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Nerea se encerró por completo en sí misma. Apenas salía de la habitación, salvo para ir al restaurante. Ni siquiera sus amigas conseguían sacarla más de diez palabras seguidas. Se sentía engañada, enfadada y dolida. Una fuerte opresión se instaló en su pecho y por mucho que quería ver a Pedro como siempre, una barrera se lo impedía. ¿Cómo iba ella a imaginar que Hugo era su hijo? Entendía la historia que le había contado, pero eso no quitaba que se sintiera como el último mono de todo. ¡Si hasta sus amigas lo habían descubierto antes que ella!

Hugo comenzaba a perder la paciencia. No se concentraba en el trabajo y no hacía más que buscarla. Esa princesita le había vuelto a acusar sin hablar antes con él y sólo podía pensar en verla y pedirle disculpas. ¡Él no tenía que disculparse por nada! Pero llevaba tres días sin saber de ella y comenzaba a ser una tortura. Nerea le rehuía y no sólo a él, sabía por Alejandro que con él estaba distinta, a Pedro apenas le saludaba y sus amigas no conseguían que sacara lo que llevaba dentro.

Los enfados de Hugo y la pérdida de paciencia ante cualquier cosa del día a día se estaban convirtiendo en algo habitual y muchas veces Samuel tuvo que obligarle a irse a su cuarto a descansar. No estaba en condiciones de tratar con los niños.

—¿Hasta cuándo vas a seguir así? –le recriminó Pedro a su hijo–. Hugo, así no puedes trabajar.

—Vale ya, papá. Yo no he hecho nada malo, ¡joder! Pero es que ella siempre lo lleva al extremo, ¡le da más importancia de la que tiene! Agranda el problema y nos pone de malos a todos. Pues lo siento, papá, pero no me da la gana.

Hugo se encontraba recogiendo las cajas del almacén cuando su padre había llegado para hablar con él. Ni Nerea ni él podían seguir así, porque lo único que estaban consiguiendo era hacerse daño sin darse cuenta. Un par de días atrás, Hugo decidió sincerarse con Alejandro y su padre con respecto a él y Nerea. Les contó que llevaban tres semanas juntos y que en ningún momento lo habían ocultado, ya que no se escondían a la hora de mostrarse acaramelados el uno con el otro, simplemente no surgió una conversación entre los cuatro para decirlo, pero tampoco sabían muy bien qué eran ellos dos y no hubiesen sabido muy bien cómo explicárselo.

Pedro odiaba ver a su hijo pasarlo mal, pero sonrió sabiendo que la razón era una mujer que le había calado muy profundamente. Por fin comenzaba a dejar atrás los fantasmas del pasado para dar la oportunidad a que una mujer entrara en su vida y en su corazón. Al igual que Alejandro, Pedro era un romántico y haría todo lo que estuviera en su mano para que esos dos cabezones hablaran y solucionaran las cosas.

—Hugo, escucha. Sabes que ella no lo ha pasado bien con su anterior pareja y…

—¡Pero yo no soy él, papá! ¡Y me revienta que me vea como si yo fuera ese gilipollas! Porque no soy así.

—Lo sé, hijo, lo sé. Por eso mismo tienes que hablar con ella y hacérselo ver.

—No es la primera vez, papá. Y le he repetido cientos de veces que no todos somos iguales –bramó enfadado dejando una caja de mala gana encima de otra haciendo que la pila de cajas cayera. Hugo maldijo y ante la atenta mirada de su padre volvió a recogerlas–. Lo siento, papá. Ella ha decidido pasar de mí y yo no me pienso arrastrar más. Además ella se irá y… es lo mejor.

—Hijo –dijo Pedro dándole un ligero apretón en el hombro–, mujeres así pocas hay y creo que serías un idiota si la dejaras escapar. Es un consejo.

