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Agosto llegó. Y la cuenta atrás también. Nerea, con la llegada del nuevo mes, empezó a sentir una opresión en el pecho pues sabía que sus días en Gandía llegaban a su fin. ¿O no? Ninguna de sus dudas se disipaban y la idea de marcharse de allí le asustaba. No quería dejar de ver a su padre ni a… Hugo. Por una vez en su vida se sentía completa y no quería renunciar a ello.

Pero en su situación, decidir significaba renunciar. O a sus amigas o a dos personas importantes para ella. No quería pensar en ello, pero cada noche que dormía abrazada a Hugo la angustia podía con ella y se levantaba a altas horas de la noche para llorar en silencio contemplando el mar.

Hugo la notaba rara, pero por más que le preguntaba si le pasaba algo, ella le respondía que no, aunque él ya la conocía y deducía lo que le tenía tan preocupada. Calló. No quería presionarla a pesar de que él deseaba que se quedara. Ella debía decidir. Para él también estaba siendo difícil la situación. Quizá sólo le quedaran unas semanas para estar al lado de ella.

—¡¡Nerea!! –gritó Laila desde el pasillo donde se encontraban las habitaciones–. ¿Te estás poniendo el biquini o fabricando una bomba con él a lo MacGyver?

—¡Que ya voy!

Nerea salió con las gafas de sol puestas y su vestido blanco con el que bajaba a la playa y a la piscina. Tenía ojeras tras estar varias noches sin apenas pegar ojo y quería ocultárselo a sus amigas mediante el maquillaje y las gafas. No estaba para que le dieran una de sus charlas.

—¿Y Ada? –pregunto Elena asomándose a la habitación.

—En la ducha. Dice que no le apetece ir a la playa –contestó Nerea sin ápice de ánimo.

—¿Estás bien? –se preocupó Laila agarrándole del brazo con suavidad.

—Sí, sólo que llevo unos días muy cansada.

Las amigas se miraron pícaras intuyendo por qué su amiga apenas descansaba. Además sabían que ya casi no dormía en la habitación que compartía con Ada. Siempre esperaba a Hugo para subir con él a su habitación.

—Pues tendremos que decirle a Hugo que te deje dormir también. Que follar está bien, pero a unas horas decentes, ¿eh?

—Idiotas –dijo Nerea con una pequeña sonrisa–. Anda vamos, que ya estamos todas.

Bajaron por las escaleras, pero en los últimos escalones, Pedro las miró con una sonrisa y llevándose el dedo índice a los labios les pidió silencio. Extrañadas acabaron de bajar y ellas también sonrieron a ver en el hall a niños e incluso niñas, vestidos de gladiadores luchando en un combate con espadas de corchopán mientras los animadores, también con trajes de gladiadores, retenían una caja llena de monedas de chocolate envueltas en papel dorado.

Los pequeños emocionados demostraban sus dotes con la espada riendo, corriendo y saltando bajo la supervisión de Hugo y Samuel. El público que había a su alrededor les sacaba fotos, les animaban y aplaudían. Con el fuerte sonido de una bocina, Hugo dio por finalizada la primera prueba que todos habían superado y les hizo pasar a la piscina a superar la siguiente para ganar el gran tesoro de chocolate.

Los niños rápidamente corrieron siguiendo a Samuel que había sacado la espada del cinto y con esta en alto y un grito de guerra hizo que los niños le siguieran corriendo hasta el siguiente juego. Los espectadores siguieron a los pequeños y por fin las chicas pudieron atravesar la recepción para ir a la playa.

Con el cofre del tesoro en sus brazos, Hugo sonrió a Nerea y le guiñó un ojo a lo que ella respondió con otra sonrisa y lanzándole un beso.

Quitándose las chanclas, recorrieron por la caliente arena el trecho que les quedaba hasta llegar al sitio donde les gustaba tomar el sol. Cerca de la orilla pero lo justo para que las olas del mar no mojaran las toallas. Se echaron crema y se tumbaron disfrutando del sol y el olor del agua salada.

