14
—Ponte lo de la otra vez, Nerea. El vestido verdoso con las cuñas de Elena –dijo Ada cansada de que Nerea se probara modelitos y a todos dijera que no.
Había llegado el sábado y los días anteriores Hugo y Nerea apenas habían coincidido. Hugo tenía el domingo libre, así que había estado trabajando sin descanso para dejar todo listo en su ausencia. Ella siempre se quedaba en la piscina hasta que se acababa el turno del socorrista y los huéspedes abandonaban esa zona. Nerea sabía que Hugo saldría el último, así que siempre se entretenía recogiendo sus cosas para cuando se fuera Samuel, el compañero de Hugo, poder acercarse a él y sentir sus labios sobre los suyos y el calor que desprendía su cuerpo cuando la abrazaba. Pero sus encuentros no duraban mucho, Hugo tenía que seguir con su trabajo.
—Es que el otro día tenía pensado ir a la playa a pasear y el atuendo creo que era algo elegante para dar un paseo por la playa y más con las cuñas.
—Pero tendrás que ponerte decente. No vas a ir con tu vestidito de playa y las chanclas –le advirtió Elena.
—¡Me estáis poniendo de los nervios! –dijo Nerea enfadada agarrándose el pelo–. Os vais a ir todas de aquí y me vestiré como quiera y como más cómoda me sienta.
—¿Sólo con ropa interior? –bromeó Ada–. Creo que triunfarías con Hugo si fueras así.
Nerea negó con la cabeza y le sacó la lengua a Ada. Finalmente optó por ponerse una camiseta de tirantes sencilla y una falda de flores con un gran cinturón marrón a la altura de la cadera. Se calzó unas sandalias planas y dejó su largo cabello suelto.
—¿Os parece bien esto? –dijo Nerea dando una vuelta sobre sí misma.
—Bueno… no hace falta que te quites la falda para follar, así que perfecto –dijo totalmente en serio Ada.
—Eres de lo que no hay.
Ada sonrió y se encogió de hombros. Ella también tenía una cita con su camarero y esta vez la iba a disfrutar a tope. Su amiga, la roja, ya había desaparecido y con ella los dolores.
Nerea, en el trayecto del ascensor, no paró de mover la pierna derecha en ningún momento. Estaba tan nerviosa que le era imposible estarse quieta. Las puertas del ascensor se abrieron y salió del hotel. Hugo le había dicho que la esperaba fuera, pero no le veía por ninguna parte. ¿Y sí…? «¡No, Nerea!», se regañó al ver que volvían los mismos pensamientos de miedo y desconfianza.
El sonido fuerte y bronco de una moto negra hizo que su cabeza girara a la izquierda para ver a un tipo sobrepasando los límites de velocidad en esa zona hasta detenerse en la puerta del hotel. Nerea sonrió al ver quién se ocultaba detrás del casco. Hugo desmontó con rapidez de la moto y le tendió la mano a Nerea, que esta aceptó, para acercarla a él y besarla.
—Creo que es la primera vez que te veo vestido sin el uniforme –dijo Nerea sin perder la sonrisa al verle con unos vaqueros y un polo blanco que le marcaba cada uno de sus músculos.
—Y tú, como siempre, estás preciosa y perfecta.
Nerea notó cómo los colores subían a sus mejillas y Hugo al verlo le dio un nuevo y suave beso. La ayudó a subirse a la moto pero la falda que llevaba era demasiado corta y con el aire que produciría el movimiento al conducir, se la subiría entera dejando al descubierto el tanga de encaje que llevaba. No dispuesta a que eso pasara, con cuidado de que no se le viera nada, bajó de la moto.
—¿Qué ocurre? –preguntó Hugo extrañado al verla bajar.
—Que con la falda voy a enseñar todo con el movimiento de la moto, así que si esperas cinco minutos, me pongo los pantalones cortos y nos vamos.
