9

Illustration

Cuando Nerea se despertó, era más de mediodía. Giró la cabeza hacia la cama de Ada, pero no estaba deshecha. ¿Dónde se habría metido? Normalmente echaba el polvo y volvía al hotel. Ya llegaría, pero si para la hora de comer no volvía, la llamaría al móvil.

Salió de la cama como pudo y se puso unos pantalones cortos blancos y una blusa azul cielo metida por dentro del pantalón. Se calzó las chanclas y salió de la habitación para bajar al bar a tomar un café, pero al abrir la puerta se encontró a sus pies con un paquete envuelto en un papel dorado con una tarjeta pegada con su nombre. Se agachó para cogerlo y leyó la nota.

Sé que hemos empezado con mal pie y quiero pedirte disculpas por el comportamiento de ayer… bueno, de todos los días. Así que te propongo que acabemos lo que hay dentro de la caja y firmemos con ello la paz. ¿Empezamos de cero?

Hugo

Nerea guardó la nota en el bolsillo trasero del pantalón y desenvolvió el paquete. Era una caja de uno de los mejores champanes que había con una botella y dos copas. ¿Pensaba emborracharla? Dejó el paquete encima de la cama y salió hacia el bar. Tenía que pasar de él, así que haría como que si ese regalo no lo hubiera visto.

Tras el café, subió a la habitación de Laila y Elena, y llamó a la puerta, pero no le abrió nadie. Supuso que estarían dormidas y decidió dejarlas descansar. Se puso el biquini y fue a la piscina a tomar un rato el sol antes de ir a comer, pero no estaba tranquila. El regalo de Hugo la había desconcertado y estaba preocupada por Ada. Se volvió a poner la ropa y sentándose en una de las mesas del bar que había en la piscina, llamó a Ada.

—Dime Nerea.

—¿Dónde estás? No has vuelto al hotel.

—Estoy en la playa con Sergio, el camarero de ayer. Es un cielo, se porta superbién conmigo y quiero disfrutar de esta sensación así que pasaremos el día juntos. Por lo que estaréis las tres solas todo el día.

—Si estas se levantan, sí. Creo que yo no voy a comer, me he comido dos sándwiches ahora en el bufé de la piscina y no me entra nada, así que me iré a echar un rato.

—Muy bien, pero despierta a esas ahora, o luego por la noche no podrán dormir.

—Lo haré. Diviértete.

Cuando colgó, Nerea fue al despacho de su padre para que le entregara la llave de la habitación de Elena y Laila. Tenían que levantarse ya o luego no dormirían. Alejandro fue a recepción y le entregó a su hija lo que le había pedido. Ella se lo agradeció con un beso y fue a la habitación de sus amigas. Abrió la puerta con sigilo y comprobó que sólo estaban ellas dormidas. Laila boca abajo y Elena mirando al techo. Sus ligues ya se habían ido. Una idea se le cruzó por la cabeza y abrió la nevera donde guardaban los hielos. Las camas estaban juntas, así que se colocó en medio de las dos y les introdujo el hielo por debajo de la camiseta del pijama.

—¡¡Arriba dormilonas!!

Laila y Elena pegaron un bote al sentir el frío y se pusieron en pie rápidamente comenzando a sacudir la camiseta para que los hielos salieran.

—¡Tú eres idiota! Ven aquí que te doy una colleja.

Nerea comenzó a correr por la habitación subiéndose a las camas e intentando esquivar a Laila.

—¡Elena ayúdame que también te lo ha hecho a ti!

Elena y Laila rodearon a Nerea que no paraba de reír y de gritar hasta que consiguieron atraparla y entre las dos la inmovilizaron de pies y manos.

—Ponte encima de ella –le dijo Laila a Elena–. Que voy a por los hielos.

Elena hizo lo que Laila le había mandado y aplastó a Nerea para tenerla inmovilizada. Laila cogió toda la bolsa de hielo y al verlo Nerea comenzó a gritar e intentar escapar.

—¡¡No!! ¡Qué yo sólo os he puesto dos cubitos a cada una!! Laila, no por favor –suplicaba Nerea.

Pero Laila con una sonrisa maliciosa le metió la mitad de la bolsa debajo de la camiseta y la otra mitad debajo de los pantalones. Ya comprarían más hielos. Nerea comenzó a gritar y a revolverse, pero Elena y Laila seguían sin soltarla.

—Está frío, ¿eh?

—¡Hijas de puta! ¡Está helado!

Nerea intentaba dar botes en la cama para que el hielo fuera abandonando su cuerpo pero se le resbalaba hacia los lados provocándole más frío mientras sus amigas no paraban de reír.