Laila y Elena se quedaron dormidas bocabajo con la parte superior del biquini desabrochada, por lo que Nerea sacó de su bolsa uno de sus libros y comenzó a leer, pero no podía concentrarse en él. No sólo porque las posturas en las que se ponía eran incómodas, sino porque cada vez se sentía más agobiada. Por más vueltas que le daba a los pros y contras de ambas decisiones, ninguna le llegaba a convencer.

Finalmente optó por tumbarse en la misma postura que sus amigas y juguetear con la arena enterrando la mano en ella. Una idea se le vino a la mente y mirando a esas dos que dormían profundamente, sonrió de medio lado y mordiéndose el labio se puso de rodillas. Poco a poco y con cuidado de no despertarla, fue echándole arena a Laila por todo el cuerpo excepto la cabeza, hasta tenerla completamente cubierta con ella. Iba a hacer lo mismo con Elena, pero cuando se puso en pie para ir al otro lado, Laila se levantó de golpe asustada por lo que tenían en el cuerpo haciendo que Nerea se carcajeara.

—¡¡Nerea!! Yo te mato –la amenazó sacudiéndose la arena del cuerpo–. Me va a salir arena hasta del chichi.

—La que está cansada soy yo, y vais vosotras y os dormís, pues me aburro. Así que algo tenía que hacer.

—Ya sabes que si nos tumbamos caemos fritas y ahora…

Laila la cogió de la muñeca y comenzó a tirar de ella en dirección al mar. Nerea, al ver sus intenciones, comenzó a oponer resistencia y a gritar entre risas intentando soltarse del agarre de su amiga. Ante este jaleo, Elena se despertó y vio a aquellas dos peleando y decidió observar sin intervenir. Sólo le faltaban las palomitas.

Laila, a pesar de su metro y medio, era más fuerte que Nerea y consiguió tirarla al mar, pero ella no pensaba dejar las cosas así, por lo que comenzó a salpicarla mojándola de arriba abajo. Laila daba cómicos saltos y gritaba ante el contacto del agua con su cuerpo, pero aprovechando que ya estaban mojadas, ambas se metieron en el mar para refrescarse.

—La próxima vez que te aburras te entierras tú –la advirtió.

—Rancia –rio Nerea–; ahora cuando salgamos, no me pienso sentar en la toalla hasta que esté completamente seca y me tapáis con ella para cambiarme de biquini, no pienso volver a estar escocida.

Laila soltó una carcajada y cogiendo arena del fondo, se la tiró al cuello a Nerea que rápidamente se sumergió entera para limpiársela.

—¡Serás cerda! ¡Qué asco!

—Anda, no seas quejica y… ¡Aaaah!

Nerea se asustó cuando oyó ese grito de Laila y abrió los ojos al ver cómo se tiraba encima de ella para que la cogiera. Nerea fue rápida y la cogió al vuelo, pero su peso y el impulso hizo que ambas cayeran al agua. Laila siguió gritando y se colocó a caballito en la espalda de Nerea sin dejar de gritar.

—¡Laila basta! ¡¿Se puede saber qué te pasa?!

—¡¡¡Ahí hay una medusa!!! –dijo asustada señalando con el dedo.

—¿Una medusa? –preguntó asustada.

Nerea también se puso a gritar y comenzó a retorcerse para que Laila la soltara pero estaba bien agarrada a su cuello. Los demás bañistas las miraban incrédulos por lo que esas jóvenes hacían hasta que un niño con manguitos nadó cerca de ellas y cogió del agua la medusa que resultó ser una bolsa de plástico. Dejaron de gritar y el color rojo subió hasta sus mejillas. Laila se soltó del cuello de Nerea y lentamente fue sumergiéndose por completo en el agua muerta de vergüenza. Mirándose los pies y caminando lo más rápido que podían a través del mar, salieron del agua. Se vistieron aunque seguían mojadas, dejando a Elena llorando de la risa sola en la playa, y caminaron hasta llegar al paseo marítimo.