—A mí no me importaría que se te viera todo –dijo coqueto guiñándole un ojo, pero enseguida se puso serio–, aunque pensándolo mejor, yo no sería el único que te vería, así que sí, mejor cámbiate. No quiero partirle la cara a nadie.
Nerea asombrada le miró y levantó las cejas. ¿Acaso estaba celoso? Tras soltar una pequeña carcajada, corrió hacia el interior del hotel para poder cambiarse.
Hugo se quedó embobado viéndola desaparecer. Era tan diferente a las mujeres con las que solía estar, que mataría a cualquier tipo que la mirara. Hasta ese momento, no conocía qué eran los celos. Era la primera vez que los sentía, e incluso a decir verdad, era la primera vez que tenía una cita. ¿Qué le pasaba con ella? Tarde o temprano lo suyo acabaría. Era consciente de que Nerea volvería a la ciudad donde vivía, pero también cabía la posibilidad de que se quedara tras aceptar lo que su padre le estaba ofreciendo. No quería pensar, sólo disfrutar de la noche a su lado.
Tal como se había ido, Nerea regresó corriendo y con un pantalón corto que se ajustaba perfectamente a sus piernas. Tras ponerse los cascos, ambos se montaron en la moto y cuando Hugo notó como sus delicados brazos abrazaban fuerte su cintura, metió primera para salir de allí.
Nerea no le había preguntado a dónde iban ni él le había dicho nada. Quería que fuera una sorpresa. Veinte minutos después, Hugo estacionaba la moto encima de la acera entre dos árboles. Ella le entregó el casco y se fijó en su alrededor. Era una zona residencial de pequeños chalés con la inmensidad del mar a unos pocos pasos de cada casa.
—Esto es precioso –dijo Nerea–. Pero, ¿dónde estamos?
—Son unas viviendas que hay a las afueras de la ciudad. Es como un pequeño pueblo. ¿Ves ese edificio de allí? –le preguntó Hugo señalando el final de la hilera de casas. Nerea asintió–. Es un colegio donde van los niños que viven por aquí. Además para cuando crecen y comienzan la secundaria hay un autobús que viene a recogerlos para que puedan seguir con su enseñanza obligatoria.
—Tiene que ser una pasada vivir aquí. El mar, la tranquilidad de vivir entre poca gente teniendo todo lo necesario a tu alcance y poder hacer todo con comodidad.
Hugo la abrazó por detrás y dándole un beso en la coronilla se separó para entrelazar sus dedos con los de ella.
—Ven. A donde vamos vas a tener las mejores vistas de toda esta zona.
Antes de comenzar a subir por una cuesta, Hugo sacó del maletero de la moto una cesta y se la enseñó a Nerea.
—¿Nos vamos de picnic? –dijo divertida.
—Algo así.
Comenzaron a subir por una rampa hasta llegar a lo más alto de una especie de colina. Hugo sacó una pequeña manta y la extendió bajo un árbol. Él se sentó primero apoyando la espalda en el tronco e hizo que Nerea se sentara entre sus piernas y apoyara la espalda en su torso. Ella le cogió las manos y dejó reposar las de ambos entrelazadas en su vientre.
—¿Cómo conocías este lugar?
—¿Ves esa casa blanca rectangular?
Nerea asintió y él prosiguió:
—Cuando era pequeño vivía ahí.
—Tuviste que ser muy feliz aquí.
—En realidad no. Cuando nací mi madre cayó en una depresión posparto de la que nunca salió y comenzó a beber hasta convertirse en una alcohólica. Ella nunca me quiso. Mi padre era quien me cuidaba y me protegía de ella cuando se ponía violenta. Él quiso separarse enseguida de mi madre, pero no quería dejarme solo ya que si le pedía el divorcio, la mayoría de los días la custodia la tendría mi madre hasta que pudiera demostrar lo que hacía esa mujer –la apretó más contra él–. Cuando cumplí los ocho años, mi madre presentó una demanda de divorcio contra él. Mi padre se fue de casa y me quedé solo con mi madre. Tuve que aprender a cuidarme solo, a cocinar y a hacer cosas que no eran normales para un niño de tan corta edad. Mi madre podía estar días sin aparecer por casa.
