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El teléfono de la mesilla de la habitación de Nerea y Ada comenzó a sonar, pero ninguna lo cogió. Se taparon la cabeza con la almohada y esperaron a que el sonido remitiera para poder continuar durmiendo, pero cada vez que paraba, volvía a sonar. ¡¿No las podían dejar dormir?!
—Nerea… –llamó Ada con voz adormilada– coge el puto teléfono que lo tienes al lado y pregunta quién es, luego cuando bajemos, se lo metemos por el culo.
Nerea soltó un pequeño gruñido y extendió una mano comenzando a palpar la mesa hasta coger el dichoso teléfono.
—Diga…
—Princesa Cascanueces, son las nueve. En una hora se cierra el comedor. Os vais a quedar sin desayunar.
Nerea abrió los ojos de golpe al escuchar la voz del dichoso animador infantil. ¡Será idiota! No hacía ni veinticuatro horas que lo conocía y ya estaba de nuevo tocándole los ovarios.
—¿Ahora también eres recepcionista? –contestó tras contar diez o rompería el teléfono.
—Vaya, veo que me has reconocido. No, pero tu padre me pidió que llamara a vuestras habitaciones para despertaros, ya que si no os quedáis sin desayunar.
—Ya bajamos.
Nerea colgó de mal humor y Ada se sobresaltó al oír el fuerte golpe del teléfono al colgar. Ambas se tumbaron boca arriba y tras estirarse, ducharse y vestirse, salieron de la habitación para esperar a las otras dos, a quienes también habían avisado por teléfono.
Media hora después entraban en el restaurante con cara de sueño y algunas legañas aún visibles. Desayunaron despacio haciendo esfuerzos sobrehumanos por no dormirse, aunque todas permanecían con los ojos cerrados.
—Princesa Cascanueces –Nerea oyó como le susurraban al oído–. Son más de las diez y tenemos que recoger. Así que acábate el café pronto.
Tras resoplar y sin ganas de discutir con ese papanatas, cogió el café y levantándose de la mesa se lo tiró a los pies. Hugo saltó hacia atrás sacudiendo los pies que le abrasaban a causa del café.
—¡Joder! ¡Eres una maldita perturbada!
Sin darse la vuelta y continuando su camino, Nerea levantó el brazo derecho mostrándole su dedo corazón. El resto se quedaron un rato más sentadas y mirando a esos dos asombradas por su comportamiento, pero conscientes de que tenían que recoger, se levantaron y fueron tras Nerea.
—¿A qué ha venido eso? –dijo Ada cuando llegaron a las puertas de las habitaciones–. ¿No crees que te has pasado?
—¿Sabías que él ha sido el que nos ha llamado para despertarnos? Aunque por orden de mi padre…
—Pues entonces no, no te has pasado.
Laila y Elena miraron a Nerea mientras negaban con la cabeza.
—El chico sólo ha cumplido órdenes de tu padre. ¿Si hubiese llamado tu padre o cualquier otro empleado del hotel también le hubieras tirado el café? –le replicó Elena.
—No ha sido por eso…
—Claro –dijo irónicamente Laila colocando las manos en las caderas–. La excusa de que te ha dicho que tienen que recoger es la necesaria para hacer lo que has hecho, ¿no? Mira Nerea, el chico ha cumplido con su obligación y lo mínimo que puedes hacer es pedirle disculpas por tirarle el café. Puede que no te caiga bien, pero estaba trabajando y los empleados tienen unos horarios que deben cumplir.
—Es qué no sé que me pasa con ese… ¡dichoso animador! Me pone nerviosa y me resulta difícil ignorarle.
—Nerea –suspiró Elena–. Sabemos que desde lo de Íñigo, tu manera de reaccionar ante algo negativo es demasiado… ¿exagerada? Tienes que pensar antes de hacer las cosas. No puedes ir así por la vida, Nerea. Tirando el café o agarrándole la pirindola a los tíos que te pongan histérica.
Nerea entró en la habitación rabiosa al darse cuenta de que sus amigas tenían razón, pero ese imbécil la ponía de los nervios. Parecía que le gustaba pincharla a todas horas y no hacía ni un día que había llegado al hotel. Lo mejor era ignorarle a partir de ahora.
Aprovechando el madrugón, cogieron sus cosas y salieron del hotel en dirección a la playa. Mientras atravesaban el hall, Nerea y Hugo cruzaron una mirada desafiante, pero la retiraron rápidamente.