—Anda, que creo que ya has tenido bastante –dijo Laila soltándola.

Nerea se puso rápidamente en pie y saltando, comenzó a quitarse el hielo de debajo de su ropa mientras Elena y Laila no dejaban de reír.

—Nerea, creo que te tenemos que empezar a comprar pañales.

—¿Qué? –preguntó sin saber a qué se referían.

Laila sin dejar de reír le señaló su entrepierna que estaba calada. Si no supieran lo que había pasado, pensarían que se había meado encima. Nerea les tiró las almohadas y sacándoles la lengua salió de la habitación para dirigirse a la suya, donde estaba Hugo esperándola en la puerta. El chico abrió los ojos como platos al ver mojada la parte baja de sus pantalones. Nerea al ver lo que miraba, se lo tapó con las manos y gritó:

—¡¡No es lo que piensas!!

—Tranquila, princesita –dijo levantando las manos en señal de paz–. Si has leído lo que te he escrito sabrás que quiero empezar de cero contigo.

—Seguro. Mucho te estarás mordiendo ahora la lengua para no decir uno de tus estúpidos comentarios.

—En eso te doy la razón –rio Hugo al ver cómo seguía con las piernas juntas y escondiendo el pantalón con la mano.

—¡Lo sabía! Pero para tu información es hielo lo que me han puesto ahí, les he ido a despertar y lo he hecho metiéndoles hielo bajo la ropa y ellas se han vengado.

—¡Ajá!

—Y yo… ¿qué hago dándote explicaciones? ¡Si me da igual lo que pienses!

Nerea se puso delante de la puerta para abrirla mientras Hugo no dejaba de mirarla.

—Yo tampoco te he pedido explicaciones, sólo quería saber si te ha gustado mi regalo de cumpleaños, aunque haya llegado con retraso.

—Sólo te diré una cosa. Odio el champán.

Y cerró la puerta. Hugo se quedó unos minutos parado delante de ella sabiendo que su primer intento había fracasado, pero no se rendiría. Aún no sabía por qué, pero estaba demasiado interesado en esa malcriada. Cada vez que se reunía con Pedro y Alejandro simplemente para hablar o en las comidas, comenzaban a hablar de Nerea creando en Hugo más interés. Un interés que quería evitar y olvidar, pero no conseguía hacerlo.

Nerea pasó todo el día en la habitación descansando y leyendo los libros que le había regalado Pedro por su cumpleaños hasta que el reloj marcó las nueve. Sin molestarse en elegir la ropa, se puso el vestido blanco que solía llevar cuando iban a la playa o a la piscina con unas sandalias de plataforma del mismo color.

Llamó a la habitación de sus amigas que la abrieron vestidas con el pijama y con cara de cansancio.

—¿No vais a venir a cenar?

—Estamos agotadas. No tenemos ganas de nada más que de dormir y el estómago completamente cerrado. Lo siento, Nerea.

—¿Me vais a dejar sola?

Laila se encogió de hombros y asintió con la cabeza.

—Lo siento, Nerea, pero no podemos ni con nuestra alma.

—Está bien, iré a cenar y luego a ver los puestos que ponen donde la gente compra los recuerdos. Hasta mañana entonces.

Nerea bajó sin muchas ganas al comedor y como siempre, había fila. Ese día, los animadores infantiles habían organizado un día de magia y habían conseguido un espejo mágico que hablaba con la gente. Algunos niños se escondían detrás de las piernas de sus padres o se ponían a hablar con él riendo y disfrutando. Sara, la maître, saludaba a Nerea justo cuando el espejo la vio.

—Creo que me he enamorado –El espejo cambió sus ojos para sustituirlos por dos corazones y, finalmente, lanzarle un beso a Nerea.

—¡Qué poca vergüenza! –le dijo Sara al espejo– Ramhul, tienes que tener más educación con las señoritas.

—Perdona, Sara, pero Cupido acaba de atravesar con sus flechas mi corazón –dijo el espejo llamado Ramhul.

Nerea rio en el momento en el que Hugo vestido de mago con una gran capa y un largo bastón llegaba hasta donde estaba ella.

—¿Ligando Ramhul? ¿Qué te he dicho de ligar con las huéspedes guapas? Además esta de aquí tiene mucho carácter para ti.

—¡Oh! –se lamentó el espejo–. Entonces toda tuya, Hugo. –Y dirigiéndose a Nerea dijo en voz baja–. Cuando te libres de él, llámame.

—Ramhul ¡te he oído! –rio Hugo.

