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Unas suaves caricias en su brazo izquierdo comenzaron a despertar a Nerea, pero antes de que abriera los ojos, notó unos suaves labios presionando los suyos y sonrió. Como ella deseaba, la había despertado con un beso.

—Buenos días, princesita.

—Buenos días ¿Qué hora es? –dijo Nerea somnolienta estirándose.

—Poco más de las seis.

—No he oído el despertador.

—Porque lo he apagado. ¿No tenía que despertarte con un beso?

Nerea sonrió y Hugo volvió a atrapar su sonrisa con sus labios. Poco a poco fue colocando su cuerpo sobre el de ella mientras los besos subían de intensidad. Le acarició las costillas por encima de la camiseta que llevaba descendiendo hasta sus piernas. Comenzó a dejar en ellas suaves caricias subiendo hasta sus muslos hasta que notó que no llevaba nada más que las bragas puestas.

—¿Has dormido en bragas y no me he enterado? –le preguntó sorprendido deteniendo el beso.

—No iba a dormir con la falda. Además que yo sepa, me has visto más ligerita –sonrió coqueta.

—Sí, y espero verte aún más.

Reanudaron los besos y Hugo continuó con sus caricias por debajo de la fina camiseta que ella llevaba. Su piel era suave y cálida y su cuerpo parecía estar creado para que encajara perfectamente con sus manos. Instintivamente, Nerea abrió las piernas y Hugo se posicionó entre ellas para que supiera el deseo que sentía por ella.

—Para, princesita. Tengo que irme a trabajar –dijo entre beso y beso.

—Di que te encuentras mal y que bajarás más tarde –propuso Nerea excitada besándole el cuello.

A Hugo no le pareció tan mala idea, pero era responsable con sus obligaciones, así que le dio un último y largo beso y se levantó de la cama para vestirse y bajar a desayunar.

—Duerme un poco más si quieres, ¿vale? Yo…

—¡Hugo! –Llamaron a la puerta–: ¿Se te han pegado hoy las sabanas?

Nerea se tapó con la sábana cubriéndose entera al escuchar la voz de su padre. Si se enteraba de que estaba ahí, a saber qué pensaría, pero enseguida se destapó y tapándose la boca comenzó a reír mientras Hugo se llevaba un dedo a los labios pidiéndole silencio.

—Ya voy, Alejandro. Es que he tenido una distracción mañanera –dijo mirando a Nerea– y se me ha pasado la hora.

Nerea abrió la boca y le tiró la almohada mientras Alejandro le decía a Hugo que no tardara y que le esperaba abajo. Cuando los pasos de Alejandro dejaron de oírse, Hugo se tiró de nuevo en la cama y comenzó a hacerle cosquillas provocando en Nerea enormes carcajadas.

—¡Para, para, por favor! –seguía riendo.

Pero Hugo continuó hasta que ella le empujó y cayó al suelo. Nerea se llevó la mano a la boca y comenzó a reír antes de gatear por la cama y asomarse para ver si seguía vivo. Desde el suelo, él la miraba serio y Nerea bajándose de la cama, se tumbó encima de él para besarle de nuevo y suplicarle su perdón poniéndole morritos. Disculpas que él, por supuesto, aceptó.

Muy a su pesar, ambos se vistieron y salieron de la habitación. Hugo tenía que desayunar y ella volver a su habitación antes de que Ada se despertara y no la viera. Cuando llegaron a la segunda planta, Hugo la acompañó hasta la puerta y se despidió de ella tras un dulce y corto beso que a Nerea le supo a gloria. Entró sigilosamente en su habitación y cuando estaba cerrando la puerta con mucho cuidado, la voz de su amiga hizo que se sobresaltara y se diera rápidamente la vuelta.

—¿Se puede saber de dónde vienes tú? –preguntó Ada enfadada con los brazos cruzados al ver a su amiga por fin aparecer.

—¿Qué haces despierta a estas horas?

—Me va a bajar la regla y estoy con las putas migrañas, pero no me has contestado, ¿de dónde vienes?

