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—¿Qué os parece si vamos a la fiesta de pijamas que organizan en el bar-salón?
Nerea, junto con sus amigas, salían de cenar y comenzaron a ver gente que con sus pijamas, entraban en el salón para coger sitio. Nunca habían asistido a una fiesta de pijamas y esa podría ser una buena oportunidad, además esa noche no iban a salir. Desde que llegaron a Gandía sólo habían salido de fiesta cuatro días. Disfrutaban más viendo los espectáculos nocturnos del hotel, que yendo de discoteca en discoteca.
Ante la proposición de Nerea, todas aceptaron y subieron a sus habitaciones para ponerse los pijamas y bajar. Por suerte, encontraron una mesa en la zona del salón y como siempre, pidieron sus cubatas antes de que comenzara lo que esa noche tenían planeado los animadores.
Durante la noche, hicieron varios juegos, tanto para los niños como para los mayores. Uno de ellos consistía en poner el principio de una canción y quien se la supiera debía correr al centro del salón y sentarse en un círculo verde que había en el suelo. Podían participar tanto niños como adultos en equipos de dos personas. Ada y Nerea se levantaron para participar y como era de esperar Elena y Laila sacaron sus móviles para inmortalizar el momento.
—Madre mía, y yo que creía que en la vida saldría de voluntaria para algo de esto –dijo Nerea riendo.
—Si lo estás haciendo es porque por fin has conseguido empezar a dejar de preocuparte y disfrutar. Ahora atenta.
La primera melodía empezó a sonar y Nerea y Ada rápidamente corrieron al círculo verde tirándose con el trasero para alcanzarlo y poder responder. Nerea consiguió llegar la primera y Hugo sin dejar de reír se acercó a ella para arrimarle el micrófono y que contestara.
—Pues, señoras y señores, cuando nuestra participante deje de reír y pueda hablar, nos dirá qué canción cree que es.
Ada y Nerea seguían en el suelo muertas de la risa tras ir hacia el círculo corriendo para después tirarse. Nerea se secó las lágrimas y cuando creía que podía hablar, la risa volvía. Hugo, al ver que su risa no paraba, se tumbó en el suelo y comenzó a hacerse el dormido.
—Vale, vale. Ya estoy –dijo Nerea tomando aire.
Hugo se reincorporó y le acercó el micrófono a la boca.
—La Macarena.
—¡Correcto!
Ada ayudó a Nerea a levantarse y volvieron a colocarse en su sitio. Canción tras canción, los participantes corrían a la vez para decir la respuesta correcta y Nerea junto a Ada disfrutaron como unas niñas juego tras juego.
A las once de la noche, aparecieron por la puerta Alejandro y Pedro con sus pijamas y Hugo les nombró y señaló para que el público les aplaudiera.
—Creo que es la primera vez desde que trabajo aquí que os veo sin el traje –se mofó Hugo.
Pedro y Alejandro fueron hasta donde él y ofrecieron al público un desfile para lucir sus pijamas. Nerea se tapó la boca al ver a su padre y Pedro imitando a los modelos de las pasarelas. Todos los espectadores les vitorearon y se pusieron en pie para aplaudirles.
En el siguiente juego, las cuatro amigas se levantaron para participar. Dos de ellas se sentaban en unas sillas con el micrófono en la mano y las otras dos encima de cada una. Las que tenían el micrófono tenían que ingeniárselas para crear un poema y conquistarlas. Nerea, con Ada encima y música romántica de fondo, comenzó a recitar su poema.
Verdes son tus ojos,
verde es tu mirada,
verdes son tus dientes porque nunca te los lavas.
Ada, muerta de risa, se levantó de las rodillas de Nerea y le dio una suave colleja.
—Pero vamos a ver –dijo Hugo acercándose a ella–. Que la tienes que enamorar.
—Es que el problema es que ella es una tía y a mí no me van. Ada, te quiero mucho, pero lo siento, no te quiero conquistar.
