23
La vibración del móvil en la mesilla de noche le despertó de su sueño. Hugo suspiró molesto y alargó el brazo derecho para cogerlo y mirar quién le llamaba a esas horas de la madrugada. En la pantalla vio el nombre de Alejandro. Si le llamaba a esas horas de la noche era porque algo ocurría. Notó como Nerea se revolvía a su lado y girando la cara hacia ella, le siseó para que no se despertara pero ella abrió los ojos y se acurrucó más contra él.
—¿Ya son las seis? –preguntó somnolienta.
—Aún faltan tres horas –le susurró Hugo dándole un beso en la mejilla–. Duérmete, tengo que ir a hablar con tu padre.
Extrañada, apoyó los antebrazos en el colchón y elevó levemente su cuerpo para hablar mejor retirándose el pelo de la cara.
—¿Con mi padre? ¿Ha ocurrido algo?
—No lo sé –dijo en un susurro.
Hugo se puso unos vaqueros desgastados y tras coger la camiseta del trabajo, apoyó una rodilla en la cama y le dio un suave beso en los labios a Nerea. Salió de la habitación con cuidado de no hacer demasiado ruido, donde Alejandro ya le esperaba en el pasillo con gesto preocupado. No le dijo nada y le hizo seguirle hasta el despacho de su padre. En el trayecto en ascensor, Hugo abrió la boca varias veces. Estaba muerto de sueño, pero Alejandro ni se inmutaba. Miraba al frente y estaba sumergido en sus pensamientos. Y por su gesto, no eran buenos. Cruzaron la recepción y Alejandro saludó con un movimiento de cabeza a la recepcionista lo que alertó a Hugo. Eso no era propio de él.
Tras dar dos golpes a la puerta del despacho de Pedro, Alejandro abrió. Este se encontraba recostado, con la silla girada hacia la estantería, dando la espalda a la puerta. Su brazo izquierdo reposaba cruzado en su cintura mientras que la mano derecha presionaba sus labios. Al igual que Alejandro, su gesto era de preocupación y estaba sumido en sus pensamientos. Alejandro carraspeó para que su amigo se diera cuenta de que estaban allí y se fijó en el vaso que reposaba en la mesa con tres hielos y un líquido dorado hasta la mitad. Pedro al oír el carraspeo, levantó la vista y se giró quedando frente a su hijo y su amigo. Cogió el vaso y bebió de un sorbo todo el whisky que quedaba. Eso puso sobre aviso a Hugo. Su padre nunca bebía por las noches a no ser que fuera a pasarla en vela.
—¿Qué pasa, papá? –preguntó notando como el corazón estaba a punto de salírsele por la boca.
—Sentaos –ordenó Pedro.
Alejandro y Hugo retiraron las dos sillas colocadas al otro lado de la mesa de Pedro y se sentaron sin perder de vista todos los gestos que hacía. Al ver cómo su amigo volvía a coger la botella para rellenarse el vaso, Alejandro se la quitó negando con la cabeza.
—¿Me queréis decir que está pasando?
—Tu madre se ha escapado –soltó Pedro sin rodeos–. Me acaban de llamar de la clínica de desintoxicación donde la ingresamos. ¡Putos incompetentes! ¿Cómo se ha podido escapar?
Hugo resopló y se recostó en su asiento ¿Cómo era posible que esa maldita loca se hubiera marchado y que nadie se hubiese dado cuenta? Golpeó la mesa con el puño y maldijo. Esa mujer era capaz de cualquier cosa y entre ellas destruir el hotel que tanto le costó levantar a su padre. Aún recordaba el día que ingresó en la clínica hacía ahora doce años. Aquel día, su padre y él la llevaron por la fuerza hasta que dos médicos consiguieron inmovilizarla. Elisa, como se llamaba, mostraba un estado de histerismo y abstinencia tras estar varias horas sin beber, pero a pesar de que los doctores lograron reducirla, no dejaba de chillar que iría a por ellos y les haría sufrir como ellos a ella. Una amenaza que ambos sabían que cumpliría como las otras que lanzó a Pedro con respecto a Hugo.