Nerea no dejó de sonreír en ningún momento hasta que Hugo comenzó a hablarle.

—¿Y tus amigas?

—Una está viviendo un día de ensueño y las otras dos agotadas en la cama. Se están haciendo viejas.

Hugo sonrió y le dijo que esperara un momento. Entró en el restaurante y vio que por fin una pareja dejaba la mesa vacía, volvió junto a Nerea y le tendió el brazo.

—¿Le permite la princesa a este apuesto mago acompañarla hasta la mesa real?

Sin saber por qué, Nerea le dedicó una sonrisa y pasó el brazo por el suyo hasta llegar a la mesa que había libre.

—Oye, ¿ese espejo es nuevo, no?

—Sí, es como una especie de robot. Como has podido comprobar te ve y escucha. A algunos niños les asusta, pero a otros les encanta.

—No puede gustar todo a todos, además también depende del carácter del niño, si es más tímido, suele asustarse, pero si es muy extrovertido, lo disfruta.

Hugo asintió mientras ella se sentaba estirándose la falda del vestido para que no se le viera nada y cruzando una pierna.

—Si quieres, te hago compañía. No es agradable cenar solo pero si quieres que me vaya lo haré –le propuso Hugo.

—Es increíble lo que voy a decir pero me gustaría que te quedaras. Odio cenar sola en lugares como estos. Todos se te quedan mirando con cara de «pobrecita, qué sola está» –dijo haciendo sonreír a Hugo.

Durante la cena, ambos estuvieron hablando en su mayoría del hotel. Nerea le contaba sus pequeñas aventuras cuando era niña y él le contó que llevaba cuatro años trabajando como animador infantil. A pesar de que tenía una carrera y le habían propuesto ocupar un puesto de mayor responsabilidad, él siempre se negaba. Le gustaba ser animador infantil y ver la sonrisa de los niños cuando hacían alguna de sus funciones, eso le llenaba. Por su parte, Nerea le contó que hacía cuatro años que se licenció en Psicopedagogía, pero aún no había ejercido como tal. Los puestos que podía ocupar escaseaban y buscaban a gente con más experiencia. Le narró su infancia y adolescencia en Logroño hasta que su madre falleció y decidió trasladarse a vivir a Oviedo donde conoció a sus amigas y al desgraciado de su ex, por el cual, se había convertido en una mujer insegura, con miedos, y desconfiada cuando se trataba de hombres.

Nerea disfrutó de su compañía y de su conversación. Había dejado a un lado al Hugo gilipollas, para mostrar su lado más dulce haciendo que Nerea sintiera un hormigueo en el estómago. Al acabar de cenar, se despidieron en recepción. Ella iba a dar una vuelta y Hugo tenía que trabajar, además los niños ya comenzaban a llamarle.

Contenta tras creer que cenaría sola o que hacerlo con Hugo significaría acabar clavándole un cuchillo en mitad de la frente, la verdad es que había sido muy divertido y en ningún momento se habían picado el uno al otro.

Entró en uno de los puestos que había cerca de la playa y comenzó a mirar un nuevo vestido para bajar a la playa cuando sonó su móvil. Era un mensaje de Íñigo, su ex. Pensó en borrar el mensaje inmediatamente, pero la curiosidad pudo con ella:

Hola ratoncita. Quiero que sepas que he dejado a esa mujer por ti. He vuelto con mis padres, pero confío en volver a vivir contigo. Te ayudaré a buscar trabajo y seremos felices. Te quiero.

Nerea leía y volvía a leer de nuevo el mensaje. ¿De qué cojones iba? La mujer con la que estaba se había quedado sin un duro y por eso quería volver con ella. Para seguir viviendo rascándose el ombligo y subsistiendo a costa del trabajo y dinero de su padre y del suyo, si encontraba trabajo. Las últimas palabras eran las más hipócritas de todo el mensaje y volvió a sentir la furia que sintió el día que se enteró de la verdadera razón por la que salía con ella. La había manipulado, engañado y se había aprovechado de ella.

Guardó de nuevo el móvil en el bolso y volvió al hotel. Se sentó en la cama, hasta que vio la botella de champán que Hugo le había regalado. La cogió y salió de nuevo a la calle.

Llegó a la playa cuando ya llevaba bebida casi la mitad de la botella. Estaba como una cuba y andaba dando tumbos hasta que tropezó con algo y cayó de culo, tirando la caña de pescar que estaba plantada en la arena y derramando parte del champán.

—Princesita, ¿qué estás haciendo?

—¿Y tú? –dijo con su voz ebria.

