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Nerea repasaba por décima vez sus maletas. No quería olvidarse nada y aunque en el hotel había servicio de lavandería, prefería llevar ropa de más, por si acaso. Mejor que sobrase que no que faltase. En esos cinco días, había pensado mucho en la posibilidad de mudarse junto a su padre y buscar trabajo allí, pero no quería dejar de ver a sus amigas.

Por otro lado, Oviedo le traía malos recuerdos. Lugares donde Íñigo le susurraba que la quería simplemente para poder beneficiarse del sueldo de su padre y vivir del cuento. ¡Si ni siquiera trabajaba ni se molestaba en buscar trabajo! Pero si tenía que mudarse por él, significaría que era una cobarde. Tenía tres meses por delante para ver qué hacer. Si quedarse o regresar.

Ese último día que pasaría en Oviedo antes de su marcha, decidió poner a punto la casa e irse pronto a la cama. Saldrían a las cuatro de la mañana e irían en dos coches. El equipaje de las cuatro no cabía en uno solo.

Estaba nerviosa. Hacía diez años que no pisaba el hotel y le apetecía volver y recordar anécdotas de cuando era pequeña o simplemente volver a disfrutar de la piscina.

A las ocho ya estaba metida en la cama, pero obviamente, no conseguía dormirse, así que cogió el móvil y marcó el número de su padre.

—Hola, cariño –dijo Alejandro tras descolgar.

—Hola, papá. ¿Cómo estás?

—Muy bien y más sabiendo que mañana nos vemos. Me alegro de que vayamos a pasar un mes entero los dos juntos. Te añoro mucho, princesa.

Ese apelativo cariñoso era muy especial para ella. Siempre la habían llamado así y le gustaba, sobre todo cuando de pequeña su padre le decía que ella era la princesa y el hotel su castillo y que pronto encontraría a un príncipe azul que cada día la despertaría con un beso de amor.

—En realidad papá, no vamos a vernos un mes.

—¿No? ¿Por qué, cariño? ¿Ha pasado algo? –dijo Alejandro asustado pensando que su princesa había decidido finalmente no ir.

—No, no ha pasado nada. No vamos a vernos un mes porque al final nos quedamos los tres meses.

—¡Eso es fantástico! –dijo ilusionado Alejandro–. A Pedro le va a encantar la noticia. Además así tenemos más tiempo para buscarte algo.

—Papá, en cuanto a eso, te lo agradezco, pero no sé si me quedaré a vivir allí. Mis amigas viven en Oviedo y no me gustaría separarme de ellas.

Alejandro mostró una sonrisa comprensiva. No quería dar a su hija a elegir entre él o sus amigas. Decidiera lo que decidiera, él la seguiría queriendo y que pasase todo el verano de nuevo en el hotel, le hacía muy feliz.

—Piénsatelo, ¿vale princesa? Sabes que hagas lo que hagas siempre te apoyaré, te querré y estaré a tu lado.

—Lo sé, papá.

—Tengo que colgarte, cariño. Es la hora de que los empleados cenemos.

—Dale recuerdos a Pedro de mi parte. Te quiero.

—Y yo a ti, princesa.

Alejandro colgó y salió del despacho hacia el comedor del hotel. Cuando llegó la mayoría estaban ya sentados y cenando. Cogió una bandeja y se puso al lado de Pedro para hacerse una ensalada.

—Acabo de hablar con Nerea. Al final se queda los tres meses que le propusiste al principio.

—¿De verdad? –dijo Pedro levantando la cabeza de la comida–. Eso es maravilloso. Me alegro mucho y le vendrá bien. ¿Has encontrado algo para ella?

—Sobre eso, le seguiré buscando, pero me ha dicho que no sabe si se quedará aquí. Piensa que sus amigas viven en Oviedo y aquí no conoce a casi nadie.

—Es verdad. Bueno, dejemos que decida el tiempo.

Al acabar la cena, Pedro reunió a sus empleados para hablarles de las huéspedes que llegaban al día siguiente. Ocuparían las habitaciones 201 y 202 durante tres meses y entre todos les harían estar lo más a gusto posible. Los empleados asintieron y abandonaron la sala para seguir con sus respectivos trabajos

A las cuatro de la mañana Ada, Elena y Laila se reunieron en el portal de la casa de Nerea para salir todas juntas hacia Gandía. Les quedaba un largo viaje por delante y harían varias paradas para cambiar de conductora y que así las otras pudieran descansar. Los maleteros de ambos coches estaban llenos de maletas e incluso les costó cerrarlos.

—Esto de llevar ropa de por si acaso nos sale caro. Total luego no nos pondremos ni la mitad de la ropa que llevamos –dijo Laila cuando consiguió cerrar el maletero de su Citroën C3 azul cielo.

