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Habían pasado dos semanas desde que Nerea y sus amigas habían llegado a pasar el verano en el Hotel Villa Magic y con esas dos semanas, había llegado el 22 de junio, el cumpleaños de Nerea. Cumplía veintiséis primaveras y, ese día, todas estaban dispuestas a pasarlo en grande. Los cumpleaños eran una vez al año y estaban aún en edad de disfrutarlos de la mejor manera posible. Saliendo de fiesta, brindando con unos buenos cubatas y conociendo a hombres interesantes.

Alejandro recibió a su hija en el hall del hotel con una gran sonrisa y la felicitó tras besarla y abrazarla. Desayunó junto con su padre y Pedro mientras Laila, Ada y Elena iban en busca del regalo perfecto. Con la desconexión que llevaban, se habían olvidado del día en el que vivían y el cumpleaños de Nerea les había caído encima.

Alejandro le dio un paquete envuelto en un papel plateado en cuyo interior había un álbum con las fotos que se hicieron en el hotel los nueve años que Nerea estuvo pasando allí los veranos. Salía ella con siete años en la recepción, en la piscina, jugando con los animadores… Una sonrisa se instaló en el rostro de Nerea acompañado de unos ojos lagrimosos debido a la emoción. Abrazó a su padre y le dio las gracias. En ocasiones, los regalos más simples, son los que más gustan y más emocionan, y eso le ocurrió a Nerea con el regalo de su progenitor.

Cuando le tocó el turno a Pedro, Nerea comenzó a rasgar el papel como cuando era niña y se encontró con la saga completa de sus libros favoritos, ¡y firmados por su escritora! Además, incluía una pequeña nota donde la autora la felicitaba y le agradecía que formara parte de sus lectoras.

A la hora de comer, unas sudorosas Ada, Elena y Laila llegaron al hotel llenas de bolsas de tiendas distintas. Habían estado cuatro horas de compras y aunque les encantaba, siempre acababan agotadas.

—Pero… pero… ¿qué habéis comprado, locas?

—Lo tuyo es esto –dijo Ada entregándole una bolsa–, esto y esto. –Le entregó dos bolsas más–. Y lo estrenarás esta noche.

—¿Y el resto?

—Pues verás, tu padre nos ha dado las indicaciones de un centro comercial cerca del hotel y hemos ido. ¡Era inmenso! Así que nos hemos perdido buscando la salida y dando vueltas y vueltas y vueltas hemos pasado por una tienda que estaba de liquidación y ya ves –dijo señalando las más de doce bolsas que llevaban–. ¡Tenían cosas muy monas!

—Y dime –dijo Nerea poniendo los brazos en jarras–: ¿Dónde vais a meter tanta ropa en la maleta?

Abrieron los ojos y se miraron las unas a las otras. Nerea tenía razón, en la maleta no les iba a caber nada más. Cuando llegaron iban a reventar y ahora más.

—Hemos venido en dos coches. Pondremos las bolsas en los asientos de atrás. ¿Ves? Pienso en todo –dijo Ada con una sonrisa coqueta.

A las once de la noche, tras cenar, subieron a sus habitaciones para cambiarse e ir a la discoteca que había cerca del hotel doblando la esquina. Ada se encontraba frente al espejo extendiéndose bien la capa de maquillaje mientras Nerea, ya vestida y arreglada, intentaba ponerse un moño alto, pero no le estaba quedando como a ella le gustaba.

—¡Joder! –maldijo–. Hoy el moño se me resiste.

—A ver –dijo Ada dejando el lápiz de ojos encima del lavabo.

Nerea se sentó en la cama y Ada se colocó de rodillas detrás de ella para hacerle el moño alto. El pelo recogido resaltaba el cuello de Nerea y dejaba a la vista el colgante plateado con un corazón que le habían regalado sus amigas.

—Ya está –dijo Ada levantándose de la cama–. A ver cómo te queda tu regalo.

Nerea se puso de pie y Ada sonrió. ¡Estaba espectacular! El short negro de lentejuelas se ajustaba a la parte superior de sus piernas realzándoselas por completo y los tacones de aguja negros se las hacían más largas. La camiseta del mismo color era sexy y le quedaba como un guante. Se ataba al cuello y dejaba la espalda completamente descubierta hasta la cadera, donde la tela caía plegándose en un escote ovalado que creaba un bonito efecto. Los ojos oscuros y los labios rojos junto al pelo recogido le daban un aire de mujer fatal, pero a la vez dulce e incluso inocente.

—¡Estás perfecta! Y como con esa camiseta no necesitas sujetador, te hace una espalda preciosa.

—¿No voy un poco provocativa? –dijo mirándose en el espejo la espalda desnuda.

