16
—¿Puedo pasar?
Alejandro levantó la vista de los papeles que tenía en la mesa y sonrió al ver a su princesa en la puerta. La hizo pasar y se levantó para darle un beso en la frente como hacía desde que era pequeña. Nerea se sentó en la silla que se encontraba frente al escritorio y su padre, cogiendo la suya, se colocó a su lado.
—¿Va todo bien, princesa? –le preguntó preocupado al verle el gesto de la cara.
—Sí, sí… –dijo rascándose la nuca, algo que hacía siempre que estaba nerviosa o algo le preocupaba.
Alejandro, que la conocía mejor que nadie, la cogió de la mano y le transmitió su confianza. Esas últimas semanas apenas había coincidido con ella. Veía mucho a sus amigas pero no tenía ni idea de dónde se metía su hija. Barajaba varias posibilidades y una de ellas era que estuviera con Hugo ya que a él tampoco le veía mucho el pelo y hacía días que no quedaba con él para tener una de sus charlas tomando un buen café con hielo.
Para Alejandro, Hugo era como un hijo. El día que lo vio por primera vez a los dieciséis años, no vio en él al niño maleducado del que todo el mundo hablaba. Los ojos de ese muchacho eran los ojos de un chaval infeliz, que no se sentía querido y reprochaba a su padre que lo hubiera abandonado dejándole desprotegido con la alcohólica de su madre.
Ante la desesperación del padre de Hugo, Alejandro le había ayudado a que comprendiera todas las decisiones que su padre había tomado para que él estuviera a salvo. Su madre amenazaba continuamente a su progenitor con llevárselo lejos si intentaba arrebatárselo y tuvo que actuar paulatinamente para conseguir que le retirasen la custodia e ingresaran en un centro de desintoxicación a esa mujer enferma. Poco a poco las conversaciones entre Hugo y Alejandro fueron diarias. El joven se desahogaba con él y Alejandro le hablaba mucho de Nerea y de la que fue su mujer. A medida que pasaban los meses, Hugo comenzó a interesarse por la carrera que Alejandro había estudiado. Encantado, él le ayudó con todo el proceso y los distintos idiomas que tenía que aprender hasta que consiguió licenciarse con buenas notas. La relación con su padre mejoró a lo largo de los años y comenzó a trabajar en el hotel como animador infantil y a pesar de los ascensos que le ofrecían se negaba a dejarlo. Él estaba feliz con lo que hacía y con eso le bastaba.
Alejandro conocía la fama de mujeriego que Hugo tenía y las distintas relaciones que mantenía con las clientas del hotel. Ni Pedro ni él estaban de acuerdo, pero no incumplía ninguna norma y sabían que se había cerrado al amor por el sufrimiento que su madre le hizo pasar siendo un crío, aunque ambos confiaban en que eso cambiara.
Cuando Nerea llegó al hotel y Pedro y Alejandro les vieron juntos por primera vez, sonrieron. Eso era precisamente lo que necesitaba Hugo, una mujer que no cayera a sus pies y sabían que poco a poco esos dos acabarían mirándose de otra forma, y no se confundieron. A medida que pasaban los días, los jóvenes iban aflojando su carácter el uno con el otro y aunque aún no sabían nada, intuían que los chicos estaban juntos. Así que, por eso, Alejandro sospechaba que el nerviosismo de su hija estaba relacionado con eso.
—Cariño, sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?
—Lo sé, papá. Pero, es todo tan complicado. Creía que a medida que pasaran los días tendría la respuesta más clara, pero no es así –resopló agobiada.
—¿La respuesta a qué, cielo?
—A quedarme o a marcharme.
Alejandro sonrió y acercándose más a ella le dijo:
—Mira, cariño, cuando estés entre dos opciones y no sepas qué elegir, lanza una moneda al aire.
—Papá, ¿un cara o cruz? Eso no me servirá de nada.
—Sirve, princesa, y te diré por qué. Lanzar una moneda es un truco que siempre funciona, no sólo porque por fuerza te saca de dudas, sino porque en ese breve momento en el que la moneda está en el aire, de repente sabes qué cara quieres que salga.
