19
Un calor abrasador despertó a Ada de su sueño. Cuando el aire acondicionado se apagaba, cada mañana muy temprano comenzaba a hacer bochorno en esa minúscula habitación. Destapándose por completo, intentó volver a dormir pero no había manera. Cogiendo su móvil, pulsó la tecla central y comprobó que eran las ocho y diez de la mañana. Como era de esperar, la cama de Nerea estaba sin deshacer. Resopló. Se alegraba de que hubieran aclarado el incidente, pero seguía pensando lo mismo. Esa relación no tenía futuro, aunque admitía que cada vez que los veía juntos una punzada de celos la atravesaba. Creía en el amor, pero ella misma tenía miedo de él, por eso aquella noche en la que Sergio le confesó que estaba enamorado de ella se bloqueó y huyó. ¿Qué más podía hacer? Él se quedaría aquí y ella se marcharía. Pero fue una cobarde. Ni siquiera le había dado una explicación. Directamente, no podía hablarle.
Se arrastró por la cama hasta que tocó el suelo y logró levantarse. En el baño, disfrutó de una ducha rápida y se dispuso a bajar a desayunar, pero recordó que Laila y Elena habían salido la noche anterior y ese día se quedarían en la habitación. Corrió las cortinas y llenó sus fosas nasales del agradable aroma que desprendía el mar. Iría a correr por la orilla. Total, no tenía nada mejor que hacer. Se puso el biquini, un pantalón corto de deporte y una camiseta de tirantes. De su neceser, cogió una goma de pelo y se recogió sus rizos rojos como el fuego en una coleta alta.
Bajó las escaleras con energía y decidió desayunar más de lo normal. Correría durante un buen rato y necesitaría fuerzas. A esas horas, el restaurante estaba prácticamente vacío por lo que cogió un buen desayuno y ocupó una de las mesas al lado de la ventana para comer contemplando el mar. Cogió el cuchillo para untar las tostadas pero se había olvidado de coger la mantequilla y la mermelada. Dio un nuevo sorbo a su café y se levantó para coger lo que quería.
—Buenos días –dijo una voz grave a su lado.
—Buenos días –resopló.
—¿Desayunando?
—Sí –contestó tajante.
—¿Tú sola?
—Yo sola.
Hugo en un intento por ver qué tenía la amiga pelirroja de Nerea en contra de él, se acercó a ella para entablar una conversación amistosa, pero Ada ni siquiera le había dirigido una mirada mientras decidía qué mermelada coger.
—¿Sabes decir más de dos palabras seguidas?
Ada lo taladró con la mirada.
—Sí, sólo te estaba mostrando de forma sutil que quiero que te vayas a la mierda y me dejes en paz.
Hugo se pasó la mano por la cara para borrar una sonrisa. Su princesita se parecía mucho a esa pelirroja. Como decía su padre: «Dios las cría y ellas se juntan». ¡Menudo carácter!
—Vale, iré al grano. ¿Se puede saber que tienes contra mí?
—¿Yo? Nada –dijo poniendo gesto despreocupado y cogiendo dos paquetitos de mermelada de melocotón–. Básicamente, que eres tío, tienes polla y todo ese conjunto ya indica que eres gilipollas. Pero no es un insulto, ¿eh? Eso es algo que todos sois.
Hugo recurrió a todo su autocontrol para no cantarle las cuarenta a esa tía como llevaba queriendo hacer hacía semanas. Lo que le pasaba a esa pelirroja era que estaba amargada y según le había contado Nerea, hacía tres semanas que no echaba un polvo.
Ada volvió a paso rápido a su mesa sin importarle las miradas furtivas que algunos de los empleados le echaban. El corto pantalón de deporte que llevaba le resaltaba el trasero y le alargaba las piernas, y eso a los hombres les encantaba.
Se sentó y abriendo los paquetitos, comenzó a untar la tostada ignorando al animador que se sentó en una de las sillas libres. Ella le miró, pero siguió ignorándole. Ya se largaría. Pero cada vez más incómoda al sentir como él no le quitaba el ojo de encima mientras desayunaba, le tiró la servilleta y dijo:
—¡Te quieres largar de una puta vez! Joder qué cansino.
—No, estoy cómodo aquí –la vaciló.
—Vete a hacer tu trabajo, coño.
Hugo giró la muñeca y mirando su reloj se recostó en la silla colocándose las manos detrás de la cabeza.
—Aún me queda una hora antes de empezar el turno.
—¡¡Joder!! Mira, no me caes bien porque eres un picaflor y un mujeriego. Admito que animé a Nerea para que echara un polvo contigo, ¡pero ya está! No quería que se involucrara en una relación y ya es tarde. Va a sufrir por tu culpa y cuando lo haga, vendré a acabar lo que empezó ella. Te arrancaré los huevos.