Y había escapado. A pesar de estar como una regadera, esa enferma era capaz de cualquier cosa sin importarle nada ni nadie, ni siquiera su propia vida. Hugo recordó el día que llegaron los servicios sociales junto a su padre a casa. Su madre sabía de aquella visita y había dejado el gas abierto para evitar que se llevaran a su hijo y que su exmarido se saliera con la suya. Cinco minutos más, y ahora mismo estaría bajo tierra.
—No nos alteremos. Pasadas veinticuatro horas la policía iniciará la búsqueda –intentó calmar la situación Alejandro–. Esa mujer, a pesar de cumplir todo lo que dice, no es tan lista y lo sabe. No podrá esconderse mucho tiempo.
—Alejandro, esa hija de puta no necesita tiempo. Puede presentarse aquí mañana mismo y hacer cualquier gilipollez que lleve el hotel a la ruina –resopló Hugo.
Pedro no dijo nada. Se mostró pasivo escuchando a su amigo y a su hijo debatir sobre lo que aquella loca podía hacer y las soluciones posibles.
—Él tiene razón, Hugo –dijo Pedro señalando a Alejandro–. No es lista, estará bebida y será fácil de encontrar con ayuda de la policía. De momento sólo podemos mantener la calma y hacer como si nada. Mañana hablaré con la policía y os avisaré de cualquier cosa. –Se levantó de su asiento–. Lamento haberos despertado a estas horas, pero me he alterado y necesitaba contároslo. Volved a la cama –miró el reloj–, nos vemos en un par de horas.
—¡Qué bien! –dijo Hugo irónicamente levantándose de la silla. Estaba agotado y en dos horas tendría que empezar a trabajar–. Nos vemos en el desayuno.
Alejandro y él subieron hasta la última planta, pero Pedro se quedó en su despacho. Los tres sabían que ya no podría volver a dormirse, así que empezaría a adelantar trabajo para irse ese día más pronto a la cama. Tras despedirse, cada uno se metió en su habitación, pero Hugo tras cerrar la puerta de la suya, se quedó unos minutos apoyado en ella. Sin querer hacer ruido, comenzó a desnudarse hasta quedarse con los boxers y se metió en la cama donde Nerea dormía. O eso creía.
—¿Todo bien? –preguntó de espaldas a él.
—Sí, tranquila –mintió pasando un brazo por su cintura pegando su pecho a su espalda y depositando un suave beso en la coronilla–. Descansa.
Pero Nerea no le creyó. Conocía a su padre y no llamaría a esas horas si el asunto pudiera esperar a ser tratado al día siguiente y no a las tres de la mañana y había visto como Hugo se quedaba parado en la puerta, pensativo y a oscuras. Nerea, queriendo que le contara qué había sucedido, se dio la vuelta quedando frente a él y le besó. Un beso tierno que transmitía confianza y apoyo, y que Hugo disfrutó.
—Mientes muy mal –sonrió Nerea dándole un suave golpe con el dedo en la nariz–. Sé que pasa algo, pero si no me lo quieres contar no tienes por qué hacerlo, pero no me mientas diciendo que todo está bien cuando no es así, ¿vale? Sabes que no me gustan las mentiras por pequeñas que sean.
Hugo asintió y la abrazó ciñéndola a su cuerpo notando como sus piernas se entrelazaban con ese abrazo. Expulsó el aire retenido en sus pulmones y la besó en la frente dejando reposar varios segundos sus labios ahí antes de hablar. No quería ocultarle nada. Eso lo único que haría sería complicar las cosas entre ellos.
—Es mi madre –Nerea levantó la cabeza–. Se ha escapado de la clínica de desintoxicación y tengo miedo de que haga algo que pueda perjudicar a todos. Esa maldita mujer es capaz de cualquier cosa –dijo furioso.
