. Pero estoy encerrada en la habitación porque no puedo verle y me asusta que me diga algo o me mire mal. Quiero irme, papá. Ya no soporto esto. Y además tengo que buscar trabajo. Ya no soy sólo yo.
—Sabes que te voy a ayudar, princesa. No te va a faltar de nada. Ni a ti ni al bebé, pero pienso que antes de que te vayas, es mejor que hables con Hugo.
—Lo siento, papá. Sé que tenías la esperanza de que me quedara –dijo ignorando lo que le había dicho de Hugo–. Vi en tu ordenador una carpeta con mi nombre y llena de ofertas de trabajo.
—Cariño, no te preocupes. Lo único que me importa es que tú estés bien y tienes que tranquilizarte. No es bueno para el bebé que te alteres. Pero piensa lo de Hugo, ¿me lo prometes?
Ella lo hizo y se quedó una hora más en el despacho de su padre hablando con él, pero Alejandro debía atender a sus responsabilidades y muy a su pesar, Nerea regresó a la habitación sin darse cuenta de que unos ojos azules la habían estado observando durante todo el trayecto hasta las escaleras.
Hugo no soportaba más la soledad. Cada noche la echaba más de menos a su lado, y aunque en varias ocasiones había estado a punto de ir a hablar con ella, su orgullo se lo impedía. Si le amaba, sería ella quien tendría que buscarle. Pero ver que la tenía tan cerca y a la vez tan lejos, le consumía. Quizá debería templar un poco su humor e intentar convencerla de que para él no habría nadie más salvo ella, pero sus pensamientos desaparecieron cuando notó algo sobre su cabeza y vislumbró un fondo marrón. Quitándose la caja de cartón con la que Samuel le había cubierto hasta el cuello, le golpeó en el brazo con ella, antes de tirarla a una bolsa amarilla de basura. El animador sacó las asas blancas e hizo un nudo para ir a tirarla al contenedor.
Acababan de terminar de hacer una limpieza a fondo en el almacén. Había demasiados materiales rotos o inservibles y necesitaban espacio antes de que no cupiera ahí ni una mosca. Durante las dos horas largas que duró la limpieza, Hugo no le había dirigido la palabra a Samuel, quien lo veía ausente y tremendamente enfadado. Tenía todo el rostro tenso, los labios y la mandíbula apretados y unas pequeñas arrugas aparecían en su frente fruncida. Cogía las cosas y las dejaba de mala manera, y maldijo en voz alta cuando se le cayó, haciéndose añicos, una botella de anís vacía con la que habían enseñado a los niños a tocar música con ella y un palo.
Samuel no quiso decirle nada. Sabía lo ocurrido y no quería meterse en algo que debían solucionar Nerea y él, pero cuando se fijó en cómo la miraba salir del despacho de su padre, supo que no la quería dejar escapar. Aunque su orgullo le impidiera ir a buscarla.
—A ver, Gruñón –dijo llamándole como al famoso enano de Blancanieves que siempre estaba enfadado–. ¿Vas a dejar de hacer el idiota?
—No me toques los huevos, Samuel. No estoy de humor –bufó enfadado.
—¿Me lo dices o me lo cuentas?
—Te lo narro –contestó vacilón.
Cogió todas las bolsas que pudo haciendo que los músculos de sus brazos se tensaran y las clientas del hotel babearan al verlo. Miradas que él ignoró, pues la única que le interesaba era la mirada castaña de su princesita.
A paso rápido, caminó hasta los contenedores y pulsando con un pie la palanca de la parte inferior del contenedor, alzó todas las bolsas hasta que acabaron dentro.
—Lo dicho –dijo Samuel tras alcanzarle–. Te estás comportando como un idiota. Te consumes cada día porque no tienes a tu lado a Nerea y en vez de ir y hablar con ella, pasas el día cabreado y pagando tu mal humor con los demás. Creo que eso no soluciona nada.
—Mira, Samuel, creo que ya me he arrastrado hacia ella más de una vez. La princesita Cascanueces decidió mandarme a la mierda cuando le confesé lo que sentía por ella. Dejó claro que para ella sólo fui un rollo.
—Hugo…
—¡Ni Hugo ni pollas! Si de verdad quiere estar conmigo, ¡que me lo demuestre!
