21
Llegó la mañana del domingo y Nerea fue la primera en despertarse. Sonrió al ver a Hugo dormido bocabajo y con el rostro girado hacia ella. Se estiró y cogiendo su móvil vio que ya eran las once de la mañana. Apenas había dormido seis horas tras la noche anterior, pero se sentía descansada. Mirando al techo, se llevó la mano al cuello y sonrió al ver el colgante que le había regalado Hugo. Era precioso y la tiara que llevaba su inicial significaba mucho para ambos. Soltando la cadena de plata, se fijó en el calendario pequeño que Hugo tenía en la mesilla. Ya era tres de agosto. Por mucho que quisiera no pensar, le era imposible. Con la decisión de Ada, la suya se había vuelto aún más confusa. Si se quedara, tendría con ella a Ada, a su padre y a Hugo. ¿Pero si Ada y Sergio a los dos meses volvían a separarse? ¿Se quedaría sin su amiga? No quería pensar en eso. Necesitaba distraerse por lo que, mirando a su chico, sonrió y con cuidado de no despertarle, fue sentándose en su espalda apoyando las rodillas en el colchón a ambos lados de su cuerpo y quedando apoyada en ellas para no tocarle. Con una sonrisa pícara, se inclinó un poco y la camiseta del pijama que llevaba le rozó la espalda haciendo que Hugo se sobresaltara pero no despertara. Recogiéndose el pelo hacia un lado, llevó la boca a su cuello y comenzó a besárselo.
—Despierta dormilón –le susurró al oído.
Hugo ronroneó y hundió la cara en la almohada para seguir durmiendo. Pero Nerea no se iba a rendir, por lo que estiró las rodillas quedando tumbada encima de él y continuó besándole por la nuca y la espalda desnuda.
—Arriba, ya es tarde –dijo apoyando la barbilla en el hueco de su cuello.
—Un poco más –suplicó con la cara aún hundida en la almohada–. Por un domingo que tengo libre hasta la noche…
Pero pensaba conseguir su propósito, por lo que continuó besándole y ronroneando mimosa cerca de su oreja.
—Venga, que quiero que me des mi beso de buenos días.
Sin moverse, Hugo llevó las manos a sus costados y comenzó a hacerle cosquillas para que se apartara. Nerea chilló y saltó a su lado de la cama. Él apoyó un codo en la almohada y la cabeza en la palma para mirarla con los ojos aún medio cerrados.
—Tramposo.
Sonrió y se acercó a ella para darle un beso, pero Nerea giró la cara.
—¿Me has hecho la cobra?
—Sí – dijo cruzándose de brazos.
—¿No querías un beso, princesita?
—Ahora ya no. Puedes seguir durmiendo.
—Madre mía qué rápido cambias de humor –rio sentándose en la cama intentando acariciarla pero ella se levantó.
—Voy a ducharme –dijo tajante.
Un tanto irritada porque le había chafado la mañana, entró en el baño y maldijo porque la puerta no tuviera pestillo. Abrió el grifo y tras desnudarse se metió en la ducha, pero oyó cómo la puerta se abría.
—Ni se te ocurra entrar –le advirtió.
Pero él no quiso hacerla caso y abriendo la mampara entró. Antes de poder quejarse, ya la había aprisionado y devoraba sus labios con ardor. Deseosa de él, Nerea echó los brazos a su cuello abrazándole y atrayendo más su boca a la suya profundizando el beso.
—¿No era esto lo que querías, princesita?
Poniendo morritos, ella asintió y volvió a abrazarse a él pegando sus pechos desnudos a su torso y besándole de manera tierna.
—Estás mimosa, ¿eh?
Ella asintió besándole el cuello y cogiéndole por las nalgas, Hugo la elevó y se hundió en ella sin dejar de besarla. Hicieron el amor con el único sonido del agua mojando sus cuerpos y sus respiraciones agitadas. El clímax les llegó al unísono y quedándose sentados en el suelo de la ducha se abrazaron reteniendo las palabras que ambos querían que salieran de sus bocas, pero que por el bien de los dos, era mejor no decirlas.
—¿Estás bien? –le preguntó Hugo retirándole el pelo húmedo de la cara al notar que temblaba.