—Pescar, hasta que has derribado mi caña. No habrás visto el hilo y te habrás tropezado con él.

—¿Es que tú nunca trabajas? –dijo señalándole con el dedo.

—A las dos de la mañana, no. ¿Y tú qué? ¿No decías que odiabas el champán? ¡Te has ventilado tu solita media botella!

—Y lo odio, pero tenía dos opciones, o irme a Oviedo y matar al hijo de puta de mi exnovio o pillar un pedo y olvidarme de eso y divertirme sola.

Hugo la ayudó a levantarse y la sujetó por la cintura para que no se cayera, pero Nerea se soltó de un empujón.

—Anda princesita, deja la botella y regresemos al hotel. Necesitas descansar.

—¡No! No decís todos que me preocupo mucho y no vivo, pues es lo que estoy haciendo ahora. ¡Vivir!

Dicho esto, dejó la botella en la arena y se quitó el vestido quedándose sólo con unas braguitas de encaje. Miró la inmensidad del mar y con los brazos en alto gritó sintiéndose libre sin dejar de reír. Hugo rápidamente intentó ponerle de nuevo el vestido, sin querer contemplar sus desnudos pechos, pero Nerea se negaba. Cansado de ver cómo sus senos botaban cuando ella se movía, le pasó una mano por la espalda y la otra por debajo de las rodillas para cogerla y echarle el vestido por encima, cubriéndola por delante.

—Soy la princesa Vampiresa –dijo Nerea divertida por la tajada que llevaba mordiéndole el cuello a Hugo–. Qué bien hueles y qué bueno estás. Eres un capullo, pero estás muy bueno.

—Princesita, deja de hacer eso o me dará igual que estés borracha y mañana me lo reprocharás.

—¿No querías esto de mí?

—No te lo voy a negar, ¡pero no borracha!

Con Nerea aún en brazos, Hugo caminó hacia el hotel. Menos mal que no estaba muy lejos. Se asomó a la puerta, pero se escondió detrás de ella cuando vio a Alejandro subir en el ascensor. Probablemente se iría a dormir. Al entrar en el hotel, Hugo optó por subir por las escaleras hasta la habitación de ella, de donde salían unos sonoros gemidos. Nerea continuaba mordisqueándole el cuello y la barbilla cuando Hugo golpeó la puerta con el pie continuamente hasta que Ada con la ropa medio puesta abrió.

—¡¿Qué?! –exclamó furiosa.

—Princesas a domicilio.

—¿Por fin te la has tirado?

—No. La he encontrado borracha en la playa y se ha quitado el vestido. Yo sólo la he traído hasta aquí.

—Tu paquete me dice lo contrario –dijo Ada señalando la abultada entrepierna de Hugo.

—Uno no es de piedra y si de repente se te desnudan y luego comienzan a mordisquearte el cuello…

Sergio, el camarero, apareció detrás de Ada a la que abrazó por la cintura.

—Si quieres, me voy. Tu compañera necesita descansar.

—¡De eso ni hablar! –y dirigiéndose a Hugo dijo–: Oye, llévatela a tu habitación y que duerma allí.

—¿Cómo? ¿¡Tú sabes la que me va a montar cuando se despierte y se encuentre en mi habitación!? –protestó Hugo sorprendido por lo que la amiga loca de Nerea le decía.

—Aunque no lo parezca, Nerea es comprensiva. Se lo explicas y listo. ¡Buenas noches!

Ada le cerró la puerta y a Hugo sólo le quedaban dos opciones. O llevarla a su habitación o a la de su padre. Eligió la primera, porque a saber qué pensaría su padre si se la llevaba desnuda y borracha.

Como pudo, pulsó el botón del ascensor y subió hasta la octava planta. Aún con ella en brazos caminó por el largo pasillo hasta que se detuvo frente a la puerta de su habitación.

—Sujétate el vestido –le dijo dejándola en el suelo pero sujetándola aún por la cintura para abrir la puerta.

Nerea le hizo caso, pero el sueño comenzaba a vencerla y no se sostenía por sí misma. Hugo la llevó hasta la cama, tumbándola tal y como estaba y la tapó con la sábana después de quitarle los zapatos. Se quedó dormida al instante y él no pudo evitar acariciarle la cara y el pelo. Se la veía tan tranquila y sus labios entreabiertos invitaban a besarlos. Hugo fue agachando su cara a la de ella pero antes de alcanzar sus labios, giró la cabeza y depositó un dulce beso en su mejilla. Nerea era distinta y todo lo que ocurriera con ella quería que fuera real. Se tumbó en el otro extremo de la cama y finalmente se quedó dormido.