Le dio dos suaves golpes y se marchó dejándole solo pero comenzando a analizar sus palabras. ¿Debería intentar hablar con ella? La necesitaba como nunca había necesitado a nadie, pero comenzaba a cansarse de su carácter y de su manera de actuar cuando se enfadaba. Y aunque quisiera hablar con ella, lo veía difícil. Las pocas veces que la veía, se encontraba en el restaurante, comía a toda velocidad y volvía a su habitación. Ya no bajaba a la piscina, ni estaba con sus amigas tomándose una copa en el bar-salón. Simplemente se escondía.

En la habitación 202, tras comer, Ada y Nerea decidieron echarse un rato la siesta. Nerea seguía sin apenas hablar ni salir de la habitación. Ya no quería ir con ellas ni a la piscina, ni a la playa, ni al bar-salón, ¡ni siquiera a dar una vuelta lejos del hotel! Habían intentado hacerla reaccionar, pero todos sus intentos habían fracasado.

—¿Quieres ver algo en la tele? –le preguntó Ada a Nerea que se encontraba tumbada en la cama dándole la espalda.

—No.

Ada puso los ojos en blanco. Como esperaba, seguía fiel a los monosílabos.

—¿Vamos al spa? A estas horas no hay nadie.

—No me apetece.

—¡Muy bien! ¿Qué quieres hacer, Nerea? ¡¿Pudrirte aquí dentro?! Llevas tres días como un alma en pena. ¡Resucita, coño! Que creo que estás exagerando.

—Pues vale.

—Dios… ¡no puedo más!

La joven pelirroja se levantó de la cama y yendo a la de Nerea comenzó a saltar en ella con las rodillas y a balancearla, a hacerle cosquillas e intentar tirarla para ver si se enfadaba. Era lo que necesitaba, que sacara todo lo que tenía dentro.

—Vamos, Nerea, enfádate, grita, llora, ¡muévete! Lo necesitas. Deja de guardártelo y desahógate.

Nerea, harta de que no la dejaran en paz con el tema, cogió a Ada por los brazos y consiguió inmovilizarla bajo su cuerpo, colocándose encima a horcajadas y apretando fuertemente sus brazos para que no se moviera.

—Me tenéis todos hasta las narices, Ada. Soy siempre la última persona en enterarse de todo. Todas mis decisiones son las equivocadas y siempre soy yo la que peor lo acaba pasando. Mi vida no es normal. Cuando algo me sale bien y me siento llena algo lo tiene que estropear, pues para eso mejor que me esté quietecita. ¡¿Contenta?!

La soltó de mala gana y Ada sentándose se frotó los brazos. Nerea la había hecho daño y tenía sus dedos y sus uñas marcadas en su carne. Pero no le importó. Nerea tenía que sacar todo lo que llevaba tres días tragándose y la única manera de que lo hiciera era enfadándola. Ada la vio moverse furiosa en la habitación, coger una camiseta de tirantes básica blanca y el pantalón negro que usaba para ir al gimnasio. Se recogió su largo cabello en una coleta alta y calzándose las deportivas, sin decir palabra, salió de la habitación dando un portazo.

Nerea con cuidado de no encontrarse con nadie, en especial con Hugo, esperó el ascensor y pulsó la planta -1 para ir al gimnasio. Necesitaba desahogarse haciendo deporte y salir a correr a las cuatro de la tarde no era lo más recomendable, pues el sol pegaba fuerte a esas horas.

El gimnasio estaba completamente vacío y lo agradeció. Miró a su alrededor y vio bicicletas estáticas, una cinta de correr y otras tantas máquinas para entrenar el cuerpo, pero nada de eso le valía. Sus ojos se posaron en el saco de boxeo que se encontraba colgado en la esquina al lado de un cuadrilátero donde supuso Nerea que practicaban artes marciales. Divisó los guantes de boxeo y sin ponerse una venda en los nudillos de la mano derecha, que seguían magullados tras el puñetazo que le dio a la pared cuando se enteró de quién era Hugo, se los colocó. Se posicionó con las piernas separadas y paralelas frente al saco y comenzó a golpearlo con fuerza. Con agilidad, Nerea se movía alrededor del saco golpeando por todos lados sin ser consciente de que unos ojos claros la miraban con atención.

