27
Con el paso de los días, el ánimo de Hugo mejoró. Por las noches, antes de dormirse, seguía recordando a su madre y la tristeza le invadía, pero poco a poco le dolía menos recordarla y asumía lo sucedido. Él estaba vivo y debía seguir adelante.
Nerea no se separó de su lado y estaba pendiente de él en todo momento. Hugo se lo agradeció cada día, con cada sonrisa, cada caricia y cada beso y eso hacía feliz a Nerea, pero él quería hacer algo especial por ella, aunque no sabía qué.
Jamás había tenido una relación como aquella y lo máximo que se le ocurría era llevarla de nuevo a la cala. Una idea le pasó por la cabeza y aunque si le pillaban la bronca sería monumental, era una posibilidad, por ello, cogió en recepción la llave de la habitación que Nerea compartía con Ada. Cuando vio bajar a las chicas a la hora de comer, Hugo aprovechó para subir y cotillear entre las cosas de Nerea con la esperanza de encontrar algo que le diera una idea y por suerte, lo encontró.
En un bolso negro lleno de libros, sacó uno que estaba bastante desgastado y con las solapas medio rotas. Era un libro medieval y al leer el título, sonrió. Era el famoso libro del que Nerea le había hablado en más de una ocasión. Chasqueó los dedos cuando un brillante plan le vino a la cabeza y tras dejar el libro en su sitio salió de la habitación y llamó a un amigo que le debía un favor. Finalmente, tras dos horas al teléfono, Hugo consiguió tenerlo todo preparado para esa noche.
—¡Samuel! –le llamó Hugo al ver que bajaba por las escaleras–. Esta tarde me iré con Nerea fuera de Gandía, pero no le digas nada que ella aún no lo sabe, así que dime si necesitas algo para esta noche y lo voy preparando ahora en el descanso.
—Tío, me dejas flipado. Si hace tres meses alguien me dice que te ibas a enamorar, me habría reído en su cara. –Hugo le dio un suave puñetazo–. No necesito nada, ya está todo listo, así que relájate y disfruta de tu princesita.
—No dudes de que lo haré.
A las cuatro y media de la tarde, un trabajador del hotel llamó a la puerta de la habitación de Nerea para entregarle una carta color blanco roto con una pegatina circular en forma de sello que lo cerraba. Extrañada, volteó el sobre y sonrió al ver su nombre en negro y escrito con letra cursiva.
—¿Qué es eso? –preguntó la cotilla de Ada mirándola por encima del hombro.
—¡Y yo que sé!
—Parece una carta de estas raras de la realeza. ¿A qué esperas? ¡Ábrela! –le exigió Ada impaciente.
Con una sonrisa nerviosa, ambas se sentaron en la cama y Nerea despegó con cuidado el sello rojo para sacar una especie de cartulina adornada con un dibujo en cada una de las cuatro esquinas y una letra muy elaborada escrita con su propia caligrafía con una tinta negra que hizo que Nerea se sonrojara y sonriera como una idiota.
Para lady Nerea Delgado:
Tengo el honor de invitarle esta noche al baile real que se
celebrará en el castillo más bonito de toda la costa mediterránea.
Es obligatorio que lleve como acompañante a un apuesto caballero y
que se vista con sus mejores galas.
Un cordial saludo,
Lord Hugo Ortiz
—Madre mía, Nerea. Dime que esto es coña o me caigo aquí muerta. Joder con Huguito...
Nerea se tapó la boca y comenzó a reír. Ese hombre nunca dejaría de sorprenderla. Emocionada como una niña pequeña, dejó la carta sobre la cama al lado de una, aún estupefacta, Ada que la cogió para volver a leerla, y salió en busca de Hugo.
—¿Me buscabais, bella dama? –dijo una voz tras ella sobresaltándola antes de bajar las escaleras hacia el hall.
Nerea, con rapidez, se dio media vuelta y se abalanzó a los brazos de Hugo dándole un fugaz beso.
