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Con los nervios a flor de piel, Nerea esperaba a Hugo enfrente de la recepción. No sabía qué le tenía preparado y ella y sus amigas habían sacado toda la ropa que tenían para ver qué se ponía. Ada le dejó un vestido sencillo por encima de la rodilla de un azul verdoso complementado con un fino cinturón blanco y Elena le prestó sus cuñas del mismo color que el cinturón, que le estilizaban más las piernas. Con ayuda de Laila, Nerea se recogió el pelo en una coleta alta y se la cardó para darle volumen y un aspecto más informal.

Volvió a mirar el reloj que marcaba más de las once y media. Supuestamente hacía treinta minutos que Hugo había acabado de trabajar, pero no le había visto tan siquiera salir del salón. ¿La habría dejado plantada? ¿La habrían vuelto a engañar y ahora estaría riéndose de ella? Dando al suelo un fuerte golpe con la cuña, se dio media vuelta y se dispuso a dar un largo paseo por la playa hasta que se le pasase la decepción.

—¡¡Nerea!!

Un cosquilleo se instaló en su estómago cuando oyó la voz de Hugo. ¡Había ido! Pero su sonrisa desapareció al verle la cara y que aún vestía con el uniforme del hotel. Cuando llegó hasta ella, le cogió las manos y tras besárselas dijo:

—Lo siento, lo siento. Te juro que no me acordaba de que hoy tenía reunión con el personal del hotel. Te prometo Nerea que no me acordaba. Cuando he acabado el turno, he salido pitando del salón para cambiarme e irnos, pero Samuel me ha detenido y me ha recordado lo de la reunión. He intentado venir a avisarte antes, pero Alejandro me ha entretenido.

—Por un momento pensé que me habías dejado plantada sólo para reírte de mí y disfrutar humillándome –dijo Nerea entre aliviada y enfadada bajando la cabeza por haber vuelto a ver cosas donde no las había.

—¿Qué? Yo jamás he hecho ni haría eso –la tranquilizó abrazándola–. Escucha, este sábado lo tengo libre a partir de las ocho de la tarde. Tendremos toda la noche para nosotros y en vez de llevarte a dar un paseo por la playa con un helado en la mano que es lo que tenía pensado hacer hoy, te prepararé algo mejor. No se me dan bien estas cosas –le explicó rascándose la nunca.

—Está bien –dijo ella chocando sus frentes–. Esperaremos estos días para tener nuestra primera cita y espero que te comportes como un perfecto caballero. No quiero tener que volver a exprimir lo que tú ya sabes.

Hugo soltó una carcajada y tras besarla se despidió de ella o llegaría tarde a la reunión. Aunque siendo sinceros, si seguía besándola, no iría a la reunión. Se la llevaría a otro lugar para poder acabar lo que habían comenzado esa mañana en el almacén de la piscina.

Nerea, un tanto apenada por tener que aplazar su cita, subió a la habitación y tiró el bolso encima de la mesita que había en la entrada. Se deshizo de los zapatos y se extrañó al no ver a Ada. Que ella supiera, hoy iba a quedarse tirada en la cama viendo una película. Le había bajado la regla y los dos primeros días, los dolores no la dejaban moverse. Nerea se asomó a la terraza pero tampoco estaba allí. Extrañada porque hubiera salido, se puso el pijama cuando oyó el ruido de la ducha. Se dirigió hacia el baño, pero al abrir la puerta no vio una figura tras la mampara, ¡sino dos! y demasiado acarameladas.

—¡Ada!

Su amiga pegó un grito por el susto y separándose de su acompañante, cerró el grifo y abrió un poco la puerta de la ducha para asomar la cabeza.

—¿¡Pero tú no estabas con Hugo!?

—¿¡Y tú no estabas con la regla!?

—Por eso estoy echando el polvo en la ducha.

El acompañante de Ada, sin perder la sonrisa se asomó también por el espacio que había abierto Ada y saludó a Nerea.

—Hola, preciosa. Si sé que vas a estar no vengo. Lo siento.

—No… no te preocupes –tartamudeó Nerea sin dar crédito a lo que veía. El chico era Sergio, el camarero de la discoteca a la que fueron el día de su cumpleaños–. Mejor os dejo solos y yo me voy a… dar una vuelta o ya que estoy en pijama a ver si Laila o Elena están en la habitación o… Adiós.

Bajando la mirada, cerró la puerta del baño y cogiendo la llave rezó porque alguna de las dos estuviera en su habitación. Apoyó la oreja y soltó un suspiro de alivio cuando oyó el ruido de la televisión al otro lado. Llamó suavemente con los nudillos y oyó a Laila decir «ya voy». Laila se quedó asombrada al ver a Nerea al abrir la puerta.

—Nerea –susurró su nombre sin saber qué hacía ahí–. ¿Ha pasado algo? ¿Tengo que ir a exprimirle yo los huevos a Hugo o mejor le doy una de mis collejas?

—Guarda esa mano –rio Nerea–. No ha pasado nada. Hugo tenía una reunión y hemos quedado para vernos el sábado.

—Pero, ¿estás bien? Te lo digo porque has venido aquí y no has ido a tu habitación. Desembucha, ¿qué ha pasado?

—Nada, he venido aquí porque Ada está en la ducha dándole que te pego con el camarero que conoció en la discoteca el día de mi cumpleaños.

—Joder, Nerea, qué fina eres a veces. Llámalo por su nombre. Ada está follando. Mírala que rápido se le han quitado a esa los dolores de la regla.