—Pues en ese caso… –comenzó Hugo sentándose con cuidado encima de ella–. A mí sí me puedes conquistar, ¿no?
Nerea con un empujón y sin perder la sonrisa hizo que se levantara para poder ponerse ella de pie.
—Pero es que a las mujeres nos gusta que nos conquisten –se defendió Nerea guiñándole un ojo.
Laila, Ada y Elena no daban crédito a lo que veían sus ojos. ¡Nerea estaba flirteando con Hugo! Volvieron a sentarse en la mesa en la que estaban y en la cual se habían acoplado Alejandro y Pedro, y disfrutaron observando los demás juegos.
—Bueno, se acerca la hora de dormir y esta fiesta no sería una fiesta de pijamas sin una guerra de almohadas, ¿verdad? Así que, repartiremos estas a todos los que estáis aquí –dijo Hugo señalando todas las almohadas que había en el pequeño escenario donde se solía poner el DJ– para que disfrutéis, aunque sea sentados.
Casi todo el mundo se levantó incluidas Nerea, Ada, Laila y Elena y cogiendo las almohadas caseras formadas por una sábana que habían rellenado con plumas y atado por los extremos, esperaron a que dieran la orden para comenzar la batalla. Los animadores tocaron el silbato y todo el mundo, mayores y pequeños, comenzaron a golpearse. Las almohadas empezaron a expulsar las plumas haciendo que el salón quedara totalmente blanco.
Hugo, sin pensarlo, se acercó hasta Nerea atrayéndola hacia sí. Sus rostros quedaron muy próximos con la almohada apoyada en su trasero apretando sus nalgas por encima y aprisionándola con sus fuertes brazos. Que Nerea bajara la guardia hizo que Hugo quitase la almohada y le propinara un suave azote en el culo a Nerea.
—Ahora sí puedes decir que te he metido mano. –Y salió corriendo hacia el otro lado del salón tras sacarle la lengua.
—¡Te vas a enterar! –gritó sorprendida por lo que acababa de pasar pero sin dejar de reír.
Nerea, divertida, corrió detrás de Hugo y saltó encima de él quedándose a caballito en su espalda y, como pudo, comenzó a golpearle con la almohada, pero él consiguió quitársela de encima e inmovilizarla abrazándola por detrás. Nerea reía y giró la cabeza para verle la cara. Ambos se sonreían e instintivamente, Nerea bajó la mirada a sus labios para después posarla en sus azules ojos. Comenzaron a acercar sus rostros, pero los grititos de la pequeña Candela que corría hacia ellos con la almohada en alto, hizo que se separaran. Hugo cogió a la pequeña y corrió con ella detrás de Nerea para que pudiera golpearla.
La guerra finalizó con las almohadas deshechas y el salón lleno de plumas. Nerea se sacudió la cabeza para quitarse las plumas que tenía en el pelo y fue donde estaba Hugo para devolverle lo que, en un principio, había sido una almohada.
—Habéis hecho un buen trabajo esta noche. Hacía tiempo que no me comportaba así y he disfrutado mucho.
—Me alegro.
Pedro, que también había participado en la batalla junto con Alejandro, se acercó a ellos y le pidió a Hugo:
—Sube a la planta de la limpieza y baja varias escobas. Recogeremos un poco esto entre todos.
Hugo asintió y tras echar una última mirada a Nerea, subió a por lo que le habían mandado. Se detuvo en recepción para preguntar si había alguien disponible para que los ayudara. La recepcionista le contestó que igual alguno de los camareros ya había terminado y procedió a hacer algunas llamadas para averiguarlo. Hugo le dio las gracias y continuó su camino hacia las escaleras.
—¡Hugo! –le llamó la dulce voz de Nerea–. Quería decirte que no voy a aceptar tus disculpas.
—¿Mis disculpas?
