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—Puta mierda de microondas –se quejó Ada pulsando una y otra vez el botón–. ¡¡Esto no funciona!!

Enfadada porque el microondas no calentara la leche para el café, la cogió y se la llevó a la mesa. Esa mañana no tenía más remedio que bebérselo frío.

—Anda alegra esa cara –dijo Nerea pasándole uno de los cupcakes que habían hecho ella y Hugo hacía dos días–. Y prueba mis primeros cupcakes.

—¿Y eso? –preguntó Laila cogiendo el que le tendía Nerea.

—Hace dos noches, Hugo me enseñó a hacerlos.

—Está buenísimo –dijo Elena dando un mordisco al suyo.

Nerea sonrió y se comió el suyo en apenas unos segundos. Le encantaban y esos últimos días tenía mucho antojo de chocolate. Se terminó el zumo y vio como su padre cruzaba todo el restaurante a grandes zancadas junto con Pedro y Sara, la maître, hasta entrar en la cocina. Tras ellos llegaron Samuel y Hugo y comenzaron a probar distintos aparatos eléctricos del comedor, pero ninguno funcionaba. Samuel le dijo algo a Hugo y tras asentir, cada uno se fue por su lado. Samuel salió del restaurante y Hugo se metió también en la cocina.

—No funciona nada aquí tampoco –resopló Hugo con los brazos en jarras–. Así no podemos trabajar.

—Poco podemos hacer. No hay luz en todo el hotel y ya hemos revisado los contadores. Habrá que llamar a la compañía –dijo Pedro.

—Ya ha ido Samuel a hacerlo –comentó Hugo–. Lo que podemos hacer es traer a la cocina bombonas de butano para improvisar algo. Los huéspedes tendrán que comer, digo yo, aunque sea un bocadillo de lomo con pimientos.

—Tienes razón. Ya sabes dónde están –contestó Pedro–. Reúne a todo el personal posible e id bajando las que podáis. Cuando se necesiten más, que la jefa de cocina os lo haga saber, hasta entonces habrá que esperar.

Hugo asintió y salió de la cocina para decirle a uno de los camareros que, cuando acabaran en el restaurante, fueran a uno de los almacenes del hotel a llevar bombonas a la cocina. A paso ligero salió en dirección a recepción y saltando por encima del mostrador, comenzó a buscar la agenda donde tenían apuntados los teléfonos de los distintos hoteles de la cadena. Necesitaba confirmar si sólo había ocurrido en el suyo o en el resto también.

Revolvió todas las carpetas, papeles y agendas que encontraba pero ninguna era lo que buscaba. ¿Dónde guardarían esos números? Recordó que, el día que se aprobaron los cambios, su padre le comentó que habían puesto una libreta roja aparte con los distintos contactos de todos los hoteles de Gandía y que en la primera hoja estaban apuntados los de la cadena. La cosa era. ¿Dónde demonios estaría la libretita?

Nerea sabía que algo raro ocurría y que todos los empleados, incluidos Pedro y Alejandro, rondaran por el restaurante para hablar unos con otros se lo confirmó. Limpiándose los labios con una servilleta tras terminar su desayuno, se levantó y titubeó si ir a la cocina o por donde había desaparecido Hugo. Al final optó por seguir a su chico. No sentía confianza suficiente para presentarse en la cocina.

Al salir al hall, le vio desordenando todo el puesto de recepción y apoyando los antebrazos en el mostrador estiró un brazo uno para poder revolverle el pelo con la mano.

—¿Qué buscas? –le preguntó apoyando la mano derecha en el codo izquierdo.

—Una libreta roja. Me estoy volviendo loco –bramó exasperado.

Nerea se fijó en un cuadernillo que estaba a su lado y que encajaba con su breve descripción, así que cogiéndola entre el dedo índice y el pulgar se la mostró.

—¿No será por casualidad esta? –dijo moviéndola levemente de izquierda a derecha.

