7
Dos horas después, el despertador de Alejandro comenzó a sonar. Tenía que desayunar para ponerse en marcha, así que con cuidado de no despertar a su hija, se duchó y se puso el traje, pero al salir del baño vio a Nerea levantada y mirando por la ventana el amanecer en el mar.
—¿Qué haces despierta? Son las seis y media, duerme un poco más.
—Me he desvelado y sabes que cuando me desvelo ya no consigo dormir –bostezó.
Nerea se dio la vuelta para mirar a su padre quien se quedó mirándola frunciendo el ceño.
—¿Qué pasa? –preguntó Nerea.
—Mírate en el espejo.
Asustada, corrió hacia al baño y abrió los ojos como platos al ver un rastro de babas secas por toda su boca.
—Ainss ¡qué asco!
—No exageres cariño que eso con agua se quita.
—Pero a mí me sigue dando asco.
—Pero si son tus babas –rio Alejandro–. Cuando se secan te queda el rastro.
Nerea hizo caso a su padre y comenzó a lavarse la cara raspando con la uña la prueba de que se había pasado las apenas dos horas que había dormido babeando.
Mientras su hija estaba en el baño, Alejandro cogió la almohada en la que había dormido Nerea para ver el pequeño charco que había formado con su saliva. Quitó la sábana y la dejó en el bidé del baño para que la retiraran cuando fueran a limpiar la habitación.
—¿Quieres venir a desayunar conmigo y con Pedro o prefieres hacerlo más tarde cuando tus amigas se despierten?
—Voy contigo, además ayer me dijiste que hoy me tenías que enseñar algo.
—Está bien, te dejo que te vistas y te espero fuera.
Cuando Alejandro salió de la habitación, Nerea se quedó en el baño para acabar de asearse. Cogió un cepillo de dientes nuevo que su padre siempre tenía en el cajón y se lavó los dientes consiguiendo el aroma fresco de la menta que le encantaba tener por las mañanas. Hasta que no lo tenía, no se sentía limpia. Salió del baño y cuando fue a vestirse, se dio cuenta de que había subido a la habitación de su padre con el pijama. Tenía que ir a la suya a buscar ropa.
—Papá, tengo que ir a mi habitación a por ropa. Subí con el pijama.
—Ve bajando y te esperamos en tu puerta.
Nerea asintió y caminó hacia el ascensor pensando en lo último que le había dicho su padre. «Te esperamos», pensó qué seguramente Pedro le acompañaría.
Abrió la puerta de su habitación lo más sigilosamente que pudo y cogiendo la ropa, se cambió en el baño. Dejó el pijama a los pies de la cama y tras recogerse el pelo en una coleta alta, salió de la habitación.
—¿Todo bien? –preguntó Alejandro que la esperaba apoyado en la pared.
—Sí, ¿y Pedro? –dijo al ver solo a su padre esperándola.
—Estará abajo, junto con el resto de los empleados.
Si Pedro no iba a esperarla junto a su padre, ¿a qué se debía ese te esperamos? Pero lo averiguó nada más clavar la vista en el ascensor. Un guapísimo Hugo vestido con el uniforme que llevaba cada día les esperaba con las manos metidas en los bolsillos.
—Buenos días, princesita Cascanueces.
Alejandro miró a otro lado y rio al ver cómo su hija achinaba los ojos asesinando a Hugo con la mirada. No era la primera vez que oía ese mote para hablar de Nerea. Esta ni le habló. Entraron en el ascensor en silencio y cuando se abrieron las puertas, caminaron hasta el comedor.
—¡Qué sorpresa! –dijo Pedro abrazando a Nerea–. ¿Qué haces despierta, princesa? ¿Recordar viejos tiempos?
Cuando era pequeña, Nerea siempre quería desayunar con su padre y Pedro. Se levantaba todos los días a las seis para comenzar el día junto a ellos, pero siempre se quedaba dormida mientras se tomaba la leche y Alejandro acababa cogiéndola en brazos y subiéndola a la habitación.
—Me he desvelado y no consigo dormir, así que vengo a desayunar con vosotros.
—¿No te quedarás dormida? –le preguntó divertido.
Nerea sonrió.
—No, ya no. O eso espero –bromeó ella mientras se sentaba en una de las mesas junto con su padre y más empleados. Pero Pedro, desde la suya, le hizo una señal a Alejandro para que se acercara.