»Cuando fui creciendo, la vida empezó a parecerme una mierda y me daba igual lo que me pasara. Mi padre no volvió a aparecer por casa. Al principio lo odié por eso, hasta que supe que no volvía porque estaba luchando por mí. Me olvidé de los estudios y me pasaba el día básicamente fumando maría, bebiendo cerveza y tocándome los huevos. Hasta que mi padre consiguió mi completa custodia a los dieciséis años. Como te he dicho, en ese momento despreciaba a mi padre por abandonarme hasta que entendí que no lo hizo. Se alejó de mí para protegerme y poder luchar sin que mi madre se enterara pues hubiera sido capaz de desaparecer conmigo lejos de aquí. Mi madre sólo me utilizaba para putear a mi padre, para ella era como un objeto. –La besó en el nacimiento del pelo y Nerea bajó la mirada. Ambos habían sido utilizados y manipulados. Aunque ella sabía que lo suyo no era nada en comparación, los dos tenían en común haber estado tantos años siendo manipulados por alguien cercano y que se supone que te quiere–. Me fui con mi padre y conocí a Alejandro. Él me enseñó que la vida está llena de oportunidades y que gracias a mi padre podría comenzar una nueva vida. Me habló de su trabajo, de cómo empezó y me picó el gusanillo por hacer Turismo. –Nerea notó cómo sonreía–. Y gracias a él y a mi padre estoy contento conmigo mismo, aunque por culpa de mi madre me siento incapaz de saber querer a alguien.
Ante eso último, Nerea se tensó. No debía pensar de esa forma sobre ellos dos. Como le dijo Laila, su relación no sería nada serio. Lo mejor que podía hacer era disfrutar de él el tiempo que estuvieran juntos.
—Lo siento mucho. No debió de ser nada fácil para ti, pero tuviste suerte de no desarrollar ningún tipo de conducta más conflictiva. A pesar de que cometiste errores, te mantuviste firme para no ir más allá de ellos.
—Desde que mi padre me llevó con él no he vuelto a pisar esto, pero sentía la necesidad de enseñártelo y contarte mi historia en este lugar.
Nerea se echó hacia adelante para poder darse la vuelta y atrapar sus labios. Sus lenguas bailaron juntas durante unos minutos para acabar con un corto beso.
—Gracias.
—¿Por qué? –preguntó Hugo extrañado.
—Por confiar en mí y contarme tu historia.
Hugo sonrió y tras acariciarle con los nudillos la mejilla, acercó la cesta y comenzó a sacar varios táperes con diferentes tipos de comida.
—¿Lo has cocinado tú o el servicio de la cocina del hotel te ha ayudado?
—Nada de trampas. Es la primera vez que organizo algo así y quería que fuera lo mejor posible.
Hugo fue destapando cada uno de los táperes que contenían: croquetas, calamares con el limón aparte, patatas bravas y dos cupcakes de chocolate.
—Madre mía… ¿no había nada que engordara más? –dijo riendo con ironía–. Te perdono porque soy adicta a las cupcakes, aunque no tengo ni idea de hacerlos. La verdad es que la repostería no es lo mío.
—Pues cuando quieras te enseño.
Sin dejar de hablar y reír, comenzaron a comer. Estaba todo delicioso y aunque Nerea decía que ya era lo último que cogía siempre caía algo más. Quedó la última croqueta en el táper y fueron a cogerla los dos a la vez. Nerea le puso morritos y finalmente, Hugo, riendo, se la concedió. Como una niña con zapatos nuevos, comenzó a degustarla cuando mordió algo duro. Se lo sacó de la boca y entre sus dedos atrapó un alfiler. Sorprendida, le miró.
