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Los rayos de sol que entraban por la ventana se posaron en los párpados cerrados de Nerea, haciendo que poco a poco abriera los ojos. Aún con sueño, dio media vuelta en la cama para seguir durmiendo un poco más. Hugo ya se había ido, por lo que hundiendo la nariz en la almohada volvió a cerrar los ojos para intentar dormirse, pero esa mañana no se encontraba nada bien. Tenía el estómago revuelto y si no lo hubiera tenido vacío, habría vomitado todo lo que llevaba. Se quedó un rato en la cama presionando su vientre hasta que poco a poco ese malestar fue disminuyendo. Consciente de que no podría volverse a dormir, se levantó y tras asearse, se vistió. Antes de salir de la habitación, se miró en el espejo y vio cómo dos cercos oscuros comenzaban a aparecer debajo de sus ojos a causa del cansancio y lo poco que dormía. Cogió la pomada antiojeras y se la aplicó antes de darse el maquillaje para disimularlas. Tras echarse su colonia, salió de la habitación para bajar a desayunar. Eran las nueve y media de la mañana, así que aprovecharía que el restaurante estaba abierto, pero fue entrar por la puerta y ver la comida y percibir su olor y se volvió a llevar una mano al estómago y la otra a la boca. El malestar volvió a aparecer. A sabiendas de que si comía algo, lo echaría, se dio media vuelta y salió del hotel para que le diera el aire. Se sentó en uno de los escalones y apoyando la espalda en una de las columnas cerró los ojos intentando relajarse. Se sentía agobiada. Probablemente habría pillado una gastroenteritis. No era la primera vez que le ocurría en verano y sus síntomas eras esos mismos que estaba sintiendo. Esperaría un poco y si seguía así, le pediría a alguien que la acompañara al ambulatorio más cercano. Una vez se fue encontrando mejor, volvió a entrar en el hotel y fue al bar-salón para pedir una manzanilla. Eso le sentaría bien.

Hugo, que estaba preparando las actividades de la piscina, se quedó mirándola preocupado cuando entró en el hotel. Estaba pálida y no tenía muy buen aspecto. Tras decirle a Samuel que regresaría enseguida y que se fuera adelantando, la siguió y tras ver lo que iba a tomar, confirmó que no se encontraba bien.

—Buenos días, princesita –la saludó abrazándola por detrás y besando su cuello–. ¿Te encuentras bien? –Le señaló con la cabeza la manzanilla.

—Sólo estoy un poco revuelta, nada más –le sonrió con ternura.

—Quizá cogieras frío ayer en la azotea. Tendría que haber cogido otra manta para taparnos.

Dándole un ligero tirón, Nerea le acercó a ella y le dio un suave beso en los labios rodeándole el cuello con los brazos.

—Anoche hacía calor. Dudo que me hubiese tapado con ella. No te preocupes, se me pasará.

—¿Quieres que te acompañe al médico? Puedo pedir que Samuel me sustituya unos minutos y…

—No, tranquilo. Estoy bien, de verdad. No es la primera vez que pillo un virus estomacal en verano.

Hugo asintió y, a su pesar, se despidió de ella. Tenía que trabajar. Cuando Nerea terminó su manzanilla, le dio las gracias al camarero con una sonrisa y se encaminó al despacho de su padre. Llamó varias veces a la puerta y tras no recibir contestación, entró. Como imaginaba, su padre no estaba allí, pero si lo conocía bien, sabía que no tardaría en volver para encerrarse en esas cuatro paredes, por lo que se sentó en su silla y poniendo la mano sobre el ratón del ordenador entró en internet. Daba gusto mirar su correo y cotillear en Facebook en una pantalla más grande que la del móvil, pero al cerrar la única pestaña que tenía abierta, vio en el escritorio una carpeta llamada «Nerea trabajo». Extrañada e intrigada, pinchó en dicha carpeta, sabiendo que no estaba bien lo que hacía y múltiples enlaces y archivos se mostraron ante ella. Poco a poco fue pinchando cada uno de los enlaces que le llevaban a una página en la que había uno o varios puestos vacantes en colegios, academias y centros especializados. ¡Incluso locales en venta para poder abrir ella algo! Un nudo se le formó en la garganta al saber lo que significaba eso. Su padre no perdía la esperanza de que se quedara y lo confirmó al comprobar que la última modificación en esa carpeta era de hacía dos días. ¿Por qué no le había dicho nada? ¿Por qué no había hablado con ella? Pero rápidamente se dio cuenta. Su padre no quería agobiarla. Apagó la pantalla del ordenador y tras comprobar que no venía nadie, salió del despacho.

*

—Buenos días –saludó a la recepcionista un hombre alto con vaqueros y gafas de sol de aviador–. Buscábamos a Alejandro Delgado y a… –miró en su libreta– Pedro y Hugo Ortiz.