—Sí, es sólo que me estoy quedando un poco fría –mintió. No quería confesarle el miedo que tenía al paso de los días.
Hugo cerró el agua y se puso de pie ayudándola a levantarse para salir de la ducha. Cogió una toalla y se la colocó enroscándosela a la altura del pecho para después él coger otra y ponérsela en las caderas.
Salieron del baño en silencio comenzando a secarse con las toallas. Nerea lo hacía de espaldas a Hugo mientras este no le quitaba los ojos de encima. No podía creer que aún no hubiera tomado una decisión. Sentía rabia porque no quisiera quedarse con él, aunque sonara egoísta. Se había enamorado de ella y no quería dejarla marchar. Pero él tampoco quería dejar su ciudad. No quería dejar ni el hotel ni mucho menos a su padre tras lo que les había ocurrido en el pasado.
Una vez vestida, Nerea se limpió las lágrimas que había derramado mientras se cambiaba y cogió el móvil al oírlo sonar. Era un mensaje de Ada en el grupo que las amigas tenían en WhatsApp diciendo que las esperaba a las tres en quince minutos en el bufé de la piscina. Tenían que hablar.
Ella ya sabía lo que les iba a decir, pero aún no daba crédito. Ada les iba a decir adiós para intentar ser feliz con el hombre del que se había enamorado, mientras ella era una cobarde y no luchaba por hacer lo mismo junto a Hugo. Pero tenía miedo. Miedo de que un día todo acabase y ella se quedara sola y destrozada. No lo soportaría una segunda vez. Pero si seguía así, jamás lograría ser feliz al lado de la persona a la que amaba.
Agitó la cabeza para quitarse esos pensamientos y tras calzarse la cuñas se giró y rodeó la cama para acercarse a Hugo quien estaba sentado en el filo de esta.
—Tengo que bajar. Ada quiere hablar con nosotras –dijo sentándose en su regazo y rodeándole el cuello con los brazos–. ¿Comemos juntos?
—¿La princesita me está invitando a comer? –dijo haciéndose el sorprendido–. Está bien, pero no comeremos en el hotel. Voy a llevarte a que conozcas las diversas tapas de esta maravillosa costa.
Nerea sonrió y acercó los labios a los suyos para fundirse en un tierno beso. Este se volvió más profundo y salvaje, y conscientes de que si seguían, no pararían, se separaron.
—Anda vete ya –la animó Hugo dándole un suave azote– que como sigas aquí un poco más llegarás tarde porque te volveré a desnudar y a hacerte el amor –le mordisqueó el cuello.
—Estate quieto –sonrió apartándole–. Así me provocas más.
Finalmente la soltó y Nerea salió de la habitación. Nerviosa por la conversación con Ada, suspiró y quitándose la goma de pelo que tenía en la muñeca se lo recogió en un moño mal hecho sobre la nuca. A paso lento llegó al bufé de la piscina. Era la primera en llegar. Miró a todos los lados para ver si alguna venía, pero nada. Siempre se retrasaban. El ruido de sus tripas le hizo volver a la realidad y cogiendo una pequeña bandeja, pidió un café con leche y cogió unas galletas de chocolate. Estaba muerta de hambre y aún no había desayunado.
—¡Buenos días! –saludó una voz animada–. ¡Qué ricas! Dame una.
Una sonriente Ada llegó hasta donde Nerea y robándole una de sus galletas comenzó a comérsela.
—Oye guapa –se quejó–. Que son mías. Ahí tienes para que cojas –le señaló el bufé.
—No seas rata… ¿Y las dos que faltan?
—Ahora bajarán digo yo… –la miró–. Te veo muy tranquila.
—¿Por qué no iba a estarlo?
—Pues por la reacción que tengan.
—Nerea –dijo echando el aire y sentándose al lado suyo cogiéndola de la mano– su reacción será la misma que la tuya. De sorpresa. Sé que no se van a enfadar, porque son mis amigas, al igual que tú la mía y no te enfadaste. –Al ver la cara de Nerea prosiguió–: Nerea, y si te quedas tú también, tampoco lo harán. Aunque viéndote estos últimos días y cómo te comportas creo que la idea de irte es la que te parece más adecuada aunque no es la que deseas, ¿me equivoco?
Nerea negó con la cabeza bajando la mirada y le acercó la bandeja a Ada.