Nerea, con una sonrisa de felicidad, agarró a Ada del brazo y la hizo sentarse en la cama. Comenzó a contarle todo lo ocurrido hacía apenas cinco horas. Le contó el baile con Hugo, el beso y que habían pasado la noche juntos, pero nada más. Todavía no habían pasado de los besos y las caricias.

—Joder, pues si ahora tienes una cara de recién follada y no has hecho nada… el día que lo hagas, madre mía, cómo estarás.

Nerea no contestó, sino que se mordió el labio y amplió su sonrisa. Se sentía libre, pletórica y que por fin en su vida, estaba viviendo sin preocupaciones. Sólo quería pasar el tiempo que estuviera en el hotel con él.

Ada dio un pequeño salto como si se hubiera acordado de algo y sonriendo, salió de la habitación con una Nerea extrañada detrás. ¿A dónde iba? Pero no tardó en averiguarlo. Su querida amiga se puso a aporrear la puerta de la habitación de Laila y Elena que seguían dormidas y, como no, roncando.

—¡Chicas! –gritaba Ada golpeando cada vez más fuerte la puerta–. ¡Me debéis veinte euros cada una! Os dije que Nerea a principios de julio se liaba con Hugo y acerté.

Nerea se quedó sorprendida. ¡Habían hecho una apuesta sobre ella y Hugo! Una enfadada Elena abrió la puerta con los pelos cada uno en un lado y los ojos medio cerrados y legañosos.

—¡¿Y no puedes esperar a que nos levantemos?!

—¡Espera que voy yo! –dijo Laila más enfadada que Elena dispuesta a darle a Ada una colleja.

—Paz, chicas. A ver si os he despertado ahora es porque le tenéis que ver la cara a Nerea. Está que no caga.

Nerea puso los ojos en blanco pero no perdió la sonrisa en ningún momento. Se sentía tan bien tras lo que había pasado, que le daba igual lo que pensaran.

—A ver, ¿alguna de vosotras puede explicarme la apuesta?

—Nerea, no estamos ciegas y veíamos cómo Hugo y tú os mirabais. Era cuestión de tiempo que os liarais. Ellas dijeron que hasta finales de julio no habría nada porque eres muy responsable y a veces te cuesta relajarte y yo dije que no, que nada más empezar julio ya estaríais liados ¡y mira! Dos de julio y la cara que tienes.

—Sois incorregibles.

—Pues sí –dijo Elena bostezando–. Y ahora, ¿podemos volver a la cama?

Todas se metieron en sus habitaciones a descansar un poco más, pero Nerea no podía conciliar el sueño, así que volvió a levantarse y bajó al hall. Saludó a su padre con un gran beso y un efusivo buenos días. Alejandro, sorprendido por la energía que tenía su hija esa mañana, la vio caminar hasta desaparecer por la puerta del bar y encogiéndose de hombros, se dirigió a su despacho.

Nerea se tomó un café con una napolitana de chocolate, ya que el restaurante aún no estaba abierto y se mordió el labio al ver a Hugo ir a la piscina con un cable en la mano. Se despidió del camarero y entrando en la piscina, sigilosamente, se fue acercando a Hugo hasta taparle los ojos.

—¿Quién soy? –susurró Nerea divertida en su oído.

Hugo sonrió al oír su voz y echó las manos hacia atrás hasta alcanzar sus costados y comenzar a hacerle cosquillas. Nerea se retorció y rápidamente se apartó de Hugo para que las cosquillas remitieran.

—Me encanta que tengas cosquillas.

Nerea se hizo la enfadada poniendo los brazos en jarra, pero cuando Hugo le cogió el rostro con las manos y la besó la sonrisa volvió a ella. Tras un último beso en la punta de la nariz, Hugo continuó inspeccionando lo que parecía ser una máquina de espuma.

—¿Ese cañón es lo que creo que es?

—Esta tarde haremos un juego con la espuma. Pondremos toda esta zona de la piscina llena de espuma y mientras los niños se dan la vuelta tiraremos aros pequeños de colores para que los encuentren. Así que ahora antes de que se abra la piscina, pues toca probarla.