—Cielo, lo siento pero tengo que ir donde Pedro. Tenemos que hablar sobre un asuntillo del hotel.
—Tranquilo, ve.
—No me gusta dejarte sola –dijo mirando el comedor como si buscara a alguien–, ¡Hugo! –lo llamó–. Tengo que ir a hablar de unas cosas con Pedro. ¿Puedes sentarte con Nerea y hacerle compañía?
—Mientras mantenga el café en la taza, será un placer –dijo acercándose a ella mostrando una sonrisa maliciosa.
Hugo se sentó bruscamente en la silla al lado de Nerea golpeando su brazo. Ante el golpe, Nerea cogió la silla y se movió a la izquierda alejándose de él, pero Hugo hizo lo mismo para mayor enfado de ella. ¿Por qué su padre le había hecho eso? Sabía que el dichoso animador infantil le caía fatal. Lo mejor sería ignorarle o no desayunaría tranquila.
Ambos cogían diferentes alimentos que había en el centro de la mesa y parecían tener un imán para querer coger siempre lo mismo, haciendo que se pelearan por el último cruasán o por las últimas gotas del zumo.
Cuando Hugo acabó su desayuno, se llevó la mano a la boca y giró la cabeza hacia donde estaba ella para soltar un ruidoso eructo.
—¡Serás cerdo! –le gritó Nerea dándole un manotazo.
—¿Tú no has visto nunca Shrek? Mejor fuera que dentro.
—Ya, pero has tenido que hacerlo en mi oído.
Hugo sin contestarla, sonrió. No tenía ni idea de qué le pasaba con la hija del director. Era la primera mujer con la que se comportaba como un completo idiota, a pesar de que le atraía más que ninguna. Cuando la tenía delante, se descontrolaba. Por su parte, Nerea aún no se explicaba por qué le buscaba constantemente con la mirada. En la piscina, en el bar-salón o en cualquier instalación del hotel, no dejaba de mirarle. Y lo peor de todo, era que no podía dejar de pensar en él cuando no lo veía.
—Vete a la mierda –bramó enfadada levantándose de la silla.
Nerea comenzó a poner en el plato que había usado los vasos y cubiertos para llevarlos todos a la vez a la cocina cuando notó un aliento en su oído.
—Contigo delante para que no me pierda.
Como no lo esperaba, Nerea se asustó y dejó caer lo que tenía en las manos haciéndose añicos. El estruendo de la cubertería al romperse hizo que todos se giraran hacia ella provocando que Nerea enrojeciera y Hugo no dejara de reír. «¿Pero qué le pasaba a ese con ella? ¿Es que no la podía dejar en paz? ¿No la podía ignorar?», se decía.
Una de las camareras se acercó a ella y le dijo que no se preocupara que ella lo recogería. Nerea no pudo decir nada, sólo asintió con la cabeza y se fue del comedor mirando al suelo y dando grandes zancadas.
Pedro fulminó a Hugo con la mirada y él levantó las manos en señal de paz. Él no había hecho nada para que se le cayeran los platos, sólo le había contestado al oído. Pero al ver cómo le miraba, puso los ojos en blanco y se encargó él mismo de limpiar el estropicio.
Nerea caminó directa hacia el despacho de su padre y le mandó un mensaje al móvil para decirle que le esperaba allí para ver eso que le tenía que enseñar. Su padre no tardó en llegar y se colocó frente a su ordenador para introducir la dirección de la página que llevaba mirando desde hacía tres días.
—Es una academia especial para tratar casos de niños con problemas tanto pedagógicos como psicológicos. Hay dos puestos vacantes uno de sustitución durante seis meses y otro fijo si les gustases. ¿Qué te parece?
—Bien, pero… todavía no sé si voy a quedarme a vivir aquí. Ya sabes que mis amigas viven en Oviedo.
—Lo sé, cariño. Las entrevistas para el puesto comienzan en septiembre, así que para entonces ya habrás tomado una decisión.
Nerea asintió y se apoyó en el escritorio de su padre para leer la oferta de trabajo. La verdad es que le gustaría y había posibilidades de conseguirlo, pero no estaba muy convencida de dar ese cambio.
—Cariño, escucha. Tienes tres meses por delante para pensártelo y en cuanto al piso donde podrías vivir si aceptaras…, sabes que yo tengo un apartamento que apenas uso. Sería todo tuyo.
—No sé, papá, es que quiero quedarme y a la vez no quiero. Oviedo no es precisamente el pueblo de al lado.