—Laila –dijo Nerea subiéndose las gafas de sol a modo de diadema–. ¡Te voy a matar!

—¡Y yo qué sabía que era una bolsa de plástico! Les tengo pavor a las medusas y sinceramente cuando sospecho que hay una, no me acerco a comprobarlo.

Nerea puso los ojos en blanco mientras se quitaba como podía la arena de los pies y se secaba un poco. El vestido comenzaba a empaparse y ya se le transparentaba el biquini haciendo que muchos turistas la miraran con deseo y le mandaran señales nada decentes. Elena llegó hasta ellas con una amplia sonrisa recordando lo que había presenciado.

—Bueno, comité de la medusa –se mofó–: ¿Regresamos? Se acerca la hora de comer.

Ambas asesinaron a Elena con la mirada y caminaron de regreso al hotel. Una vez estuvieron en sus respectivas habitaciones, Nerea le contó a Ada lo sucedido mientras se secaba el pelo y la pelirroja no dejaba de reír viendo el vídeo que Elena les había hecho y mandado por WhatsApp.

Tras acabar de comer, a la hora de la siesta, Hugo citó a Nerea en el escenario del bar-salón donde se dieron miles de besos y más tarde compartieron una charla tomando un café con hielo.

—¿Tienes planes para esta noche con tus amigas? –le preguntó Hugo entrelazando los dedos con los de ella.

—No, vendremos aquí después de cenar y dependiendo de a qué hora acabe nos iremos a dar un paseo por la playa o nos iremos a la cama. Creo que nos estamos haciendo viejas.

Hugo sonrió y la atrajo hacia él para darle un suave y corto beso.

—Esta noche libro, ¿te vienes conmigo a un lugar donde nadie se siente viejo? –se mofó.

—¿A dónde?

Levantándose un poco de la silla se acercó a su oído y le susurró antes de morderle el lóbulo de la oreja haciendo que se estremeciera.

—A la discoteca donde bailamos por primera vez. Y así celebramos que cumplimos un mes.

Nerea sonrió y colocándose un dedo en la barbilla, hizo como que se lo pensaba. Ya había pasado un mes. Un mes desde que se dieron su primer beso, y un mes menos para decir adiós.

—Está bien, pero esta vez no me conformaré sólo con un baile.

Él sonrió y tirando de su muñeca, la sentó sobre su regazo para poder unir de nuevo sus bocas. Dando por finalizado el apasionado beso, Hugo miró el reloj y suspiró. Debería marcharse ya. Su descanso había acabado. Deseaba que llegara esa noche y ver la cara que ponía cuando le diera el regalo que le había comprado para celebrar que cumplían un mes. Cuando lo vio, supo que tenía que regalárselo.

Nerea entró en su habitación para echarse una pequeña siesta, pero al ver cómo Ada se mensajeaba con alguien con cara de pura felicidad, dejó la llave en la mesita que había al lado de la televisión y se sentó junto a ella.

—¿Con quién hablas?

—Con mi madre –dijo no muy convencida bloqueando el móvil.

—Ya. ¿Y siempre hablas con tu madre con esa cara de gilipollas?

—Oye guapa –rio Ada–. Es que me estaba contando algo gracioso.

Ada se levantó de la cama para abrir la nevera y sacar una coca-cola ante la atenta mirada de Nerea, que sabía que mentía.

—¿Y se puede saber qué era eso tan gracioso? –le preguntó achinando los ojos.

—No, mira que eres cotilla.

—No, pero de la noche a la mañana te recuperaste tras lo de Sergio, apenas te vemos el pelo y normalmente desapareces todas las noches. ¿Algo que contar, Ada Torres?

