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28 de mayo de 2014
Comenzaban a llegar al Hotel Villa Magic reservas para el verano que ya se acercaba. El hotel era cada vez más famoso por su imagen familiar, además de económico para que sus huéspedes pasasen unas relajantes vacaciones en él. Cientos de actividades para los niños atraían a las familias y otras instalaciones como el spa o el gimnasio, hacían que cientos de parejas se relajaran en ese pequeño paraíso.
Alejandro, en los más de veinte años que llevaba trabajando, se había ganado el puesto de director de hotel y Pedro estaba encantado con su trabajo.
Esa mañana, en su descanso diario, Alejandro había aprovechado para llamar a su hija y se quedó tremendamente preocupado cuando colgó.
Hacía apenas tres meses que su novio de toda la vida la había dejado por una mujer que podría ser su madre, pero con gran poder adquisitivo. Desde que Alejandro conoció al chico por el que su hija tenía una perenne sonrisa, vio en él algo raro, sobre todo cuando este le preguntó si se ganaba un buen sueldo con su puesto.
Ese desgraciado lo único que quería era vivir del cuento a través de Nerea, ya que ella le contó que el chico había dejado de buscar trabajo cuando supo que cada mes Alejandro le pasaba una buena cantidad de dinero para subsistir. En ese momento, Nerea estaba tan enamorada de él, que no vio lo que en realidad sucedía. Y lo que más le dolió a ella no fue la ruptura, sino cómo la había engañado y utilizado.
Alejandro sabía que su hija llevaba meses muy baja de moral, a pesar de que sus amigas la hacían salir e incluso a veces conseguían animarla, pero nada. Seguía encerrada en sí misma y su padre ya no sabía que hacer.
—Buenos días, Alejandro –saludó Pedro entrando por la puerta–: ¿Mucho ajetreo esta mañana?
—No, la verdad. Aunque tenemos que mandar un fontanero a arreglar el baño de la 312 y mirar por qué no funciona el aire acondicionado de la 758 antes de que empiecen a llegar los huéspedes.
—Esta tarde me encargaré de llamar al técnico para que le eche un vistazo. –Se quedó pensativo mirando al suelo y una sonrisa iluminó su rostro–. La verdad es que cada año desde el 1 de junio hasta el 5 de septiembre rozamos e, incluso, conseguimos el cien por cien de la ocupación. ¿Quién me lo iba a decir cuando me arriesgué con este proyecto?
Alejandro suspiró y asintió, pero Pedro lo conocía desde hacía más de veinte años y cuando bajaba la mirada, suspiraba y entrelazaba los dedos era porque algo le preocupaba. Y sabiendo la situación por la que estaba pasando Nerea, pondría la mano en el fuego a que la pobre muchacha seguía igual.
—¿Has hablado con Nerea?
Alejandro asintió con la cabeza y se pasó la mano por el pelo.
—Sí, y sigue igual. No levanta cabeza. Con la muerte de su madre se volvió más frágil e insegura. ¡Y ahora ese gilipollas le ha hecho sentir peor con su engaño! –bramó enfadado.
—Como pille a ese tío le corto el pescuezo y las pelotas –dijo Pedro totalmente en serio.
Pedro adoraba a Nerea. Desde que ella era pequeña ambos se habían mostrado un gran cariño y para Nerea, Pedro era como un segundo padre que la había apoyado y ayudado en todo.
Alejandro se levantó de la silla y abrió con su llave la vitrina donde tenía las bebidas. Se echó una nueva taza de café y le pasó otra a Pedro. En ambas añadió un chorrito de whisky para darle más sabor. Volvió a sentarse frente al ordenador mientras Pedro seguía de pie apoyado en la pared.
—Hace diez años que Nerea no viene a pasar el verano aquí. ¿Qué te parece si la animamos a que venga estos tres meses y que desconecte un poco? Y si quiere que se traiga a sus amigas.
—¿Tres meses? ¿Gratis? Sabes que a mí no me importa, es a ella.
Pedro sonrió y se sentó en la silla que había frente a él dejando el vaso en la mesa.