Él sonrió irónico.
—Vaya… ya veo lo que piensas de mí, pero hablemos de ti. Desde que llegaste te he visto con más de siete tíos distintos y tras el último –la provocó– no he vuelto a verte con ninguno. Dime, ¿porque tú estés disfrutando de estos años con quien quieras antes de sentar la cabeza, eso quiere decir que eres una puta? Tú y yo somos iguales, Ada –dijo apoyando los codos en la mesa– hemos disfrutado de la libertad de la soltería al máximo, tirándonos a quien nos ha apetecido, pero ahora ha llegado a nuestra vida una persona que nos está haciendo disfrutar de algo que creo que ninguno de los dos habíamos experimentado. ¿La diferencia? Yo estoy disfrutando de todos y cada uno de los momentos a su lado. Tú no, y el día de mañana te arrepentirás.
Hugo se levantó de la silla y la dejó sola y muda. Ada dio un puñetazo en la mesa y sin acabar el café salió del hotel y se dispuso a correr por la playa. Despacio, para que no se le metiera arena dentro de las deportivas, llegó a la orilla donde las olas morían y comenzó a trotar a un ritmo lento para calentar. Poco a poco fue aumentando el ritmo mientras pensaba en lo que le había dicho Hugo. Ella también podía sentir esa sensación de miles de mariposas en su estómago, pero llevaba tres semanas ignorando a Sergio. La había cagado.
Alzó la vista al frente y pudo comprobar cómo hombres de cuerpos atléticos que corrían en dirección contraria la repasaban de arriba abajo. Antes, les habría respondido con una mirada coqueta o incluso habría intentado conseguir su número, pero ahora no se imaginaba estar con otro que no fuera Sergio. En ese instante, supo que a Hugo le pasaba lo mismo con Nerea. No podía estar con otra que no fuera su amiga. Se secó una lágrima que le recorría la mejilla y dio media vuelta para seguir corriendo ya de regreso al hotel.
—¡Ada! ¡Ada! –oyó como la llamaban.
Ella se detuvo en seco.
—Esa voz… –susurró y giró la cabeza para mirar por encima del hombro, pero rápidamente volvió a mirar al frente.
Cuando Sergio la vio desde la distancia, no podía creerlo. Su Ada, su ninfa como la llamaba, estaba a escasos metros de él. No iba a dejar escapar esa oportunidad de hablar con ella. La necesitaba. Esas últimas semanas habían sido horribles sin su presencia y haría todo lo que estuviera en su mano para conquistarla.
Ada al verlo guapísimo con una camisa blanca y unos pantalones negros, volvió a echar a correr a una velocidad inimaginable.
—¡Ada! –continuó llamándole corriendo detrás de ella.
«¿Qué estás haciendo, Ada?», preguntó la voz de su cabeza, pero su cuerpo no podía parar de correr.
—¡Ada para, por favor!
«¡Para de una vez!», le regañó esa voz y finalmente se detuvo. Era hora de enfrentarse a lo que venía. Recuperando el aliento, Ada esperó de espaldas a él a que la alcanzara. Por primera vez en su vida, tenía miedo de que las palabras de un hombre le rompieran el corazón.
Cuando Sergio la alcanzó, la cogió suavemente por el brazo y se colocó frente a ella que tenía la mirada fija en sus pies. Al verla tan confundida, no quiso perder la oportunidad y levantándole el rostro, posó los labios sobre los suyos. Sorprendida por ese acto de pasión, se quedó unos segundos parada pero enseguida respondió a su beso.
—Lo siento, mi ninfa, lo siento. Pero tenía que volver a besarte. Te necesito tanto… –susurró antes de volver a besarla sin importar quién los mirara–: Di algo, por favor.
—Yo… yo… –tartamudeó– ¡Lo siento! –sollozó abrazándose a él y hundiendo el rostro en su pecho–. Yo me asusté cuando dijiste eso y… y… no reaccioné bien.
—Ya está, mi amor. –Le acarició la nuca para relajarla–. No llores.
—No lo entiendes, Sergio –dijo en un tono triste separándose de él–. Yo en apenas un mes volveré a Oviedo y…
—Entonces me iré contigo –la interrumpió serio.
—¿Qué?
Sergio le cogió las manos y tras besárselas dijo:
—Te quiero, Ada, y soy capaz de perseguirte a cualquier lugar y vivir dónde tú quieras, pero juntos.