—De eso se trata, de que consigas un polvo por tu cumple.

—Sabes que yo no nunca me tiro a un desconocido la primera noche que lo conozco.

—Eso decía yo… –dijo riendo Ada y volvió a meterse en el baño.

Ada terminó de maquillarse y decidió dejar sus rizos rojizos sueltos. Se puso un vestido negro ajustado con un tirante plateado que continuaba por debajo de su pecho a modo de cinturón y se calzó unas sandalias con tacón a juego con el adorno plateado del vestido.

Bajaron al hall donde ya les esperaban Elena y Laila y las cuatro se dirigieron a la puerta dejando con la boca abierta a más de un huésped.

—Creo que a partir de ahora tendremos que llevar baberos en los bolsos –se mofó Ada.

—A mí como alguien me vuelva a mirar las tetas, ¡le arranco los ojos! –exclamó Laila.

—Es que, Laila, ese vestido te realza las tetorras. Si ya tenías, ahora ni te cuento.

—¡Mierda! Me he dejado el móvil en la habitación –se quejó Nerea rebuscando en el bolso–. Voy a por él. Esperadme aquí.

Nerea corrió como pudo con los tacones que llevaba hasta llegar al ascensor, pero como siempre, estaba ocupado y tardaría en bajar. Se dirigió a las escaleras, pero antes de comenzar a subirlas se chocó contra alguien.

—¡Oh! Lo siento…

—No te preocu… ¿Princesita?

Hugo abrió la boca y la escaneó de arriba abajo. Estaba impresionantemente sexy y el maquillaje oscuro que llevaba le destacaba más sus impresionantes ojos. Se fijó en sus pechos y achinó los ojos. ¿Acaso no llevaba sujetador? Cuando Nerea le dio la espalda para empezar a subir y vio su espalda desnuda lo confirmó. ¡Esa mujer le iba a causar un infarto! Si no era en una de sus discusiones, sería provocándole así. Estuvo tentado de seguirla y acariciar su espalda para meter sus manos por la camisa y acariciar sus pechos. Besarle el cuello que dejaba expuesto y notar cómo se estremecía ante las caricias que sus labios proporcionaban a su piel. Nerea se había convertido en la tentación en persona y cada día que pasaba la deseaba más. Le encantaba verla desafiarle, enfadarse y defenderse de sus ataques y día a día la necesitaba más en su cama.

—¿A dónde vas así vestida? –dijo interrumpiéndola en su trayecto por las escaleras.

—¿Qué más te da?

—Me importa. Imagínate que son las seis de la mañana y que no sabes dónde está el hotel por el pedo que llevas. Tu padre preocupado intenta llamarte y no tienes batería. Moviliza los alrededores para encontrarte y yo no puedo calmarle diciéndole que sé dónde te encuentras y que voy a buscarte porque no me has dicho a dónde te ibas, tu padre se pone nervioso, sufre un ataque de ansiedad y…

—¡Calla! Vamos a la discoteca que hay cerca del hotel doblando la esquina yendo hacia la playa. ¿Contento?

Hugo mostró su sonrisa triunfadora y Nerea continuó su camino poniendo los ojos en blanco. Cogió el móvil y salió de la habitación para reunirse de nuevo con sus amigas. Lo guardó en el bolso y atravesando la recepción, se encaminaron a la discoteca.

—¡Dios, qué bueno está el camarero! –dijo Ada apretando el brazo de Nerea al llegar a la sala.

—Ada, ni se te ocurra hacer una de las tuyas para llevártelo a la cama.

—Mejor voy yo a por las bebidas –dijo Laila abriéndose paso entre la gente.

—Nosotras vamos a aquella mesa alta de allí.

Elena acompañó a Laila a por las bebidas, mientras Ada y Nerea ocupaban la mesa alta que había libre. El calor dentro era pegajoso y Ada se abanicaba el cuello apartando su cabello de él. Juan Magán comenzaba a sonar por los altavoces, una canción que inconscientemente te hacía mover el cuerpo. Nerea y Ada comenzaron a bailar muy cerca la una de la otra bajando al suelo haciendo movimientos circulares con las caderas para volver a subir. Cuando la canción acabó, comenzaron a reír.

—Pero que zorronas estamos hechas –se mofó Ada.

—Pues sí y eso que aún no hemos bebido.

Nerea vio a Elena y a Laila buscarlas con las bebidas en la mano, así que se puso de puntillas apoyando una mano en la mesa y la otra poniéndola en alto y moviéndola a modo de saludo para que la vieran. Laila hizo una seña a Elena para que supiera dónde estaban y caminaron hasta ellas dejando las bebidas en la mesa.