Hugo levantó la cabeza para mirar lo que le enseñaba y asintió cogiéndola y abriendo sus páginas para asegurarse.

—¿Dónde estaba?

—Encima del mostrador, al lado del teléfono –dijo con una sonrisa al ver como ponía cara de «soy idiota».

Iba a marcar uno de los números en su móvil para llamar cuando vio a las dos estudiantes que le metieron en un lío con Nerea bajar por las escaleras sin dejar de echarle miradas nada decentes. Consciente de lo que iban a hacer, al verlas acercarse a él desvió la vista hacia Nerea que miraba distraída su móvil.

—Princesita acércate –susurró indicando con el dedo índice que se aproximara a él.

Extrañada, lo hizo y cogiéndole el rostro, Hugo la besó con amor durante un largo rato hasta que vio cómo las estudiantes, con su gesto, habían captado el mensaje. Nerea, en ese tiempo, pasó los brazos por su cuello para atraerle más hacia ella y devolverle mejor el beso. Ese hombre la dejaba completamente hipnotizada con esos sencillos gestos.

—¿Y eso? –preguntó con la sonrisa pegada a sus labios.

—Porque no te quiero perder… –confesó en un susurro y al ver como a Nerea le cambiaba la cara la volvió a besar–. Tengo que hacer una llamada. Nos vemos luego, ¿vale princesita?

Ella asintió aún desconcertada por lo que le había dicho y, separándose de él, fue a reunirse con sus amigas.

Hugo, con el teléfono móvil en la mano y con el número marcado, la vio alejarse y cuando desapareció de su campo de visión pulsó la tecla verde y se lo llevó al oído, pero no había señal. O bien estaba roto o tampoco tenían luz. Probó con el resto de los hoteles de la cadena y comprobó que ocurría lo mismo. Tras colgar al marcar el último número, salió de recepción en busca de Pedro y Alejandro, a los que encontró en el despacho de este último.

—No hay señal en ninguno de los hoteles de la cadena –dijo Hugo tras entrar.

—Lo sabemos –contestó Alejandro mostrándole una página en su móvil. Por lo visto había un apagón en toda la ciudad y los técnicos ya habían comenzado a trabajar en ello–. Me da que esto va para largo –suspiró bloqueando el teléfono y guardándoselo en el bolsillo delantero del pantalón.

—De puta madre… –ironizó Hugo–. Será mejor que vayamos bajando las bombonas de butano.

Hugo volvió al restaurante y tras dar un pequeño silbido, ordenó al personal que le siguiera al almacén donde guardaban todo lo relacionado con el mantenimiento del hotel. Entre seis personas bajaron doce bombonas y ayudaron a los cocineros a ponerlas en su sitio. Por desgracia ese día sólo podrían preparar unos bocadillos, pero recompensarían a los huéspedes por las molestias.

Sudado tras bajar las bombonas, Hugo fue en busca de Samuel para ver qué podían hacer durante el día para entretener a los más pequeños. Aunque por la noche si no había luz, lo mejor sería que los clientes permanecieran en sus habitaciones.

—¡Hugo! Te estaba buscando –le llamó Samuel cargado con una caja–. Ve al almacén de la piscina, hay otras dos cajas de linternas, por si acaso el problema de la luz se alarga hasta la noche. Órdenes de tu padre.

Hugo asintió y colocando una caja encima de la otra cuando llegó al almacén, las cogió y las dejó en el mostrador de recepción. Pedro llegó e indicó a los empleados que cogieran una linterna y después llamaran a las habitaciones del hotel ocupadas para que los huéspedes también tuvieran una linterna por cuarto. No sabían cuánto tardarían en solucionar el problema, pero mejor era prevenir que curar.

El día en el hotel transcurrió con normalidad. Los huéspedes entendieron la situación y atendieron a todas las instrucciones que les daban los distintos empleados del hotel. La noche llegó y el problema seguía sin solucionarse. No había luz ni en la calle ni en ninguna de las casas ni en el hotel, a excepción de las de emergencia. Algunas personas comenzaban a ponerse nerviosas pero los diversos empleados del Hotel Villa Magic les acompañaron a sus habitaciones para que estuvieran más relajados.