Pero su sueño no duró mucho. Como cada día, el dichoso despertador le sonaba a las seis. Ese día le tocaba preparar las actividades que se llevarían a cabo en la piscina y debían montar la red para la piscina e inflar los balones de plástico. Giró su cabeza a la derecha y comprobó que Nerea seguía durmiendo. Lo hacía boca abajo y se había destapado durante la noche, dejando su espalda totalmente desnuda al descubierto. Hugo volvió a colocarle la sábana y se fue a duchar.

Durante la ducha, pensó en dejarle una nota para que supiera dónde estaba y dónde le podía localizar y, así, explicarle lo ocurrido si no se acordaba, pero no hizo falta, cuando salió del baño con una toalla anudada a la cadera, Nerea se apretaba la frente con las manos y gemía por el dolor de cabeza.

—Buenos días, princesita. ¿Un ibuprofeno?

Nerea se despertó de golpe y al ver a Hugo mojado y desnudo a excepción de la toalla, se miró ella y vio que sólo llevaba las bragas puestas. ¡No se lo podía creer!

—¡Eres un cerdo! –le gritó tirándole la almohada y envolviéndose con la sábana para ponerse en pie y golpearle–. ¡Por esto me hiciste el estúpido regalito, por esto te comportaste bien en la cena anoche y comenzabas a ser amable, para que me cayeras bien y conseguir meterme en tu cama!

—¡Eh, eh! Para el carro –Nerea más enfadada que nunca, se retiró el pelo de la cara y puso los brazos en jarras–. Ayer te encontré en la playa borracha como una cuba. Te desnudaste y yo te llevé a tu habitación, pero tu compañera estaba con un tío y no tuve más remedio que traerte aquí. Te dejé en la cama, te quedaste dormida y se acabó. No pasó nada.

—¿Y cómo sé que no me mientes?

—Porque yo cuando follo, me molesto en quitar las bragas –dijo señalándolas.

Nerea bajó la mirada y vio cómo la sabana no le cubría su ropa interior, por lo que se la recolocó para que quedaran tapadas.

—No me acuerdo de nada –dijo Nerea dándose la vuelta y apretándose las sienes.

—Te traeré algo, princesa Vampiresa.

—¿A qué viene ahora ese mote?

Hugo inclinó la cabeza hacia la derecha para mostrarle las marcas que le había dejado ella la noche anterior.

—Te lo pusiste tú solita mientras me mordisqueabas el cuello.

Nerea se puso roja como un tomate y volviendo a la cama se tapó entera, pero Hugo sentándose en el filo del colchón, la destapó hasta el cuello.

—No pasó nada, Nerea. Pero me gustaría que me contaras por qué quisiste emborracharte –le dijo con una dulzura que a Nerea le estremeció.

—Por un mensaje de mi exnovio.

—¿Por eso?

—No sabes nada, Hugo. Así que no imagines cosas sin saber.

—¿Sabes? Creo que es la primera vez que nos llamamos por nuestros nombres –sonrió.

Nerea le imitó. Tenía razón, antes nunca se habían llamado por sus nombres. Nerea normalmente lo insultaba y él la llamaba princesita a secas o acompañado de alguno de sus motes.

—No mereces sufrir por un imbécil. Tu padre y yo estamos muy unidos y me contaba todo con respecto a ti. Y sé que a ese exnovio tuyo sólo le interesaba una cosa y no eras tú.

—Mi padre es un bocazas.

—No, te quiere y se preocupa por ti. Quizá por eso no te veo como una huésped más. Porque desde que estreché mi relación con tu padre, conozco muchas cosas tuyas y no me sale comportarme como con las otras. Ellas como yo buscan una cosa, pero tú eres diferente, Nerea, y te aseguro que mi nota de ayer en la que te pedía empezar de cero contigo fue sincera. No sólo porque quiero conservar mis cascabeles –dijo haciéndola reír– sino porque las conversaciones con Alejandro sobre ti me hacen querer conocerte, aunque al principio me comportara contigo como un idiota, pero tu carácter me hacía comportarme así y ahora quiero cambiarlo. No quiero que cuando te vayas, te lleves esa imagen de mí.

—No sé. Me han engañado muchas veces y no puedo confiar en ti. Durante el tiempo que llevo, me has hecho enfadarme contigo, me has buscado las cosquillas hasta encontrarlas. Es como si te gustase picar y que te piquen. Lo mejor es que nos ignoremos, créeme.

Nerea se levantó y de espaldas a Hugo se puso el vestido y cogió los zapatos con la mano. Sin decir una palabra más, abrió la puerta y se fue.