—Esto está a reventar, que al menos dos siempre se queden en la mesa mientras las otras bailotean en la pista o van a por bebidas.

Nerea asintió cogiendo su cubata de ginebra con limón y dando un buen trago tras el bailecito improvisado que había hecho con Ada. Los cubatas fueron sucediéndose uno tras otro, pero cada vez con menos alcohol para seguir conscientes de sus actos durante más tiempo.

Nerea y Laila fueron a bailar dentro de la pista, disfrutando de la música, la compañía y del día. Un chico rubio se acercó a Laila y enseguida ambos empezaron a bailar. Nerea comenzó a retirarse cuando vio que su amiga se olvidaba completamente de ella para bailar con el rubio, pero una mano atrapó su muñeca tirando de ella hasta que chocó con un torso perfecto.

—¡¿Qué coño haces aquí?! Para eso querías saber dónde venía, ¿no? Para, como siempre, joderme el plan.

—Para nada. Vengo a vigilar que la princesita Cascanueces no se meta en líos. Además, mañana no curro hasta la noche.

—¡No eres mi padre!

—Por suerte no –y acercándose para hablarle al oído dijo–: Si fuera tu padre sería delito pensar de la manera en la que pienso en ti.

A Nerea se le puso la carne de gallina al escuchar el tono de voz con que lo dijo. El corazón comenzó a latirle más deprisa y se mordió el labio inferior con lentitud. Ese gesto volvió loco a Hugo y colocando la mano en su espalda desnuda como deseaba hacer desde que la había visto, comenzó a bailar con ella la canción Just one yesterday que comenzaba a sonar por los altavoces.

Bajaron sus cuerpos levemente a la vez moviendo las caderas. Girando un poco hacia la izquierda, Nerea echó hacia atrás la espalda curvándola hasta quedar en el otro lado. Volvió a colocarse recta muy cerca de los labios de Hugo. Le dio media vuelta para abrazarla pegada a su pecho y que sintiera su aliento en su oído. Entrelazando sus dedos le levantó los brazos haciendo un círculo que iba de su cadera pasando por sus cabezas y acabando en el otro lado de la cadera. La colocó de nuevo frente a él y siguieron bailando hasta que la canción acabó pero antes de soltarla Hugo le volvió a susurrar:

—No sé qué me has hecho, princesita, pero tu carácter, tu cuerpo, tu mirada y tu forma de ser hacen que te desee y te aseguro que te tendré tal y como te quiero. Desnuda y en mis brazos.

—Nunca –dijo dándole un empujón–. No seré de esas tontas que te tiras y ¿sabes por qué? Porque no pienso consentir tus caprichos.

Hugo mostró una sonrisa burlona. Sus labios habían dicho «nunca» pero sus ojos mostraban la misma excitación que él sentía hacia ella. Lo había notado cuando bailaban, en su manera de tocarle y de mirarle. Estaba completamente hechizado por ella.

Cuando Nerea llegó a la mesa, todas sus amigas la miraban con un gesto picarón. Habían visto el baile con Hugo. Se notaba la tensión sexual que había entre los dos, pero Nerea era cabezota como ella sola y preferiría seguir siendo responsable a olvidar, por un momento, que le caía mal y hacer lo que verdaderamente deseaba.

—Ni una palabra que os conozco –dijo Nerea señalándolas.

—Por Dios, ¿por qué no te lo tiras de una vez? Esta buenísimo, te gusta y te darías una alegría para el cuerpo –intentó convencerla Ada.

—¿Quizá porque no me cae bien? Y no me gusta –dijo antes de llevarse la pajita a la boca.

—¡Si es que eres tonta! Una buena colleja para quitarte toda la tontería. Vamos a ver, si te cayese tan mal como dices, te habrías ido y no hubieras bailado con él. Por Dios, Nerea, que os comíais con los ojos y no veas la cara de «¡Oh Dios vamos al baño que tengo mojados hasta los zapatos!», tenías.

—En serio, deja a un lado la responsabilidad y haz lo que deseas –dijo Elena.

—Me parece increíble que me estéis dando un sermón para que me tire a alguien. Además yo no quiero ser ninguna de esas bobas.

—Anda, voy a por unos chupitos que hay que brindar por tus veintiséis –dijo Ada con una sonrisa cambiando de tema o ahí se iba a liar la marimorena. Sólo había que ver el gesto de Nerea–: Orujo para todas.

Tras haber dado el número de teléfono al camarero y él haberle dado el suyo, Ada regresó a la mesa con cuatro chupitos de orujo de hierbas. Cada una cogió uno de los pequeños vasos y los alzaron para brindar.