—Toma, comételas tú. Se me ha quitado el apetito.
Ada calló. Si hablaba con ella sobre el tema lo único que haría sería empeorar las cosas. En esos días que había ocultado a sus amigas su reconciliación con Sergio, había hablado mucho con él sobre cómo decírselo a ellas y aunque al principio sí tenía miedo de cómo se lo tomarían, poco a poco se fue convenciendo de que lo entenderían y el día anterior al contárselo a Nerea, lo vio más claro. Además, sólo con ver la mirada de Nerea cuando miraba a Hugo la delataba. Se iba a ir. Ada quiso hablar con ella para ayudarla con toda la situación que estaba viviendo, pero Sergio le aconsejó callar. En la vida todo sucede por algo y el destino es caprichoso. Nunca se sabe lo que pasará en realidad.
—¡Ya estamos aquí! –gritó Elena hiperventilando–. Sentimos el retraso pero nos han entretenido los camareros del bar-salón con sus movimientos de cadera –rieron pícaras.
—Y luego me decís a mí –rio Ada–. Venga, sentaos. Tengo algo que deciros.
Laila y Elena se sentaron y cogiendo cada una un par de galletas de chocolate, se recostaron en la silla mirando a Ada.
—He vuelto con Sergio –dijo ilusionada y sin rodeos.
Abrieron los ojos como platos dejando de masticar ante la noticia. Eso era lo último que esperaban.
—¡Pero eso es fantástico, Ada! –exclamó Laila.
—¡Ya era hora! –aplaudió Elena–. Estábamos desesperadas por verte con esa actitud monjil. Al final creo que la que más ha follado estas vacaciones ha sido Nerea. Con el mismo, pero su polvo diario no se lo ha quitado nadie.
—¡Pero qué mismo! –suspiró Laila–. No te enfades Nerea, pero Hugo está muy, pero que muy bueno y tiene unos ojazos y una mirada que derriten.
—¿Tengo que ponerme celosa? –preguntó Nerea alzando las cejas.
Laila se quedó pensando y finalmente respondió.
—Sí.
Todas rieron a excepción de Nerea que sonrió sin ganas. No estaba celosa, sino que hablar de él comenzaba a dolerle por su posible marcha. Apoyando el codo en la mesa reposó la cabeza en la palma y bostezó. Comenzaba a tener sueño de nuevo. ¿Qué le ocurría? Probablemente sería por esos últimos días que no lograba descansar bien.
—No nos desviemos –dijo Ada–. Que aún no he acabado, luego ya si queréis hablamos del buen ver del novio de Nerea.
Un cosquilleo le recorrió el vientre al oír esa palabra. ¿En verdad lo eran? Sacudiendo la cabeza intentó dejar de pensar en ello, sin éxito.
—Hay más –prosiguió Ada–. Voy a mudarme aquí a vivir con Sergio. Cuándo volváis a Oviedo, yo también lo haré para dejar todo atado y comenzar la mudanza, pero regresaré aquí junto a Sergio –Al verles las caras de sorpresa y sabiendo lo que le iban a preguntar dijo–: Sí, lo confieso: me he enamorado de Sergio, le quiero, le amo y quiero empezar una vida junto a él –siguieron calladas–. ¿Podríais decir algo no?
—Elena, pellízcame que creo que el polvo de antes y lo de ahora es un sueño –dijo Laila.
Ada le dio una colleja.
—¡Auch! ¡¿Serás bruta?! –se quejó acariciándose la nuca.
—Y esa es una de las muchas que te debo.
—Así que, ¿va en serio?
—¡Por supuesto!
—Yo estoy flipando –dijo Elena alucinada–. No te voy a mentir, Ada. No me lo esperaba porque nunca te has enamorado de nadie, pero me alegro mucho por ti y que sepas que aunque vayamos a vivir a kilómetros de distancia te seguiré dando la tabarra.
—Y yo haré una lista de las collejas que te vayas ganando. Así cuando nos veamos me las cobro juntas.
Ada emocionada y notando como sus ojos comenzaban a humedecerse, se puso de pie y esperó a que sus amigas también lo hicieran para abrazarse. Como decían ellas, juntas hasta el final. Después del abrazo y los besos a Ada, volvieron a sentarse y Laila miró a una ausente Nerea.