—Ya, pero seguiremos haciéndolo.

El móvil de Ada comenzó a sonar y todas la miraron sorprendidas.

—¿Quién te llama a estas horas? –dijo Nerea montándose en el asiento del piloto de su Seat Ibiza.

—Eduardo –contestó colgando el teléfono.

—¿Quién es Eduardo? –preguntó curiosa Elena.

—El camarero del otro día. Quiere volver a quedar conmigo pero yo no. Que polvo más nefasto.

Todas arquearon las cejas en busca de detalles.

—Lo único que hizo fue metérmela. Sin preliminares, ni hostias. No hubo tocamientos ni nada porque decía que sólo quería sentir y poner los cinco sentidos en su polla. Ni siquiera estábamos cuerpo contra cuerpo, estaba lo más alejado posible sujetándose con los brazos al colchón.

—Si lo que no te pase a ti…

—Ya, no le pasa a nadie. En fin, a ver si por allá hay tíos con más ganas de follar.

Emprendieron enseguida el viaje. Tenían ocho horas por delante de carretera donde las que iban de copiloto cambiaban los CD, entablaban una conversación o echaban una pequeña cabezada. Durante el camino pararon varias veces en áreas de descanso para tomar un buen café y cambiar de piloto. A las diez de la mañana, pararon en Honrubia, donde desayunaron en condiciones antes de proseguir el viaje.

—Estoy muerta –dijo Ada bebiéndose su quinto café del día–. No sé vosotras, pero yo en cuanto llegue me meto a la cama de cabeza

Todas asintieron, estaban agotadas.

—Odio los viajes tan largos, aunque luego merezcan la pena –se quejó Elena–. No sé cómo aguantabas de pequeña.

—Porque vivía en Logroño y el viaje son tres horas menos. Sólo hacíamos una parada y se aguantaba mejor. Además iba tan ilusionada que me daba igual las horas que estuviera metida en el coche –dijo Nerea con una sonrisa al recordar esos años.

—Nosotras vamos ilusionadas y míranos –dijo Laila señalándose de arriba abajo con las manos.

—No me compares la ilusión de una niña con la de una enana de veintiocho.

—¿Me has llamado enana? Te voy a dar una colleja como vuelvas a llamarme así. Mediré metro y medio pero alargo la mano y te llego a la nuca aunque seas veinte centímetros más alta que yo. Y encima te doy fuerte.

—Pequeña, pero matona –rio Elena.

Tras recuperar fuerzas, salieron del bar y volvieron a sus vehículos. Nerea y Laila serían las responsables de que llegaran sanas y salvas al hotel. Les quedaba poco más de dos horas por delante y las cuatro necesitaban una cama urgente. Esas dos horas Ada y Nerea pusieron el disco de su artista favorito mientras mantenían una charla sobre los años que Nerea pasó en el hotel. Ada miró por el espejo retrovisor para ver si el coche de Laila las seguía de cerca y soltó una carcajada al verlas bailar muy motivadas dentro del pequeño coche lo que parecía ser la coreografía de Saturday night.

—¿De qué te ríes? –preguntó extrañada Nerea con la mirada en la carretera.

—Esas dos –dijo señalando atrás– Ya han empezado la fiesta.

Nerea miró por el espejo y soltó otra carcajada al verlas moverse tan rítmicamente, pero subiendo el volumen de la radio junto a Ada, decidió imitarlas.

Por fin, a las doce y media del mediodía, llegaron a su destino. Pararon frente a la puerta para poder descargar mejor las maletas. Luego ya irían a aparcar.

—Menos mal que ya hemos llegado. Tengo el culo tan sudado que el propio sudor serviría de lubricante para el sexo anal –dijo Ada saliendo del coche.

—Ada, ¿acabamos de llegar y ya piensas en follar? –rio Elena.

—Pues sí –dijo bajándose un poco las gafas de sol para observar mejor a dos chicos que se paseaban sólo con el bañador puesto–. ¡Cómo lo vamos a pasar!

Comenzaron a descargar las maletas, quedando a sus pies un total de ocho. Cada una llevaba dos maletas hasta arriba de ropa que amenazaban con explotar de un momento a otro.

—Quedaos vosotras dos aquí mientras nosotras aparcamos y… –Se detuvo Nerea al oír la voz de un hombre.

—Buenos días señoritas –dijo un chico de no más de veinte años acercándose a ellas junto a otro de su misma edad–. ¿Alguna de vosotras es Nerea Delgado?

—Sí, yo –dijo Nerea sorprendida.

—Tenemos órdenes de aparcar sus coches. Si me permiten las llaves…

Nerea reconoció el uniforme y las placas de los empleados del hotel, así que ella y Laila les dieron las llaves para que los chicos pudieran hacer su trabajo.