—Por mi princesita lo que sea y aquí mando yo.
—Sabes que se negará. O te paga algo o no viene
—Tú déjame a mí –le dijo convencido.
Levantándose de la silla, rodeó el escritorio hasta tener mejor acceso al teléfono. Marcó el número de, como la llamaba Pedro, la princesa del hotel, y de buen humor estuvo contándole anécdotas recientes del hotel consiguiendo que Nerea se carcajeara y se olvidara un rato de todo lo que le atormentaba.
Pedro, tras preparar el terreno, propuso a Nerea su invitación a pasar el verano entero en el hotel con sus amigas, pero ella, al saber que ninguna pagaría absolutamente nada, se negó.
—Pedro, lo siento, pero yo no soy ninguna gorrona.
—Aquí mando yo, princesa, y si quiero que vengas, desconectes y lo pases bien, lo harás. ¿Cuánto tiempo vas a estar así?
Nerea suspiró y se retiró el teléfono de la oreja poniendo los ojos en blanco y negando con la cabeza. Pedro no la dejaría negarse.
—No, Pedro, no podemos ir cuatro personas por el morro. Déjame al menos pagarte un mes. Si me permites eso, voy –negoció.
—No, no, princesa. El trato es ese y si no vienes, te traigo yo –la amenazó.
Nerea se rindió. No estaba de humor para discutir.
—Está bien, pero no me pienso quedar todo el verano. Un mes como mucho.
—Eso ya lo veremos, princesa.
Pedro la conocía de sobra para saber que no se iría hasta que tuviera que hacerlo por obligación. Cuando era pequeña nunca quería abandonar el hotel y lo hacía no sin lloros y pucheros, y con caras tristes una vez fue creciendo. Y aunque desde los quince años no iba al hotel a pasar el verano, Pedro sabía que a sus veinticinco le iba a seguir fascinando estar en el Hotel Villa Magic y más en compañía de sus amigas.
—Eso ya lo veremos. Además tengo que buscar trabajo y no puedo pasarme el verano de fiesta en fiesta sabiendo que sigo en el paro y que desperdicio el dinero en cubatas.
—Nerea, ¿estás a gusto en Oviedo? –preguntó Pedro sabiendo que la respuesta era «no».
—La verdad es que no mucho. Me mudé de Logroño porque todas las calles me recordaban a mi madre y no puedo estar en Oviedo porque me recuerda todo a él.
—Me lo imaginaba –dijo Pedro tomando un sorbo de café–. Por eso, ¿qué te parece si te ayudo a encontrar trabajo y piso aquí?
—¿En Gandía?
A Alejandro, que estaba pendiente de la conversación, pensar en la posibilidad de que su hija se trasladase a Gandía a vivir, le formó un nudo en el estómago. No deseaba nada más.
—Piénsalo, princesa. Sé que echas de menos a tu padre, y si vivieras aquí os podríais ver siempre que quisierais. Volveríais a estar juntos.
A Nerea se le escapó una lágrima al pensar en su padre. Le veía muy pocas veces al año y le echaba mucho de menos. Volver a estar a su lado, era lo que más feliz le hacía y no perdía nada por buscar un trabajo allí. Se conocía la ciudad al dedillo.
—Princesa, puedes quedarte en el hotel hasta que encontremos algo –continuó Pedro al notar su silencio.
—Te prometo pensármelo, ¿vale? La verdad es que os echo mucho de menos a los dos.
—Entonces, ¿te veo el 1 de junio? –preguntó esperanzado.
—No, iremos como muy pronto el 3. Y prepárate para la llegada de cuatro locas al Hotel Villa Magic.
Pedro se despidió de Nerea con una sonrisa y le mostró otra a Alejandro para que supiera que de nuevo su niña volvía a pasar el verano en el hotel con ellos.
Ambos amigos se abrazaron ante la fantástica noticia y brindaron con sus cafés. Sabían que, aunque al principio Nerea estuviera aún decaída, poco a poco se iría animando y volvería a convertirse en la chica risueña y alegre que ambos conocían. Pedro volvió a coger el teléfono y llamó a recepción pidiendo que preparasen las dos mejores habitaciones dobles del hotel situadas en el segundo piso. Todo tenía que estar perfecto para la princesa del hotel.