—Entonces, ¿tú también te quedarás, no? Ya no estarás tan sola como creías antes. Ada y tú viviréis aquí juntas.
—Si me disculpáis… –dijo Nerea sintiendo una opresión en el pecho. Cada día sentía más angustia por la decisión que debía tomar.
La joven, agobiada y con un nudo en el estómago, se levantó y corrió al baño más cercano donde vomitó por el estrés acumulado. Desde el suelo y apoyando la espalda en la puerta del baño, comenzó a respirar con dificultad y se llevó las manos temblorosas a la cabeza enredando los dedos en su pelo. No podía más. Esa situación la superaba y en ese momento se arrepentía de haber iniciado una relación con Hugo. ¿Por qué no la había dejado en paz en su momento? Si lo hubiese hecho ahora no estaría así. ¿Qué futuro tenían juntos? Unos toques en la puerta la hicieron recomponerse rápido limpiándose la cara con las manos.
—Princesa –oyó la voz de su padre–. ¿Estás bien, cariño?
Alejandro que se encontraba en recepción, la había visto correr hasta el baño con una mano en la boca. Preocupado la siguió y al oírla vomitar y llorar decidió dejarla un tiempo a solas. Pero saber que su niña lo estaba pasando mal, lo mataba.
Nerea abrió la puerta y se lanzó a los brazos de su padre donde lloró en silencio mientras él le acariciaba el pelo.
—Cuéntamelo, princesa –dijo deshaciendo el abrazo y limpiándole las lágrimas con los pulgares–. ¿Qué ha pasado? ¿Has discutido con Hugo? –Ella negó y bajó la cabeza–. ¿Con tus amigas? –volvió a negar–. ¿Me lo quieres contar? –emitiendo un sollozo volvió a negar y se ocultó la cara con las manos–. Cariño, no te preocupes. Sea lo que sea se solucionará y si no me lo quieres contar lo entiendo, sólo quiero que sepas que te quiero, princesa, y siempre estaré a tu lado. No lo olvides, ¿me lo prometes?
—Te lo prometo, papá. Yo también te quiero.
Sonriendo para transmitirle tranquilidad, la atrajo hacia él y le besó en la frente como siempre hacía desde que era niña. Salieron del baño y tras decirle a su hija que estaría en su despacho por si necesitaba algo, la animó a que subiera a descansar. Ella le hizo caso pero tras coger el bolso y dejar una nota diciendo que necesitaba estar sola y que ya regresaría, salió del hotel dispuesta a que no la encontraran. Fue al garaje donde tenía aparcado el coche y tras pensar dónde podía ir, arrancó con la voz del GPS guiándola para salir de Gandía.
*
—¡¿Dónde está?! –bramó Hugo enfadado y nervioso.
Había estado una hora esperando a Nerea en recepción y al ver su tardanza comenzó a preocuparse. En un principio pensó que tal vez se había quedado dormida y llamó a su habitación desde recepción pero nadie lo cogía. Buscó la llave en los casilleros de la recepción y cuando la encontró subió como alma que lleva el diablo a su cuarto, pero allí no había nadie. Comprobó que no estaba su bolso y vio la nota que había dejado. La arrugó en la palma de la mano y cerrando de un portazo, fue a buscar a sus amigas. Recorrió todo el hotel de arriba abajo. Las buscó en el restaurante, en la piscina, en el bar-salón pero nada. Se pasó histérico las manos por el pelo pensando si ellas también se habrían ido, pero enseguida desechó esa idea. La nota decía que necesitaba estar sola. Recordó el día que se enteró de quién era su padre y esperanzado de que estuviera en el gimnasio bajó a la planta más baja. Pero no estaba. Recorrió todo el gimnasio y tocó con cariño el saco de boxeo. Una leve sonrisa apareció en su cara y un extraño cosquilleo le recorrió el cuerpo. Necesitaba detener el tiempo. Necesitaba que se quedara. La necesitaba. Recorrió la sauna esperando encontrarla pero nada. La puerta de la sala de masajes se abrió y suspiró al ver dentro de ella un pelo rojo y rizado que caía sobre la camilla. Decidido, entró dispuesto a saber dónde se encontraba Nerea.
—¡Dime dónde demonios está! –volvió a gritar al ver que Ada se quedaba paralizada.