Nerea, al ver su estado, le siseó y le acarició la mejilla con la palma para que la mirara. Él lo hizo y se perdió en sus preciosos ojos marrones.
—No pienses en eso, se solucionará ya verás. Pero no merece la pena estar mal por una persona como ella –se colocó a horcajadas sobre él y le cogió el rostro con las manos–. No va a pasar nada, Hugo. Esa mujer no va a hacerte más daño. ¿Sabes por qué? –Él negó con la cabeza.– Porque tienes a tu alrededor gente que se preocupa por ti. Tienes a tu padre, al mío… me tienes a mí. Así que no quiero verte más así, cariño. Porque con todos nosotros estás a salvo.
Emocionado por aquellas palabras, juntó su frente con la de ella y abrazándola por la cintura la besó haciendo que el mundo desapareciera a sus pies. Nerea enredó los dedos en su pelo profundizando más el beso hasta que notó como Hugo comenzaba a desnudarla, pero ella lo detuvo.
—Hugo son las cuatro y media de la mañana. Deberías dormir estos minutos que te quedan.
—Tienes razón –dijo acariciándole los brazos.
Nerea se quitó de encima de él y esperó a que se tumbara para apoyar la cabeza en su musculoso pecho. Depositó un beso encima de su corazón y cerró los ojos disfrutando de su cercanía.
Pero Hugo apenas pudo dormir una hora. No pudo dejar de pensar en todo lo que aquella loca podría hacer. Pero no iba a permitir que volviera a hacer daño a su padre. Por su culpa lo odió durante más de ocho años y si no llega a ser por Alejandro, no sabía qué hubiese pasado con ellos.
Apagó el despertador de un manotazo y frotándose la cara con las manos se levantó para darse una ducha y despejarse. Apenas había pegado ojo en toda la noche y no descartaba la posibilidad de quedarse dormido mientras trabajaba. Como cada mañana, se vistió en el baño para no despertar a Nerea y cogiendo las llaves de las distintas instalaciones del hotel, las guardó en el bolsillo del uniforme. Le dio un beso en la mejilla a Nerea y se fue sin hacer ruido.
Alejandro ya le esperaba con su habitual sonrisa para bajar a desayunar, pero él no tenía fuerzas para sonreír. Deseaba que pillaran a su madre cuanto antes para volver a dormir tranquilo.
Como esperaban, Pedro ya había desayunado y a esas horas estaba en su despacho trabajando. No había pegado ojo en toda la noche y a pesar de estar agotado, tenía que cumplir con sus obligaciones.
—Esta tarde vendrán dos agentes a hacernos unas preguntas. Una vez hechas cenaremos y tú podrás irte a descansar –dijo Alejandro sirviéndose el café–. Ya he hablado con Samuel para la función de esta noche y puede apañárselas solo perfectamente.
—Estoy bien, Alejandro. No voy a dejar de trabajar por esto. Lo dijiste esta madrugada, hay que hacer como si nada.
—Sí, Hugo. Pero una cosa es hacer como si nada y otra cosa es que a las once de la noche no te tengas en pie. –Le señaló las ojeras que tenía–. No seas cabezota o le diré a mi hija que te lleve a rastras a la cama.
Una pequeña sonrisa se instaló en el rostro de Hugo y dio un sorbo a su café. Aunque a lo largo de la mañana necesitaría muchos más. Ese día haría alguna actividad en la piscina con los niños. El agua le despejaría y los niños le distraerían.