—¿Pero qué ingredientes has utilizado para hacer la besamel de las croquetas? –dijo enseñándole el alfiler.
—¡Joder! Menos mal que no te lo has tragado –dijo cogiéndolo para inspeccionarlo–. Creo que es uno de los alfileres que usaron para arreglarme un disfraz para esta semana.
—Sí, menos mal, pero la próxima vez ten cuidado con los ingredientes –advirtió Nerea acabándose lo que quedaba de croqueta tras inspeccionar que no había más instrumentos punzantes.
—Y ahora, lo más interesante –dijo Hugo sacando los cupcakes.
Nerea aplaudió y cogiendo uno lo mordió saboreándolo y emitiendo un pequeño sonido de satisfacción.
—¡Está buenísimo! Ya sabes, me tienes que enseñar.
—Yo te enseño lo que quieras, princesita.
Con una pícara sonrisa, Hugo devoró sus labios con sabor a chocolate y poco a poco fue recostándose encima de ella. Nerea le rodeó el cuello con los brazos para poder profundizar más el beso y las manos de Hugo se deslizaron por sus perfectas piernas hasta colocarlas debajo de sus nalgas. La boca de él abandonó sus labios para comenzar a besarle el cuello hasta llegar a sus pechos para mimarlos por encima de la ropa.
—Me vuelves loco, princesita.
Nerea enredó sus manos en el pelo de él y tiro de su cabeza para volver a atrapar su boca y comenzar de nuevo a jugar con su lengua.
—¡Joder! –dijo de pronto Hugo girando hacia un lado dejando a Nerea encima suyo–. ¡Puto perro!
Extrañada, la joven giró la cabeza y vio a un pequeño perro de raza Beagle moviendo la cola. Con una sonrisa, Nerea se quitó de encima de Hugo y comenzó a acariciarle.
—Hola bonito, ¿dónde está tu dueño?
—¡En su dueño también me cago! –blasfemó reincorporándose.
—Ainss, no seas así. Si esta cucada no ha hecho nada.
—Ya… mira la esquina superior de la manta en la que estaba tu cabeza hace un momento.
Haciendo lo que le decía, Nerea clavó la vista en la esquina y vio que estaba completamente mojada.
—El perrito bonito nos ha marcado la manta –dijo irónico Hugo.
Nerea se tapó la boca y soltó una carcajada, pero a Hugo no le hacía ninguna gracia la situación. Tendría que lavar bien la manta o directamente tirarla.
—Quizá este árbol es suyo y ha venido para que nos vayamos –se mofó.
—Sí, hombre, un perro me va a echar.
Ella volvió a reír en el momento que llegó el dueño y se disculpó por lo que había hecho su perro. Se ofreció a pagarle la manta pero Hugo se negó. Se le veía buen hombre y la culpa había sido del perro. Un par de veces a la lavadora y como nueva. Doblaron la manta hacia abajo para no tocar el regalito del perro y Hugo volvió a recostarse en el árbol con Nerea apoyada en su pecho. La tranquilidad del lugar y el calor que el cuerpo del chico desprendía hicieron que ella se relajara y poco a poco cerrara los ojos.
—Ey –susurró Hugo–. No te duermas, princesita, que ahora viene lo mejor.
—¿El qué?
—Ya lo verás.
No tuvo que esperar mucho. Un ruido hizo que clavara su mirada en el cielo y los fuegos artificiales comenzaron a invadir con sus vivos colores la oscura noche. Nerea sonrió y se giró un poco para verle la cara.
—¿Esto no lo has preparado tú, verdad?
—No –dijo Hugo divertido–. Ha sido casualidad que hoy hubiera fuegos, así que he decidido aprovecharla contigo.