—¿Qué dices? –dijo mirándole enfadada. ¿De qué cojones iba ese tío?
—¡Nerea! ¡¿Dónde está?!
—Para empezar… ¡a mí ni se te ocurra chillarme! Y para terminar saca tu culo prieto de aquí. ¡Estoy desnuda!
—Como si vas de monja. Quiero que me digas dónde se ha ido Nerea.
—¿Cómo que se ha ido?
Sin hablar le lanzó el arrugado papel que tenía en la mano y Ada tapándose con la toalla se sentó en el filo de la camilla y leyó la nota.
—¡Mierda! Espero que no haya decidido adelantar su regreso.
—¿Qué regreso? ¿Se iba a ir? –preguntó asustado.
—Aún no lo había decidido que yo sepa, pero sólo hay que verla para saber qué va a hacer… aunque no quiera.
Hugo se sentó en el suelo apoyando la espalda en la pared y hundiendo el rostro en sus manos. Al verlo, a Ada no le quedaron dudas. Hugo quería a su amiga y su marcha le volvería loco. Levantándose de la camilla, se arrodilló a su lado y le tocó el hombro.
—¿Estás enamorado de ella? –le preguntó. Necesitaba que se lo confirmara.
—Sí.
—Díselo.
—Lo intenté, pero antes de poder decirlo ella me calló.
—No hay que precipitar las cosas, nunca se sabe qué puede pasar durante estas últimas semanas.
Se puso de pie y cogiendo su ropa miró a Hugo.
—Vamos a buscar a Alejandro, seguro que él sabe algo. Pero antes –le señaló la puerta–: Voy a cambiarme que ahora mis preciosas tetas tienen dueño.
Levantando una ceja, sonrió y le dijo que la esperaba en el ascensor. Medio minuto después subían en él y sin llamar a la puerta entraron como un torbellino en el despacho del director del hotel.
—¿Ocurre algo?
—¿Sabes dónde está Nerea? –preguntaron a la vez.
—Se ha ido a su habitación, necesitaba descansar.
—No, ahí no está –contestó Ada tendiéndole la nota.
Alejandro la leyó varias veces y llamó a recepción para ver si la habían visto salir. Mónica, la recepcionista, se lo confirmó. Hacía aproximadamente una hora y media que había abandonado el hotel, pero no sabía a dónde se había dirigido.
—¿La habéis llamado al móvil?
Los jóvenes se miraron. No se les había ocurrido. Alejandro al verles las caras, puso los ojos en blanco y cogiendo su móvil marcó el número de su hija. Directamente le saltó el buzón de voz.
—No quiere hablar con nadie. Me ha saltado el buzón. –Bajó la mirada, suspiró y entrelazó los dedos, algo que siempre hacía cuando estaba preocupado y que Hugo sabía–. Id a ver si está su coche en el garaje.
Ada salió del despacho derecha hacia el garaje mientras Hugo se quedaba junto a Alejandro y apoyaba la frente en la ventana.
—Tranquilo, volverá.
—No sólo me preocupa eso, Alejandro –este sonrió. Estaba claro que el joven quería a su hija y la idea de que desapareciera de su vida, le martirizaba–. Me preocupa perderla –le confesó.
—Siéntate. –Le señaló la silla frente a él– Vamos, sabes que no muerdo.
Hugo le hizo caso y le miró.
—Cuando conocí a Carolina, la madre de Nerea y la que fue la mujer a la que más amé, tenía veinte años. Yo era como tú. En la universidad era un mujeriego, no había chica que se resistiera a mis encantos. Entonces un día en la biblioteca la vi. Iba preciosa con su vestido azul y sus botas marrones que dejaban parte de sus piernas a la vista –Hugo sonrió–, me acerqué a ella y me presenté, pero ya había oído hablar de mí, así que cuando vio mis intenciones me dio un rodillazo en mis partes nobles y se fue mandándome a freír espárragos. –El joven soltó una pequeña carcajada. Con Nerea le había pasado algo muy parecido–: No me rendí, quería ir a por ella y cuanto más pasaba de mí más me enamoraba hasta que un día la vi llorando en la playa y me acerqué.