Pedro viendo los cientos de luces de linterna que había en la recepción y en el bar-salón del hotel, ordenó a todos los clientes que subieran a sus respectivas estancias. Les informarían cuando el problema estuviera solucionado.

Nerea, que había pasado el día fuera junto con Elena y Laila, ya que Ada se había ido con Sergio, llegó al hotel junto a ellas y encendieron sus linternas. Todo estaba demasiado oscuro y observaron cómo la gente subía por las escaleras a sus correspondientes habitaciones. Hugo, que se encontraba apoyado en el mostrador de recepción hablando con algunos empleados, se dio la vuelta hacia la puerta al ver unas luces que no correspondían a su linterna ni a las de sus compañeros y sonrió al reconocer a Nerea. Disculpándose con el resto de los empleados, caminó hasta ella. Cogiéndola por la cintura y sin importar que sus amigas lo vieran, le dio un suave beso en los labios.

—¿De dónde venís? –las preguntó sin soltar a Nerea.

—De dar un paseo nocturno –respondió Nerea abrazándose a su cintura–. Hemos estado en la playa aprovechando los últimos rayos. Así que, como anochecía, hemos regresado al hotel ayudándonos de las luces de emergencia y la de los coches. Apenas veíamos nada.

Hugo asintió y le dio un beso en la frente cerca del nacimiento del pelo.

—Sí. Lo mejor será que subáis a las habitaciones. Aquí no hay nada que ver –bromeó con el doble sentido de la frase.

Hugo las acompañó a su cuarto con la excusa de que quería que llegaran sanas y salvas, pero Elena y Laila no se lo tragaron y sabían perfectamente que las acompañaba por Nerea, pero no dijeron nada. Se metieron en el suyo tras despedirse de la parejita y Nerea se quedó un poco más en el pequeño pasillo frente a la puerta de su habitación.

—¿Quieres entrar? –preguntó sin querer que se fuera–. Ada pasará la noche con Sergio.

Hugo iba a aceptar su proposición cuando una idea le pasó por la cabeza. Con una sonrisa negó y se agachó para alcanzar sus labios en un corto beso.

—Tengo una idea mejor, princesita.

Entrelazó sus dedos con los de ella y encendiendo de nuevo la linterna, comenzaron a subir las escaleras hasta llegar al último piso. Con las respiraciones entrecortadas por el breve, pero intenso trayecto escaleras arriba, cruzaron el pasillo donde se encontraban las distintas habitaciones de los empleados hasta llegar a una puerta transparente que había al fondo por la que se accedía a las escaleras de emergencia. Empujándola, Hugo dejó paso a Nerea y cerrando la puerta tras ellos subieron el piso que les quedaba para llegar a la azotea del hotel.

Maravillada, Nerea contempló el cielo lleno de brillantes estrellas. La farolas de la calle impedían ver ese impresionante espectáculo natural, pero sin luz, las estrellas brillaban unidas y con fuerza. Despacio caminó hasta contemplar las maravillosas vistas al mar que se podían apreciar desde esa altura. Sonrió al notar cómo unos fuertes brazos la abrazaban y cómo Hugo hundía su cara en su cuello depositando un suave beso.

—¿Te apetece que nos tumbemos y miremos las estrellas? Tal como se ven ahora, es difícil de ver. Hay que aprovechar.

Nerea asintió y tras decirle que esperara un segundo, Hugo corrió escaleras abajo para llegar cinco minutos después con una manta y la almohada de la cama. Al verlo, Nerea levantó las cejas y se acercó a él cuando vio como extendía la manta en el suelo y ponía la almohada en el extremo superior de esta. Tras ponerse de rodillas, le tendió una mano a Nerea para que se acercara y le imitara. Una vez lo hizo, ambos se tumbaron colocando la cabeza en la mullida almohada.