Alejandro se puso en pie y besó a su hija en la coronilla. Él también tuvo que tomar la decisión de abandonar Logroño cuando le ofrecieron un puesto en el Hotel Villa Magic, pero la mala situación que estaba pasando con su mujer, le hizo más fácil tomar la decisión. Aunque vería menos a su hija, no quería que su pequeña creciera en un hogar lleno de peleas y gritos. Por eso, aceptó la separación amistosa y pasar con su hija el máximo tiempo que su trabajo le permitiera. Aunque no la vio tanto como quiso, no se perdió ningún acontecimiento importante y, por ello, daba las gracias al cielo.
—No te agobies por esto, pero tienes que pensar muy bien antes de tomar una decisión.
Cuando Nerea salió del despacho de su padre, eran las ocho de la mañana. A sus amigas les quedaba una hora de sueño, así que volvió a la habitación. Se puso el biquini y cogió la toalla antes de irse a la piscina. A esas horas no había nadie ya que el socorrista no empezaba su turno hasta las nueve. «Si me ahogo problema mío», pensó Nerea metiéndose en el agua poco a poco. Cuando esta le llegó por las rodillas, dio un salto y se tiró de cabeza para comenzar a nadar.
Le encantaba hacer largos siempre que podía. Aparte de que ejercitaba el cuerpo entero, le relajaba y a su ritmo no se cansaba. Hizo varios largos tanto en estilo crol como de espaldas.
Antes de que llegara el socorrista, se colocó en el centro de la piscina y relajándose, cerró los ojos y comenzó a flotar en el agua.
—¡Princesita! ¿Te traigo unos manguitos?
Nerea puso los ojos en blanco y comenzó a nadar para salir de la piscina. Cogió la toalla y se secó la cara antes de cubrirse con ella para comenzar a secarse el resto del cuerpo.
—¿Por qué no vas a hacer tu trabajo? –le dijo cansada de su presencia.
—Estoy esperando que lleguen unas cajas con materiales para hacer juegos con los niños y hay que dejarlas en el almacén que se encuentra en la piscina. ¿Y tú? ¿No sabes que la piscina se abre a las nueve?
—La piscina está abierta las veinticuatro horas. Es el socorrista el que tiene horario. Si alguien se ahoga fuera del horario del socorrista, no sería problema del hotel.
—Dime princesita –dijo Hugo colocándose a su espalda para susurrarle al oído–. ¿Te animarías a meterte conmigo una noche de estas… sin nada?
—En tus sueños, bonito.
—Piénsalo. Estoy seguro de que disfrutaríamos los dos. Y mi invitación para que vengas a mi cama sigue en pie.
Nerea fue a abofetearle pero él fue más rápido y atrapó su mano. Ella fue a darle con la otra, pero Hugo volvió a atraparla, dejando ambas manos sujetas y cruzadas. La toalla de Nerea cayó al suelo al no seguir agarrada y ambos se miraron a los ojos durante unos segundos. Sus rostros fueron acercándose. Podían sentir el aliento del otro chocar en sus labios. Hugo comenzó a aflojar a Nerea del agarre y comenzó a bajar la cabeza. Necesitaba sentir sus labios húmedos sobre los de él, pero Nerea aprovechó su bajada de guardia para soltarse de sus manos y empujarle hasta que cayó a la piscina.
—Esto es por lo del desayuno, guapito de cara –dijo Nerea con los brazos en jarras cuando Hugo saco la cabeza–. Y que te quede claro, yo no soy ninguna de las ingenuas que pululan por el hotel y se desnudan en cuanto les susurras al oído sensualmente.
—¿Así que crees que mi manera de susurrar es sensual? –la provocó Hugo.
Nerea soltó un grito por la irritación y se tiró a la piscina para intentar ahogarle. Colocó sus dos manos en la cabeza de Hugo y comenzó a empujar hacia abajo, pero él era más fuerte que ella y no podía. En su intento por ahogarle, los pechos de Nerea quedaron en la cara de Hugo que comenzó a notar cómo comenzaba a excitarse por momentos, así que colocó las manos en los costados de la chica y le comenzó a hacer cosquillas. Nerea empezó a reír y retorcerse mientras Hugo disfrutaba de su contacto. ¿Qué le pasaba? ¿Acaso esa malcriada comenzaba a gustarle? Su carácter le ofuscaba y para echar un polvo rápido ya tenía a las clientas del hotel que le desnudaban con la mirada cada vez que pasaba cerca. ¿Por qué comenzaba a pensar en ella de esa forma?