Por suerte, la playa se encontraba frente al hotel cruzando la carretera y al llegar al pequeño camino hecho con tablas de madera, se quitaron las chanclas para notar la arena en sus pies. Se pusieron cerca de la orilla, pero lo justo para que el agua no llegara hasta donde estaban.
—Madre mía –dijo Ada extendiendo la toalla en la arena–. ¿Veis lo mismo que yo?
Todas comenzaron a mirar en la misma dirección que Ada pero no vieron a lo que se refería.
—¿Qué pasa? –dijo Elena encogiéndose de hombros.
—Mirad al socorrista del puesto. Dios mío, está para comérselo.
—¿Un socorrista? Muy típico, ¿no crees? –dijo Elena poniéndose el sombrero y recostándose en la toalla para tomar el sol.
—Lo sé, pero no quita que esté bueno.
Durante toda la mañana tomaron el sol mientras leían, escuchaban música o simplemente charlaban cambiando de posición para que el sol les cogiera por todas las partes de su cuerpo. De vez en cuando alguna se levantaba para traer granizados del chiringuito pero Ada sólo tenía ojos para el guapo socorrista. Ya tenía primera víctima.
A medio día el sol pegaba fuerte y el mar no era del agrado de ninguna. No soportaban que la arena se les quedara después pegada por todo el cuerpo, pero Ada no pudo más y fue a nadar un rato. Laila, Nerea y Elena se pusieron de pie y se calzaron las chanclas para no quemarse con la arena. Estaban cansadas de estar tumbadas.
—¿Esa no se está alejando demasiado? –señaló Elena a Ada.
—Sabe nadar y en el Mediterráneo puedes alejarte bastante hasta que te cubra por completo –explicó Nerea.
Ada comenzó a flotar moviendo ligeramente los brazos y las piernas y a hacer movimientos cómicos provocando una pequeña risa en sus amigas. Se siguió alejando un poco más y de repente hizo un gesto de dolor y comenzó a gritar. Intentaba sacar la cabeza del agua, pero siempre acababa hundiéndose. Asustadas, las tres comenzaron a correr hacia el agua gritando su nombre y pidiendo ayuda.
El socorrista saltó de su puesto y corrió mientras se quitaba la camiseta. Nadó rápido y llegó hasta Ada antes que sus amigas. La sacó inconsciente del agua y la tumbó en la arena para practicarle los primeros auxilios. Nerea, Elena y Laila se pusieron de rodillas a su alrededor con las lágrimas asomando por sus ojos.
—Ada, por favor… –suplicó Nerea con las manos juntas sobre la boca como si rezara–. ¡¡Despierta!!
El socorrista comenzó a hacerle el boca a boca y Ada comenzó a toser y a escupir agua. El joven que la había salvado la ayudó a incorporarse y rápidamente todas se lanzaron a abrazarla.
—¡Que susto nos has dado! ¡¡No vuelvas a alejarte tanto o te la cargas!! –gritó Laila llorando.
—Lo siento, me dio un tirón en la pierna y sentí como que no podía nadar, pero estoy bien.
El socorrista se acercó a Ada para poder examinarla mejor y al comprobar que estaba bien, la ayudó a levantarse.
—Tenga cuidado, señorita. Podríamos haber perdido una vida en el mar.
—Lo tendré –dijo Ada sonriendo al socorrista–. Oye, sé que igual te suena raro, pero… ¿te gustaría quedar conmigo esta noche? Así puedo agradecerte que me salvaras la vida. Eres mi héroe.
El socorrista sonrió de medio lado y le pidió a Ada que le dejara su móvil.
—Este es mi número. Llámame y quedamos, preciosa.
Ada asintió y le guiñó el ojo a modo de despedida. Cuando su héroe se dio la vuelta, se lamió el labio superior y se volvió a sus amigas con una sonrisa, pero le desapareció enseguida al ver cómo la miraban.
—¿Qué pasa?
—Dime que no has fingido que te ahogabas dándonos un susto de muerte para conseguir un polvo con el socorrista –le advirtió Elena con el dedo índice en alto.
Ada comenzó a recoger sus cosas con sentimiento de culpabilidad. Le tendría que haber contado su plan a las chicas. Había fingido un tirón en la pierna y que se quedaba inconsciente para que el socorrista la rescatara. Sólo tuvo que retener un poco de agua en la boca para soltarla tosiendo cuando decidiera volver en sí como veía que hacían en las películas.
—Lo siento, os tenía que haber advertido.
