10
Los días siguieron pasando, pero Nerea y Hugo no volvieron a hablarse. Ella le esquivaba y cuando él se acercaba para hablar con ella, Nerea, se iba hacia el otro extremo para no hablar con él. Tenía que ignorarle y pasar de él para poder relajarse y disfrutar, pero no podía. Estaba pendiente de él, de lo que hacía, de si la miraba, de si se acercaba a ella. Ada, cuando se metían en la habitación, le preguntaba que qué estaba haciendo a lo que ella respondía que nada, pero su amiga no era tonta y sabía perfectamente que algo había pasado entre esos dos y que probablemente fue la noche que durmieron juntos.
Hartas de que Nerea estuviera más concentrada en su alrededor que en disfrutar, sus amigas la arrastraron a la piscina y cuando se tumbaron en las hamacas, comenzaron a interrogarla:
—Desembucha, Nerea. ¿Qué pasa? –comenzó Ada.
—Qué pasa de qué. No pasa nada –dijo rascándose la nuca intentando disimular.
—No mientas, llevas bastantes días vigilando tu alrededor como si buscases a alguien.
—No, es sólo que me gusta fijarme en las cosas.
—Sabemos que es por Hugo, Nerea –dijo Elena quitándose las gafas de sol–. Le esquivas. El otro día, cuando estábamos tomando aquí el sol, él te llamó y se acercó con una sonrisa que derretiría el mismísimo infierno, y tú rápidamente te levantaste y te tiraste a la piscina. Qué cara se le quedó al chico.
—Ese día estaba asada –mintió.
—Sí, por los cojones. Nerea, que no somos idiotas. ¿Qué te pasa ahora con él?
Nerea en un principio calló, pero tarde o temprano sus amigas se lo sonsacarían y le vendría bien compartirlo con alguien, así que sentándose en la hamaca, se quitó las gafas para mirarlas.
—El día después de mi cumpleaños, cuando Ada estaba viviendo su día romántico y vosotras no os teníais en pie, fui a cenar sola. Y no sé cómo pasó que mientras esperaba mesa –suspiró–, él apareció y se comportó como un caballero. Me acompañó durante la cena, hablamos y me sentí muy a gusto con él. Al acabar de cenar nos despedimos y yo me fui a mirar por los puestos, entonces Íñigo me mandó un mensaje diciéndome que quería volver conmigo y volví a recordar su engaño. Me emborraché y me desperté desnuda y en su habitación.
—¡Te lo has follado! –gritó Ada llamando la atención de los demás bañistas.
—Joder Ada, más alto no lo has podido decir –se quejó Nerea–. Según él, no pasó nada y no sé por qué, pero le creo y después me dijo que mi padre le hablaba mucho de mí y que por eso quiere conocerme, que soy diferente. ¿Pero de qué va? ¿De la noche a la mañana me suelta eso? No cuela…
—¿Y por qué no le das una oportunidad? –le preguntó Laila.
Nerea desvió la vista hacia Hugo que en ese momento estaba realizando actividades con los niños y cuando él la miró, ella apartó la mirada rápidamente dándoles la razón a sus amigas.
—Porque pienso que la manera en que se muestra ahora es sólo una fachada, que me engañará para poder conseguir lo que quiere y luego volverá a ser el mismo gilipollas de antes.
—A ver, Nerea, no todos son como Íñigo y joder hija, vive un poco. Si él te da la patada en el culo, tú se la das en los huevos –dijo Laila haciendo reír a Nerea–. Pero disfruta, Nerea. Haz por una vez lo que el cuerpo te pide. Sé feliz.
—Lo siento, chicas. Pero no quiero volver a pasar por lo que ya pasé.
Nerea recogió sus cosas y se puso el vestido con el que bajaba a la piscina y a la playa. Pasó a todo correr cerca de Hugo e incluso no vio a su padre sentado en una mesa del bar de la piscina.