—¡Por Nerea! Porque es un año más vieja o más sabia, como queráis mirarlo, y por el meneo que le va a pegar Hugo, o ella a él.

Todas rieron y tras chocar sus chupitos al grito de «¡Viva Nerea!», se los bebieron de un trago.

A las cinco de la mañana, sus pies estaban más que resentidos así que salieron de la discoteca. Se sentaron en un banco y se quitaron los zapatos mientras Ada y Elena se fumaban un cigarro.

—Estoy muerta –dijo Ada con el cigarro en la mano y masajeándose los pies–. Los tacones son una preciosidad, pero joden los cabrones…

—Chicas, yo no voy a dormir hoy en el hotel –dijo Laila–. El rubio con el que he bailado casi toda la noche me ha invitado al suyo, así que, Elena hoy tienes la habitación para ti sola.

—¡Eso se dice antes! –se quejó Elena–. Un alemán, como ha podido, me ha dicho que quiere venir a mi habitación y yo mediante señas y hablando como si fuera idiota le he dicho que no porque estabas tú. Voy dentro a ver si lo pillo.

Elena se fue de nuevo a la discoteca en el momento que Laila se despedía de ellas para irse con el rubio. Ada y Nerea poniéndose de nuevo los zapatos, caminaron hacia el hotel hasta que alguien comenzó a gritar el nombre de Ada. Era el camarero.

—¿Te vas a al hotel a dormir?

—Depende –dijo Ada con coquetería.

—Si quieres, puedes venir a mi apartamento, está a cinco minutos de aquí andando y cuando quieras puedo acompañarte al hotel.

Ada se agarró al brazo del camarero y se fue con él a pasar, ella también, una noche de lujuria y desenfreno sin ni siquiera despedirse de Nerea.

La joven, al ver a su amiga marcharse, continuó su camino y al girar la esquina se sobresaltó al encontrarse con la sombra de un hombre detrás de ella. Comenzó a caminar más rápido pero el dolor de pies le impedía poder moverse más deprisa. Rápidamente y con la mano temblorosa comenzó a buscar en su bolso su spray de pimienta y cuando lo encontró se dio la vuelta apuntando a su perseguidor, pero antes de apretar, lo bajó al ver de quien se trataba.

—¡Joder que susto! –dijo llevándose la mano al pecho–. ¿Tú no trabajas o qué?

—¡Son más de las cinco de la mañana! Los niños del hotel hace bastantes horas que están soñando con los angelitos.

Nerea comenzó a caminar a paso rápido cuando a diez metros de llegar a la puerta del hotel, Hugo la aprisionó contra la pared.

—Deja de resistirte princesita, me deseas tanto como yo a ti y me muero por ver qué escondes debajo de tan mal carácter.

—Tú alucinas. Mira, estoy cansada y no tengo ganas de discutir. ¿Puedes dejarme proseguir mi camino para que pueda irme a la cama?

Pero Hugo no le hizo caso, sino que acercó más su cuerpo al de ella para que notara su deseo. Sus labios rozaron la mejilla de Nerea hasta colocarse en su oreja.

—He oído que hoy es tu cumpleaños –le susurró acariciándole desde las rodillas y subiendo hasta alcanzar sus muslos–. Felicidades ¿Por qué no lo celebramos tú y yo?

Siguió rozando su cara y su cuello con sus labios sin depositar ningún beso. Sólo rozando su piel. Nerea comenzó a acariciarle los brazos hasta depositar las manos en su pecho para apartarle unos pocos centímetros. La boca entreabierta de Nerea hizo que Hugo aproximara sus labios a los de ella, pero la chica levantó el talón y lo giró para acabar pisándole con el tacón en los dedos de los pies.

—Te lo vuelvo a repetir, yo no soy ninguna de esas huéspedes que se abren de piernas con guiñarles un ojo. No pienso ser ningún caprichito para ti, así que deja de tocarme los ovarios y limítate a hacer tu trabajo y a hacer tu vida, pero lejos de mí.

—¡¡Joder!! –se quejó aguantándose las lágrimas de dolor.

Con el pie dolorido y cojeando, Hugo intentó seguirla pero no logró alcanzarla. Nerea se encerró en la habitación y tras quitarse el moño y desmaquillarse, se dio una ducha de agua fría. Cerró los ojos y apoyó las manos en la mampara sintiendo cómo el agua recorría su cuerpo e intentando olvidarse de la sensación del cuerpo de Hugo pegado al suyo. ¿Qué le ocurría? ¿Puedes odiar y desear tanto a alguien? No caería en su juego. Lo mejor sería pasar de él, por mucho que la provocara. Si no le ignoraba, seguirían así hasta el fin de las vacaciones.