—No, y la que desapareces eres tú, siempre vas a dormir con Hugo, ¿o no? –dijo a la defensiva.

Nerea se llevó las manos a la boca haciéndose la molesta y después al pecho.

—¿Estás celosa? Adita, no tienes que estarlo –se mofó levantándose de la cama y acercándose a ella–. Que a mí sólo me ponen las pelirrojas –rio dándole un azote en el trasero.

—¡Capulla! –Soltó una carcajada–. Todo a su tiempo, Nerea.

—Sí. Como siempre es el tiempo el que decide todo.

Al ver el cambio de actitud en su amiga y ver cómo se tumbaba en la cama dándole la espalda, Ada se acercó a ella y le tocó el hombro.

—¿Va todo bien?

—Sí, no te preocupes. Voy a echarme un rato, ¿vale?

—Está bien –contestó Ada sin querer presionarla.

Nerea durmió durante toda la tarde. Estaba tan cansada que se echó una larga siesta de cuatro horas, hasta que Ada la despertó sobre las ocho avisándola de que ya era tarde para seguir durmiendo. Nerea se desperezó, y se fue a dar una ducha para despejarse. Seguía teniendo sueño y se sentía muy cansada. Se vistió con unos pantalones cortos y una camiseta sin mangas y bajó a cenar con sus amigas, pero tenía el estómago completamente cerrado y, a pesar de las regañinas de estas porque comiera tan poco, sólo cenó una ensalada que ni siquiera pudo terminar. Su móvil sonó y al ver que era un mensaje de Hugo diciendo que la pasaría a buscar por su habitación en media hora, sonrió y dejando a sus amigas plantadas en el restaurante, subió para cambiarse.

Comenzó a revolver el pequeño armario donde tenían parte de la ropa y sus maletas buscando lo que quería ponerse para esa noche. Cuando lo encontró, rápidamente se desnudó y se puso los pantalones negros de lentejuelas y la camiseta del mismo color que dejaba la espalda completamente al descubierto. Fue el conjunto que sus amigas le regalaron por su cumpleaños y sabía que Hugo se volvería loco al verla. Quería provocarle y que la mirara con deseo. Le encantaba. Esa vez, optó por dejarse el pelo suelto y pintarse los labios de rosa. Se calzó los tacones negros de aguja y cogiendo el bolso a juego, se miró al espejo para comprobar que estaba perfecta.

Unos suaves golpes sonaron en la puerta y con una sonrisa abrió para encontrarse con un guapísimo Hugo vestido con una camisa blanca y unos vaqueros oscuros desgastados. Con la boca seca, el joven la miró de arriba abajo y la atrajo por la nuca para devorarle los labios.

—Para –rio Nerea sobre sus labios–. Quiero que me dure el pintalabios –dijo limpiando el resto de pintura de los labios de Hugo con el pulgar.

—Sabes que esa camiseta es mi perdición. Tú quieres torturarme toda la noche, princesita.

—Puede, pero piensa en el premio –le guiñó un ojo.

Nerea se retocó los labios y, de la mano, ambos caminaron hasta la discoteca más cercana al hotel. En el corto camino, Hugo se sintió molesto al ver que todos los tíos con los que se cruzaban miraban a Nerea, por lo que atrayéndola hacia él aún más, la agarró por la cintura. A Nerea le gustó ese gesto y sonrió mordiéndose el labio inferior. Le encantaba verle celoso.

A pesar de ser las dos de la madrugada, mucha gente aún estaba cenando por lo que la discoteca estaba prácticamente vacía y pudieron encontrar dos taburetes en la barra.

—¿Qué te apetece tomar?

—Un San Francisco, no tengo mucho cuerpo para tomar alcohol, pero probablemente me tome un gin-tonic durante la noche –gritó Nerea en su oído por encima de la música.

Alzando la mano para llamar al camarero, este se acercó y cuando vio a Nerea la saludó reconociéndola.