—¿Es verdad?
—¿El qué? –preguntó perdiéndose en la sonrisa de ella.
—Lo de la carta.
—Claro que lo es. A las siete pasaré a buscarte para irnos, y espero que estés preparada.
—Pero, ¿a dónde vamos? ¿Y qué es eso de que me ponga mis mejores galas? –preguntó ilusionada.
Hugo sonrió y se encogió de hombros.
—Ya lo verás. Y con eso me refiero a que te pongas el vestido más bonito que tengas. –Le dio un suave beso–. Ahora, milady, debo seguir trabajando en su particular castillo –dijo refiriéndose al hotel–. Pero esta tarde, vendré a por vos.
La joven soltó una carcajada y le dio un último beso.
—Os estaré esperando, milord.
Las horas no parecían pasar para Nerea. Ni siquiera salió de la habitación en toda la tarde. Sólo pensaba en cambiarse, arreglarse y que Hugo llamara a su puerta para ver que le tenía preparado. Una hora después de la entrega de la carta, se metió en la ducha y estuvo en ella hasta que las yemas de los dedos se le arrugaron por completo. Tenía que matar el tiempo. Por fin, a las seis, se plantó frente al armario donde tenía colgado todos los vestidos que había traído en la maleta, pero ninguno le parecía suficientemente elegante. Finalmente se decantó por un bonito vestido blanco que se ajustaba a sus curvas hasta las caderas de donde nacía una bonita falda que dejaba al descubierto sus rodillas. Una fina tela negra a modo de cinturón le rodeaba la cintura y sus dos extremos se juntaban en el lado izquierdo en un bonito lazo. Se calzó unos tacones a juego con el cinturón y se recogió su largo cabello en un perfecto moño alto. Se pintó los labios con un gloss rosa y se dio una sombra clara en los ojos antes de ponerse el rímel y hacerse la raya.
Puntual, Hugo llamó con los nudillos a la puerta y Nerea le abrió con una amplia sonrisa. ¡¡Estaba impresionante!! Llevaba una camisa blanca metida por el vaquero claro y unos elegantes zapatos con cordones, a juego con la americana negra con un solo botón a la altura del ombligo. Pero lo que realmente le gustó a Nerea fue la pajarita. ¡Le encantaban lo increíblemente sexy que estaban los hombres con esa sencilla prenda! Y Hugo no iba a ser menos.
—Estás preciosa, princesita –dijo acercándose a ella para entrelazar sus manos y agacharse en busca de su boca.
—Y tú, impresionante.
Bajaron de la mano a recepción donde Hugo cogió unas llaves que jamás había visto Nerea. A la salida del hotel, un todoterreno negro estaba aparcado en la puerta y cuando unas luces anaranjadas parpadearon ante ellos, Nerea le miró.
—¿Es tuyo? Yo creía que sólo tenías la moto.
—Apenas lo uso. Me lo regaló mi padre cuando me saqué el carné, pero pudiendo coger la moto, siempre la prefiero antes que el coche.
La ayudó a subir al todoterreno y él lo rodeó para sentarse en el asiento del piloto. Tras arrancar, encendió la radio y puso la música a un volumen bajo. Estuvieron todo el viaje hablando y de vez en cuando Hugo entrelazaba sus dedos con los de ella y los dejaba reposar en su muslo.
A pesar de la insistencia de Nerea por que le dijera adónde la llevaba, él no dijo nada, salvo que el lugar se encontraba a poco más de una hora de Gandía. En un tramo del camino, Hugo detuvo el coche y mirando a Nerea le tendió un antifaz negro.
—No pienso taparme los ojos.
—Venga, princesita. ¿No confías en mí? –Al ver que se quedaba callada pensándolo mientras se mordía una esquina del labio inferior y mirando el antifaz, cogió una de sus manos y se la besó–. Sabes que no te haría nada malo ni permitiría que te ocurriera nada.
