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Cuatro horas después de quedarse dormida, Nerea se despertó de su larga siesta. Tanto ella como Ada habían corrido las cortinas para que no entrase luz y se habían olvidado de encender el aire acondicionado, por lo que estaba completamente sudada. Con cuidado de no despertar a su compañera, se levantó y cerró la puerta del baño. Necesitaba una ducha urgente.
Se recogió el pelo en un moño mal hecho y dejó que el agua se deslizara por su cuerpo. Con una toalla anudada a su pecho abrió la maleta y sacó un sencillo vestido blanco. Se calzó unas sandalias planas plateadas y con cuidado salió de la habitación, pero antes de bajar apoyó la oreja en la habitación de Elena y Laila para comprobar si seguían durmiendo. La competición de ronquidos, en la que participaban las dos, le confirmó su sospecha así que decidió ir a dar una vuelta por el hotel.
El defecto que siempre veía Nerea en el hotel es que sólo había dos ascensores y era un milagro que consiguieras usar al menos uno de ellos. Suerte que estaba en la segunda planta y podía bajar y subir por las escaleras cubiertas de una alfombra azulada sin cansarse.
Al llegar al hall se quedó mirando el suelo que tanto le gustaba de pequeña, donde siempre iba pisando los cuadros blancos porque creía que el negro la iba a engullir si lo pisaba. Su padre siempre reía al verla saltar de cuadro blanco en cuadro blanco. Nerea sonrió ante ese recuerdo y siguió caminando hasta llegar al bar-salón del hotel. Sus paredes eran de un tono azul eléctrico combinado con el blanco y las mesas y las sillas le daban un toque más veraniego y alegre. A la izquierda había una pequeña escalera formada por dos escalones que unía el bar al salón. Allí, los animadores infantiles entretenían a los niños y, gracias al enorme espacio, por las noches hacían todo tipo de juegos
Tras beberse una coca-cola, Nerea se dirigió al comedor. La puerta estaba cerrada, pero la abrió un poco para volver a contemplar la gran sala que la había fascinado de pequeña. Fue lo primero que vio y siempre sería especial para ella.
—No sé si se ha dado cuenta de que el comedor está cerrado –dijo una voz masculina a su espalda.
Nerea se sobresaltó y se dio la vuelta para encontrarse con el chico que había visto morrease con una guiri en la entrada. Era alto y con el pelo oscuro. Sus ojos eran los más azules que Nerea había visto nunca y tenía un buen porte. Era delgado con un cuerpo fibroso y una espalda ancha que invitaba a ser acariciada.
—Sé que está cerrado, no soy idiota. Sólo lo estaba viendo.
El joven comenzó a acercarse a Nerea con los brazos cruzados y una mirada vacilante hasta colocarse frente a ella.
—Te contestaría que si puedes ser un tanto idiota porque eres rubia, pero no es exactamente ese color –dijo cogiéndole un mechón–. ¿Castaña clara? Tampoco. ¡¿Se puede saber de qué color tienes el pelo?!
—¡Qué más te da! –dijo irritada quitándole el mechón de sus dedos de un manotazo.
—¿Y qué hacías espiando en el comedor como una niña pequeña?
El chico colocó una mano al lado de la cabeza de Nerea y agachó un poco su cara para encontrarse con sus grandes ojos marrones.
—¿Y a ti qué te importa? –dijo Nerea intentando irse, pero él la cogió del codo.
—Sí me importa, porque trabajo aquí y no quiero que nada ni nadie perjudique al hotel –dijo serio.
Cansada, suspiró y le miró para contestarle.
—Cuando era pequeña venía todos los veranos, ¿contento? Y tras mucho tiempo he vuelto a venir tras la insistencia del propietario del hotel.
—Ah, sí –expresó el joven con burla–. Tú eres la que, junto con tus amigas, pensáis en mudaros al hotel. He visto todo el equipaje que llevabais. ¡¿A dónde vais con dos maletones cada una?!
—Nos vamos a quedar aquí tres meses, así que espero que me dejes disfrutarlos y te limites a hacer tu trabajo.
De un tirón, Nerea se soltó de su agarre y continuó su camino. Quería alejarse de ese idiota cuanto antes, pero un comentario del chico hizo que se detuviese.
—Así que tú eres la famosa princesita del hotel, la hija del director. Permíteme que me presente –le tendió la mano, pero al ver que ella seguía con los brazos cruzados, él se la cogió y se la estrechó–: Soy Hugo, uno de los animadores infantiles. Espero ver a la princesita esta noche en mi espectáculo, sentadita como un indio junto a los demás niños de su edad dando palmitas –dijo con burla comenzando a dar palmadas infantiles–: Ya que eres la niñita mimada, además de una gorrona, te comportarás también como tal, ¿no?