—Pero tú tienes un trabajo aquí y…
—Este trabajo es temporal y finaliza el último sábado de agosto. Y si me ofrecen la renovación, no la aceptaré, porque quiero estar contigo, mi ninfa.
Emocionada como nunca en su vida, sonrió y le abrazó besándole apasionadamente. Por ella iba a dejar todo lo que tenía para seguirla, pero no lo permitiría. No quería ser una egoísta y ya lo había sido bastante con él.
—Eres lo mejor que me ha pasado nunca –dijo limpiándose las lágrimas–. Pero no voy a permitir que dejes tu trabajo, tu casa y todo por mí.
—Pero yo quie…
Ada le tapó la boca con los dedos y le acarició la mejilla.
—No, no lo voy a permitir. Pero yo tampoco quiero perderte porque también te quiero, así que seré yo quien se quede aquí a vivir.
—¿Estás segura? A mí no me supone ningún problema marcharme de aquí.
—Y a mí tampoco mudarme de ciudad. No tengo ningún trabajo que me retenga allá y mi casa es de alquiler. Pero tendré que ir a Oviedo para el tema de la mudanza y dejar todo bien atado.
—Yo te ayudaré con todo. –La abrazó con fuerza–. Me acabas de hacer el hombre más feliz del mundo.
Mientras Ada estaba feliz tras lo que estaba por llegar, Nerea abría los ojos en la cama de Hugo. El reloj ya marcaba las once, pero le había costado tanto dormir durante la noche que apenas había descansado seis horas. Hugo ya se había ido y acercándose a la almohada la olió para impregnarse de esa fragancia masculina que tanto le gustaba. Se frotó los ojos con los dedos, pero al irse a levantar notó un fuerte escozor en la entrepierna. Tras emitir un pequeño gemido de dolor, volvió a tumbarse y abriendo las piernas vio que tenía los muslos y las ingles escocidas e incluso las nalgas. Dio un puñetazo en el colchón furiosa. ¡Le dijo que no quería que la arena se le pegara! No volvería a echar un polvo en la playa nunca más.
Como pudo y muy despacio se levantó de la cama y andando con las piernas lo más separadas que podía, fue al baño para buscar alguna pomada pero no había ninguna. Roja como un tomate, llamó a Hugo y tras insistirle mucho, pero sin contarle lo que le ocurría, hizo que subiera.
—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? –preguntó preocupado entrando en la habitación. La había notado muy angustiada por teléfono.
—No –gimió tapándose la cara.
Hugo se sentó en la cama al lado de donde ella estaba tumbada y comenzó a acariciarle el brazo con delicadeza.
—¿Qué te pasa, cariño?
Muerta de vergüenza, no pudo hablar por lo que con el dedo índice se señaló la parte más sensible de su anatomía. Hugo miró donde ella se señalaba sin entender nada.
—Nerea, o hablas o no te entiendo.
—¡Te dije que no quería que se me pegara la arena!
—¿Qué? –preguntó extrañado aún sin entender nada.
—¡Que estoy escocida! ¡Me escuecen la entrepierna y el culo! –dijo tapándose con la almohada.
Hugo la miró sorprendido y soltó una pequeña carcajada que intentó disimular con una tos, pero Nerea enfadada comenzó a golpearle con la almohada en la cabeza. Aunque cuando fue a ponerse de rodillas en la cama para darle mejor, sintió una punzada de dolor y quejándose volvió a tumbarse espatarrada.
—¿Quieres que vaya a la farmacia a por una pomada?
—¿Para qué crees que te he llamado? –le espetó furiosa.
—Quizá por el calentón que tienes entre las piernas –se mofó y Nerea le golpeó fuerte en el brazo–. ¡Ay! Serás bruta.
—Tú, ríete, que por si no te has dado cuenta esto trae consecuencias que a ti también te afectan, así que durante unos días olvídate del sexo.
En ese momento, se le quitó la sonrisa de la cara. ¡Mierda! Ella tenía razón. Lo mejor sería que le comprara la pomada e ibuprofeno para que ese contratiempo pasara cuanto antes. Él indirectamente también sufría ese escocimiento. La besó en la frente después de que ella le hiciera la cobra y fue a la farmacia más cercana.
—Toma –dijo al volver–: Esto te aliviará y la farmacéutica me ha dicho que puedes tomarte un ibuprofeno cada ocho horas si te escuece.
Nerea alargó la mano para coger el paquete que le traía, pero Hugo se lo quitó de su alcance. Le miró con reproche poniéndole mala cara y se cruzó de brazos esperando a que se lo diera.
—Quiero algo a cambio por este favor.
—¿Qué quieres? –dijo molesta tras resoplar.