Y así fue. Organizaron una partida de waterpolo, donde los animadores eran los árbitros. Samuel desde fuera y Hugo metido en la piscina. Pero las que más disfrutaron de ese juego fueron las huéspedes que coqueteaban con Hugo y se deleitaban con su cuerpo medio desnudo. Algo que a Nerea la encendió, pero se quedó quieta donde estaba. Confiaba en él, aunque arrancaría las extensiones de todas las mujeres que se acercaban a él. Y para más inri sus amigas no disimulaban sus risitas al ver cómo achinaba los ojos fulminando a esas frescas con la mirada, pero antes de que se fuera a cambiar y al ver la cara de su chica, Hugo se acercó a ella y sin importar que los miraran, la besó para dejar claro que su corazón ya tenía dueña.
—Eres una celosona, princesita –susurró Hugo cerca de sus labios.
—¿Cómo te pondrías tú si unos tíos me desnudaran con la mirada y coquetearan conmigo delante de ti?
—Touché.
—¿Estás mejor? –preguntó Nerea con las manos en su pecho–. Se nota que no has dormido.
—No estaré tranquilo hasta que esa hija de puta esté de nuevo encerrada en la clínica.
Nerea le acarició ambas mejillas con los pulgares y se puso de puntillas para darle un tierno beso sin importar las gotas de agua que caían por su cuerpo y se fundían en sus pieles.
—Será mejor que vayas a cambiarte –le sugirió Nerea–. Es tu hora de comer, ¿no?
Hugo asintió y tras despedirse con un nuevo beso subió a su habitación para cambiarse y bajar a comer. Aprovecharía sus tres horas de descanso para echarse una siesta antes de continuar entreteniendo a los más pequeños y de la llegada de los agentes al hotel.
Pero al despertarse supo que no tenía que haberse echado esa siesta. Se levantó peor de como se había metido en la cama. Tenía muchísimo más sueño y no tenía ganas de nada, pero debía volver abajo y ayudar a Samuel. En unas horas llegarían dos miembros de la policía y podría irse de nuevo a la cama.
—Joder, tío, no te tienes en pie –rio Samuel tirándole una pelota de plástico en la cara a Hugo.
—Te devolvería el pelotazo pero no tengo fuerzas.
Samuel soltó una carcajada y continuó inflando los balones de plástico para uno de los juegos de aquella tarde que prácticamente dirigió Samuel. Hugo sólo vigilaba que los niños no se hicieran daño o se peleasen unos con otros mientras no dejaba de abrir la boca. Las horas pasaron lentísimas y más de una vez se había echado agua en la cara para no quedarse de pie dormido hasta que a las siete y media por fin Alejandro le llamó. Los agentes habían llegado.
Para no llamar la atención del hotel, la recepcionista los guio hasta el despacho del director, donde Alejandro les ofreció asiento frente a él mientras Pedro y Hugo se quedaban de pie esperando las preguntas que aquellos les fueran a hacer. Los agentes estrecharon la mano a los tres haciendo sus correspondientes presentaciones.
—Buenas tardes caballeros, este es el agente Hernández y yo el agente Ruiz –se sentaron y sacaron el informe que esa tarde les habían entregado en comisaría–. No tenemos mucha información. Sé que ayer llamaron a altas horas de la noche denunciando la desaparición de una mujer que no está en sus plenas facultades mentales y como le habrán informado no podemos hacer nada sin que pasen veinticuatro horas sin noticias.
—Exacto agente Ruiz –respondió Alejandro–. Ayer la exmujer de mi jefe y amigo, se escapó de la clínica de desintoxicación donde la ingresaron hace doce años.
—Señor Ortiz –llamó el agente Hernández a Pedro–. Tengo entendido que usted presentó una demanda por malos tratos contra su mujer ya que desatendía al menor del cual estaba a su cargo hace ya casi veinte años. ¿Es cierto?
—Así es. Cuando mi hijo nació –miró a Hugo– mi exmujer cayó en una depresión y comenzó a beber. A lo largo de los años se volvió agresiva y tuve que irme de casa por miedo a que se llevara a mi hijo o le hiciera daño como siempre amenazaba, ya que estaba luchando por su custodia completa en ese momento hasta que la conseguí.
—¿Usted es el hijo de la señora Elisa Sotovila?