Dándose por vencida ante esas palabras, asintió y él mismo le colocó el antifaz, antes de reanudar el camino hasta que finalmente aparcó. La ayudó a bajar del coche y cogiéndola de la cintura la guio por un camino inestable cuesta arriba hasta la entrada del increíble lugar. Alzándola un poco del suelo, bajó con ella dos escaleras y para que no tropezara la deslizó muy despacio, hasta que Nerea tocó superficie plana con sus zapatos, notando bajo sus pies unas tablas de madera. Hugo disfrutaba viendo sus mejillas sonrojadas y esa sonrisa que le iluminaba el rostro y la condujo por ese camino formado por tablas de madera hasta que la obligó a detenerse. Colocándose a su espalda, depositó un suave beso en su hombro desnudo y le retiró el antifaz. Nerea quedó completamente prendada del lugar donde se encontraba.
Estaban de pie en un camino compuesto por tablas de madera y rodeados de paredes de piedra. Dando un giro de trescientos sesenta grados, Nerea observó estupefacta el gran torreón que había a sus espaldas y las ruinas de otros torreones que componían el castillo. Lo que parecía haber sido el patio, estaba iluminado con lámparas flotantes con velas y en mitad del camino de madera había una mesa con la cena ya preparada y dos copas de vino.
—Yo… yo… –tartamudeó Nerea– no tengo palabras… Pero… ¿dónde estamos?
—En el castillo de la Atalaya. Sé que te gustan las historias medievales, que has fantaseado con estar en un castillo y ser la protagonista de una de esas novelas. –Se rascó la nuca–. Sé que no vamos vestidos con ropas medievales, ni tenemos una cena acorde con la época ni criados, pero en unas horas he podido conseguir este castillo para nosotros solos esta noche, una cena a la luz de las velas y un pequeño baile.
—Pero, ¿por qué? –pregunto incrédula a punto de llorar por todo lo que le había organizado.
—Ya te lo dije. Quería compensarte por lo que hiciste por mí.
Conmocionada, Nerea le miró sin dejar de sonreír y se mordió el labio inferior mientras le acariciaba la mejilla.
—Y yo te dije que no tenías que hacerlo. Con que volvieras a sonreír me valía.
—Sé que no tenía por qué, pero quería hacerlo –dijo acariciándole los nudillos con el pulgar–. Quiero que hoy mi princesita sea la protagonista de su propia novela medieval.
Una lágrima de emoción recorrió la mejilla de Nerea que Hugo eliminó con un beso y, tendiéndole el brazo, ambos caminaron hacia la mesa preparada con una sencilla rosa roja en el centro como adorno. Todavía sin creer que todo eso fuera verdad, disfrutó de la deliciosa cena que un pequeño catering había preparado. Hugo le contó que el castillo lo gestionaba un amigo suyo que le debía un favor y tras hablar con él, le convenció para que se lo alquilara durante esa noche.
—No me esperaba esto, la verdad. ¡Aún no me lo creo! –dijo secándose los ojos con el pulgar antes de derramar más lágrimas de emoción.
—Pues créetelo, porque esta noche eres la princesa del castillo –anunció elevando su copa para brindar con y por ella.
Cenaron entre risas y al terminar de cenar, Hugo rodeó la mesa y cogiéndola de la mano, la puso en pie y la llevó hasta el terreno del castillo formado por pequeñas piedras, bajando del camino de madera. Cogió un radiocasete que se encontraba detrás de una silla, y poniéndolo sobre esta pulsó el play.
—No me ha dado tiempo a contratar trovadores y lo único que podemos utilizar aquí es un radiocasete a pilas. –La miró con ojos de pedir disculpas–. Aquí no hay enchufes.
Poniéndose de puntillas, Nerea alcanzó sus labios y le besó con amor. Enredó los dedos en su oscuro pelo para atraerlo más hacia ella y besarle como ella quería. Deseaba disfrutar de ese momento y que nada ni nadie lo estropeara.
—Es perfecto –susurró al finalizar el beso y se abrazó a él para comenzar a bailar al ritmo pausado de la música.