—Hola, preciosa –dijo dándole dos besos–. ¿Hoy vienes con tu chico?

—Hola Sergio, sí, aquí estamos –le contestó con una sonrisa mirando a Hugo–. Te veo bien.

—Porque estoy mejor que nunca –le guiñó un ojo–. ¿Qué os pongo?

—Para mí un ron con coca-cola y para ella un San Francisco.

—¡Marchando! –exclamó entusiasmado golpeando la barra.

Cuando Sergio se alejó para poner sus consumiciones, Hugo miró a Nerea extrañado porque lo conociera. Al ver su cara, ella le contó su historia con Ada y que había coincidido con él en varias ocasiones. Hugo cayó que ese Sergio era el Sergio del que Nerea le hablaba y que estaba enamorado de Ada, pero que ella le rechazó.

—¿Ha vuelto Ada con él? –le preguntó Hugo recordando la conversación que tuvo con la pelirroja un día en el desayuno.

—Creo que no, Ada no nos ha dicho nada.

A medida que pasaba la noche, la discoteca se fue llenando y agobiados en la barra por la cantidad de gente que pedía sus bebidas, Hugo cogió de la mano a Nerea y se la llevó a la pista para bailar con ella. Todos los hombres que se encontraban a su alrededor, miraban a Nerea con deseo. Hugo estaba al tanto de esas miradas, aunque prefirió ignorarlas. Dándole la vuelta a Nerea, pegó su espalda desnuda a su pecho para abrazarla por detrás y seguir bailando.

Nerea inclinó la cabeza a un lado sin dejar de moverse y sintió cómo los cálidos labios de Hugo se posaban en su cuello para comenzar a dejar un reguero de besos. Nerea cerró los ojos en el momento que notaba cómo sus manos se introducían por la abertura trasera de su camiseta y comenzaban a hacer círculos en su vientre ascendiendo hasta posarse en la parte baja de sus pechos. Nerea se mordió el labio inferior notando cómo su respiración comenzaba a agitarse y el pulso se le disparaba.

—¿Vamos a un lugar más íntimo?

Nerea no contestó. No podía. Ante su silencio, Hugo le acarició los pezones con los pulgares excitándolos al instante y comenzó a andar haciendo que Nerea se moviera hasta llegar a uno de los baños de la discoteca. Cerró la puerta tras de sí y empotrando a Nerea contra ella, la cogió por detrás de las rodillas elevándola un poco y le devoró la boca apretando su erección contra su vientre. Sus lenguas se buscaban y el beso se tornó más salvaje y pasional, haciendo que Nerea notara cómo su sexo comenzaba a humedecerse pidiendo más.

—Para… –jadeó cerrando los ojos–. No podemos, Hugo… alguien puede entrar.

—Agárrate a mi cuello –le ordenó sin importar lo que le dijera.

Excitada, hizo lo que le pedía y él la aupó sin dejar de besarla hasta llegar a uno de los urinarios para cerrar la puerta y echar el cerrojo después.

—Me da igual que nos vean, princesita. Quiero mi premio ¡ya! Esta camiseta me provoca mucho.

Nerea sonrió gloriosa al haber conseguido lo que quería cuando pensó en ponerse esa camiseta. Hugo le mordisqueó los pechos por encima de la ropa y le bajó los cortos pantalones junto con el tanga para dejarla desnuda ante él de cintura para abajo. Besó con delicadeza sus piernas y la cara interna de sus muslos antes de posar sus manos en las nalgas para atraer su sexo hasta su boca y comenzó a besarlo produciendo en Nerea enormes oleadas de placer. Echando la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados y jadeando con cada lametada, enredó los dedos en su pelo tirando de él al notar cómo las piernas le temblaban. Lentamente, Hugo le subió hasta los pechos la camiseta y su boca fue ascendiendo por su ombligo, rodeándolo con la lengua y mordisqueándole las costillas hasta llegar a sus labios. La besó hambriento de ella y enredando sus lenguas degustando el sabor del otro que a ambos les volvían locos.