Alejandro, en los quince minutos que tenía libres, comenzó a buscar pisos para su hija y ofertas de trabajo en los mejores centros educativos. Su niña se merecía lo mejor y estaba seguro de que conseguiría un buen puesto de psicopedagoga en alguno de los colegios de la zona.
Tras la llamada del que era para ella su segundo padre, Nerea llamó a Ada, Elena y Laila para verlas en el bar que había debajo de su casa y contarles su escapada de, en un principio, un mes al hotel donde trabajaba su padre.
—Habrás aceptado, ¿no? –dijo Laila señalándola con un dedo–: Mira que si no… ¡Te ganas una colleja! Todo el día sufriendo por el hijo puta de Íñigo, pues no me da la gana, ¡coño!
Nerea sonrió y negó con la cabeza. Laila y sus collejas. El camarero llegó con las bebidas de las chicas y cuando las dejó delante de cada una, Ada, sin ningún disimulo, le desnudó con la mirada por encima del hombro mientras el chico se alejaba.
—Antes de irnos de viaje, me llevo su número y una noche loca –dijo Ada volviendo a colocarse bien.
—A lo que íbamos –continuó Elena–: Así que vamos a pasar el mes de junio en Gandía.
—Por supuesto –contestó Ada por Nerea–. Un buen lugar para disfrutar, desconectar, divertirnos y follar.
Todas rieron y comenzaron a hacer planes de lo que harían y bromearon sobre los tíos con los que ligarían. Comenzaron a buscar por el móvil discotecas cerca del hotel y chiringuitos cercanos de donde se iban a ir con un polvo asegurado.
*
Nerea conoció a Ada hace cuatro años, cuando se mudó a Oviedo. Ella fue la agente inmobiliaria que le encontró el piso y poco a poco se fue forjando entre ellas una gran amistad. A Laila y a Elena las conocieron poco después, una noche que salían de una discoteca y las vieron intentando quitarse a unos pesados de encima que querían llevárselas a la cama. Nerea y Ada fueron a rescatarlas y desde entonces las cuatro amigas eran inseparables.
Laila es la más mayor. Tiene veintiocho años, es morena y bajita, pero con mucho carácter. Como ella dice, pequeña pero matona. Elena tiene un año menos que Laila, el cabello color chocolate y unos impresionantes ojos verdes. Ada es de la misma edad que Nerea y la que más disfruta de la vida. Los hombres caen a sus pies al contemplar sus perfectos rizos rojizos. Aprovecha todas las oportunidades que se le ponen por delante antes de encontrar al definitivo o bien hasta que, como ella dice, «se le caigan las tetas». Nerea es la más sensata de todas, pero tiene carácter y su punto divertido, aunque ahora están escondidos. Las personas que la conocen se quedan maravilladas por sus ojos grandes y marrones que le proporcionan una intensa mirada y un color de pelo de un tono indescifrable, cercano al rubio oscuro.
—En realidad, Pedro me ha ofrecido que nos quedáramos los tres meses. De junio a agosto –se sinceró Nerea rascándose detrás de la oreja.
—Y tú le has dicho que sólo junio, ¿me equivoco? –Nerea asintió–. Al final te ganas la colleja. Ya estás llamando a Pedro y decirle que vamos los tres meses –protestó Laila–. Ahora estamos todas sin curro por esta mierda de crisis. A Elena se le acabó ayer el contrato temporal en el hospital, a Ada la echaron el mes pasado porque su jefe enchufó a la idiota de su hija y le sobraba un empleado, yo llevo tres meses sin trabajar y subsisto gracias a que me concedieron las ayudas durante medio año y tú has ido de colegio en colegio, mirando en academias especializadas buscando un puesto y nada. Incluso has pensado en abrir tú algo, pero claro, se necesita pasta para ello.