—Viéndolo así…
—No te fuerces, el tiempo lo dirá.
Nerea asintió y se levantó de la silla para abrazar a su padre. Era el mejor hombre del mundo y la persona a la que más quería. Sin él, probablemente Nerea no sería así porque fue él quien la ayudó con lo de su madre y lo de Íñigo y le transmitió su fuerza y le tendió su mano para que consiguiera volver a ponerse en pie y continuar en el largo camino de la vida.
Salió del despacho un poco más tranquila, pero sin ninguna solución. Su padre no podía elegir por ella, así que sólo podía dejar pasar el tiempo.
Pedro se chocó con Nerea y la saludó con un guiño mientras iba al despacho de Alejandro.
—Buenos días, Alejandro.
—Hola, Pedro.
—Oye, ¿dónde guardas las pastillas contra el atontamiento?
Alejandro soltó una carcajada y le miró curioso.
—¿Qué pasa? ¿Te atontas?
—Yo no. Sabes que me entero de todo. Es Hugo, no sé en qué mundo vive últimamente.
—Yo creo que sí. ¿Hace cuánto que no le vemos con ninguna huésped?
—Pues ahora que lo dices –dijo pensativo Pedro– hace casi un mes. ¿Crees que está sentando la cabeza?
—Sí y a mi hija cada vez le resulta más difícil tomar la decisión de quedarse o irse. ¿Crees que tendrá algo que ver? –sonrió pícaro.
—¡Pues a mí ninguno me ha dicho nada! –contestó molesto.
—El que se enteraba de todo… –se mofó Alejandro.
El director se recostó en su asiento soltando una nueva carcajada ante la indignación que mostraba Pedro por no enterarse. Se pellizcó el puente de la nariz y levantándose de la silla, ambos salieron del despacho para tomarse un café en el bufé de la piscina.
—A mí tampoco me ha dicho ninguno nada. Creo que tenemos un poco cara de ogro.
—Habla por ti, que los dos saben que no me interpondría. No son tontos, Alejandro, y saben que sospechamos de ellos dos. Además una vez casi los pillo besándose, pero mi don de la oportunidad hizo que no sucediera.
Alejandro le pasó un vaso a Pedro y se quedaron mirando a Hugo que en ese momento, junto a Samuel, vigilaba cómo los niños cogían las diferentes papeletas que había en el fondo de la piscina.
—¿Crees que Nerea lo sabe? –preguntó Pedro.
—No, o créeme que ya habría venido a echarnos una pequeña regañina por ocultárselo.
Pedro se aclaró la garganta y bebió de un trago lo que le quedaba del vaso. Ocultarle la verdad a Nerea sobre Hugo estaba comenzando a hacerle sentir mal.
—Pienso que es mejor que se lo diga yo cuanto antes.
—Mejor no, Pedro. Tiene que hacerlo Hugo.
—Yo también la estoy engañando y creo que ya es hora de que lo sepa.
Alejandro le colocó una mano en el hombro y, sin ser consciente de que una persona les escuchaba tras ellos, dijo:
—Tranquilo, amigo. No creo que mi pequeña tarde mucho más en saber que Hugo es tu hijo.
Pedro asintió sintiéndose mal porque Nerea no lo supiera. Se lo habían ocultado tras ver la relación con la que comenzaron el primer mes. Sabían que si se lo decían no lograrían lo que deseaban. Ambos amigos querían que sus hijos estuvieran juntos porque se necesitaban el uno al otro. Hugo una mujer con carácter y Nerea un hombre que la quisiera y la cuidara. Poco a poco ellos dos habían organizado pequeños encuentros, como cuando Alejandro mandó a Hugo subir una bolsa de hielo a Nerea cuando se cayó en recepción. ¡Eran unos celestinos! No forzarían nada, pero si con pequeños empujoncitos estaban consiguiendo lo que querían, ellos encantados.