Alejandro se levantó para mirar a su hija que se marchaba con la cabeza baja y a paso ligero y le hizo una señal a Hugo para que se acercara. El animador llamó a su compañero para que lo sustituyera durante unos minutos y fue donde Alejandro.
—Dime.
—¿Tú sabes qué le pasa a mi hija?
—Ni idea –mintió Hugo. Él sabía perfectamente que Nerea estaba cumpliendo lo que le dijo la última vez que hablaron. Le estaba ignorando y eso le dolía.
Alejandro y Hugo clavaron la vista en Nerea que se había quedado parada frente a la puerta del hotel con cara de sorpresa. ¿Qué estaba mirando? Pero pronto lo averiguaron. Un joven de unos treinta años rubio y alto se paró frente a ella y le intentó coger la mano, pero ella lo esquivó dando un paso hacia atrás.
—Mierda… –maldijo Alejandro.
—¿Qué ocurre? ¿Quién es? –preguntó Hugo viendo a Nerea discutir con ese tío.
—Es Íñigo, el exnovio de Nerea. La manipuló.
—Lo sé, me hablaste de él.
—Voy a llamar a seguridad, porque si lo echo yo, lo hace con la cara partida.
—Tranquilo, Alejandro, si me lo permites, me ocupo yo.
—Todo tuyo.
Hugo se acercó hasta donde estaba Nerea sin esta verle y cuando llegó a su altura le rodeó la cintura con el brazo para arrimarla a él antes de darle un suave beso en la mejilla muy cerca de la comisura de los labios.
—¿Todo bien, cielo? –preguntó sin apartar la vista de ella.
Nerea le miró con los ojos muy abiertos ante ese apelativo cariñoso y quiso que la soltara, pero la tenía agarrada con fuerza.
—¿Y tú quién cojones eres? –dijo Íñigo señalando a Hugo.
—La pregunta exacta es quién eres tú.
—El novio de Nerea.
—¡Y una mierda! –saltó ella–. Vete de aquí Íñigo, eres un cabronazo que lo único que hizo fue jugar conmigo para pasarse la vida tocándose los huevos.
—Ya has oído a la señorita. Lárgate o te echaré yo mismo.
—Qué bajo has caído Nerea. ¿Te has liado con un simple empleado? Por Dios, si no cobrará más que el sueldo mínimo.
Nerea consiguió desprenderse de los brazos de Hugo y comenzó a empujar a Íñigo hasta golpearlo contra la pared y poniéndose de puntillas siseó enfadada cerca de su cara.
—¿Y tú, qué? ¡Que ni siquiera te molestas en buscar trabajo! Al menos él tiene una carrera, se esfuerza cada día con su trabajo por mantener este hotel en pie y gana un sueldo dignamente. No como tú. ¡Maldito mentiroso!
—Nena, yo sólo quería que fuéramos felices.
—¡A mi costa y a costa de mi padre! ¡El único que querías ser feliz eras tú! Piensas primero en ti, luego en ti y finalmente en ti.
—Pues igual que ese –dijo Íñigo señalando a Hugo–. Que se ha follado a la hija del director por la misma razón que yo. No eres irresistible, Nerea. Eres como todas, una zorra que se abre fácilmente de piernas ante unas bonitas palabras.
Nerea iba a abofetearle, pero Hugo se adelantó acercándose a él y le plantó un puñetazo en la barbilla que le hizo caer al suelo. ¿Cómo podía haber gente tan cruel que seguía haciendo daño a personas que no se lo merecen?
—Eres un auténtico desgraciado, que no has sabido apreciarla ni quererla. No te la mereces y te aseguro que como no salgas de aquí antes de que cuente diez, me encargaré personalmente, y no te gustará la manera en la que te sacaré –bramó Hugo echando humo.
Íñigo con la mano en su dolorida barbilla, se levantó y se fue. Nada podía hacer con Nerea. Tendría que buscar a otra que le concediera caprichos y, por supuesto, que tuviera dinero.