—Sí, las que me has pedido en el spa. No acepto tus disculpas porque no tengo nada que perdonarte –dio un paso hacia él–. Tenías razón y la que se tiene que disculpar contigo soy yo por haberte acusado sin saber y darte las gracias por ayudarme con Íñigo. Y tampoco quiero que me… ignores –dijo tragando saliva.
—Yo tampoco tengo que disculparte nada –dijo acercándose a ella hasta que sus pies chocaron–: Comprendo tus reacciones tras lo que has pasado, pero estoy seguro de que podrás con ellas.
Nerea se puso de puntillas poco a poco mientras Hugo bajaba la cabeza para alcanzar sus labios pasando una mano por su cintura. Sus bocas estaban a escasos milímetros y sus alientos chocaban al compás de sus respiraciones entrecortadas.
—Hugo, baja también los…
Nerea rápidamente se separó de Hugo y comenzó a subir por las escaleras. ¡Pedro les había pillado! Se puso roja de pies a cabeza y sus pies se movieron solos para desaparecer de la escena.
—Lo siento –se disculpó Pedro en un susurro.
—¿Qué quieres que baje?
Hugo maldijo el momento en el que Pedro apareció por la recepción. Había estado tan cerca de saborear esos apetitosos labios que comenzaban a obsesionarle… pero aún le costaría más tiempo poder hacerlos suyos.
—Los recogedores y bolsas de basura –dijo Pedro con una sonrisa tras lo que había estado a punto de presenciar.
—Ahora voy –contestó Hugo.
Pedro, con una sonrisa, volvió al salón junto a Alejandro y los demás empleados que esperaban los materiales necesarios para limpiar las plumas del suelo.
—¿A qué no sabes que acabo de ver? –le dijo Pedro a Alejandro al oído.
—Sorpréndeme.
—A tu hija en actitud muy cariñosa con Hugo.
—¿En serio?
—Y tan en serio. Y si no es por mí aún estarían más cariñosos. Creo que les he interrumpido su primer beso –dijo con una sonrisa.
Alejandro también sonrió contento y le puso a Pedro una mano sobre la espalda.
—Te lo dije, Pedro. Poco a poco y dándoles empujoncitos, esos dos acaban juntos. Desde que les vi juntos por primera vez, aunque no se llevasen bien, supe que estaban hechos el uno para el otro. Nerea necesita a alguien que esté a su lado y con el que pueda ser ella misma sin encerrar su carácter como lo hacía con Íñigo para gustarle y Hugo necesita a una mujer que le haga centrarse con respecto a las mujeres y aprender a enamorarse.
—Su madre tuvo la culpa de que Hugo tenga un corazón de hierro. Esperemos que alguien pueda fundirlo y entrar en él.
—Y si es mi niña, yo encantado.
Hugo apareció en el salón con varias escobas, recogedores y bolsas de basura y comenzaron entre todos a recoger el salón para poder irse a la cama.
—¿Crees que es mejor decirle a Nerea la verdad? Ella no lo sabe –dijo Alejandro.
—De momento dejemos que las cosas vayan fluyendo entre esos dos y si va bien, se lo contamos. No es ningún secreto, Alejandro. Pero prefiero que se lo diga Hugo. Ya he decidido bastante por él –suspiró.
—Sabes que nos matará cuando se entere, ¿verdad?
—Sí, pero lo que más me gusta de Nerea es que no es rencorosa.
Ambos amigos rieron y continuaron ayudando a recoger el estropicio sin dejar de observar a Hugo. El chico parecía estar en otro mundo mientras barría las cientos de plumas blancas que estaban esparcidas por todo el suelo del salón.
*
Nerea no paraba de dar vueltas en la cama. Hacía dos horas que intentaba dormirse pero no lo conseguía.
—Nerea o paras quieta o te ato –se quejó Ada medio dormida.
—Voy a dar una vuelta.
—¿Ahora?
—Sí.