Hugo la abrazó por la cintura notando cómo ella pasaba sus brazos por su cuello y le devolvía el abrazo hundiendo el rostro en él. Nerea cerró los ojos y disfrutó del calor de su cuerpo y del suave balanceo. Se sucedió una canción tras otra y no se separaron, hasta que las primeras notas de la canción Impossible de James Arthur comenzaron a sonar. Sonrientes, se miraron a los ojos. Hugo le cogió una mano y colocó la otra en su cintura para comenzar a bailar la canción con la que se dieron su primer beso aquella madrugada en el bar-salón del hotel. Su canción.
A la una de la madrugada y con mucho pesar abandonaron el precioso castillo y regresaron al hotel. Hugo cerró la puerta de su habitación y no encendió las luces. Nerea se quitó los tacones y se sintió pequeña cuando notó la mirada de él sobre ella. Tragó saliva y poco a poco ambos se fueron acercando hasta que Hugo la atrapó entre sus fuertes brazos y la besó con toda la ternura del mundo.
Nerea sin prisa pero sin pausa, le desabrochó el único botón de la americana y se la deslizó por los hombros acariciándoselos por encima de la camisa que no tardó en hacerle compañía a la americana y a la pajarita. Hugo le acarició los brazos desnudos y, juntando su frente con la de ella, bajó la mirada al fino cinturón de su vestido. Deshizo el lazo negro que se ceñía a su cintura con dos dedos tirando de uno de los extremos y metiendo las manos bajo la falda, le sacó el vestido por la cabeza dejándola ante él con la ropa interior. Sin dejar de mirarle, Nerea llevó las manos a su pelo y poco a poco fue retirando todas las pinzas que sujetaban el sofisticado moño hasta dejar suelta su larga melena, cuyo color, siempre había vuelto loco a Hugo.
Juntando de nuevo sus labios, Nerea le desabrochó los pantalones y cuando Hugo se deshizo de ellos, la cogió en brazos y con cuidado la tumbó en la cama. Hipnotizada por todo lo que él le hacía sentir, Nerea le acarició el rostro y bajó con suavidad sus manos por la ancha espalda de él hasta llegar a la cinturilla de los boxers, notando en el camino de sus caricias cómo Hugo se estremecía y temblaba tiernamente ante ese contacto. Nerea comenzó a bajarle los boxers sin apartar los ojos de los suyos. Hugo hizo lo mismo con la ropa interior de ella y cuando ambos estuvieron desnudos, sus besos se volvieron más pasionales. Con las respiraciones entrecortadas, Hugo guio su erección a su entrada y poco a poco se hundió en ella. Nerea gimió de placer y se abrazó más a él clavando las uñas en su espalda con cada embestida. Gruñidos varoniles se escapaban de la garganta de Hugo que morían en el cuello de Nerea. Sus corazones latían desbocados sintiéndose el uno al otro.
No hubo palabras, sólo sentimientos expresados en cada caricia, en cada beso y en cada mirada que se profesaban. Oleadas de placer les recorrían toda la espalda hasta la nuca y cada jadeo de Nerea era atrapado por la boca de Hugo.
El clímax les llegó al unísono y tras un último grito de liberación, ambos exhaustos, se abrazaron intentando recuperar el ritmo de sus respiraciones.
Hugo notaba su corazón cada vez más acelerado al pensar en ella. Cada vez que la tocaba o la besaba, le temblaban las rodillas y un cosquilleo le recorría el estómago cada vez que la veía. La quería en su vida. Comenzó a repartir cientos de dulces besos por su rostro hasta besarle el lóbulo de la oreja.