Nerea se había quedado paralizada. Cuando vio en la puerta a Íñigo y le dijo que había ido hasta allí para que volviera con él, quiso matarle. Nerea juró que estrellaría el móvil contra el suelo cuando su ex se fuese. Los contactos de Íñigo le habían ayudado a localizarla a través del móvil y el muy desgraciado se había presentado allí para llevársela a rastras si hacía falta.
—¿Estás bien? –preguntó Hugo sacándola de sus pensamientos.
—No. No estoy bien. ¡Se acabó! No puedo estar tranquila en ningún lado. Tú ahora comportándote como el perfecto chico para conseguir lo que quieres y luego cuando lo consigas, volverás a comportarte como lo que eres. ¡El gilipollas del hotel! Pero se acabó, vuelvo a Oviedo mañana mismo.
—Mira, ¡niñata malcriada! –comenzó a gritar Hugo enfadado por lo que había dicho sobre él–. ¡En ningún momento me he mostrado hipócrita contigo! Ni cuando nos picábamos, ni ahora. Lo que te dije esa noche era verdad. ¡Quería conocerte! Y digo quería porque ya no estoy tan seguro, porque eres incapaz de abrirte, de confiar y de dar oportunidades por culpa de ese hijo de puta. Sigue así, princesita, y no serás feliz en la vida. ¡Vive, joder! ¡Respira un poco! Porque luego, recordarás los años que estás viviendo ahora y te arrepentirás.
Hugo la dejó plantada, sola y enfadada, pero el enfado de él era mayor. En ningún momento la estaba engañando con su comportamiento, pero si ella lo creía así, allá ella. Era su problema, aunque a una parte de él le doliera.
—¿Todo bien, muchacho? –le preguntó Alejandro a un Hugo muy cabreado.
—Nerea quiere irse mañana del hotel.
—¿Por qué?
—Con la llegada de su ex y mi cambio de comportamiento hacia ella, piensa que todos la engañamos, la manipulamos y siempre está a la defensiva. Lo siento, Alejandro.
—Hablaré con ella.
Con la mirada triste y fija en el suelo, Alejandro se despidió de Hugo y se encaminó hasta su despacho. Al ver su expresión, Hugo supo que tenía que hacer algo.
A la hora de comer, Nerea les contó a sus amigas su plan para irse al día siguiente de vuelta a Oviedo, pero ellas le quitaron esa idea de la cabeza. Tenía un mal día y no por eso tenía que tomar decisiones precipitadas. Nerea dijo que se lo pensaría, que no se iría pero no sabía si iba a quedarse mucho tiempo más.
Por la tarde, volvieron a la piscina, pero su padre la llamó y la hizo pasar al despacho. Estuvieron discutiendo sobre la decisión de Nerea de irse, sobre Hugo y sobre Íñigo. Finalmente, Nerea se derrumbó y le confesó a su padre su miedo de volver a confiar en alguien y que le volviera a suceder lo mismo.
—Cariño, olvida ese miedo o no podrás ser feliz. Sigue lo que te dicte el corazón. En la vida te caerás muchas veces, pero siempre te levantarás. Disfruta del hotel, de tus amigas y del verano. ¿Y quién sabe si de algo más? Pero deja a un lado tus preocupaciones, cielo.
—Lo intentaré, papá –dijo Nerea secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Vete al spa. Allí te relajarás un rato.
Nerea asintió y cogiendo sus cosas, caminó hacia el ascensor y pulsó el botón -1. El spa y el gimnasio del hotel se encontraban en la planta más baja y sólo tenían acceso los mayores de edad, por lo que no había niños que interrumpieran el descanso. Además, el hotel contaba también con servicio de guardería, para que los padres disfrutaran de ese pequeño espacio antes del día en el que tuvieran que abandonar el hotel.