Cerró de mala gana la tapa del contenedor sin querer hablar más con nadie sobre Nerea. Estaba harto de dar explicaciones, cuando él era la única víctima de todo esto. Dispuesto a no cruzarse con nadie más, decidió coger algo de comida y comer en su cuarto. Estaría a salvo de las miraditas de los empleados y de algún sermón de su padre o de Alejandro. Consiguió esquivarles y subir a su habitación sin ningún impedimento, pero cada vez que entraba la veía completamente vacía. Le faltaba ella. Dejando la comida en una pequeña mesa que tenía en la terraza, se acercó a la cama para levantar un poco la almohada y acariciar el pijama. Sólo le quedaba eso de ella. Por una vez en esos días, Hugo asumió que no había vuelta atrás. Era hora de poner punto y final a esa etapa de su vida. En una mano, cogió el pijama y, como si de un vendaval se tratase, bajó a la habitación de Nerea y Ada, donde, por suerte, esta última le abrió. Ada se quedó sorprendida al verle y por un momento pensó que había ido a solucionar las cosas con Nerea, pero su gesto cambió cuando el animador le tiró el pijama de Nerea a la cara de mala manera.
—¡¡¡Serás imbécil!!! –le gritó roja por la furia–. ¡¿Qué cojones crees que haces?!
—En este hotel, los animales están prohibidos, así que haz el favor de dejar de gruñir como los perros y dale eso a tu amiga. Y dile que ya es definitivo y que no hay nada que me ate a ella. Que se vaya y que no quiero volver a verla en mi vida.
Hugo se dio media vuelta para marcharse pero volvió a girarse cuando algo impactó en su cabeza. Como acto reflejo se llevó la mano a la zona donde le habían golpeado y vio el zapato que Ada le había tirado desde la puerta. Por un momento, Hugo pensó en llevárselo, pero quería ver a la pelirroja lo menos posible, por lo que se lo lanzó dentro de la habitación, oyendo cómo impactaba con el cristal de la terraza.
—Venga, busca, busca –se burló Hugo.
Ada, cabreada, cerró de un fuerte portazo que hizo sonreír al animador. ¡Menos mal que los días para soportarlas llegaban a su fin!
—¿Quién era? –preguntó Nerea saliendo del baño con una toalla anudada a su pecho y secándose las puntas con otra toalla blanca más pequeña que la del cuerpo.
Durante la ducha había permanecido con los ojos cerrados imaginando que el agua que corría por su cuerpo eran las cálidas manos de Hugo, pero para nada la sensación era la misma que sentía cuando era él quien la acariciaba. El agua no hacía que las piernas le temblaran ni que su piel se estremeciera. No hacía más que torturarse con imágenes de ellos dos juntos. La pregunta volvía a replantearse en su cabeza. ¿Debería intentarlo? ¿Debería quedarse? ¿Debería arriesgarse? ¿Debería hablar con él? Quizá se había precipitado tomando la decisión, pero cuando le dijo que la quería, se asustó. Es más, seguía asustándose al recordarlo, pero no podía negar que ella sentía lo mismo por él.
—¡¡Un gilipollas!! –gritó Ada dándole el pijama a Nerea.
Al ver la prenda, su corazón se rompió en mil pedazos. Si se lo había devuelto, era porque no la quería volver a ver. Expulsó el aire retenido en sus pulmones y doblándolo lo puso en el fondo de la maleta tapándolo con otras prendas. De espaldas a Ada, se puso la ropa interior tras dejar caer la toalla al suelo y cogió el primer pantalón corto que pilló. Pero antes de ponerse una camiseta, observó que Ada la miraba de una forma extraña.
—¿Qué pasa? –le preguntó Nerea.
—Que ahora que me fijo… ¡te han crecido las tetas!
Nerea puso los ojos en blanco mientras la loca de su amiga se acercaba para manoseárselas por encima del sujetador, comprobando su tacto, su tamaño y su peso.
—Sí, sí. Están más grandes y joder, ¡¡están ardiendo!! –quitó las manos de sus pechos como si fueran un objeto prohibido de tocar–. ¿No te estaré excitando al tocártelas para que las tengas así de calientes, verdad?
—Ada, mejor no vuelvas a toquetearme las tetas y no, lo que menos estoy ahora mismo es excitada –resopló poniéndose la camiseta.
Los días pasaban y la marcha de Nerea se acercaba. Sus amigas intentaban que esperara para irse todas juntas, pero ella era cabezota como ninguna y no se dejó convencer. Deseaba irse cuanto antes. Era lo mejor para todos.
Los últimos días que Nerea estuvo en el hotel, se dedicó a dar largos paseos nocturnos por la orilla del mar, dejando que las olas mojaran levemente sus pies. Iba a echar mucho de menos todas aquellas sensaciones. Paseaba durante el tiempo suficiente para que los animadores realizaran su espectáculo y se fueran a descansar. Pero no podía irse sin visitar la pequeña urbanización donde la había llevado Hugo, por lo que cogió su coche y, con ayuda del GPS, condujo hasta ahí.