El reloj marcó las doce y media, por lo que finalizado su descanso, volvieron a sus respectivos puestos, mientras una estupefacta Ada intentaba analizar todo lo que había escuchado. ¿Hugo era el hijo de Pedro? ¿El dueño de este hotel? ¿El heredero? No daba crédito. ¡Sabía que ocultaba algo! Se bebió de golpe el zumo que le quedaba y cogiendo sus cosas salió como alma que lleva el diablo a buscar a sus amigas. Las encontró en el bar hablando con los camareros que las miraban de una manera sugerente. Corrió hasta ellas y las cogió del brazo para levantarlas del taburete y llevárselas lejos de los oídos de los empleados.
—¿Dónde está Nerea? –preguntó Ada nerviosa.
—En la habitación duchándose. ¿Qué ocurre?
Ada se pasó la mano por el pelo y les hizo sentarse en la mesa más lejana del bar-salón. A esas horas estaba prácticamente vacío.
—¿Os acordáis cuando os dije que Hugo ocultaba algo?
Ambas asintieron con la cabeza preparándose para lo que venía.
—¡¡Quieres soltarlo de una vez!! –gritó histérica Laila que se estaba poniendo de los nervios.
—Hugo es hijo de Pedro –dijo en un susurro para que sólo ellas lo oyeran–. Estaba en el bufé de la piscina con un zumo cuando Alejandro y Pedro han llegado y se han puesto a hablar sin darse cuenta de que yo estaba ahí y se lo he oído decir. ¡Me he quedado flipando!
Elena y Laila se miraron incrédulas tras lo que acababan de oír. No tenían palabras y se recostaron en sus respectivas sillas. Laila se levantó y fue a la barra donde pidió algo al camarero. Llegó con tres chupitos y los colocó todos frente a ella y ante la mirada sorprendida de Elena y Ada se los bebió.
—Vale –dijo Laila tras tragar el tercer chupito–. ¿Quién se lo dice?
—¿Decir qué? –preguntó extrañada Elena.
—A Nerea. ¡Qué palo se va a llevar! La han vuelto a engañar.
—No la han engañado. Se lo han ocultado –rectificó Elena–. Pero con todo lo que le ha pasado últimamente, creo que Nerea se lo va a tomar muy mal.
—¿Qué me voy a tomar muy mal?
Las tres dieron un salto en la silla al oír la voz de Nerea tras ellas. Su gesto mostraba rabia y enfado y tenía el pelo mojado tras la ducha. A paso lento pero decidido y sin cambiar su gesto, se sentó en la silla que quedaba libre cruzando una pierna y los brazos por debajo del pecho esperando que se lo contaran.
—¿Os habéis quedado mudas?
Ada se mordió el labio inferior y tomó aire para hablar pero no pudo. Elena y Laila se miraron y la primera se acercó a Nerea poniendo la silla al lado de la suya y comenzando a darle golpecitos en la mano.
—Verás… el otro día cuando discutisteis Ada y tú, fuimos a echarle la bronca y nos contó que pensaba que Hugo ocultaba algo y…
—¡Y una mierda! –la interrumpió Nerea poniéndose en pie bruscamente tirando la silla y haciendo que las cuatro personas que había la miraran–. ¿Vosotras también? Al principio erais precisamente vosotras las que insistíais para que le diera una oportunidad, ¿y ahora me decís que me aleje?
—No es eso Nerea… –intentó mediar Ada.
—¡Tú cállate! Lo que pasa es que tienes envidia porque estás amargada por lo cobarde que eres con respecto a Sergio.
Laila, cansada de verla así y harta de lo que estaba soltando por la boca, sabiendo que si seguía se arrepentiría de aquellas palabras, se levantó y la cogió por los brazos haciendo que la mirara. Nerea intentó zafarse pero Laila tenía mucha fuerza y cuanto más se resistía más presionaba sus brazos.
—Las primeras en decirle a Ada que confiara en Hugo porque veíamos cómo te miraba fuimos nosotras. Así que, Nerea, relájate porque te estás comportando como una niñata. –Nerea tragó saliva y Laila soltándola prosiguió–. Ada nos dijo que su instinto le decía que ocultaba algo y por lo visto no se equivocaba.
—¿Qué me quieres decir? –preguntó Nerea en un hilo de voz asustada por lo que venía.