Nerea estuvo quince minutos en cada una de las piscinas del spa, excepto en la del agua fría, en la que solo duró unos pocos segundos dentro. Antes de irse, optó por darse un masaje relajante. La chica encargada la pasó a una sala con una camilla y música relajante de fondo. Nerea se desabrochó la parte de arriba del húmedo biquini y se tumbó bocabajo con la cabeza girada a la derecha y los brazos estirados a ambos lados. La chica comenzó a masajearle los hombros y el cuello mientras Nerea permanecía con los ojos cerrados y notaba cómo empezaba a quedarse dormida. Durante el masaje, otra chica entró en la sala para llamar a la masajista. Tenía que ir a atender una llamada importante. Se disculpó de Nerea y le dijo que enseguida volvía.
Nerea continuó con los ojos cerrados hasta que la chica regresara, pero no tardó demasiado en volver a sentir el masaje esta vez por sus omóplatos, volviendo a subir por su cuello. Le colocó las manos en la línea de su espalda donde solía estar el sujetador abrochado, con los dedos muy cerca de sus pechos para masajear esa zona con los pulgares, pero cada vez iba sintiendo menos presión en su espalda y más caricias. Nerea, abrió un ojo y sin verle la cara supo de quién se trataba.
—¿Qué haces? –dijo Nerea con voz cansada y sin cambiar de posición.
—Veo que ya me has pillado. Sólo quería decirte una cosa y ya me iba.
Nerea se ató de nuevo la parte de arriba del biquini y se sentó en la camilla esperando a que Hugo hablara.
—Para empezar, quería pedirte disculpas por haberte gritado esta mañana cuando se ha ido tu ex. Tú estabas mal y lo que menos necesitabas era que yo te gritara. Lo segundo es decirte que mi comportamiento contigo siempre ha sido sincero y que era verdad lo que te conté de que tu padre, al hablarme tanto de ti, ha conseguido que quisiera conocerte. Y por último quiero pedirte y si es necesario suplicarte que te quedes en el hotel. Veo a tu padre casi cada día y puedo ver lo que te echa de menos, así que prometo no volver a molestarte. Puedes estar tranquila, pero no te vayas. Tu padre no se merece pagar por los platos rotos.
Hugo le dio dos palmaditas en la mano y se fue. Nerea no había hablado durante esa corta conversación, pero se quedaría los tres meses que le había dicho a su padre. Le gustase o no, Hugo tenía razón.
Sin finalizar el masaje, salió del spa y volvió a la piscina para buscar a sus amigas, pero no estaban. Les mandó un mensaje y Laila le contestó que estaban en la playa y le preguntó que si se unía. Pero Nerea rechazó la invitación. La playa no era lo suyo. De pequeña le encantaba, pero a medida que fue creciendo, fue odiando la arena, aunque las olas le seguían gustando. Se tumbó en la hamaca y sacó de su bolsa su libro electrónico para continuar con el libro que estaba leyendo, pero el llanto de una niña atrajo su atención. Era una niña rubita muy guapa y no tendría más de cuatro años.
—Mami, acompáñame porfi –sollozaba la pequeña.
—Cariño vete tú, desde aquí te veo.
—Pero es que no quiero ir solita, me da vergüenza.
—Candela, cariño, pero si estuviste ayer jugando con el chico y no te dio vergüenza.
—Porfi, mamiiiiiii.
Nerea, con una sonrisa, se acercó a donde estaban la niña y su madre, y se agachó para estar cara a cara con la pequeña y así transmitirle confianza.
—Hola, me llamo Nerea. ¿Cómo te llamas, preciosa?
—Candela –respondió la pequeña agarrándose a las piernas de su madre.
—Qué bonito nombre. ¿Cuántos añitos tienes?
—Cuatro –dijo mostrándole cuatro dedos de la mano derecha.
—Si a tu mami no le molesta ¿quieres que te acompañe yo a donde están jugando los otros niños con el chico?