Nerea le miró enfadada. ¿Quién se había creído para hablarla así? La estaba tratando como una idiota y no consentiría que otro gilipollas la pisoteara como hizo su ex, por lo que dando un paso hacia él, le dijo:
—Dime: ¿Una niña mimada o una princesita haría esto?
Sin ningún tipo de vergüenza ni pudor, Nerea rodeó con su mano la bragueta del animador y le clavó las uñas apretando todo lo que pudo.
—Limítate a hacer tu trabajo y déjame disfrutar de los tres meses que estaré aquí y te aseguro que como me vuelvas a tratar como si fuera una idiota, esto no quedará en un simple apretón.
Tras esto, Nerea se dio la vuelta y continuó su camino hacia la piscina dejando a Hugo agachado con las manos apoyadas en las rodillas, la respiración irregular y cerrando los ojos con fuerza como si de esa forma el dolor remitiera más rápido. Levantó la vista y miró furioso la puerta por donde la princesa Cascanueces había desaparecido. Eso no quedaría así, pensaba dejarle cuatro cositas bien claritas a esa consentida.
Con una sonrisa de satisfacción tras la batalla con el animador infantil, Nerea caminó por un pasillo en el exterior que conducía a la piscina y a un pequeño porche donde podías tomar lo que te apeteciera o merendar algo de lo que te ofrecía el pequeño bufé libre.
Seguía igual. Una piscina de mayor profundidad, otra de profundidad media, un jacuzzi y otra piscina para los más pequeños donde había un parque en su interior con un cubo de agua que, al llenarse, volcaba y mojaba a todo el que se encontraba a su alrededor.
Hugo apareció en la zona de la piscina como alma que lleva el diablo para hablar con aquella perturbada, pero se detuvo al ver aparecer a Alejandro. Pudo ver cómo hablaban y él la besaba en la frente con el amor de un padre.
—¿Qué haces aquí? –dijo Pedro a su espalda–. Ahora le toca a Samuel lidiar con las actividades de los niños.
—Lo sé, sólo… iba a por algo de comer. Sabes que me gusta más coger algo en el bufé que ofrece la piscina.
—¿Y qué hacías aquí parado? –le preguntó curioso.
—Estaba observando cómo Alejandro abraza a esa chica. ¿Es ella?
Pedro clavó la vista donde la tenía Hugo. Alejandro abrazaba a su hija y caminaban juntos para sentarse en una mesa.
—Sí. Es Nerea.
—La famosa princesa del hotel –dijo con retintín.
—¿Y ese tono?
—Que de princesa no tiene nada –dijo en un susurro enfadado por lo sucedido–. Menudo carácter, un poco más y me convierte en un castrato.
Pedro comenzó a reír mientras Hugo le contaba lo sucedido hace unos minutos con ella en el hall cerca de comedor.
—Cuida tus palabras con ella, Hugo. La conozco y es la persona más buena, cariñosa y dulce que he conocido nunca, pero cuando algo no le agrada, arde Troya.
—Tranquilo, no pienso volver a acercarme a ella.
Pedro le dio una palmada en el hombro y se encaminó a donde estaban Alejandro y su hija charlando. Cuando Nerea lo vio, se puso de pie y lo abrazó. Hugo contempló la escena, pero cuando sus ojos chocaron con los de ella y vio cómo le fulminaba con la mirada, se dio media vuelta y se fue. Cuanto más lejos estuvieran el uno del otro, mejor.
Nerea disfrutaba de una agradable merienda y de la charla con las personas que más quería en el mundo, pero su cabeza estaba en otra parte, en el guapísimo animador infantil. «Espera, ¿guapísimo? ¿Había pensado eso?», sacudió la cabeza como si así la idea lograra desaparecer de su mente, pero no podía negarlo: el chico estaba de muy buen ver, aunque fuera un gilipollas.
A las seis de la tarde recibió un mensaje de Ada preguntándole dónde estaba, por lo que se disculpó con su padre y Pedro y subió a la habitación.
—¿Dónde estabas? –dijo Ada consiguiendo abrocharse la parte de arriba del biquini cuando Nerea entró en la habitación.
—Merendando en la piscina con mi padre y Pedro.