Hugo le dio un beso en la punta de la nariz y, con una sonrisa, Nerea se giró para seguir contemplando el espectáculo que la noche les ofrecía. Acabados los fuegos y viendo Hugo cómo Nerea no paraba de bostezar, decidió recoger y regresar al hotel. El viaje de vuelta fue más lento y tranquilo donde Nerea disfrutó de la cercanía del chico. Tras aparcar la moto detrás del hotel, entrelazaron sus manos para recorrer el pequeño camino hasta sus habitaciones, pero Nerea se detuvo de repente.
—¿Ada?
Sentada en el suelo de la calle, cerca de la puerta del Hotel Villa Magic, una lacrimosa Ada sollozaba con las manos tapándose la cara. Nerea se soltó de la mano de Hugo y corrió hacia ella. Se colocó a su altura e intentó que la mirara.
—Ada, cariño, ¿qué te ocurre? –le preguntó preocupada.
Al oír la voz de Nerea, Ada levantó la cabeza y sin dejar de llorar la abrazó. Poco a poco consiguieron ponerse de pie, pero su amiga apenas conseguía mantenerse. El aliento le apestaba a alcohol y su aspecto le indicó que estaba más ebria que sobria.
Hugo, que había permanecido en un segundo plano, ayudó a Nerea a llevar a Ada hasta la habitación, donde nada más llegar, corrió al baño y comenzó a echar todo el alcohol que llevaba en el cuerpo. Con una mueca de asco, Nerea cerró la puerta del baño y salió de la habitación, donde Hugo la esperaba en el pequeño pasillo.
—Lo siento –se disculpó Nerea mordiéndose el labio inferior.
—No te preocupes. Son cosas que pasan.
Nerea bajó la cabeza pero rápidamente Hugo le cogió el rostro para que le mirara a los ojos. Chocó su nariz con la de ella y bajó sus labios hasta capturar los suyos. Fue un beso tierno y dulce, que hizo que Nerea notara un millón de mariposas revoloteándole por el estómago, pero la voz de Ada hizo que se separaran.
—¡¡¡Mi vida es una mierda!!! –gritó sin dejar de llorar.
Suspirando, Nerea apoyó la frente en el pecho de él y Hugo la abrazó antes de depositar un dulce beso en la coronilla.
—Será mejor que averigüe qué le pasa.
—Estoy de acuerdo. ¿Nos vemos mañana? Si me dices que no ya sabes que soy capaz de secuestrarte.
Tras sonreírse, volvieron a juntar sus bocas para saborearse por última vez en ese día, a pesar de las ganas que ambos tenían de pasar la noche juntos.
—¡Ey! Tortolitos, dejad vuestras lenguas quietas que por lo que he oído algo le ha pasado a la otra –dijo Elena saliendo junto a Laila de su habitación con el pijama puesto y los pelos revueltos. Habían oído el grito de Ada y asustadas, salieron a ver qué ocurría–. Primero lo de la pedorra que está llorando y mañana los detalles de lo que habéis estado haciendo a estas horas, aparte del tamaño de cierto pajarito. –Señaló con la cabeza el paquete a Hugo.
Hugo abrió los ojos como platos y sin dejar de sonreír a Nerea se despidió de ella hasta el día siguiente. Tenía el día libre y quería disfrutarlo con ella.
—Anda, vamos a ver qué le pasa a esa –dijo Nerea decepcionada tras la marcha de Hugo.
Las tres entraron y se encontraron a Ada con la cabeza aún en el retrete, el maquillaje corrido y los ojos rojos e hinchados de tanto llorar. Entre todas la ayudaron a levantarse y con ropa y todo la metieron en la ducha abriendo el agua fría. Como era de esperar, Ada gritó e intentó salir pero no la dejaron. Una vez se fue relajando, cerraron el grifo y tras desnudarla, la taparon con un albornoz. La sentaron en la cama y terminaron de limpiarle el maquillaje que tenía por la cara mientras Elena le quitaba la humedad del pelo con una toalla.
—¿Qué ha pasado, Ada? –le preguntó Laila tras prepararle una tila mientras Nerea se ponía el pijama. Ella también se había mojado ayudando a Ada a ducharse.