»Al principio quería que me fuera, pero no lo hice y conseguí que se desahogara conmigo. Por lo visto el chico con el que estaba saliendo la había dejado por no querer acostarse con él. Mi Carolina era virgen en ese momento. Me dieron ganas de ir a romperle la cara a ese imbécil. Quise llevarla a su casa pero me miró con sus ojos lagrimosos y me pidió que no lo hiciera. No quería que la vieran así porque sus amigas se lo habían advertido. La llevé a mi piso y le presté mi cama. Me iba a ir al sofá cuando me pidió que me quedara con ella y la abrazara. –Una sonrisa triste apareció en su cara al recordarlo–. Y lo hice. Fue la mejor noche de mi vida. Al día siguiente nos despertamos sintiendo una sensación extraña pero al verla con el pelo revuelto y los ojos hinchados, supe que esa imagen era la que quería ver cada mañana al despertarme. Pasamos el día juntos y al llegar la noche la llevé en moto a su casa, pero antes de que ella se bajara, lo hice yo y sentándome frente a ella, le quité el casco y la besé. Pero había un problema. Ella era de Logroño y yo de Valencia. Salimos durante dos años hasta que nos graduamos y ella se fue. Sabíamos que el día llegaría pero no hablábamos de ello, sólo aprovechábamos cada momento –suspiró–. Yo estuve en la situación en la que ahora mismo está mi hija. Estuvimos tres meses separados hablando por teléfono, pero cada vez que colgaba y miraba mi piso lo veía vacío. Hice las maletas y fui en su busca.
—¿Por qué me cuentas esto?
—Porque veo el miedo que tienes a que se vaya. Ese miedo lo tuve yo y tardé tres meses en ir a buscarla. Es lo que le digo a mi niña, el tiempo lo decide todo. –Se puso de pie y sentándose a su lado le pasó el brazo por los hombros–. La primera vez que os vi juntos me recordasteis a mí y a Carolina de jóvenes. Sabía que estabais destinados a estar juntos, por eso no dijimos nada y dejamos que las cosas sucediesen solas, aunque dándoos empujoncitos. Sólo espero que si vuestra historia sigue adelante, tenga un final feliz. La mía, por desgracia, no lo tuvo pero espero que la vuestra sí.
Le apretó el hombro y salió del despacho para dejarle solo, aunque no era el único que lo necesitaba. Alejandro se apoyó en la puerta y sacando un pañuelo blanco se secó algunas lágrimas. Nunca dejó de querer a su Carolina y nunca dejaría de arrepentirse de no haber luchado por ella. Al ver a Ada correr hacia él, se guardó el pañuelo y esperó a que lo alcanzara.
—No está el coche. ¡Dios mío! ¡Se ha ido!
La puerta del despacho se abrió saliendo de ella un asustado Hugo.
—¿Cómo que se ha ido? ¿A Oviedo?
—No... ¡No lo sé!
—¿Has mirado si sus maletas están en la habitación? –preguntó Alejandro.
—Voy a ver.
Los tres subieron y para su alivio comprobaron que sus cosas estaban ahí a excepción del bolso.
—¿A dónde habrá podido ir con el coche?
—Creo que lo sé –respondió Hugo–. Volveré en unas horas.
Cogió su casco que guardaba en recepción y condujo hasta la urbanización donde la había llevado en varias ocasiones. ¡Tenía que estar allí!
*
Eran las doce de la noche cuando Nerea regresó al hotel. Había pasado el día en el Oceanogràfic de Valencia y en la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Su padre siempre la llevaba ahí para pasear debajo de miles de peces y tiburones. Le encantaba. Alzaba la mano intentando tocarlos y reía viendo a los pingüinos. Gozar de esa paz y tranquilidad en la oscuridad con la única luz azulada de las aguas la tranquilizaba y le hacía olvidar la cruda realidad. Disfrutó del espectáculo que ofrecían los delfines sonriendo y aplaudiendo como cuando era niña y de las diferentes curiosidades científicas que de pequeña la volvían loca. Había pasado allí todo el día hasta su cierre. Se había agobiado tanto en el hotel que necesitaba escapar y desconectar y lo había conseguido durante unas horas. Cuando salió de ese pequeño paraíso, encendió el móvil y vio que tenía cincuenta y dos llamadas perdidas. Cinco de Elena, seis de Laila, diez de Ada, una de su padre y treinta de Hugo. Suspiró. Le esperaba un buen sermón por parte de todos cuando regresara, aunque sólo hablaría con su padre. Cenó en el local donde siempre la llevaba su progenitor y al mirar el reloj supo que ya era hora de volver. Tendría que enfrentarse a lo que sucediera, pero se veía incapaz de acabar con nada. Quería que todo terminase. Quería ser capaz de tomar una decisión. Quería escoger la decisión correcta y que la hiciera feliz. Agotada, condujo de regreso a Gandía.