La niña miró a su madre que le sonrió y dio un paso hacia delante para acercarse a Nerea.
—No me molesta. ¿Quieres que ella te acompañe, cielo?
Candela asintió y le dio la mano a Nerea para caminar juntas hasta el lado de la zona de la piscina, donde estaba Hugo con los demás niños. Jugaban a meter pelotas por agujeros de distintos tamaños y repartían una piruleta con forma de corazón cada vez que acertaban en un agujero.
—Hola –saludó Nerea a Hugo cuando llegó.
—Hola –dijo Hugo asombrado.
—Te traigo a una niña muy guapa que quiere jugar para ver si consigue una rica piruleta.
—Por supuesto –dijo Hugo agachándose para que la niña saliera de detrás de las piernas de Nerea–. ¿Pero no te acuerdas de mí, pequeñaja?
La niña con un dedo en la boca asintió y Hugo la cogió en volandas como la última noche en la que jugaron con los niños a pillarse, haciendo que la niña se carcajease.
—Así jugamos al pillapilla tú y yo contra Samuel y le ganamos ¿eh?
Hugo, con la niña aún en brazos, levantó la palma de la mano y la niña contenta chocó los cinco con él. La dejó en el suelo y le explicó en qué consistía el juego. Candela, a su corta edad, apenas tenía fuerza, así que Nerea se agachó detrás de ella y la ayudó con los balones consiguiéndole las piruletas que la niña quería. Candela saltaba feliz y emocionada y a las ocho de la tarde, cuando la piscina se cerró, su madre fue a recogerla y le dio las gracias a Nerea.
—Bueno, pues… –comenzó a decir Nerea mordiéndose el labio inferior y rascándose detrás de la oreja cuando se quedó a solas con Hugo que la miraba embobado–. Yo también me retiro, tendrás que recoger.
—Sí, luego vendrá Samuel para ayudarme a preparar lo de esta noche. Hoy toca fiesta de pijamas. Haremos guerra de almohadas con los niños y probablemente algún padre se apunte.
—La verdad es que tu trabajo es bastante divertido.
—Me encantan los niños y más comportarme como ellos.
—No, si eso ya lo vi…
—Eh, princesita, que tú eres peor que yo. Tú me metiste mano –bromeó recordando el día que le dañó donde más duele.
Nerea abrió la boca y le golpeó en el brazo.
—¡Y tú también!
—¿Yo? No seas mentirosa o te crecerá la nariz como a Pinocho.
Nerea sin ser consciente, comenzó a ayudarle a recoger, guardando los balones y desmontando la pared con los tres agujeros por donde los niños debían de meter el balón.
—Sí, el día que me sacaste a traición y me pusiste perdida con las tartas. La que me estampaste en el culo. Dejaste la mano ahí un rato… y tengo pruebas –le señaló con un dedo sin dejar de sonreír.
Hugo rio recordando ese día. Sin duda fue una de las mejores actuaciones que había hecho y el público disfrutó como nunca. Guardaron los materiales en el almacén y Hugo cerró la puerta de la piscina para que ya nadie entrara.
—Nerea –la llamó Hugo–. Sólo quería decirte que… que…
Nerea torció un poco la cabeza y levantó las cejas esperando a que consiguiera acabar la frase.
—Sólo quería decirte que me ha gustado verte jugar con Candela. Es una niña muy tímida y poco a poco se le va quitando la vergüenza para participar en las actividades que hacemos. –«Idiota», pensó nada más decir esas palabras que habían sonado ridículas.
—A mí también me ha gustado.
La vio desaparecer por las escaleras y se pasó las manos por la cabeza. ¿Qué le sucedía? Había sido incapaz de pedirle que esperara a que acabara de trabajar esa noche para poder tomarse algo juntos. Sólo quería eso. Tomarse algo con ella y seguir hablando, pero no era como las demás y eso comenzaba a ser su perdición. Sin poder evitarlo, había caído rendido a los pies de aquella princesita.