Hugo, tras la conversación con su padre, acabó de comer y subió a la habitación que ocupaba Nerea junto a su amiga. No iba a disculparse, pero quería mantener una conversación con ella y estando en la habitación, sabía que le escucharía y no huiría, pero cuando Ada le abrió la puerta y le dijo que Nerea se había ido, maldijo. La pelirroja le comentó que se había puesto ropa deportiva y cogiendo una toalla pequeña del baño había desaparecido. El chico le dio las gracias y bajó al gimnasio donde supuso que se encontraba Nerea. Y acertó.

—Vaya, princesita, no sabía que se te daba tan bien boxear.

Nerea al escuchar la voz de Hugo, maldijo y se dio la vuelta para mirarle. Estaba apoyado en el umbral de la puerta con la mirada fija en ella.

La coleta de Nerea se había deshecho con el movimiento y algunos mechones se le pegaban a la cara por el sudor. Hugo la vio preciosa. A paso lento, se acercó a ella hasta quedar detrás del saco para sujetárselo.

—Por mí no pares, princesita. Me encanta verte en acción.

Nerea levantó una ceja y volvió a golpear el saco, pero desvió la mano izquierda de la trayectoria golpeando a Hugo en el brazo.

—El próximo irá a tu cara. Así que lárgate y déjame en paz.

—¿Quieres pelear? Está bien, peleemos –dijo Hugo colocándose otros guantes ante la atenta mirada de Nerea–. ¿O no te atreves? –la miró desafiante.

Nerea sin decir palabra, se acercó a él con los brazos en jarras y deteniéndose a unos milímetros de su cara siseó:

—Voy a patearte tus preciados cascabeles, mentiroso. Así que cuando quieras.

Hugo ofendido por como le había llamado, se mostró indiferente y separando las cuerdas del cuadrilátero, le hizo un gesto con la cabeza para que subiera.

—Después de ti, princesita.

Ella le miró desafiante y se metió en el cuadrilátero para después hacerlo él y mirarla fijamente.

—Normas, princesita. Las reglas son sencillas, no valen golpes bajos, y tres golpes sobre el tapiz significan bandera blanca, lo demás todo vale. ¿Te ves capaz? Estás a tiempo de rendirte.

—Lo llevas claro –contestó vacilante.

—Pues empecemos.

Hugo lanzó un par de puñetazos rápidos haciendo que Nerea quedase encajada contra las cuerdas y con una pierna la hizo caer.

Nerea, furiosa por haberse caído tan pronto, le soltó una patada en la espinilla desde el suelo que hizo que Hugo comenzara a aullar de dolor.

—¡¡Joder!! Empezamos bien –dijo dolorido saltando a la pata coja mientras Nerea se ponía en pie de un salto–. Esto es boxeo, princesita, hay que usar los guantes, las piernas son para mantenernos erguidos.

—¡Ah! y la zancadilla que me has puesto, ¿sí ha valido? Te aguantas, tramposo.

Ambos se pusieron en posición de defensa con las manos cubriéndoles la cara y Nerea se adelantó comenzando a soltar puñetazos hasta que consiguió que uno le diera en el pómulo derecho haciéndole tambalearse y casi caer.

—Joder, princesita, qué derechazo tienes.

Hugo se tocó el pómulo dolorido en el momento que la chica aprovechó esa bajada de guardia para golpearle la zona abdominal. Hugo se dobló ante el golpe y Nerea aprovechó para colgarse a caballito y agarrarse a su cuello pasando el brazo izquierdo por él. Comenzó a darle puñetazos sin que él pudiera defenderse. Intentó quitársela de encima con ambas manos, pero los guantes se lo impedían:

—Maldita sea, princesita. ¡Eres como un mono saltarín! Así no vale –dijo Hugo, pero Nerea hacía caso omiso–. ¡Baja de ahí coño!