—Directamente no tendrías que haberlo hecho. ¡Tú sabes la angustia que hemos pasado pensando lo peor! –dijo Elena furiosa.
Enfadadas, comenzaron a recoger sus pertenencias y caminaron hacia el hotel caladas tras el baño que se habían dado para rescatarla y con arena hasta las orejas. Caminaban a paso ligero pero con cuidado de no caerse, ya que se habían metido al mar con las chanclas para no perder tiempo en el rescate.
—Chicas, lo siento, ¿vale?
—Sabemos que lo sientes –dijo Nerea dándose la vuelta antes de entrar al hotel–. Pero eso no nos quita el susto y el sufrimiento que hemos pasado por ti.
Entró al hotel cada vez más cabreada y tras dar cuatro pasos, resbaló y cayó al suelo dándose un fuerte golpe en la cadera.
—¡Mierda! –gritó Nerea colocándose una mano en la zona del golpe.
—Aparte de princesa Cascanueces, ¿también quieres ser la princesa Moratones? –se mofó Hugo que había visto la caída y no dejaba de reír.
La mezcla del enfado con Ada, la furia con ese idiota y la humillación vivida, hizo que Nerea no pudiera más y comenzara a llorar silenciosamente. Se levantó como pudo y quitándose las chanclas corrió a su habitación con el objetivo de quedarse allí todo el día. Ahora necesitaba soledad.
Nerea se encerró en la habitación y se desahogó mojando la almohada con sus lágrimas. La zona izquierda de la cadera le dolía horrores por el golpe y no tenía nada para darse. Ada, a pesar de que tenía también llave de la habitación, llamó con los nudillos e intentó hablar con ella, pero Nerea quería estar sola. Al día siguiente se le pasaría, pero hasta entonces sus amigas sabían que era mejor que se relajara y ordenara sus emociones.
Desde que Íñigo la había utilizado y manipulado se sentía más vulnerable y su cuerpo reaccionaba enseguida a los estímulos negativos o directamente veía fantasmas donde no los había. En ocasiones incluso no se sentía la misma persona de antes, Íñigo la había marcado y no sabía si en un futuro le dejaría a un lado para poder vivir su vida como quería. Con los bajones puntuales que le daban por su culpa, él siempre permanecería inconscientemente en su vida.
Finalmente se quedó dormida y abrió los ojos cuando oyó unos suaves golpes llamar a la puerta. Supuso que era Ada, pero no abrió. Ella tenía llave y al comprobar su silencio entraría, pero los golpes siguieron sonando y aún más dormida que despierta se levantó para abrir, aunque se despertó de golpe al ver quién estaba al otro lado.
—¿Qué haces aquí? ¿Vienes a ponerme otro de tus estúpidos motes?
—En realidad vengo a traerte esto –dijo Hugo levantando los brazos para mostrarle una bolsa de hielo y una pomada–. Tu padre se ha enterado de lo ocurrido y me ha dicho que te lo suba, así que toma que ya me voy –finalizó con tono enfadado.
Nerea bajó la cabeza empezando a ser consciente de que, aunque el chico era un idiota y de los gordos, ahora se estaba pasando con su comportamiento. Él la ayudaba y ella le estaba despreciando.
—Gracias –dijo finalmente Nerea–. Pero pasa, tengo que decirte algo desde nuestro último encuentro en el desayuno o creo que mi subconsciente me martirizará toda mi vida.
Nerea se apartó para dejarle paso. Hugo la miró sorprendido y levantando las cejas, entró y esperó a que ella se tumbara en la cama para ayudarla a calmar el dolor de su cadera. Ella seguía con el vestido que se había puesto para ir a la playa y todavía lo tenía algo húmedo por haberlo hecho con el biquini mojado.
Hugo se quedó parado de pie en frente de la cama con la bolsa de hielo y la crema en las manos y Nerea le miraba aún desde la puerta. Él, al ver que no se movía, hizo una seña a la cama para que se sentara y poder mirarle la zona del golpe.
A paso lento, Nerea se sentó a lo indio en mitad de la cama y él al filo de esta cerca de ella.
—¿Llevas el biquini puesto?
—Sí –contestó en apenas un susurro.
—Entonces, ¿te importa mucho levantarte el vestido para ver la zona del golpe?
Nerea no habló, sino que se llevó las manos al extremo de su vestido y enrollándolo, lo levantó hasta quedar por encima de la cadera, mostrando el pequeño hematoma que se estaba formando. Hugo acercó despacio la mano para tocarlo, pero cuando sus dedos rozaron su piel, Nerea se movió para apartarla soltando un gemido de dolor.