Se tumbaron en las camas y Laila le pasó un bol de palomitas a Nerea. Comenzaron a ver una película que a ambas les encantaba porque salía su actor favorito. Un morenazo de ojos azules que con una sola mirada hacía que se derritieran y su cuerpo que perdieran el conocimiento.

—Por cierto, ¿dónde está Elena?

—Pues me imagino que estará haciendo lo mismo que Ada. Tenía una cita con un alemán o un inglés. No sé, con un guiri.

—¡Calla, calla! –pidió Nerea emocionada–. Que llega la escena de sexo. Vamos a poder verle en todo su esplendor.

Subieron el volumen y se apretaron más para ver la escena que les mantenía con la boca abierta e inmóviles.

—Qué pena que los actores calculen tanto los movimientos y la cámara no pille lo más interesante. No es justo, muchas actrices sí muestran los atributos que más le gustan a los hombres, pero los actores… lo máximo que les vemos es el culo. Aunque hay cada uno que tiene un culo…

—No te quito la razón, pero lo siento yo de Chris Pine me quedo con sus ojos y su tabletita.

—Porque no le hemos visto aún con el culo al aire, cielo… ¡ni lo otro!

Ambas rieron y siguieron devorando las palomitas mientras comentaban cualquier cosa del actor o la película. Una vez acabó, limpiaron las migas de la cama y tiraron el maíz que no se había hecho a la basura. Lo hicieron en silencio y a Nerea comenzaron a venirle a la cabeza los pensamientos que quería reprimir. Empezaba a sentirse mal consigo misma de nuevo y lo mejor que podía hacer era contárselo a Laila antes de que empeorara.

—Laila, necesito terapia.

—Porqué me da que sé por dónde van los tiros… A ver, habla.

Cogiendo el paquete de cigarrillos, salieron a la terraza donde contemplando el mar, Nerea comenzó a hablar mientras Laila fumaba un cigarrillo sentada en una de las sillas de plástico.

—Pues básicamente que hay veces que pienso que he superado lo de Íñigo pero luego me doy cuenta de que en realidad no es así.

—No te equivoques –dijo Laila comenzando a enfadarse–. Que Íñigo y tú rompierais nunca te afectó. Lo que sí lo hizo fue lo que te trajo esa ruptura: el miedo, la inseguridad, la desconfianza…

—A eso me refiero. Hay veces que pienso que esos sentimientos los he superado, pero luego veo que no es así.

Nerea se dio media vuelta apoyándose en la barandilla y se cruzó de brazos mientras Laila apoyaba los pies en la mesa que había en la terraza, contando hasta diez para no empezar su tanda de collejas.

—A ver, Nerea, ¿a qué viene esto ahora?

—Cuando estaba esperando en recepción a que Hugo llegara, su retraso me ha hecho pensar que me habían vuelto a engañar y sólo me había citado ahí para reírse de mí, humillarme y divertirse a mi costa. No he pensado que igual estaba haciendo algo importante y por eso se retrasaba. Iba a irme cuando ha aparecido pidiéndome disculpas por llegar tarde. Mi padre le había entretenido y venía a decirme lo de la reunión. ¿Siempre va a ser así? –dijo harta de todo–. ¿Jamás voy a volver a confiar en un hombre o, lo que es peor, en mí misma?

—¡Joder, Nerea! Deja de ver fantasmas donde no los hay –la riñó dando un golpe en la mesa–. Olvídate de todo y disfruta. Sabes que lo tuyo con Hugo no es nada serio, como mucho un rollo de verano.

A Nerea no le gustó lo que le acababa de decir Laila y se mordió el labio inferior lentamente mirando a Laila con cara de preocupación. Aún no les había dicho a sus amigas que existía la posibilidad de que no volviese a Oviedo. Y la verdad la idea de que Hugo y ella sólo fueran un rollito cada vez le hacía menos gracia.

—Mi padre me está ayudando a buscar trabajo aquí y me prestaría su piso para vivir, ya que no lo usa.

—¿Me estás diciendo que igual no vuelves a Oviedo?

—¡No sé qué hacer, Laila! –dijo una frustrada Nerea con los ojos humedecidos–. Sabes lo que echo de menos a mi padre, pero a vosotras también os quiero. Estoy muy confundida…

Laila se levantó de la silla y apagando el cigarrillo, se acercó a Nerea y la estrechó contra sus brazos.

—Tomes la decisión que tomes, te apoyaremos. Te mereces ser feliz, Nerea. Y si es aquí pues aquí, y si es en Oviedo pues en Oviedo. A nosotras siempre nos tendrás. ¿Qué son las amigas si cuando las circunstancias de la vida las separa y por eso dejan de serlo? Nos pueden separar kilómetros, pero la amistad verdadera es un hilo infinito que no se puede romper. Cielo, tienes que hacer lo que te dicte el corazón. Piensa en ti por una vez, Nerea. Sé egoísta y haz lo que el corazón te diga.

Nerea se tapó la cara con las manos y suspiró. A veces la vida era demasiado complicada y podías tomar una decisión que te podría llevar por dos caminos. La felicidad o el arrepentimiento.

—Necesito una tarrina enorme de helado de chocolate.

—Venga, vamos a por dos y nos hacemos unos selfies haciendo el idiota.

Compraron tarrinas de dos tipos de chocolate y comenzaron a hacerse fotos con los morros manchados, enseñando los dientes negros o metiéndose la cuchara en la boca. Pequeñas tonterías que conseguían volver a hacerlas sonreír.