—¡¡No me da la gana, imbécil!!

Como pudo, Hugo echó las manos hacia atrás y sujetándola por los costados, consiguió que se desenganchara de su cuello y de un rápido movimiento la tiró sobre la lona haciendo que Nerea expulsase un gemido de dolor.

—¡¡Bruto!! –bramó enfadada.

Con la adrenalina recorriéndole las venas, Nerea se puso de pie mientras Hugo la miraba con una sonrisa maliciosa y se colocaba el también en posición de defensa.

—Separa las piernas, princesita.

En una décima de segundo, Hugo se lanzó contra ella y de otro barrido volvió a tirarla sobre la lona haciendo que la joven maldijera.

—¿Ves, princesita? Si separaras más las piernas cuando estás de pie, sería más difícil tirarte al suelo. Además ya he visto que puedes separarlas más –la provocó–. ¡Vamos, levanta!

Quitándose con el guante el sudor de la frente, Nerea volvió a ponerse de pie y se lanzó contra Hugo consiguiendo darle de nuevo en la zona abdominal, pero por desgracia para ella el golpe que le iba directo a la barbilla sólo lo rozó. Con las respiraciones de ambos entrecortadas por el cansancio, Nerea se lamió con sensualidad el labio inferior. Ese simple gesto hizo que Hugo posara los ojos en su seductora boca, momento que ella aprovechó para golpearle la barbilla.

—¡Ja! No bajes nunca la guardia, corazón –dijo irónica mostrando por primera vez en esos días una sonrisa.

Hugo se frotó la barbilla y sin darle tiempo a reaccionar inició un movimiento que consistía en bailar a su alrededor y soltar un puñetazo, retroceder dos pasos y así sucesivamente sin parar.

Nerea soltó un grito de frustración al no poder atacar y volvió a colgarse en su espalda. Soltó un largo suspiro y tras retirarse como pudo algunos mechones que se le pegaban a los labios comenzó a darle puñetazos en los hombros y en los pectorales.

—¡Para, princesita! Joder, ni en la cama eres tan fiera.

Eso enfureció más a Nerea que comenzó a golpear más fuerte. Hugo se la sacudió de malos modos hasta que oyó cómo caía fuertemente a la lona, dando un grito de dolor. Con gesto dolorido, se fue a llevar la mano detrás de la cabeza donde el dolor era mayor, pero él se lo impidió colocándose a horcajadas sobre ella e inmovilizándole las muñecas para que no le golpeara más.

—Se acabó, princesita. Sé que estás enfadada conmigo, con mi padre y con el tuyo, pero estás exagerando haciendo no sólo que tú lo pases mal sino los que estamos a tu alrededor y nos importas. Así que, ¡vale ya! –bramó con cara de enfado–. Porque el comportamiento que estás mostrando estos días no te está haciendo encontrarte mejor, ¿verdad? Así que para ya con esta estupidez.

Los dos tenían la respiración entrecortada y ya Nerea comenzaba a notar cómo se le resecaba la garganta al tenerlo tan cerca. Inconscientemente se mordió el labio inferior comenzando a excitarse por tener el fibroso cuerpo de Hugo encima y tragando saliva, cerró los ojos y asintió con la cabeza.

—Tienes razón. Lo siento –dijo en un susurro.

—¿Qué? No te he oído –la vaciló poniendo la oreja cerca de su boca.

—He dicho que lo siento –le contestó al oído antes de morderle el lóbulo de la oreja haciendo que Hugo se excitara en segundos.

Nerea sonrió al notar su deseo a través de los pantalones y rozando con los labios su mejilla, fue en busca de su boca, pero sólo la rozó pues Hugo se los apartó. Ella abrió los ojos sorprendida ante ese rechazo y suspiró poniendo los ojos en blanco. Se lo merecía por cabezota. Intentó quitarse a Hugo de encima, pero la tenía apresada de tal forma que no podía apenas moverse. Le miró esperando que la dejara libre, pero en vez de hacer eso, apretó más su cuerpo con el de ella presionando su erección cerca de su pubis haciendo que Nerea jadeara.