—Un momento, por favor.

La joven recepcionista cogió el teléfono marcando el número del despacho del director del hotel. Extrañada porque no respondiera, llamó a Pedro que no tardó ni dos tonos en contestar. La empleada le informó de que dos señores requerían su presencia, la de Alejandro y la de Hugo. No tardó ni medio minuto en llegar. Por el camino, se encargó de avisar a su hijo a través de un mensaje, quien enseguida se reunió con su padre y los dos hombres.

—Buenos días –saludó Hugo tendiéndole la mano.

—¿Han descubierto algo? –preguntó Pedro a los dos policías que se encargaban de encontrar a su exmujer.

—Tenemos noticias de lugares donde la han visto y que hoy estará en una macrofiesta ilegal que se organiza en un puerto cercano, donde el alcohol y las drogas serán los protagonistas principales. Se ha organizado ya una redada para la detención tanto de los asistentes como de los organizadores, y esperemos que entre ellos se encuentre la señora Elisa Sotovila.

—La palabra «señora» le queda muy grande –replicó Hugo.

El agente Ruiz fue a decir algo pero una voz se lo impidió y todos miraron el lugar de su procedencia. Alejandro, que había ido al banco para mirar y firmar unos papeles para mejorar el hotel, se sorprendió al reconocer a los agentes que días antes les habían visitado para la búsqueda de la exmujer de su mejor amigo. Esperanzado porque hubiesen encontrado a aquella loca, se reunió con ellos con el corazón acelerado en busca de la noticia que todos deseaban oír:

—Buenos días, señor Delgado –saludaron los agentes–. Estaba informando a los señores Ortiz de la posibilidad de encontrar esta noche a la señora Sotovila en una macrofiesta ilegal. Fuentes nos han informado de la posibilidad de que la mujer se encuentre allí. Esta noche o como muy tarde mañana por la mañana tendrán noticias.

Alejandro suspiró entre aliviado y decepcionado. Le alegraba saber que quizá pronto acabaría ese problema, pero una punzada le atravesó el pecho al darse cuenta de que existía la posibilidad de que ese suplicio continuara hasta… ¡a saber! Como siempre decía, ¡el espectáculo debe continuar! Lo mejor sería seguir cada uno con sus labores y lo más importante, no poner sobre aviso a los clientes.

Alejandro al ver el gesto de Hugo se acercó a él y le colocó una mano sobre el hombro. El chico estaba alterado, enfadado e incluso se le veía cansado de la situación vivida con su madre durante sus veintiocho años de vida. A pesar de su fortaleza, Alejandro y Pedro lo conocían bien y notaban cómo Hugo comenzaba a hundirse. Aunque el tiempo lo hizo todo más fácil, el tema de su madre le seguía afectando.

—Hugo tranquilízate –le dijo su padre–. Todo se solucionará.

—Esa mujer no puede dejarnos en paz… ¡ojalá desapareciera! –gritó muy alto asustando a todos los que pasaban en ese momento por el hall del hotel.

—Señor Ortiz –dijo uno de los agentes dirigiéndose a Hugo– alterarse no es bueno. Les prometemos que en breve tendrán noticias. Buenos días.

El resto de la mañana no fue fácil para Hugo. Quería que pillasen a esa maldita mujer y la encerraran de por vida.

Por la noche, su humor no había mejorado. Los agentes no habían llamado ni pasado por el hotel. En más de una ocasión, Hugo hablando con su padre, se refirió a ellos como «maderos incompetentes» y casi le destroza el mobiliario del despacho. El joven echaba humo. Estaba cansado de esa mujer, lo único que quería era que desapareciera de su vida… ¡para siempre!

A las diez, se incorporó de nuevo al trabajo. Necesitaba distraerse y Samuel requería su ayuda.

—¡Ey! –le llamó la atención Samuel dándole una colleja–. Macho, deja de comerte la cabeza. Si piensas tanto es peor. Anda, ayúdame a bajar el baúl del mago, al menos hoy nos libramos de currar.

—Claro, no te jode. Hacer de azafato es no currar.

Cogieron los extremos del pesado baúl negro con el cual un mago que habían contratado para esa noche, haría sus trucos. Lo dejaron en las dos marcas que habían puesto esa mañana en el suelo del bar-salón, donde les había indicado el mago.

—Di ayudante, que azafato parece que vamos a aparecer aquí con minifalda y tacones dando las indicaciones antes de despegar –se mofó Samuel–. Pero curramos menos. Tío, estás muy negativo.

—Sabes que el tema de la… desgraciada de mi madre me puede.

—Todo acabará –le animó apretándole el hombro.