—¿Llevas el bañador puesto? –Nerea negó con la cabeza–: Pues póntelo que vamos a darnos un chapuzón y a tomar un rato el sol en la piscina.
—Por la tarde no le da el sol, sólo por la mañana –aclaró Nerea sacándose el vestido por la cabeza para cambiarse.
—Pues a darnos un chapuzón.
Se puso un biquini de rayas blancas y azul marino y volvió a colocarse el vestido blanco por encima. Cogieron sus respectivas bolsas de la piscina y salieron de la habitación al pasillo donde Elena y Laila ya las esperaban con las toallas apoyadas en los hombros.
—¿Quién ha ganado? –preguntó Nerea con una sonrisa maliciosa.
—¿Qué? –preguntó extrañada Elena.
—Vuestro concurso de ronquidos, ¿quién ha derribado la pared antes?
—¡Yo no ronco! –contestaron Laila y Elena a la vez.
—Por dios si hasta yo os he oído –aseguró Ada.
—Roncar no ronco, pero dar collejas, ¡lo hago como nadie! –advirtió Laila levantando la mano.
Como era de esperar, el ascensor estaba ocupado y cuando paraba en su planta, estaba lleno de gente, así que al final bajaron por las escaleras. Atravesaron la recepción hasta llegar a la puerta que daba a la piscina pero dos personas dificultaban su paso por ella. Cuando uno de ellos las vio, se apartó e hizo una seña a su compañero para que hiciera lo mismo. El joven se giró y al ver de quien se trataba, se colocó en medio de la puerta impidiéndolas el paso.
—Vaya, la princesa Cascanueces. ¿A darte un baño?
—Apártate y déjanos pasar –contestó Nerea con el desafío en su mirada.
—O si no, ¿qué? ¿Vas a volver a tocarme los cascabeles? –contestó Hugo vacilante.
—Es posible, ya comprobaste antes que no tengo ningún reparo.
Laila, Elena y Ada se miraron unas a otras sorprendidas. ¿Qué había pasado entre esos dos? Nerea intentó pasar por la puerta pero Hugo se lo impidió.
—Y dime, ¿vais a hacer topless? Lo digo porque hay niños y no quiero que los traumaticéis. Sobre todo tú –dijo señalando a Nerea–. No puedes permitir que esos pobres niños vean las tuyas al aire. Son demasiado pequeñas y les harías perder la ilusión pensando que todas son así de enanas. Les marcarías de por vida.
Nerea achinó los ojos. «¿De qué iba? Además su pecho era de un tamaño normal. ¡Tenía una 90B!». El compañero de Hugo y las amigas de ella, contemplaban sin decir palabra la escena. Nerea, se acercó a él y de nuevo le agarró su zona más sensible apretando más fuerte que antes y clavándole las uñas con tanta fuerza que temió que se le rompieran hasta que Hugo cayó al suelo por el dolor.
—A este paso, te dejo estéril si no lo estás ya. Por tu bien, déjanos en paz a mis amigas y a mí o te aseguro que tendrás problemas.
—¿Qué? ¿Te chivarás a tu papá el director? –le dijo burlándose.
—No, ya que como has podido comprobar dos veces en menos de dos horas, puedo arreglármelas muy bien yo solita.
Nerea pasó por encima de Hugo que seguía retorciéndose en el suelo y sus amigas la siguieron aún alucinadas por lo que acababan de contemplar. ¿Cuándo había vuelto la Nerea que ellas conocían? Por lo que vieron, ella sólo necesitaba algo que la hiciera reaccionar y eso les alegró.
Tras darse un buen chapuzón, se tumbaron en unas hamacas donde Nerea les relató lo sucedido y las cuatro rieron a carcajadas.
—Eso habría sido digno de ver.
—Bueno, ya os he hecho una pequeña repetición en la entrada de la piscina.
—Hay que reconocer –dijo Ada sentándose en la hamaca– que el tío esta buenísimo, pero es tan gilipollas que queda descartado de mis folleteos de verano. Además tras el encontronazo contigo, creo que no se le vuelve a levantar.
Todas rieron y dos horas después subieron a sus respectivas habitaciones. En breve cenarían con Alejandro. Él y Nerea tenían que ponerse al día con muchas cosas y su padre estaba deseando conocer a las amigas de su hija. La cena transcurrió divertida y amena y todos disfrutaron de la compañía y del buen ambiente. Cansadas tras el largo día, todas se acostaron. Quedaban tres meses por delante para salir por la ciudad, explorar los lugares de la zona y los cuerpos que rondaban por la maravillosa Gandía.