—Que Hugo es hijo de Pedro.
Nerea abrió los ojos como platos y se llevó la mano a la boca ¿Cómo? No podía ser. Su cabeza comenzó a funcionar a toda velocidad. Madre alcohólica. La mujer de Pedro lo era. La custodia. Sabía que a Pedro le dieron la custodia de su hijo a los dieciséis años y Hugo a esa edad fue con su padre. Hugo conoció a Alejandro siendo un adolescente, cuando comenzó a vivir en el hotel y su padre le contaba por teléfono que había conocido a un muchacho de casi su misma edad al que estaba ayudando. Todo encajaba. La habían engañado. Y no sólo Hugo, sino también su padre y Pedro. ¿Por qué? Roja por la furia, dio un puñetazo a una de las paredes del bar-salón haciendo que sus nudillos acabaran magullados. Las chicas se asustaron al verla en ese estado e intentaron acercarse a ella, pero Nerea rechazó su contacto y tirando todo lo que encontraba a su paso, comenzó a buscar a Hugo. Se las pagaría. A paso ligero entró a la piscina pero sólo estaba Samuel cerrando el almacén. Miró en recepción y dio un patadón en el suelo al no encontrarle, pero cuando se dirigía al comedor, lo vio en la puerta del hotel apoyado en una columna y fumándose un cigarrillo. No la vio venir y ella aprovechó para darle una bofetada que hizo que el cigarro se le saliera de la boca. Hugo asombrado la miró.
—¿Qué haces? –preguntó patidifuso.
—¡Gilipollas! –le dio un puñetazo en el brazo.
—Pero ¿qué te pasa?
—¡Eres un imbécil y un maldito mentiroso! –gritaba Nerea.
Hugo cansado de que no dejara de insultarle y sin entender qué pasaba, le sujetó por las muñecas y dando media vuelta la inmovilizó contra la columna.
—¿Pero se puede saber qué te pasa?
—Que eres hijo de Pedro. ¡¡Eso me pasa!! Eres como todos, ¡un mentiroso! ¡Me has engañado!
—No te he engañado, Nerea. ¿Me estás diciendo que estás enfadada por eso? Tú tampoco me has preguntado nunca quién era mi padre.
Nerea se quedó callada. En eso tenía razón, pero no dispuesta a dársela siguió batallando.
—¡Pero tú tampoco me lo has dicho!
—Joder, Nerea. No salió. Vale, sí, te hablé de mi padre, pero yo a mi padre no le llamo por su nombre de pila como tú al tuyo no le llamas Alejandro. Le llamas «mi padre» para referirte a él cuando hablas con otra persona, ¿o no?
—Ahora entiendo todo –dijo llena de rabia apretando los dientes–. Por eso no te despedían cuando te liabas con las clientas y por eso trabajas aquí. ¡Porque eres el hijo del dueño!
—Mira, princesita –bramó enfadado– te estás pasando. El puesto que tengo aquí me lo he ganado con años estudiando y aprendiendo, no soy ningún enchufado porque mi padre me puso la misma prueba que al resto para entrar. Y a mí me cogió como animador, no para cualquier otro puesto porque es para el que estoy más capacitado. Pero me gusta, y por eso no quiero dejarlo. Así que si te piensas que estoy aquí por ser el hijo de papá, ¡estás muy equivocada! Y que sepas que el sueldo me lo gano honradamente como el resto de los empleados. Si piensas que las clientas venían a por mí por mi condición, vuelves a equivocarte, porque nunca he fardado de ser el hijo del dueño ni me he aprovechado de ello.
Le soltó de mala gana las muñecas y enfadado entró en el hotel dejando a Nerea peor de lo que estaba. Sus impulsos casi siempre le costaban caros. Era cierto que ella no le había preguntado, pero él se lo había ocultado y no sólo Hugo. Sino su padre y Pedro. ¿Con qué motivo? Apoyó la frente en la blanca columna y expulsando todo el aire retenido, aguardó unos minutos para calmarse y hablar con su padre.