Nerea asintió y se apartó mientras Hugo ponía el área de la piscina llena de espuma, pero antes de apagar la máquina, giró el cañón hacia Nerea poniéndola blanca de arriba abajo. Como era de esperar, ella contraatacó cogiendo con sus manos toda la espuma que pudo y poniéndosela a él por el pelo y la ropa. Hugo riendo, se la cargó al hombro y con cuidado la tumbó en el suelo para dejarla completamente embadurnada en espuma, pero Nerea no se dio por vencida y agarrándole del cuello, le hizo caer a él también. Ella se sentó encima de él a horcajadas y comenzó a ponerle perdido de espuma. Se divirtieron y rieron como dos niños durante unos minutos hasta que la sustancia blanca y espesa comenzó a transformarse en agua. Calados y aún en el suelo con Nerea sentada en su regazo, seguían disfrutando de su cercanía.

—¿Habrá un día en el que esté en la piscina trabajando a primera hora de la mañana y no acabe calado por tu culpa? –dijo Hugo divertido retirándole el pelo mojado que se le había pegado a la cara.

—Será porque yo estoy más seca que tú –fingió estar ofendida.

Hugo juntó su frente con la de ella y tras darle un beso en la punta de la nariz, bajó sus labios hasta los de ella para entrelazarlos y saborearlos. El beso comenzó suave, pero fue aumentando de intensidad a medida que sus lenguas se buscaban desesperadamente. Hugo apretó a Nerea contra él y soltó un pequeño gemido al notar su erección chocar contra su cuerpo.

—Debemos parar –susurró Nerea mientras él la besaba el cuello–. Van a empezar a llegar los empleados.

—Te deseo tanto, princesita.

Hugo se levantó con ella en brazos y sin dejar de besarla fueron hasta el almacén donde guardaban los objetos para la piscina. Tras cerrar la puerta, la aprisionó contra la pared y continuó besándola mientras metía las manos por debajo de su falda para acariciarle las nalgas. Nerea echó la cabeza hacia atrás para darle mejor acceso a su cuello y le quitó la camiseta dejando al desnudo su perfecto torso. Pasó la mirada por aquel escultural cuerpo y sus manos acariciaron sus pectorales hasta llegar a sus hombros. Nerea clavó la vista en sus ojos azules y volvió a lanzarse sobre sus labios. Hugo hizo lo mismo con la camiseta de ella y cuando la dejó con un sujetador de encaje ante él, la abrazó sin dejar de besarla apretando sus senos contra su torso. Sin ningún esfuerzo, la levantó y Nerea le rodeó la cintura con las piernas. Su espalda chocó contra la fría pared y Hugo comenzó a mordisquearle los pechos por encima de la tela del sujetador.

—Joder… ¡Mierda! –exclamó furioso Hugo cuando oyó su móvil sonar.

Dejándola en el suelo, expulsó el aire retenido en sus pulmones y descolgó. Nerea lo vio maldecir, gritar a su interlocutor e incluso apretar el móvil con tanta fuerza que pensó que lo iba a romper. Al colgar, se pasó las manos por la cara ascendiendo hasta su pelo. Recogió su camisa del suelo y le tendió a Nerea la suya.

—Lo siento, Samuel necesita que le ayude a bajar unas colchonetas finas que vamos a poner por si los niños se resbalan con la espuma no se hagan demasiado daño.

Nerea asintió y se colocó ella también la camiseta con una mueca de decepción, aunque lo comprendía. Era su trabajo y estaba en horario laboral. Hugo, al verla, se acercó hasta ella y posó un dedo en su barbilla para que lo mirara a los ojos.

—Prometo compensarte. Esta noche cuando acabe de trabajar te espero en recepción. Te prepararé algo especial.

—No tienes que compensarme nada, es tu trabajo y tienes unas obligaciones –dijo Nerea mostrándose comprensiva y acariciándole los brazos.

—Pero quiero hacerlo, quiero hacer algo especial para ti.

Nerea curvó los labios en una sonrisa y Hugo le dio un último y tierno beso antes de irse. Ella salió poco después preguntándose qué harían esa noche. Se sentía como una adolescente y dando cómicos saltitos salió de la piscina para ir a buscar a sus amigas e ir a desayunar.