Hugo dio un paso adelante pellizcándose el puente de la nariz.
—Así es. Viví con ella hasta los dieciséis años y no se puede decir que estuviera en plenas facultades. Desde los ocho años, que es cuando mi padre tuvo que irse para protegerme, prácticamente tuve que aprender a cuidarme solo.
—Entonces hablamos de una mujer con problemas con la bebida que no se amilana ante nada. ¿Me pueden dar una breve descripción física y los lugares que frecuenta?
—Cuando la vi por última vez –comenzó a explicar Pedro– llevaba el pelo largo hasta por debajo de los hombros y castaño. Tiene los ojos azules, mide uno sesenta y su complexión es delgada. También fuma, por lo que tiene los dientes y las uñas amarillas y no suele asearse ni cambiarse de ropa. Pero claro, eso fue hace doce años. ¿Quién sabe si estará igual? –suspiró.
Los agentes tomaron nota de todos aquellos datos. Cuando llegaran a la comisaría tendrían que revisar el caso de divorcio de aquel hombre junto con la demanda que puso años atrás. Eso les facilitaría las cosas.
—¿No sabe qué lugares solía frecuentar?
—Tascas de mala muerte cercanas a las costas –respondió Hugo–. Sobre todo aquellos que se encuentran a las afueras de Gandía.
Los agentes asintieron con la cabeza y cerrando la carpeta de cuero negra que llevaban, se levantaron y volvieron a tenderles la mano para despedirse.
—Comenzaremos en comisaría a investigar y mañana a primera hora se empezará su búsqueda. No se preocupen por nada y si tienen noticias nuevas, háganoslas saber.
—Mucha gracias por todo agentes –agradeció Pedro.
Los tres acompañaron a los agentes hasta la puerta y tras despedirse entraron en el restaurante para cenar, aunque Hugo apenas tomó nada. Lo único que quería era marcharse a la cama, por lo que llevando su plato a la cocina, se despidió del resto de los empleados hasta el día siguiente. Salió del comedor, pero se detuvo en recepción al palparse el bolsillo y no encontrar las llaves. Se las había dejado en la mesa del restaurante. Iba a darse la vuelta para ir a por ellas cuando unas manos le taparon los ojos.
—¿Quién soy?
Hugo sonrió
—Mi princesita Cascanueces.
Nerea soltó una carcajada y le quitó las manos de los ojos colocándose frente a él.
—¿A dónde vas? –le preguntó cogiéndole de la manos.
—Me he dejado las llaves en la mesa mientras cenaba, así que voy a buscarlas, ¿y tú? ¿Qué haces tan sola por aquí? –le preguntó extrañado al no ver cerca a sus amigas.
—Cumplir órdenes del director del hotel. Mi obligación es llevarte ahora mismo a la cama para que descanses y si no quieres, te llevaré a rastras.
Hugo soltó una carcajada al ver como Alejandro había dicho en serio esa mañana que mandaría a su hija para asegurarse de que se iba a la cama.
—No opondré resistencia, princesita.
Nerea sonrió y esperó a que él regresara con las llaves para subir a la habitación.
—¿Has cenado? –le preguntó Hugo cerrando la puerta de la habitación.
—He estado toda la tarde con las chicas de tapas por la zona, así que ya estoy cenadita. ¡Venga a la cama!
—A sus órdenes.
Hugo se desnudó quedándose con los boxers puestos y se tumbó agotado bocabajo en la cama con la cabeza girada hacia la derecha. Al ver cómo se dejaba caer sobre el colchón, Nerea sonrió y se colocó a horcajadas sobre su espalda para darle un masaje.
—¿Qué haces, princesita? –preguntó sorprendido.
—Darte un masaje. Venga déjame hacer y relájate.
Sin fuerzas, él cerró los ojos y disfrutó de la ligera presión que las manos de Nerea ejercían por toda su espalda y su cuello hasta que se quedó profundamente dormido.