Nerea se levantó y se vistió con una falda blanca con adornos florales, una camiseta básica marrón metida por dentro y una chaqueta del mismo color con manga tres cuartos y se calzó unas sandalias planas. Sus pies le llevaron hasta el hall y se quedó parada. «¿Qué hacía ahí?», se preguntó extrañada y vaciló sobre si darse la vuelta, pero una tenue luz en el bar-salón hizo que caminara hasta allí.
—¿Qué haces aquí? –dijo Nerea entrando por la puerta sorprendida por encontrar ahí a Hugo a altas horas de la noche.
—No puedo dormir y me he puesto a revisar el equipo de música y los focos.
Hugo había reconocido a Nerea por su dulce voz. El salón sólo estaba iluminado por un foco de luz blanca y apenas alumbraba un cuarto del espacio. Ella, a paso lento, fue caminando hacia él hasta que el foco la alumbró también a ella.
—¿Eres consciente de que mañana madrugas? –le dijo rascándose la nuca como hacía siempre que estaba nerviosa–. Sé que tu despertador suena a las seis. Te quedan cuatro horas para dormir.
—¿Cómo sabes que mi despertador suena a las seis?
—Porque el día que me emborraché y tuve que dormir en tu habitación ese estruendoso aparato me despertó y lo primero que hago al despertarme es mirar la hora.
Nerea se sentó en una silla mientras él seguía comprobando que todo funcionara bien. El silencio inundó la sala y ella levantándose, se colocó al lado de él para pulsar el play en el reproductor. Comenzó a alejarse hasta acabar colocándose en el centro del foco, donde la luz era más intensa. Impossible de James Arthur comenzó a sonar.
Nerea se abrazó a sí misma y cerró los ojos mientras se balanceaba suavemente. Hugo se acercó hasta detenerse frente a ella y acariciarle el pómulo con los nudillos. Ante este contacto, Nerea detuvo su movimiento y abrió los ojos. Él le acarició los brazos hasta conseguir que los bajara y deshiciera ese abrazo. Cogiéndole la mano derecha, la levantó por encima de su cabeza para darle media vuelta y abrazarla por detrás. Al ritmo pausado de la canción siguieron balanceándose mientras Hugo mantenía su cara hundida en su cuello. Nerea se dio la vuelta para mirarle a los ojos y poniéndose de puntillas le echó los brazos al cuello para abrazarle y comenzar a bailar.
Hugo, atrapando de nuevo su mano temblorosa, inclinó a Nerea posando una de sus manos en su espalda para que no cayera al suelo. Esta, en ese movimiento, echó la cabeza hacia atrás dejando que las puntas de su cabello acariciasen el suelo. Él la volvió a levantar y la boca de ella chocó contra su cuello donde depositó de manera inconsciente un suave beso que le hizo estremecer. Colocando las manos sobre su cintura, ella le abrazó y con los ojos cerrados siguieron bailando hasta que Nerea sacó la cara de su cuello y le rozó la nariz con la suya. Su corazón comenzaba a latir con fuerza y su respiración a ser irregular, al igual que la de Hugo.
En el apogeo de la canción, cuando la voz del cantante se hacía más fuerte y la música subía de intensidad, chocaron sus frentes y Hugo pegó sus labios a los de ella. Nerea abrió la boca para darle acceso a su interior y cuando sus lenguas chocaron, un cosquilleo les recorrió todo el cuerpo. La boca de Nerea era como ella, dulce e inesperada. La apretó más contra su cuerpo para poder profundizar en el beso mientras ella enredaba las manos en su pelo, presionando más su boca contra la de él. Cuando se oyó en la canción el último impossible, se dieron un suave y último beso.
—Duerme conmigo –susurró Hugo aún con sus frentes juntas–. Sólo eso, Nerea. Duerme conmigo.
—Siempre y cuando me despiertes con un beso.
Nerea sonrió y Hugo volvió a entrelazar su boca con sus labios. Tras apagar el foco que había sido testigo de lo ocurrido esos minutos, subieron a la habitación de él, donde abrazados y tras darse un último y largo beso, se quedaron dormidos.