Elena y Ada suspiraron y asintieron dándose cuenta de lo mal que sonaban sus vidas. Se volvían locas buscando trabajo y lo máximo que conseguían eran puestos temporales, pero algo era algo y cualquier tipo de ingreso venía bien.
—Al final nos veo a todas, a este paso, currando de putas –bromeó Elena sacando el móvil que no le paraba de sonar.
—¿Quién te mensajea tanto? –le preguntó extrañada Ada.
—Un pesado con el que me acosté el fin de semana pasado –contestó Elena silenciando el móvil–. Se ve que no entiende lo que significa rollo de una noche.
—Que nos desviamos del tema –dijo Laila–. Lo que quiero decir es que pasamos el año preocupadas y volviéndonos locas por un trabajo y desde hace años no nos tomamos unas largas y merecidas vacaciones. Así que Nerea, no me jodas y acepta esos tres meses, que nos merecemos desconectar y disfrutar.
Nerea se dio por vencida, Laila tenía razón. Tres meses de desconexión total les vendría bien a todas y ella tendría más tiempo de buscar piso allí. Aunque si lo pensaba, quedarse a vivir en Gandía significaría estar más cerca de su padre, pero alejarse de sus amigas. Decidió no pensar en eso aún. El tiempo diría qué decisión tomar.
—Está bien, iremos los tres meses, pero por favor, cuidado con lo que hacéis dentro del hotel. Es un hotel bastante familiar y hay muchos niños, es más la zona de la piscina está pensada para ellos.
—Vaya, ¿entonces no podemos hacer topless en la piscina? –bromeó Ada–. Está bien, discreción. Y oye, ¿habitaciones individuales o compartidas? A mí me da igual, pero digo yo que cuando queramos echar un polvo la otra tiene dos opciones: o se une, o se larga.
—Creo que las habitaciones serán de dos personas y tranquila, que cuando eso me voy a dar una vuelta y ya me llamas cuando el tío se haya ido.
—Pues en menos de una semana, ¡nos vamos de vacaciones! –gritó emocionada Elena.
Las cuatro amigas brindaron por lo que estaba por llegar, pero Ada volvió la vista hacia el sexy camarero y se le resbaló su vaso cayendo a la mesa. Se rompió en mil pedazos provocando un gran estruendo e hizo que todas saltaran de sus sillas para evitar que el líquido las manchara.
—Joder, Ada, mira que eres torpe –se quejó Laila.
—Ha sido sin querer –se defendió poniendo cara angelical.
Rápidamente el camarero, tras dejar sus consumiciones a otros clientes, fue a la mesa de ellas con la bandeja vacía y un trapo húmedo para recoger el estropicio.
—Lo siento mucho –se disculpó Ada.
—No pasa nada señorita, estas cosas pasan.
Ada, se quedó hipnotizada por la deslumbrante sonrisa que le mostraba su próxima conquista. Abrió su bolso y sacó un boli para apuntar su número y su nombre en una servilleta.
—Me gustaría compensarte por el estropicio que he montado –dijo tendiéndole la servilleta doblada–. Llámame y lo haré.
El camarero con otra sonrisa aceptó la servilleta con el número de esa preciosa pelirroja a la que, por supuesto, iba a llamar.
—¿Tienes algo que hacer el viernes por la tarde?
—No. Ni el viernes, ni el sábado, ni el domingo –contestó Ada con una sonrisa coqueta.
—Entonces te llamo y quedamos. Y toma –dijo sacando una tarjeta–, aquí tienes el mío.
El camarero, tras limpiar la mesa, se despidió de Ada con un guiño y ella sonrió. Nerea, Laila y Elena habían observado en silencio la escena y al ver la cara de su amiga, supieron que el vaso lo había dejado caer adrede.
—A ti no se te ha resbalado el vaso, ¿verdad? –dijo Elena cruzándose de brazos.
Ada soltó una pequeña carcajada y negó con la cabeza.
—Otra que tiene una colleja. Anda que…
—Os dije que iba a conseguir su número y este fin de semana llegará la noche loca. Y ahora, vámonos que tenemos que empezar a hacer las maletas.