Nerea, sin poder aguantar más, le desabrocho el vaquero y sacando su caliente y duro miembro, enredó una pierna alrededor de su cintura e hizo que se hundiera en ella de una profunda embestida. Hugo la elevó y ella agarrada a sus hombros con fuerza, gemía ante el inmenso placer que su invasión le producía apretando sus pies contra las nalgas de él.

—No pares… –jadeó Nerea.

—¿Ya no te da vergüenza que nos oigan o vean?

—No… Hugo, por favor… te necesito tanto –susurró Nerea con un tono sollozante.

—Me tienes, cariño… Mírame, princesita…

Hugo le mordisqueó el cuello e hizo que sus penetraciones fueran más rápidas y profundas. Ante esa voz varonil acompañada de gruñidos, Nerea clavó sus ojos en los azulados de él y juntando sus frentes siguieron con ese baile erótico, sintiéndose el uno al otro y cómo se convertían en uno.

—Sé que suena egoísta… pero si no te lo digo… no me quedaré tranquilo… no quiero que te vayas, princesita –dijo soltando un sonido gutural–. Quiero que te quedes conmigo… creo que te qui…

Nerea asustada por lo que iba a decir, le tapó la boca con la suya besándole con pasión y ahogando en sus labios los enormes gemidos que amenazaban de salir de su boca por el abrasador orgasmo que les recorría a ambos. En esos últimos pero intensos segundos, Nerea comenzó a mover sus caderas en círculos acompañando sus embestidas y sintiendo un cosquilleo en su vientre.

Agotado, Hugo la dejó en el suelo y abrazándola con fuerza la aplastó contra la pared, intentado recuperar la respiración.

—Nerea, yo…

—¡Chsss! No digas nada, por favor –le pidió suplicante.

Optó por callar al notar cómo escondía el rostro en su cuello y le abrazaba aún con más fuerza. Hugo no sabía qué hacer, pero sentía que todo estaba llegando a su fin y le dolía. No quería ni podía decirle adiós y tampoco iba a soportar que ella se lo dijera. En silencio se recompusieron la ropa y se asearon en los lavabos antes de salir para pedir nuevas bebidas. Estaban secos. Hugo divisó un taburete libre y Nerea se sentó en él. Pidió las mismas bebidas que antes y mientras las preparaban intentó volver a hacer sonreír a su chica.

—Olvida lo que te he dicho –dijo retirándole un mechón–. No quiero verte así, cariño.

—Es todo tan difícil…

—No pienses en ello –la besó en la frente–. Sólo disfruta de esto.

Nerea asintió y Hugo llamó a Sergio para que le cobrara, pero el camarero con una sonrisa tonta sólo tenía ojos para una persona. Extrañados de que el camarero no les escuchase, giraron las cabezas para ver dónde miraba y Nerea abrió la boca al ver a Ada acercándose a la barra, donde cogiendo impulso se alzó sentándose en ella para besar a Sergio apasionadamente. Este la cogió para ponerla detrás de la barra sin dejar de besarla dejando más sorprendidos aún a Hugo y, sobre todo, a Nerea.

—Hola, mi ninfa.

—Hola cariño –y mirando a su amiga la saludó–. Hola, Nerea. Te lo dije. Todo a su tiempo.

—¡Capulla! –le gritó tirándole la pajita del San Francisco–. ¿Desde cuándo estáis juntos?

—Sólo hace unos días –contestó Sergio agarrando por la cintura a su chica.

—Me alegro mucho, de verdad –dijo Nerea sonriendo.

—Nerea –la llamó Ada con cara de preocupación–. Yo volveré a Oviedo a por mis cosas y luego regresaré a Gandía. Voy a mudarme junto a Sergio.