—El idiota de Sergio, ¡eso me ha pasado!
—¿El camarero? Pero, ¿qué ha hecho? Liarse con otra, dejarte… desembucha –le exigió Elena.
—Ha dicho que se está enamorando de mí. ¡Pero cómo se puede estar enamorando de mí si nos conocemos desde hace dos semanas! –Sus amigas la miraron sorprendidas sin saber qué decir–. Y yo me he bebido de golpe el chupito y le he dejado plantado. ¡He salido corriendo asustada! –Al notar el silencio de sus amigas las miró y dijo–: Podéis decir algo, ¿eh?
—A ver, Ada –comenzó Nerea tras ponerse el pijama sentándose a su lado–. Desde que le conociste sabías que él no era de los de rollo de una noche. Fíjate cómo se comporta contigo. Y no veo nada de malo en lo que te ha dicho para que estés así.
—¡Aún soy joven para enamorarme! –volvió a sollozar Ada–. Yo quiero vivir, quiero disfrutar al máximo de la vida, antes de que se me caigan las tetas.
Sin poder evitarlo, todas sonrieron. Hasta en esos momentos Ada sacaba su humor.
—Cielo –dijo Laila con ternura acercándose a ella–, enamorarse también es vivir. ¿Qué sería vivir si no sientes por alguien esa sensación de estar colada hasta las trancas? Notar cómo te tiemblan las piernas cuando esa persona especial te sonríe o sentir un cosquilleo cuando te besa. Así que no seas tonta Ada y si tu corazón se enamora de Sergio, ¡hazle caso!
Nerea se quedó petrificada al oír esas palabras y tras analizarlas, se calzó con las chanclas y corrió hacia la puerta.
—Os veo mañana. He recordado que tenía que hacer algo.
—¿A estas horas? –preguntaron todas al unísono.
Pero Nerea no contestó, sino que salió de la habitación dejando a sus amigas extrañadas ¿A dónde iba?
Nerea comenzó a pulsar continuamente el botón del ascensor, pero este no llegaba, así que empezó a subir lo más rápido que pudo las escaleras hasta llegar a la última planta del hotel, donde se encontraban las habitaciones de algunos de los empleados. Con la respiración entrecortada por la carrera que se había dado por las escaleras, caminó por el largo pasillo hasta detenerse en una de las puertas. Se mordió el labio inferior y con los nudillos llamó suavemente, hasta que la puerta comenzó a abrirse.
—¿Nerea? –preguntó extrañado Hugo vestido sólo con unos boxers. Ella se encontraba ante él con un sugerente pijama, la respiración agitada y el pelo algo despeinado–: ¿Qué haces aquí?
—Vivir.
Dicho esto, Nerea le empujó dentro de la habitación y saltando le rodeó la cintura con las piernas. Hugo, sin perder tiempo, le cogió por las nalgas y sus bocas se encontraron en un abrasador y pasional beso. Con el talón, él cerró la puerta y la apoyó contra la pared. Abandonó su boca y comenzó a dejar húmedos besos por su cuello, pero agarrándole del pelo, Nerea volvió a atrapar sus labios.
—Llévame a la cama –pidió Nerea excitada contra su boca.
Sin poder hablar, hizo lo que le pedía y apoyando una rodilla en el colchón, cayeron en la cama. Hugo apoyó los antebrazos al lado de su cuerpo para no aplastarla y Nerea comenzó a acariciarle los brazos y su fuerte y morena espalda. Las manos de él comenzaron a deslizarse por debajo de la fina camiseta que llevaba, acariciando con los pulgares sus duros pezones. Ante este contacto, Nerea respondió con un suave jadeo que encendió más a Hugo.
—¡Joder! No llevas sujetador –gruñó.
—Es más cómodo para dormir –le dijo mordiéndole el lóbulo de la oreja.
—Aún recuerdo cómo me pusiste el día de tu cumpleaños con esa camiseta. Estabas muy sexy.