—Te quiero, Nerea –le susurró al oído–. Quédate conmigo… no te vayas… no te separes de mi lado…
Un nerviosismo recorrió el estómago de Nerea al oír esas palabra y notó cientos de cuchillos clavarse en su pecho. No podía ser. Colocando las manos en su pecho, lo empujó para que se apartara y cogiendo la sábana se tapó antes de sentarse en el filo de la cama de espaldas a él. Hugo, asustado, vio cómo bajaba la cabeza y comenzaba a negar. A pesar de haber estado a su lado en esos días tan difíciles, a Nerea le aterraba todo el amor que sentía por él. Por más que intentaba ver algo de futuro en aquella relación, no podía. Iba a sufrir. Y no pensaba permitirlo una segunda vez. Era hora de poner punto y final a aquella relación.
—Nerea… –susurró su nombre acercándose a ella para acariciarle la espalda. Contacto que ella rechazó haciendo que algo en Hugo muriera.
—No… –dijo al borde del llanto–. No, no puedes quererme… yo… yo… me voy a ir, Hugo. Voy a regresar a Oviedo –anunció de repente tomando una decisión.
Cuando oyó esas dos dulces palabras en su oído, quiso decirle que ella también lo amaba, pero no pudo. Comenzó a pensar en todas las posibilidades de que su relación fracasara. Él nunca había tenido una relación seria. Las huéspedes no le dejaban en paz causando en ella muchos celos que tarde o temprano habrían hecho mella en ellos haciendo que se separasen. No podía salir bien. Si se quedaba, si abandonaba todo por él y luego no salía bien, no podría recuperarse jamás.
—Nerea, por favor –suspiró apoyando la frente en su hombro antes de posar un beso sobre él y acercar su rostro al de ella aunque siguiera sin mirarle– escúchame, sé que tienes miedo, sé lo que estás pensando, que esto… nosotros, no funcionará, pero no es así, cariño. Yo te quiero. Jamás le había dicho esto a ninguna otra mujer, porque eres la primera de la que me enamoro. Y siempre serás la única para mí. Nerea, por favor, no me abandones. Quédate a mi lado, déjame despertarte con un beso cada amanecer. Déjame susurrarte al oído lo mucho que te quiero cada noche antes de dormir. Déjame estar a tu lado en lo bueno y en lo malo. Déjame hacerte sonreír cada día y secarte las lágrimas cuando estés triste. Déjame compartir mi vida a tu lado. Quiero todo contigo, mi amor. ¿No entiendes que sin ti no soy nada? Sin ti en mi vida, me moriría, Nerea, porque lo eres todo para mí –se declaró poniendo la mano bajo su barbilla y haciendo que le mirara. Tenía los ojos enrojecidos y las lágrimas habían comenzado a caer por sus mejillas. Nerea apretó los labios y bajando la mirada negó con la cabeza–. No me hagas esto, Nerea… no me dejes…
—Lo siento, Hugo. La decisión está tomada. Puede que al principio fuéramos felices, pero ¿y después? Todo ahora es muy bonito, pero siempre se termina acabando. Mira mis padres, ¡mira los tuyos! Tú y yo no tenemos un futuro juntos… esto sólo ha sido un rollo de verano. Siempre lo fue.
—¿Eso crees? Que sólo hemos sido un rollo –espetó dolido por sus palabras–. Está bien, Nerea, sigue siendo una maldita cobarde. ¡¡Sigue pensando que todos los tíos somos como el desgraciado de tu ex!! ¡¡Sigue viviendo con miedo e inseguridades y así ya verás lo feliz que eres!! Acabarás como mi madre… sola y amargada. Puede que nuestros padres acabaran separándose, ¡pero eso no tiene por qué pasarnos a nosotros! Pero ya veo que has decidido por los dos sin importar cómo me siento… Nunca serás feliz, Nerea.
Nerea sollozó más fuerte ante esas duras palabras y recogiendo su ropa, se vistió a todo correr sin decir nada. Todo había acabado y notó cómo su corazón se rompía en mil pedazos. Por un momento pensó en darse la vuelta y hablar con él, pero lo mejor sería que de una vez por todas pusieran punto y final a su relación.
—Nerea –llamó Hugo con un hilo de voz–. Si sales por esa puerta, no quiero que vuelvas a dirigirme la palabra.