Hugo sólo pudo asentir ligeramente. Apoyado en el escenario, observaba como el bar-salón comenzaba a llenarse mientras Samuel y el mago contratado mantenían una charla sobre el espectáculo que se iba a realizar. Entre todos los clientes que iban a contemplar el espectáculo, para Hugo sólo destacaba una persona entre el público: su princesita. No dejó de observar ninguno de sus movimientos. Tenía mal aspecto. Se la veía pálida y cansada y una mano en su estómago le indicaba que seguía encontrándose mal. Lo mejor sería que fuera a descansar. Comenzó a caminar hacia ella para decírselo, pero Samuel lo detuvo. La función iba a comenzar.

El mago se colocó en medio del bar-salón y haciendo una reverencia se presentó primero él, para luego presentar a sus ayudantes, Hugo y Samuel. El mago, poniendo su punto cómico, bromeó sobre los dos animadores. Bromas que Samuel correspondía con una carcajada y Hugo, debido a su humor, con una sonrisa irónica y conteniendo sus ganas de coger al maguito por el pescuezo.

Durante la hora y media que duró el número del mago, Nerea no dejaba de observar las reacciones de Hugo. Esa tarde, había estado hablando con su padre. En su larga conversación, le contó la visita de los agentes al hotel esa mañana. Su padre no tuvo que decir nada más. Ella intuía cómo se encontraba Hugo y lo confirmó al ver su gesto cuando el mago le hacía alguna broma. No sonreía ni le seguía el juego como hacía Samuel, es más, Nerea podía ver las ganas que tenía de decirle cuatro cositas. Cuando el mago se despidió del público, que no dejó de aplaudirle en ningún momento, se dio la vuelta mirando a Samuel y a Hugo y les pidió que llevaran el baúl al maletero de una furgoneta negra que estaba aparcada en la entrada. El joven, cansado de que el maguito siguiera mangoneándoles, le iba a contestar pero Samuel, viendo sus intenciones, lo detuvo con una mirada. Soltando enfurecido el aire que tenía en los pulmones, cogió de mala manera el baúl él solo, para sorpresa de su compañero, y lo llevó a la dichosa furgoneta. Cerrando las dos puertas del maletero de mala manera y cada vez más cabreado, regresó al bar-salón y se paró en seco al ver a Nerea junto a Samuel y el mago intentando agarrarla por la cintura, por más que ella intentaba apartarle con la ayuda de Samuel, pero el mago quería conseguir su propósito. ¡Lo que le faltaba! ¡Que ahora el mago intentara ligar con su chica! A paso rápido y con la mirada encendida por la furia llegó hasta ellos y le dio un suave empujón al mago poniendo a Nerea detrás de sí para que la dejara en paz.

—No quiero que le vuelvas a poner las manos encima, ¿entendido?

—Tranquilo, tío. Sólo estábamos hablando –se excusó levantando las manos sin dejar de sonreír.

—No me toques los huevos, que no soy gilipollas ni estoy ciego. He visto cómo intentabas cogerla de la cintura, a pesar de que ella rechazaba tu contacto –bramó más enfadado.

Nerea al ver la espalda tensa de Hugo y cómo apretaba los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos, pasó una mano por debajo de su brazo para con la otra acariciárselo, haciendo que la mirara a los ojos.

—Relájate, ¿vale? –dijo con dulzura–. No ha pasado nada. –Y mirando al mago dijo–: la próxima que me toques y no entiendas un no por respuesta, te lo haré entender de otra forma. Y no te gustará.

Hugo al oírla no pudo evitar sonreír y pasó un brazo por sus hombros para atraerla hacia él sin importar quién los mirara.

—Ya has oído a la señorita. Ahora te pido que abandones el hotel. Tu trabajo aquí ha acabado –espetó Hugo serio.

El mago, dándose por vencido, cogió su maletín y se fue de allí dispuesto a no volver. ¡Menudo trato había recibido por parte de ese guaperas de animador! Al menos le había llevado el pesado baúl hasta la furgoneta. Tras la marcha de este, Nerea miró a Samuel.

—¿Necesitas más a Hugo o me lo puedo llevar? –le preguntó con una sonrisa divertida.

—Anda, llévatelo, preciosa. A ver si le quitas el mal humor, ¡pero no me cuentes cómo!

Soltando una carcajada, Nerea le respondió.

—¡Uy! no tengo el cuerpo para mucho movimiento.

Como cada noche, regresaron juntos a la habitación de Hugo donde Nerea, tras quitarse las manoletinas blancas que llevaba se tumbó en la cama bocabajo emitiendo un leve sonido. Hugo al verla, se tumbó a su lado y comenzó a acariciarle la espalda.

—¿Quieres que te traiga una manzanilla? –le preguntó preocupado al ver su estado.

—Ya me he tomado una abajo –contestó incorporándose para verle la cara–. Se pasará, esta tarde he ido con Ada a una farmacia que hay aquí cerca y me han dado un protector de estómago y Primperan. Unos días y como nueva –se acercó para darle un suave beso–. ¿Tú estás bien?