*
—¿Dónde coño estabas, Hugo? Te tocaba a ti animar el bar-salón –le replicó Samuel saliendo del hotel tras escuchar el ruido de la moto–. Pienso cobrarme estas horas extras.
—Nerea ha desaparecido –dio una patada a la rueda de la moto. Si no es por la pata de cabra, la hubiera tirado al suelo–. Me he vuelto loco buscándola. ¡Maldita princesita!
Samuel comenzó a reír.
—No te rías, capullo. Ya me gustaría verte en esta situación.
—Macho, estás pillado.
—Cállate o no te hago las horas –Samuel alzó las manos en señal de paz y se sentó en un escalón. Hugo le imitó–. Todo esto puede conmigo.
—Nadie dijo que las relaciones fueran fáciles –le ofreció un cigarrillo que aceptó.
—A veces pienso que si la hubiera dejado en paz no estaríamos así.
—En eso tienes razón –dio una calada–. Pero tampoco habrías disfrutado de las sensaciones que has experimentado junto a ella. Dime, si pudieras volver al día en que la conociste, ¿qué harías?
Hugo no lo dudó.
—Volvería a hacer lo que he hecho. No cambiaría nada de estos dos meses.
—¿Ni siquiera cuando te exprimió los cascabeles?
—Ni siquiera –contestó riendo–. Mi princesita Cascanueces es única y no la cambiaría por nada.
Unas risas los sacaron de su ensueño y miraron a su izquierda. Dos estudiantes borrachas intentaban caminar sobre sus tacones de aguja en dirección al hotel. Hugo las reconoció como las dos estudiantes de Madrid que habían intentado ligar con él unos días atrás. Si las hubiese visto Nerea, las habría dejado calvas. Vestían con un vestido a cuál más corto y reían sujetándose la una a la otra hasta que cayeron en la dura acera, pero sin dejar de reír. Los animadores al verlas caminaron hasta ellas para ayudarlas a llegar a sus habitaciones.
—Hombre –dijo una de ellas completamente borracha a Hugo–. Si está aquí el protagonista de mis más húmedos y calientes sueños –Intentó besarle, pero Hugo se apartó–. ¿Vas a darme esta noche lo que escondes? –le apretó la entrepierna.
—Señorita, suelte eso por favor.
La otra chica que se resistía a la ayuda de Samuel, se puso de pie y empujándole, se tiró a los brazos de Hugo echándole los brazos al cuello.
—Yo te daré más placer que ella.
—¡Serás zorra! –replicó la otra riendo y abrazándose a la cintura de Hugo–. Podemos pasarlo muy bien los tres.
Hugo intentó quitárselas de encima pero no podía. Las chicas se lanzaban a alcanzar sus labios y hacía esfuerzos sobrehumanos para que no lo hicieran. De repente notó como una le lamía el cuello pero rápidamente se apartó. Cansado, alzó la vista y vio a Nerea frente a él, parada y negando con la cabeza. Sus ojos mostraban furia e intentando contener las lágrimas los cerró y comenzó a subir las escaleras para irse a su cama. ¡Menudo día!
—¡Joder, mierda! –empujó a las chicas sin importarle lo más mínimo si las hacía daño y corrió tras ella–. ¡Nerea! –la llamó–. No es lo que parece, déjame explicarte.
Como respuesta ella le tiró el bolso a la cabeza y le dio una patada en la entrepierna lo que hizo que él se encogiera de dolor.
—Joder, princesita –dijo sin aliento–. ¿Volvemos a tiempos pasados?
—¡Yo confiaba en ti! ¡Imbécil! –bramó enfadada con lágrimas en los ojos.