—Así estaremos más cómodos –dijo abrazándola contra su pecho sin dejar de mirar el estrellado cielo.

Nerea se dejó abrazar y entrelazó sus piernas con las de él. Desearía poder detener el tiempo para poder estar siempre así.

—¿Habéis tenido mucho trabajo hoy? –preguntó para romper el silencio jugueteando con sus dedos entrelazados.

—La verdad es que no mucho. Sin luz, poco podíamos hacer, pero hemos conseguido distraer a los niños y la comida y la cena, ya ves lo que ha sido. Una ensalada y después los bocadillos.

—Sólo he comido en el hotel, cenar hemos cenado un sándwich que hemos comprado en un puesto cerca de la costa.

—¿Tenían luz? –preguntó sorprendido.

—No, pero no se necesita luz para hacer unos sándwiches y como todo el mundo está igual, pues estaban vendiendo y hemos pillado uno para cada una –dijo refiriéndose a Elena y Laila.

Siguieron contemplando el cielo hasta que vieron una luz blanquecina cruzar todo el cielo delante de sus ojos. Emocionada como una niña pequeña, Nerea se incorporó y miró a Hugo con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡¿La has visto?! –gritó con la emoción en su voz–. ¡Madre mía, qué pasada! Nunca había visto una estrella fugaz –suspiró volviéndose a recostar sobre su pecho.

—¿De verdad?

—De verdad. ¿Tú habías visto antes?

—Una vez de pequeño. En la cala donde te llevé. Mi madre estaba demasiado violenta y me escapé hacia mi refugio. Me pilló la noche, pero sabía que a mi madre no le importaría que no estuviera en casa. Al contrario, la aliviaría. Me quedé horas y horas mirando el cielo y cómo decenas de estrellas fugaces pasaban delante de mis ojos. Cuando el sueño comenzó a entrarme y ya comenzaba a refrescar, volví a casa. Por suerte mi madre ya estaba durmiendo la mona.

Nerea no dijo nada. Sabía lo duro que era para él el tema de su madre y más ahora que se había escapado de la clínica. Veía lo preocupado que estaba por si esa mujer hacía algo que perjudicara a cualquier persona, por eso comenzó a dibujar círculos imaginarios en su pecho y cambió de tema.

—¿Utilizáis mucho esta azotea?

—Antes solía subir para fumarme un cigarrillo cuando mi padre no sabía que fumaba, pero me pilló un día la cajetilla de tabaco, me dio una charla sobre él y fin de la historia. Esta zona no se usa.

Nerea sonrió y depositó un beso en su clavícula antes de seguir observando la inmensidad del universo. Pero las estrellas se apagaron cuando las farolas de la calle volvieron a encenderse. Se oyeron aplausos y vítores, y poniéndose de pie, Nerea se asomó para comprobar que, efectivamente, había vuelto la luz. Girándose hacia Hugo se encogió de hombros y le ayudó a doblar la manta para bajar.

Bajaron a la habitación de él y tras dejar la almohada en la cama y la manta en un armario, Nerea se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla.

—Gracias por enseñarme la azotea. Me ha encantado ver mi primera estrella fugaz contigo a mi lado –dijo sincera.

—Princesita, me encantaría enseñarte miles de cosas que no hayas visto nunca y estar a tu lado en esos momentos.

Nerea mostró una medio sonrisa sin saber qué contestar a eso. Le encantaría que fuera así, pero las circunstancias de la vida a veces no se pueden alterar.

Hugo miró su reloj y vio que apenas pasaban de las once.

—Aún es pronto. ¿Te apetece que vayamos a dar un paseo?

—Me parece bien, no hay otra cosa que hacer.

—Princesita, sí que hay otra cosa que hacer –dijo pícaro desnudándola con la mirada–. Pero eso será después del paseo.

Con una sonrisa le dio un suave golpe en el brazo y agarrándose a este, salieron de la habitación para dar un tranquilo y romántico paseo por la suave arena de la costa mediterránea.