—¿Te duele?
Nerea asintió. Con cuidado, Hugo le colocó el hielo apartándolo y volviéndolo a poner, para que poco a poco Nerea fuera acostumbrándose a la baja temperatura. Le sujetó el hielo en la cadera durante unos minutos hasta que la zona quedó insensibilizada por el frío. Hugo se levantó de la cama para dejar la bolsa en el lavabo, ya que se empezaba a derretir y calar todo.
Seguían sin hablar cuando comenzó a extenderle la pomada delicadamente por el hematoma. Nerea inconscientemente, cerró los ojos para sentir mejor sus caricias. No sabía porqué pero se sentía muy a gusto en ese momento.
—Quería pedirte disculpas por lo que te he dicho cuando te has caído. Ha estado fuera de lugar.
—Ya, bueno… no es mi mejor día.
—¿Puedo preguntarte por qué estabas tan enfadada?
La crema ya estaba totalmente extendida, pero Hugo continuó con sus caricias notando la suavidad de la piel de la chica.
—En resumen, porque Ada fingió que se estaba ahogando para conseguir un polvo con el socorrista.
—¿Quién de las tres es Ada? –preguntó Hugo cerrando la crema con el tapón.
—La pelirroja.
Hugo asintió y la habitación quedó inundada con un incómodo silencio que el animador, rompió:
—Antes cuando me has invitado a pasar, has dicho que tenías que decirme algo.
Ambos sonrieron y Nerea le volvió a mirar muy seria.
—Sí, la verdad es que yo también quería pedirte disculpas por lo de esta mañana. Si me despiertan me pongo de muy mal humor.
—Ya me lo han dicho. Sinceramente, creía que ese arranque de mal humor había sido por ser el objetivo de la princesa Cascanueces.
—En parte también, ¿y quién te ha dicho que si me despiertan me pongo de mal humor? –preguntó frunciendo el ceño.
—Tu padre tras reírse de lo que ha pasado.
Nerea se puso roja y cogió la almohada para ocultarse la cara con ella. Su padre a veces era lo peor. Hugo volvió a reír ante ese gesto y le quitó la almohada de la cara.
—¡Yo lo mato!
—Ni se te ocurra. Tu padre es un hombre increíble y le debo mucho.
Al oír el tono de voz con que lo decía, enseguida supo que su padre, con sus sabias palabras y consejos, le había ayudado con respecto a algo de su vida, pero no quiso preguntarle.
—Pues eso, espero que me perdones por no entender que sólo cumplías con tu trabajo tanto cuando me has despertado como cuando me has dicho que teníais que recoger. Pero esto no cambia nada, te sigo odiando por ser un tanto gilipollas.
—Disculpas aceptadas, princesita Cascanueces.
Un incómodo silencio invadió la habitación y cuando quiso darse cuenta, Nerea le estaba mirando la boca. La tenía entreabierta y unos labios carnosos que parecían ser suaves e invitaban a ser besados. Al sentirse embobada, rápidamente retiró la mirada de su boca y colocándose el pelo detrás de las orejas se levantó de la cama.
—Creo que deberías irte.
—Sí. Tengo que preparar lo de esta noche. Hasta luego.
Nerea expulsó todo el aire que tenía retenido en sus pulmones y poniéndose unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes bajó a ver a su padre. Le contó lo ocurrido y le dijo que Hugo había cumplido con sus órdenes, pero que seguía sin caerle bien.
—Tus amigas están en el bar de la piscina.
—¿Qué? –dijo Nerea sin entender a que se refería exactamente su padre.
—Vete y dales un abrazo. A veces en la vida pequeños gestos, como un abrazo, un beso o una caricia, son suficientes para demostrar perdón, ánimo o sentimientos.
Nerea sonrió y tras darle un beso a su padre, salió disparada hacia la piscina, donde Ada, Laila y Elena tomaban una cerveza con cara de preocupación. Corrió hacia ellas y las abrazó. Comenzaron a deslizarse de nuevo lágrimas de los ojos de Ada sin que esta dejase de disculparse.
—Ya vale, Ada. Sabes que estás más que perdonada. Ahora discúlpame tú a mí por mi comportamiento. Sabes que ahora todo me afecta más, pero sé que pronto cambiará. Lo siento así.
Ada asintió y volvió a abrazarla.