—Estoy mejor, que es algo –contestó retirándole un mechón detrás de la oreja–. Será mejor que descansemos, princesita.

—Sí… –susurró.

Nerea se levantó de la cama cogiendo el pijama de debajo de la almohada y fue al baño justo en el momento en que el móvil de Hugo sonaba. Pensó en no contestar, pero al ver en la pantalla un número desconocido, cogió.

—¿Dígame?

—Buenas noches, ¿es usted Hugo Ortiz? –dijo una voz femenina al otro lado de la línea.

—Sí, soy yo. ¿Quién es? –preguntó sentándose en el filo de la cama.

—Mire, le llamamos del Hospital Francesc de Borja. Siento comunicarle, que su madre, Elisa Sotovila, ha fallecido hace apenas unos minutos. Lo sentimos.

Hugo se quedó en blanco y una punzada le atravesó el corazón. ¿Muerta? No podía ser… tenía que haber un error. Se negaba a creerlo.

—Disculpe, ¿podría decirme la causa? –preguntó con voz ahogada.

—Una sobredosis. La encontraron dos agentes de la policía inconsciente y llamaron a una ambulancia de inmediato, pero no se pudo hacer nada por su vida.

—Está bien, gracias.

Y colgó. No podía ser. Deseaba que su madre desapareciera. Deseaba que saliera de sus vidas y les dejara en paz…, pero nunca quiso ni deseó su muerte. Comenzó a llorar en silencio aún sin moverse en el sitio. Dejó la mirada suspendida en el vacío y ni siquiera la desvió cuando oyó el ruido de la puerta del baño abrirse.

—Estoy agotada creo que… ¿Hugo? –le llamó Nerea al ver sus mejillas encharcadas en lágrimas y el rostro desencajado. Asustada, se acercó hasta él y agachándose le cogió el rostro entre las manos para que la mirara–. Hugo, cariño, ¿qué ha pasado?

—Mi madre… ha… muerto –dijo esa última palabra tras tragar saliva.

El joven se derrumbó y ocultó su rostro con las manos. Nerea sin dar crédito aún a lo que había sucedido, le abrazó haciendo que hundiera el rostro en su cuello. Notaba la angustia, la rabia y la pena en las lágrimas que se deslizaban por su clavícula. Nerea lo acunó como a un niño pequeño hasta que él la miró.

—Lo siento… –susurró Nerea.

—Ha sido culpa mía… yo quería que desapareciera para siempre, pero… no quería esto.

—¡No vuelvas a decir eso! –le regañó Nerea juntando sus frentes–. Escúchame bien, no ha sido culpa tuya, ¿me oyes? La vida es así, cariño. Y el destino caprichoso…

—Me han llamado del hospital –le explicó un poco más tranquilo–. Por lo visto ha sido a causa de una sobredosis.

Nerea le acarició la nuca y le dio un beso en la frente. Hugo volvió a abrazarla. Se sentía impotente y necesitaba su calor y amor en ese momento. Imágenes de toda su vida junto a la mujer que le destrozó la infancia y por la que ahora lloraba, comenzaban a pasar por su cabeza.

—Nunca me quiso, esa mujer nunca me quiso y ahora sufro por su muerte… ¿Por qué?

—Porque no eres como ella. Porque tú sí tienes corazón, tienes sentimientos y te preocupas por las personas que quieres. Y aunque ella nunca te cuidó, era tu madre, y aunque no quieras verlo, fue importante para ti.

Unos golpes en la puerta hicieron que miraran hacia ella sabiendo quién estaría detrás. Nerea hizo que Hugo se quedara en la cama mientras ella abría. La cara de un descolocado Pedro y los ojos entristecidos de su padre fue lo que se encontró al abrir.

—¿Os han llamado del hospital? –quiso saber Nerea.

—No, han sido los agentes, pero se encontraban allí. Mandaron a una empleada del hospital avisar a Hugo. ¿Cómo está? –preguntó Pedro preocupado.

—No está bien. Le ha afectado bastante. Está destrozado.

—Dile a Hugo que tiene tres días de baja y mañana por la mañana, Alejandro y yo iremos al hospital. Hay que reconocer el cadáver y prepararlo todo para el funeral.

Nerea asintió y dándole el pésame a Pedro, cerró la puerta y regresó con Hugo que seguía sentado en la cama. Sin saber qué decirle, se sentó a su lado y volvió a abrazarle depositando un suave beso en su cuello.

—Vamos a dormir –dijo Nerea quitándole el móvil de las manos para desactivar la alarma y dejarlo en la mesilla–. Lo necesitas.

Consiguió que se tumbara y apagando la luz, Nerea pasó una mano por su cintura para abrazarle. No sabía que más hacer. Aunque quisiera ocultarlo, ella también estaba confusa por todo lo sucedido.