Tras llamar a la puerta y oír un «adelante», Nerea entró y cerrándola tras de sí se apoyó en ella con los brazos en jarras mirando a su padre y a Pedro que se encontraban con la vista fija en la pantalla del ordenador. Los hombres al verla y en especial al ver su gesto, supieron que ya se había enterado de lo que hablaban esa mañana.
—¿Por qué? –dijo Nerea seria, pero serena.
—¿Por qué, qué, princesa?
—Porque me habéis ocultado que Hugo es tu hijo –dijo mirando a Pedro.
—Nerea, escucha –habló Pedro haciéndola sentarse–. Creo que sabes que mi relación con mi hijo, Hugo, al principio no fue fácil y fue gracias a tu padre que hoy en día sea el hombre que es –le cogió la mano–. El día que llegaste, estaba esperando el momento oportuno para presentaros, porque Hugo sabía de ti y tú de él cuando hablabas con tu padre por teléfono y te contaba muy por encima lo que hacía con él, aunque no supieras en realidad quién era. Pero cuando os vimos discutir por primera vez, tanto tu padre como yo vimos algo en vosotros y decidimos dejaros seguir vuestro propio camino –sonrió levemente–. Yo personalmente quise que Hugo te contase la verdad él, porque en su vida he tomado yo todas sus decisiones. Alejandro y yo lo único que hacíamos era producir algunos encuentros entre vosotros.
Nerea estuvo callada y con el mismo gesto durante toda la explicación. Quería entenderlo, pero se sentía dolida por ser ella la última persona en enterarse de todo. No podía enfadarse ni con Pedro ni con su padre. En parte, comprendía su forma de actuar.
Con Íñigo le pasaba lo mismo. Este la obligaba a buscar apresuradamente trabajo y le decía que lo comprendiera, pues sólo se preocupaba por los dos. Ella le creía porque estaba enamorada. Sus sentimientos le cegaron, pero por suerte la venda se cayó y no quería que le volviera a pasar. Por eso no quería darle la razón a Hugo. ¡La había engañado y punto!
—Así que ibais de casamenteros los dos –dijo haciendo que Alejandro y Pedro sonrieran.
—Sí, princesa, y dinos, ¿funcionó?
—¿Cómo que si funcionó?
—Si Hugo y tú estáis juntos.
Nerea se puso roja, pero rápidamente bajó la cabeza. ¿Qué contestar a eso? ¿Qué eran ellos dos? Y tras lo ocurrido. ¿Seguirían igual?
—No lo sé, papá. Sinceramente no lo sé.
—Para mí eso es un sí y me alegro mucho por los dos, princesa.
—Papá, no compliques las cosas. Además tras enterarme de esto, creo que lo mejor es que no estemos juntos.
—¿Tan malo soy como suegro? –se mofó Pedro.
Nerea sonrió y se levantó para abrazarlo.
—Serías el mejor. Pero me ha engañado y ya lo pasé mal una vez por eso. No quiero que se repita.
—Nerea escucha. No busques un Íñigo en Hugo –le aconsejó Alejandro–. Porque conozco a ese muchacho desde hace doce años y te puedo asegurar que cuando algo le importa, lucha por mantenerlo.
—Da igual, papá. Aunque estuviéramos juntos no duraría. El va de flor en flor.
—¿Y por qué no puedes ser tú su única flor?
—Eres un romántico –se burló Nerea–. Lo siento, pero no. No quiero sufrir por amor.
Abandonó el despacho y tras pedir en recepción que le llevaran la comida a la habitación, subió a descansar y a poner en orden su cabeza. Se recogió el pelo en una coleta alta y se cambió de ropa para estar más cómoda. La comida no tardó mucho en llegar y la disfrutó en soledad en la pequeña mesa de la terraza de su habitación observando el mar y pensando en todo lo que le había ocurrido en ese último mes en el que ella y Hugo habían comenzado a llevarse bien. Tiró los restos a la basura y pasó un paño húmedo por la mesa para limpiarla. Un bostezo se le escapó y se tumbó boca arriba mirando el techo.
—Ya lo estás haciendo, Nerea –se regañó en un susurro–. Ya estás sufriendo por amor.