Nerea la miró muy sorprendida. ¿Ada se quedaba en Gandía? ¿Las dejaba? ¿Se iba a quedar a vivir con el hombre del cual estaba enamorada? Se había quedado completamente muda. En unas horas su amiga había tomado la decisión que ella aún se sentía incapaz.

—¿Lo saben Laila y Elena?

—Aún no, pensaba contároslo mañana a todas. He estado tan desaparecida porque necesitaba hablar con Sergio sobre esto. No va a ser fácil decírselo, pero Nerea quiero que sepas que os quiero mucho a las tres y que nada va a cambiar entre nosotras pero quiero estar con Sergio.

—Te entiendo, boba –dijo abrazándola–. Y te deseo lo mejor y yo… no sé qué hacer.

—Nerea, te lo dirá el corazón. A veces esa decisión tarda más o menos tiempo en llegar, pero llega a tiempo –la sonrió y mirando a Hugo dijo–: Gracias.

Hugo asintió con la cabeza y le guiñó el ojo con complicidad contestando a ese agradecimiento. Sin entender nada, Nerea se volvió hacia Hugo y le miró frunciendo el ceño.

—¿Me he perdido algo? –dijo tras bostezar.

—Te lo explico de camino a la cama, princesita. Ya es tarde.

—Sí, además últimamente estoy cansada a todas horas.

Las parejas se despidieron y de camino al hotel, Hugo le contó su desayuno con Ada y su consejo de disfrutar de cada momento al lado de la persona que les estaba enseñando un mundo nuevo, con sentimientos que afloran y que aunque asusten, no quieren dejar de sentir, pues con ellos se sienten completos. Al llegar a la habitación, Nerea se soltó de su mano y dando una patada con cada pierna, se deshizo de los tacones.

—Qué gusto –suspiró al notar sus pies liberados.

Hugo sonrió y vio como ella se estiraba, síntoma de que estaba cansada. Sin quitarle la vista de encima, vio como sacaba el pijama de debajo de la almohada y se dirigía al baño para prepararse, como hacía todas las noches que pasaba a su lado. La gran mayoría de ellas. Media hora después, salía cambiada y desmaquillada con la ropa en la mano y tras ver como la dejaba en una de las sillas que había, Hugo se acercó a ella y la cogió de las manos.

—Tengo un regalito para ti –dijo Hugo tras besarle los nudillos.

—¿Para mí? –preguntó sorprendida.

Él sonrió y sacó del bolsillo trasero de su pantalón una pequeña caja con el logotipo de una conocida joyería. Nerea le miró a los ojos entre asustada e intrigada, y con manos temblorosas abrió la pequeña caja. Con delicadeza sacó el colgante de plata que había en su interior y sonrió emocionada al ver que se trataba de la inicial de su nombre con una pequeña tiara puesta de medio lado sobre un palito de la letra N.

—La vi el otro día y sentí que tenía que regalártela.

—Es precioso –susurró–. Pero yo… yo no tengo nada para ti… –dijo apenada.

Hugo la cogió de la mano y se sentó en la cama para después sentarla a ella en su regazo. Le quitó el colgante de las manos y retirándole el pelo comenzó a ponérselo mientras le decía:

—Tú eres lo mejor que me ha pasado nunca, Nerea. Yo no necesito nada, porque cada día que he pasado a tu lado ha sido un regalo. –Terminó de ponerle el colgante y depositó un suave beso en su cuello.– Y no cambiaría ninguno de los días que llevo a tu lado por nada, ni siquiera los días en los que no nos soportábamos, porque fueron el principio de lo que ahora somos.

Emocionada, Nerea lo abrazó y atrapó sus labios en un tierno beso. Poco a poco Hugo fue colocándose encima de ella y comenzó a quitarle el pijama. Entre miles de besos y caricias, hicieron el amor con una ternura que ambos desconocían. No querían pensar en la despedida que ambos intuían que estaba por llegar.