—Sí, volvemos a tiempos pasados. Nerea, escúchame, por favor, no es lo que parece. Estaba con Samuel hablando de que me tenías preocupado y han llegado ellas y…
—¡No quiero escucharte! –recogió su bolso y dio media vuelta para irse.
Pero no estaba dispuesto a que se fuera y alcanzándola, la agarró por la muñeca y la cargó al hombro llevándosela lejos de la mirada de la recepcionista.
—¡Suéltame!
—Ni lo sueñes.
Abrió la puerta de la piscina y la sentó en una de las mesas aprisionándole las piernas y los brazos para que no le volviera a pegar.
—Ahora que no te puedes mover, me vas a escuchar porque tú también me debes una explicación. ¡No tienes ni idea de lo preocupado que estaba por ti! He estado todo el puto día buscándote, me he recorrido la urbanización donde te llevo de arriba abajo e incluso te he buscado en nuestra cala. –Le soltó las manos para pasárselas por el pelo–. Te he llamado mil veces al móvil ¡¿Por qué lo tenías apagado?! Me he vuelto loco pensando que te podía haber pasado algo y he llegado ahora mismo de recorrerme todo Gandía desesperado por no haberte encontrado. Me he encontrado con Samuel y hemos visto a dos clientas del hotel borrachas como una cuba que no podían andar y hemos ido a ayudarlas, pero se han lanzado las dos a mi cuello y por más que intentaba quitármelas de encima no he podido, pero ¡joder! Han sido ellas, no yo.
—No te veía hacer esfuerzos por apartarlas –atacó sin querer darle la razón– y tampoco te importa dónde he estado o dejado de estar.
—Cree lo que quieras, princesita. ¡Eres imposible! Y todo en cuanto a ti me importa, porque te q…
Nerea le tapó la boca con la mano asustada. No le iba a permitir que le dijera esas dos palabras. Suficiente tenía con sentir por él lo que sentía como para añadirle más.
—No digas nada. –Lentamente le quitó la mano de la boca–. Por favor…
—Está bien. –Quiso abrazarla pero ella se lo impidió.
—Será mejor que me vaya a la cama. Así puedes disfrutar de tus putitas –dijo con retintín bajándose de la mesa.
—¿Otra vez con eso? Nerea joder –maldijo–. Pregúntale a Samuel si quieres.
Pero ella no le escuchaba, caminaba a paso ligero alejándose de él. No pensaba rendirse, quería que le creyera y corriendo se puso delante de ella.
—Joder, Nerea. ¿Por qué no me crees?
—¡Porque antes te follabas a medio hotel! –le gritó.
—Tú lo has dicho. ¡Antes! Por favor, Nerea, no me hagas esto… –le suplicó.
—Buenas noches, Hugo.
Él la dejó marchar sabiendo que si continuaba presionándola empeoraría las cosas. Dio un puñetazo a la pared para posteriormente apoyar la frente en ella. Nerea se estaba alejando de él y eso le destrozaba.
Nerea entró en la habitación y comprobó que Sergio no estuviera. Por suerte, sólo estaba Ada dormida y con la tele encendida. La apagó y poniéndose el pijama se acercó a la mesilla de Ada a apagar la luz.
—¿Nerea? –dijo somnolienta–. Dios mío ¡¿estás bien?! –Se puso de rodillas–. Nos tenías a todos preocupadísimos. Hugo ha ido a buscarte y a las once aún no había vuelto.
—Lo sé, me he encontrado con él abajo y muy bien acompañado.
—¿Qué dices?
—Lo que oyes. Estaba muy bien atendido por dos guarras borrachas. –Abrió la cama y se metió en ella enfadada–. Me siento estúpida.
Ada se levantó y se tumbó con ella.
—¿Te ha explicado lo sucedido?
—Según él eran clientas del hotel que las ha ido a ayudar y se le han pegado como lapas.
—¿No le crees?
—Sí, pero estoy harta de que siempre intenten ligar con él.
—Eres estúpida –soltó una carcajada–. Si le crees no tendrías que estar en la misma cama que yo, sino con él en la suya.
Nerea le golpeó el brazo.
—Perdona, guapa, eres tú la que está en mi cama. Y necesito estar sin él ahora mismo. Lo siento así…
—Anda, princesita –se mofó–. Vamos a dormir pero no esperes que yo te despierte con un beso.