—¡Deja de hablar! –dijo ella exigente.
Nerea volvió a introducir la lengua en su boca y Hugo le quitó la camiseta dejando sus perfectos y tersos pechos ante él. Comenzó un reguero de besos por su barbilla y su cuello, hasta llegar a sus senos. Sus labios atraparon el pezón izquierdo, mientras su mano acariciaba el derecho. Nerea arqueó la espalda para darle mejor acceso y se mordió el labio inferior sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo antes de soltar un pequeño gemido que endureció más a Hugo.
—Eres perfecta, cariño.
Tras torturar sus pechos, siguió bajando hasta rodear su ombligo y metiendo los dedos por la gomilla del pantalón, los deslizó por sus largas piernas para dejar a la vista el tanga negro de encaje que llevaba.
—Me toca –dijo Nerea introduciendo una mano bajo su boxer para comenzar a acariciar su palpitante miembro de arriba abajo excitando más a Hugo.
—¡Dios! Me vas a matar…
—Mientras sea de placer…
Nerea sonrió provocativa y se deshizo de sus calzoncillos con los pies para, posteriormente, ella misma deslizar el tanga por sus piernas. Se lo enseñó, levantó las cejas y alargando el brazo a un lado lo dejó caer. Desnudos por primera vez y con la pasión encendida en sus miradas, Hugo alargó la mano para sacar un condón de la mesilla. Rompió el envoltorio con los dientes, y comenzó a ponérselo cuando vio un agujero en él.
—¡Me cago en la puta, joder! –maldijo.
—¿Qué ocurre? –dijo Nerea apoyándose en sus codos para mirarle.
—Era el último puto preservativo que tenía y ¡¡¡está roto!!!
Nerea con una sonrisa pícara, le quitó el condón de su erección y colocándose encima de su regazo le susurró al oído acariciando suavemente de arriba abajo su miembro.
—Tomo la píldora y si ambos estamos sanos, no tenemos por qué preocuparnos.
No necesitó más. Hugo la tomó en brazos y volvió a tumbarla separándole las piernas con las rodillas para penetrarla de una embestida fuerte y profunda. Nerea gimió y levantó las caderas pidiendo más. Sus talones se clavaron en las nalgas de Hugo y devorando su boca de nuevo, succionó su lengua. Muerta de placer, comenzó a mordisquearle el cuello lo que hizo que Hugo soltara un gruñido de satisfacción.
—Joder, princesita, me vuelves loco.
—Y más que quiero volverte –pronunció Nerea provocativa y excitada.
Empujándole, lo colocó bajo su cuerpo sin que saliera de ella y tras pasarle la lengua por los labios, Nerea comenzó a hacer movimientos circulares sobre su duro y caliente miembro. Hugo, hipnotizado por el bamboleo de sus pechos mientras Nerea entraba y salía de él, llevó sus manos a los costados de ella para guiarla en los movimientos. Echando la cabeza hacia atrás, Nerea gemía ante cada embestida sintiendo cómo el orgasmo se acercaba. Levantando la espalda de la cama para quedar sentado, Hugo la abrazó mientras seguía hundiéndose en ella y posó su boca en su cuello cuando notó cómo por fin Nerea había alcanzado el clímax y tras unas embestidas más, él se dejo ir en su interior.
Sudorosos y abrazados con el único sonido de sus respiraciones agitadas y sus corazones acelerados, Nerea sonrió feliz depositando un beso en su hombro. Hugo le retiró el pelo que se le había quedado pegado en la cara y le dio un suave y corto beso en los labios.
—¿Te quedas conmigo esta noche? –le dijo con un tono suplicante.
Nerea sonrió y antes de besarle contestó:
—Ya sabes, sólo si me despiertas con un beso.
—Cada mañana que despiertes junto a mí, lo haré así.
Volvieron a besarse y recostándose en el pecho de Hugo, Nerea fue cerrando los ojos hasta quedarse dormida con una sonrisa.