—Eres una fiera luchando, princesita. Quiero que repitamos el combate, en otro lugar con menos ropa y si es posible sin moratones.

Nerea chocó la nariz con la de él y sacó la lengua para acariciarle con ella los labios. Hugo se rindió y abrió su boca comenzando a devorarla apasionadamente. Se sedujeron con sus bocas y el joven dejó sus labios para comenzar a dejar calientes besos por su cuello. Hundió el rostro entre sus pechos y Nerea se arqueó para sentirle mejor. Las grandes manos del chico se introdujeron bajo la fina camiseta de tirantes que llevaba y comenzó a acariciarla por encima del sujetador.

—¡Pero no tenéis una cama para hacer eso! –bramó una voz que hizo que se separaran de golpe y rápidamente se pusieran de pie recolocándose la ropa.

Una mujer bajita, morena y con un sugerente biquini atravesaba el gimnasio camino del spa. Nerea se encogió de hombros mirándola cuando se detuvo frente a ellos. Hugo cogió en brazos a Nerea para ayudarla a salir del cuadrilátero y después hacerlo él.

—Ahora que lo dices, gracias por recordarme el lugar –sonrió Nerea dando un beso a Laila en la mejilla.

—Yo creo que a ti las collejas ya no te hacen efecto. Ahora lo que te hace recapacitar es un buen movimiento de caderas.

Hugo soltó una carcajada y cogiendo a Nerea por la cintura, le guiñó un ojo a Laila y se despidieron de ella. Tenían tres días que recuperar.

De la mano, corrieron hasta salir del gimnasio y Hugo la arrastró hasta uno de los vestuarios cercanos. Atrancando la puerta para que nadie les molestara, la cogió en brazos y sin dejar de besarla se colocó bajo una de las duchas. Pulsó el botón del agua y un chorro frío comenzó a calarles las ropas. Nerea dejó de besarle para soltar un grito ante el contacto frío del agua y Hugo soltando una carcajada, la dejó en el suelo y la aprisionó contra la pared para volver a besarla. La camiseta calada de Nerea desapareció, al igual que la de Hugo, pero este dejó de besarla al percatarse de algo. Le cogió la mano derecha y con el pulgar le tocó con cuidado los magullados nudillos. Preocupado, la miró.

—No es nada, el otro día cuando me enteré pues… ya viste que no reaccioné bien.

Se miraron a los ojos y sin querer darle más vueltas al tema, volvió a atrapar sus dulces labios mientras sus manos desabrochaban el sujetador. Deslizó los tirantes por sus brazos y lo dejó caer junto con la camiseta. Aupándola, saboreó con deleite sus tersos y perfectos pechos al mismo tiempo que Nerea intentaba desabrocharle el botón del pantalón que llevaba. Cuando lo consiguió se lo bajó con los pies dejándole ante ella desnudo a excepción de los boxers. Se deshicieron del resto de la ropa y sin dejar de mirarse a los ojos, comenzaron a hacer el amor con ternura hasta que un devastador orgasmo inundó sus cuerpos.

—No vuelvas a hacer lo que has hecho princesita –le advirtió Hugo con la respiración agitada y el rostro hundido en su cuello con el agua aún cayendo por sus cuerpos–: Estos tres días sin ti han sido una agonía.

—No lo volveré hacer. Lo siento, Hugo, lo siento mucho.

Cogiéndole del pelo, Nerea hizo que la mirara y juntando sus frentes volvieron a besarse.

—Esta tarde a partir de las siete, se encargará Samuel de las actividades. ¿Vendrás conmigo? Quiero mostrarte una cosa.

—Algo bueno, ¿no? –preguntó levantando una ceja.

—Sí, malpensada –rio dándole un suave azote–. Llévate ropa cómoda y el biquini pero no te pongas falda, que vamos en moto.