Se arrepintió de decir eso en el mismo momento en que acabó de pronunciar la última palabra. Estaba cegado por la furia y la rabia tras abrirle su corazón y ella rechazarlo, pero tenía la esperanza de que no se fuera, de que hablara con él y reconociera que ella también le quería.
Tras un último vistazo a la estancia y a él, Nerea movió los labios sin pronunciar nada, pero Hugo pudo leer en ellos un adiós antes de que la mujer a la que amaba se fuera sin mirar atrás.
Nerea caminó por el largo pasillo hasta el ascensor. Durante el largo trayecto hasta su planta se dio cuenta de que jamás volvería a sentir sus brazos alrededor de su cuerpo, ni sus caricias ni sus besos, ni siquiera volvería a notarle temblar con su contacto mientras hacían el amor. Jamás volvería a despertar en sus brazos con un beso suyo. Sin hacer ruido, entró en la habitación que compartía con Ada. No encendió la luz, pero podía distinguir bajo la fina sábana el cuerpo de su amiga. Sin dejar de sollozar comenzó a desnudarse, pero se dio cuenta que su pijama estaba en la habitación de Hugo. Empezó a revolver sus dos maletas con la única luz del móvil, hasta que una lámpara de la mesilla se encendió.
—¿Nerea? Por dios, Nerea ¿qué te ocurre? –dijo Ada preocupada al verla en ese estado levantándose de la cama para agacharse junto a ella.
Finalmente, ella no pudo más y se derrumbó en sus brazos. Ada, sin entender nada, la abrazó y la acunó intentando calmarla mientras le acariciaba el pelo. Cuando los llantos de Nerea comenzaron a remitir, la miró y le limpió las lágrimas con los pulgares.
—Hugo y yo hemos roto –dijo sollozando de nuevo.
—¿Por qué, cielo? ¿Qué ha pasado?
—Me ha dicho que me quiere y que me quede a su lado y yo le he rechazado y le he dicho que volveré a Oviedo, que aunque al principio todo sea muy bonito, finalmente acabaríamos separándonos y yo no quiero sufrir por amor Ada… –dijo cogiendo un pañuelo.
—Nerea, ¿no te das cuenta? Ya estás sufriendo por amor y por no querer vivir. Hace poco me pasó lo mismo con Sergio, y vosotras me dijisteis que enamorarme y arriesgarme a estar con el hombre que amo, también es vivir. Y aunque me costó, aquí estoy. Dispuesta a mudarme junto a Sergio y empezar una vida junto a él. Nerea en la vida hay que arriesgarse y si no lo solucionas y hablas con Hugo, te arrepentirás toda la vida.
—Ya es tarde… –se sinceró sin dejar de llorar–. Me ha dicho que si me iba, no volviera a hablarle nunca.
—Seguro que no lo dijo en serio –intentó animarla volviéndola a abrazar–. Decir cosas en caliente no es bueno. Habla con él, Nerea.
Nerea negó con la cabeza.
—Se ha acabado, Ada. Todo se ha acabado. Y créeme, es lo mejor.
—No lo creo así, Nerea…
—Ada, si hubiera decidido quedarme y empezar una relación con él, tarde o temprano los celos o que se tirase a otra, hubieran acabado con esa relación, y ya no podría volver a Oviedo tras empaquetar toda mi vida por él…
—Creo que eso es una gilipollez y te lo vuelvo a repetir, Nerea. No sabrás nada hasta que no te arriesgues.
—No pienso arriesgarme por un tío que se follaba a todas las tías que se le ponían por delante.
—No lo hace desde que está contigo, Nerea…
—Pues seguro que ahora lo volverá a hacer. Mañana probablemente ya tenga a otra en su cama… –dijo notando como su corazón se encogía al imaginarlo.
La joven ya no sabía qué decir para animar a su amiga y que entrara en razón, sólo pudo abrazarla hasta que poco a poco, Nerea fue quedándose dormida en sus brazos.