—¡Para! ¡Para! –gritaba Nerea comenzando a quejarse por las cosquillas.
Pero Hugo siguió y siguió hasta que el pie de Nerea impactó en su entrepierna haciendo que se doblara por la mitad y la soltara.
—¡Serás bruta!
—No lo he hecho adrede, que lo sepas. Pero si me hacen cosquillas, no soy responsable de mis actos, además ya tendrías que tener esa zona insensibilizada.
—¡¡Hugo!! –gritó alguien andando hacia ellos–. ¿Qué cojones haces en la piscina?
Hugo se puso en posición horizontal y de un fuerte golpe, estiró la pierna hacia arriba como lo hubiera hecho una bailarina.
—Natación sincronizada. ¿Tú que crees? La princesita Cascanueces que no tenía otra cosa que hacer que tirarme a la piscina vestido.
—¡Tendrás morro! –se quejó Nerea enfadada salpicándole.
Samuel comenzó a reír al ver a aquellos dos. Pedro y Alejandro hablaban mucho de ellos cuando se reunían algunos empleados y comenzaban a ser famosos en el hotel.
—Así que esta es la famosa princesa Cascanueces. Encantado, preciosa, soy Samuel, otro de los animadores infantiles y compañero de Hugo. No para de hablar de ti.
—Mentiroso –dijo Hugo salpicándole.
—Encantada, Samuel. No sé cómo le soportas.
Nerea salió de la piscina seguida de Hugo y comenzó a secarse sentada en una hamaca. Hugo, calado hasta los huesos, le guiñó un ojo a esta al ver cómo ella le fulminaba con la mirada y acompañó a Samuel a por las cajas. Ya iría luego a cambiarse.
Nerea se colocó el vestido por encima del biquini aún mojado y se quedó mirando cómo Hugo intentaba colocar las cajas dentro del almacén unas encima de otras. El peso de las cajas hacía que sus músculos se tensaran y se le marcaran más por encima de la camiseta mojada haciendo que le mirara completamente embobada.
—Princesita, en vez de desnudarme con la mirada, ¿por qué no ayudas y haces algo? –dijo Hugo secándose el sudor de la frente.
Sin saber por qué, Nerea se acercó hasta donde estaban ellos. El almacén se encontraba a un lado a apenas metro y medio de la piscina. Un paso en falso y podías acabar calado.
—¿Qué quieres que haga?
—Sujeta esta caja.
Hugo le pasó la pesada caja de manera tan brusca que hizo que Nerea tropezara y cayera vestida a la piscina, aunque Hugo había conseguido salvar la caja de darse un baño.
—¡Gilipollas! –dijo Nerea saliendo de la piscina.
—¿Yo? Yo no he hecho nada. Yo te he dado un pequeño empujoncito y tú que no miras por dónde vas, has pisado mal y te has caído a la piscina – dijo burlándose recordando lo que ella le dijo cuando se le cayó el bol con el arroz con leche.
Nerea se dio la vuelta y caminó a paso rápido para largarse de allí. Ese tío acabaría con ella antes de que terminasen las vacaciones.
—Por cierto princesita –la llamó Hugo antes de que abandonara la piscina–. Ese vestido te queda mil veces mejor mojado –dijo lamiéndose provocativamente el labio superior.
Nerea puso los ojos en blanco y recogiendo sus cosas se marchó a su habitación sin darse cuenta de que sus amigas salían del comedor.
—¡Nerea! –la llamaron–. ¿Dónde estabas?
—He desayunado con mi padre y después he ido a nadar, nada más.
—¿Y desde cuando nadas con la ropa puesta? –dijo Laila señalando su vestido calado.
—¡Ha sido el imbécil de Hugo! Me ha tirado a la piscina vestida.
—¿Y tú te has ido sin más? –preguntó Elena levantando las cejas.
—No, yo también le he tirado a él vestido.
—¿Los dos solos y en la piscina? ¿Algo que contar señorita Nerea Delgado? –dijo Ada con una sonrisa picarona.
—Sí, que mañana mismo robo cianuro de la cocina. ¡Ese tío va a acabar conmigo!
Todas rieron a excepción de Nerea que subió a la habitación para cambiarse y secarse un poco el pelo.