Hugo apoyó los nudillos y una rodilla en el colchón para dejar su rostro a unos centímetros del suyo.
—Un beso, princesita.
Levantando las cejas, se acercó a él y le dio un rápido beso en los labios que a Hugo le supo a poco. Muy poco.
—Ya está, ahora dámelo –exigió poniendo la palma de la mano hacia arriba.
—No, quiero un beso de verdad cariño, o no hay pomada.
—Pues tú sabrás. Sin pomada tampoco hay sexo.
Hugo suspiró. ¡Menuda cabezota! Cansado de pelear con ella, le cogió el rostro y la besó como a él le gustaba. Al principio, Nerea se resistió apretando los labios, pero se dejó vencer y permitió que la besara apasionadamente.
—Esto está mejor, princesita. –Le guiñó un ojo a la vez que le daba la caja con la pomada.
Nerea se lo quitó de malas maneras de las manos y sacó el tubo que había en su interior, pero al ver cómo Hugo la observaba, le preguntó.
—¿Qué pasa?
—¿Quieres que te la ponga yo, princesita? –le preguntó pícaro–. No sería la primera vez que te aplique una pomada –dijo recordando el día que ella se cayó en recepción dándose un fuerte golpe en la cadera.
—¡Ni en sueños!
—Cariño, que no veré nada que no haya visto ya.
—¡Fuera! –exigió señalándole la puerta–: Tú, de momento, a trabajar. Cuando esté mejor de… esto, bajaré.
Hugo sonrió y dándole un suave beso se despidió de ella para continuar trabajando, pero antes quedaron en la puerta de la habitación de ella a las ocho para bajar a cenar con sus respectivos padres.
Nerea apenas podía moverse. Consiguió a duras penas y caminando como un pato llegar a su habitación y se sorprendió de no ver a Ada. ¿Dónde estaría? Volvió a tumbarse en la cama y llamó al servicio de habitaciones para que le subieran la comida a las dos en punto.
El resto del día transcurrió aburridísimo. Se puso la pomada en varias ocasiones y la pastilla le disminuía el dolor, pero necesitaba salir a la calle y la terraza ya no le valía.
A la hora de cenar, tuvo que cambiarse. Hugo y ella habían quedado para cenar con su padre y Pedro, pero si bajaba todo el mundo la vería caminar de esa forma tan humillante. No tenía alternativa aunque les dijo a Elena y Laila que estaría con ellas en el bar-salón, quienes tras partirse de risa cuando les contó lo que le sucedía, asintieron y le prometieron guardarla un sitio.
Tras ponerse un sencillo vestido, Hugo la recogió y tuvo que recurrir a toda su fuerza para no reír al ver cómo intentaba andar más o menos normal. Encima, para su mala suerte, Alejandro y Pedro les esperaban en la mesa más alejada. Nerea maldijo por lo bajo.
Aliviada cuando se sentó en la silla, saludó con una sonrisa a aquellos dos y tras pedir agua y vino, Pedro y Hugo se levantaron para empezar a coger la cena.
—¿Quieres que te traiga yo algo? –le preguntó Hugo a Nerea y esta asintió–. ¿Qué te apetece?
—No tengo mucha hambre, así que una ensalada y un poco de arroz con leche bastarán.
Hugo asintió y le llevó primero su cena y después cogió la suya. Alejandro un tanto extrañado por ese comportamiento, observó pero calló. Una vez que todos tenían su cena comenzaron a charlar. Nerea les contó que comenzaron a llevarse bien el día después de su cumpleaños cuando Hugo decidió comportarse bien con ella y aunque al principio no quería saber nada de él, poco a poco se fueron uniendo. Los padres de ambos sonrieron, pero Alejandro no paraba de observar a su hija. No paraba quieta en la silla, como si estuviera incómoda. ¿Qué le sucedía? Preocupado le preguntó.
—¿Estás bien, princesa?
—Sí, papá. Tranquilo.
—Está escocida –les confesó Hugo–. Ya está, ¿a qué no ha sido tan difícil?
Nerea le golpeó de nuevo en el brazo pero esta vez Hugo rio. Le encantaba esa cara de enfado que tenía en ese instante por lo que siguió.
—Ayer estuvimos en la playa y se le quedo arenilla pegada –dijo ganándose una colleja por parte de Nerea.
Alejandro y Pedro se taparon la cara para que no les vieran reír, pero Nerea fulminándoles con la mirada puso los ojos en blanco y se levantó.
—¡Hombres! Una estupenda cena y ahora, ¡adiós!
Nerea abandonó el restaurante sin llamar mucho la atención. Por suerte el escozor le iba disminuyendo y andaba mejor. Entró en el bar-salón y se reunió con sus amigas que ya habían ocupado una de las mesas.