Pasó allí su penúltimo día en Gandía. Subió a la pequeña colina donde disfrutó con él de su primera cita y después comió en el pequeño restaurante donde la llevó a cenar. A paso lento, caminó por la acera que daba acceso a las puertas de las distintas viviendas deteniéndose en la última. La más grande de todas y con la que Nerea soñaba desde que era pequeña. Pero como se suele decir, los sueños, sueños son. La vida no era un cuento de princesas y castillos con príncipes azules que te despiertan con un beso.
Como le pasaba desde que sabía que estaba embarazada, al comenzar a llegar la noche su estómago se revolvía. Dejó pasar la cena y caminó hasta la pequeña cala. Se sentó en mitad de ella agarrándose las rodillas con las manos y contemplando la inmensidad y los misterios del mar mientras el viento agitaba su pelo. Sin poder evitarlo, le llegaron a la mente los recuerdos de aquel día en esa cala. Una risa tímida se le escapó al recordar cómo al día siguiente amaneció escocida por la arena. Pero ahora volvería a repetir lo que hizo sobre esa suave y limpia playa con él. Con Hugo.
Una brisa algo fría para ser verano comenzó a azotar su cuerpo y frotándose los brazos para entrar en calor, supo que era hora de irse. El sol se había puesto hacía rato y la única luz que había, era la de la luna.
Durante el camino de regreso al hotel, su cabeza dio mil vueltas. Quizá debería hablar con Hugo antes de marcharse. Las cosas entre ellos no podían empeorar más. Pero le aterraba. Era consciente de que no la iba a mirar igual y, posiblemente, la ignoraría. Ella sólo quería que la siguiera mirando igual, con esa mirada entre pícara y risueña que hacía que sonriera como una boba. Limpiándose una lágrima que estaba a punto de salir de sus ojos, aparcó cerca de la entrada del hotel y comprobó la hora en el reloj del vehículo. Eran las doce menos cuarto de la noche. El tiempo se le había pasado volando. Nerea supuso que los empleados encargados del comedor y el bar-salón estarían recogiendo para dar el día por finalizado, por lo que entró y atravesó la recepción lo más rápido que pudo, saludando con una sonrisa a la recepcionista. Pero algo se bloqueó dentro de ella cuando había puesto un pie en el primer peldaño de la escalera. Su voz. Esa voz que llevaba días sin oír, que anhelaba escuchar en su oído como un susurro. Volteó la cabeza hacia esa dirección y lo vio desaparecer por la puerta del bar-salón. ¿La habría visto? ¿O quizá la habría ignorado? Nerea comenzó a abrir y cerrar las manos, nerviosa, pensando si seguirle o por el contrario, dejarle ir para siempre. La duda volvía a instalarse en ella. Hugo le declaró su amor. ¡La quería! Y ella a él. ¿Pero la seguiría amando tras lo ocurrido? Cerrando los ojos y cogiendo aire, caminó hasta el umbral de la puerta del bar-salón. Apoyando las manos en el marco de la entrada, asomó tímidamente la cabeza dejando su cuerpo fuera de la vista de los que se encontraban ahí dentro. Posó sus ojos en los pocos empleados que en ese enorme espacio había, hasta que lo vio. Estaba junto a Samuel y bebía agua de una botella de medio litro. Nerea clavó la vista en su nuez que se movía al ritmo que él tragaba.
Soltando un aliento de satisfacción, Hugo cerró la botella y se quitó el sudor que le recorría la frente. Se le veía cansado y la joven pudo apreciar que, al igual que ella, él también había perdido algo de peso. Posando una mano en su vientre para inflarse de valor, entró en el bar-salón cuando vio a Samuel desaparecer por una puerta que conectaba con el restaurante. Sin que Hugo se percatase de su presencia, Nerea continuó avanzando hacia él hasta que quedó a una distancia de dos metros. Necesitaba saber si la seguía queriendo, pero no sabía qué decirle. ¿Y el embarazo? Debería decírselo. ¿Pero si sólo quería volver con ella por el bebé? Nerea tragó saliva echa un mar de nervios dispuesta a solucionar las cosas.
—Hola –dijo en un tono de voz casi imperceptible.