—¡Qué guay! Hasta con aparcacoches –exclamó Ada.

—No sabía que tuvieran este servicio –dijo Nerea tirando de sus maletas por la rampa–. Lo habrán puesto estos años que no he venido en verano.

Tras subir la empinada cuesta y con más cansancio por el peso de las maletas, llegaron a la enorme puerta. Nerea comenzó a mirar todo el exterior del hotel hasta dar con una pareja que se besaba apasionadamente, apoyados en una de las columnas del exterior al lado de la puerta. El chico vestía unos pantalones hasta las rodillas azules y una camiseta blanca que cortaba la respiración a cualquiera. Nerea frunció el ceño al averiguar que se trataba de uno de los empleados del hotel y la chica no era más que una huésped. ¿Acaso los empleados no tenían prohibido liarse con clientes del hotel? Cuando el joven dejó de besar a la turista, desvió la mirada hacia Nerea y sonrió de medio lado. Avergonzada, volvió a coger las asas de sus maletas y caminó, más bien corrió, al interior del hotel donde sus amigas saboreaban un delicioso refresco casero con un color anaranjado.

—¡Bienvenida al Hotel Villa Magic! –dijo un hombre de unos cuarenta y siete años tendiéndole un vaso con la bebida anaranjada–: Toma, preciosa, que con este calor se agradece algo fresquito.

Nerea sonrió y aceptó la bebida que acabó enseguida. ¡Estaba buenísima! No era ni zumo de naranja ni Kas. Pero tenía un sabor dulce y refrescante, así que todas fueron a la fuente donde se encontraba la deliciosa bebida y se sirvieron otro vaso.

—¡¡Princesa!! –gritó alguien a sus espaldas.

Pedro corrió hacia ella y la abrazó con fuerza. Le dio varios besos en la mejilla y cuando se separó, la examinó de arriba abajo sin soltarle de las manos.

—Estás preciosa, princesa. Te tratan bien los años, no como a mí.

—No seas bobo, Pedro. Estás fantástico.

—¿No vas a presentarme a tus amigas?

—Claro. –Nerea se volvió hacia ellas e hizo las presentaciones–: Elena, Ada, Laila, este es Pedro, mi ángel de la guarda, Pedro, estas son las locas de mis amigas.

—Encantado jovencitas. Tenía ganas de conoceros.

Se dieron dos besos y sonrieron encantadas por la simpatía de aquel hombre.

—Queríamos agradecerle que nos deje quedarnos aquí, la verdad es que es una pasada –dijo Laila sin poder dejar de sonreír.

—No me cuesta nada y tuteadme. Estoy rodeado de juventud y me siento uno de ellos –rio Pedro–. Espero que disfrutéis de todo lo que os rodea.

—¿Dónde está mi padre?

Unas manos taparon los ojos de Nerea y escuchó en su oído.

—¿Me buscabas, princesa?

Nerea rápidamente se dio la vuelta y se lanzó a los brazos de su padre. Llevaban demasiado tiempo sin verse y aquel abrazo acompañado de lágrimas les supo a gloria.

—No llores, cariño –dijo Alejandro secándole las lágrimas con los pulgares–. Tengo que seguir trabajando, pero esta noche me gustaría cenar con vosotras, si no os importa –dijo mirando a las amigas de su hija.

—Para nada, señor Delgado –contestó Elena.

—Llamadme Alejandro, que señor Delgado suena a viejo y estirado.

Todos rieron y tras despedirse de las chicas, Pedro y Alejandro se marcharon para continuar con su trabajo.

Nerea dio los datos en recepción y la recepcionista les entregó las llaves de las habitaciones antes de desearles una buena estancia, pero antes de subir, Nerea, les pidió que les llevaran algo de comer, ya que necesitaban descansar cuanto antes.

Subieron al segundo piso y cuando el ascensor se abrió ante ellas se mostró un gran hall. Comenzaron a buscar la habitación y entraron en una puerta a la derecha del ascensor donde se encontraban dos habitaciones contiguas. Eran sus habitaciones, alejadas del largo pasillo donde se encontraban el resto. Así no molestarían a nadie ni nadie las molestaría. Abrieron con sus tarjetas y tras dejar las maletas en un lado, se tiraron a las camas. Ada y Nerea compartirían habitación al igual que lo harían Elena y Laila. Consiguieron volver a levantarse de la cama y corrieron las cortinas para contemplar las maravillosas vistas al mar desde la gran terraza. Era la habitación perfecta, con un baño, dos camas, terraza, televisión y nevera. No necesitaban nada más.

A la una les subieron la comida y tras comer todas juntas en la terraza de la habitación de Laila y Elena, Nerea y Ada regresaron a la suya. Todas necesitaban dormir una larga siesta.