—¿Cómo estás? –le preguntó Laila al ver a Nerea sentarse con ellas.
—Algo mejor, ya está menos rojo pero aún sigue molestando. Al menos puedo disimular a la hora de andar, porque esta mañana era imposible.
—Para mañana ya verás como la mayoría habrá desaparecido –le dijo Elena cogiéndola de la mano–. Por cierto, ¿y Ada? No la he visto en todo el día.
—Ni yo. Estará echando un polvo con alguno, probablemente. Ya era hora –comentó Laila.
Esa noche, el protagonismo recaía en los hombres. Los animadores seleccionaron a unos cuantos adultos que se encontraban allí y los llevaron detrás del escenario. Mientras Samuel les ayudaba a cambiarse, Hugo colocó una alfombra roja en el centro del salón y varios focos alumbrándola. Los seleccionados iban a hacer un concurso de hacer desfiles y el más aplaudido por el público ganaría una botella de vino de Rioja y un fin de semana romántico en una casa rural cerca de Gandía. Pero la particularidad era que los modelos deberían desfilar con unos estrechísimos vestidos, tacones de aguja, maquillados y con peluca. El pase comenzó y todos los espectadores prorrumpieron en carcajadas al ver cómo apenas podían andar moviendo las caderas como las modelos profesionales y las piernas peludas que lucían con orgullo. Cuando quedaron los finalistas, la siguiente prueba impuesta consistía en hacer un baile sexy y los tres finalistas tuvieron que hacer un pequeño teatrillo para conquistar a los animadores.
El espectáculo llegó a su fin y dando las gracias, los huéspedes comenzaron a dispersarse menos Nerea que esperaba junto a sus amigas a que Hugo acabara de recoger para subir con él a descansar, aunque esa noche sin polvo de buenas noches. Estaban las tres hablando aún sentadas, cuando Nerea se fijó en cómo una morena despampanante con minifalda y taconazos se acercaba a Hugo y comenzaba a acariciarle la espalda y su fuerte brazo. Nerea, muerta de celos, se levantó como si tuviera un petardo en el culo y, sin importarle el escozor de su entrepierna, se acercó hasta donde estaba Hugo. Con una falsa sonrisa, se tiró a su cuello y lo besó con pasión dejando a la morena con los ojos abiertos.
—Hola, mi amor –dijo Nerea sobre los labios de Hugo–. ¿Vas a tardar? No quiero irme a la cama sin ti.
Sorprendido porque no la había visto venir y sin saber siquiera que estaba allí, ya que creía que había subido a la habitación tras cenar, le rodeó la cintura con los brazos sabiendo lo que estaba haciendo y sonriendo le respondió:
—No, cariño. Pero si me esperas un segundo, subimos juntos.
—Está bien –dijo sentándose en el escenario–. Te espero.
La morena indignada al no haber conseguido su propósito, levantó la barbilla y se fue moviendo el trasero ante la mirada asesina de Nerea. Algún día le arrancaría los ojos y las manos a todas las zorras que intentaran ligar con su chico. Hugo riendo se acercó a ella y le dio un suave beso.
—¿Te he dicho que estás preciosa cuando te pones celosa?
—Y no veas lo guapísima que me pongo cuando reparto hostias.
Hugo soltó una carcajada y se acercó a ella para tocarle las piernas que dejaba al descubierto su veraniego vestido.
—¿Estás mejor de… eso?
—Un poco, pero olvídate –le advirtió levantando un dedo–, que no hay sexo.
Hugo hizo un puchero y ella con suavidad le giró la cara hacia la derecha con una sonrisa. El chico guardó la última caja y le tendió la mano a Nerea que aceptó el gesto y de un salto bajó del escenario, pero casi cae al suelo al notar un fuerte mareo de no ser por los brazos de Hugo.
—¿Estás bien, princesita?
—Sí, sí, sólo es un mareo –dijo llevándose la mano a la frente–. Debe de ser de las pastillas.
—¿Se te pasa?
Ella negó con la cabeza notando cómo el estómago comenzaba a revolvérsele a causa del mareo. Pasándole una mano por debajo de las rodillas y otra por la espalda, Hugo la cogió y ella cerrando los ojos contra su pecho para disminuir esa sensación, se dejó llevar hasta la habitación donde la tumbó con delicadeza tras ayudarla a ponerse el pijama. Sin quitarse los boxers él también se desnudó y se tumbó a su lado atrayéndola hacia él para abrazarla.
—Duerme, princesita. Mañana estarás mejor.
—Eso espero porque ¡menudo día!