Hugo se quedó paralizado al oírla. ¿Era verdad o estaba tan cansado que ya se imaginaba cosas? Pero al darse la vuelta, la vio. No se estaba imaginando nada. Ella, su chica, su princesita estaba ante él con ese pelo que siempre le cautivó, algo revuelto y las mejillas encendidas por el calor y el nerviosismo que se le notaba. Algo en él que había muerto en esos días revivió y quiso acercarse a ella para besarla, abrazarla, cogerla y llevarla a su habitación. Quería hacerle el amor durante horas y no permitir que volviera a huir de él. La secuestraría si era necesario, pero no se movió ni habló, esperando a que ella confirmara sus esperanzas.
Nerea, cada vez más nerviosa y preguntándose si había hecho bien en ir a hablar con él, se mordió el labio inferior intentando averiguar qué pasaba por su cabeza. Los ojos azules de Hugo mostraban sorpresa e incluso esperanza, pero algo en ellos le desconcertaba. ¿Qué estaría pensando?
—No sé muy bien por dónde empezar –dijo suspirando con una sonrisa nerviosa.
—¿A qué has venido, Nerea? –le preguntó Hugo sin cambiar de gesto.
—Yo, quería hablar contigo y… bueno… –titubeó.
—Soy todo oídos, princesita.
Un cosquilleo recorrió el estómago de Nerea al oír como la llamaba y se lamió el labio inferior.
—Verás, me voy mañana y supongo que no quiero que las cosas entre nosotros queden así y…
—¡¿Que te vas mañana?! –bramó Hugo cuando el corazón le volvió a latir. Creía que había ido a hablar con él para volver a estar juntos y su respuesta le había caído como un jarro de agua fría–. ¡¿Y a qué has venido, Nerea?! ¡¿A restregármelo?! ¡¿A hacerme más daño de lo que ya me has hecho?!
—¡Por supuesto que no! Sólo quería que fuésemos amigos y…
—Vaya… me has subido de categoría… ¡he subido de ser un rollo de verano a ser un amigo! ¡Menudo honor por parte de la princesita!
Nerea ahogó un gemido.
—¡¿Y qué más da lo que sintamos el uno por el otro?! –gritó sin importar que los dos camareros que se encontraban allí les miraran–. ¡¡¡Estoy segura de que me engañarías con la primera guiri con tetas que se te cruzara!!!
—Me encanta que tengas esa opinión de mí, princesita –dijo irónico y molesto–. ¿Pero sabes qué? ¡¡Me da igual lo que pienses de mí!! Porque lo que yo pienso de ti es que eres una maldita niñata consentida, una caprichosa y una persona sin sentimientos, que no mira más allá de sus narices. Una persona llena de prejuicios que juzga a la gente sin conocerla y colocando las etiquetas que según ella corresponde. Pero ¿sabes qué? Me alegro de que cuando te dije que te quería no respondieras lo mismo, así pude abrir los ojos con respecto a ti y ver que toda tú eres un engaño. Porque si alguna vez alguna mujer me dice que me quiere, quiero que sea de verdad –expresó invadido por la furia y la rabia que sentía en ese momento al ver que esa última esperanza moría con él.
Nerea se quedó completamente pálida y no pudo controlar las lágrimas que comenzaron a derramarse sin control por todo su rostro ante esas duras palabras. ¿Cómo la podía hablar así?
—Yo… yo no soy así… Creía que me conocías, Hugo –dijo sollozando.
—Creía conocerte, sí. Pero no eres como muestras. Lárgate, Nerea… ¡¡¡vete!!! ¡¡¡Márchate de una maldita vez y no vuelvas!!! Porque no quiero volver a verte en mi vida. ¡¡¿¿Me oyes??!! ¡¡En mi vida!! Y, tranquila, que mañana mismo retomaré lo poco de vida que me has dejado y seguiré follándome cada noche a una clienta distinta. Al fin y al cabo, para follar todas las tías valéis. Es más, creo que es para lo único que valéis. Y tú no te libras de esa categoría.
Destrozada y completamente dolida por todo lo que le había dicho, Nerea apartó la mirada de la suya y derrotada caminó a paso ligero hasta la salida tapándose la boca con la mano para disimular su llanto.
Lo que no sabía era que esas palabras le habían dolido más a él que a ella. Hugo, dando una patada al pequeño escenario, apoyó en él los codos y se cubrió la cara con las manos. La furia y la rabia le habían invadido y en el mismo momento que vio cómo ella salía del bar-salón, el arrepentimiento y el sentido de culpa sustituyeron a esa rabia que había liberado contra Nerea. Ella se iba a ir. No se lo podía creer y lo peor era que él no estaba dispuesto a hacer nada para evitarlo.