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Ninguno de los dos estaba bien. Nerea llevaba días encerrada en la habitación, no salía, no comía, no hacía nada. Sólo se quedaba tumbada en la cama y lloraba. Sus amigas, preocupadas por ella, le llevaban algo de comer, pero era darle un bocado y Nerea corría al baño a vomitar. Estaba pálida y sentía fuertes mareos. Sus amigas intentaron hablar con Hugo para que aclararan las cosas. No podían seguir así y ella necesitaba recuperarse, no sólo psicológicamente, sino también físicamente. Esos días había perdido mucho peso debido a sus vómitos continuos y la ausencia de comida.

Pero Hugo se negó a volver siquiera a verla. Ella había decidido, ella quiso separarse de él, por lo que debía ser ella la que fuera a hablar con él. No pensaba arrastrarse por una caprichosa a la que le había abierto su corazón y después le había dejado. Lo que ninguna sabía era que, aunque Hugo mostrara pasividad, por las noches, desesperado por su ausencia, dormía abrazado al pijama que Nerea se dejó bajo su almohada. Cada noche aspiraba su olor y dormía abrazado a él imaginando que era ella a la que estrechaba entre sus brazos. Imaginándose a su lado a la mujer que le había roto el corazón.

Pedro y Alejandro, enterados por las amigas de Nerea y en parte por Hugo de lo ocurrido, intentaron hablar con sus respectivos hijos. Para Pedro fue misión imposible. Su hijo se había cerrado en banda y ocultaba bajo su mal humor todo el dolor causado por el amor.

Alejandro pasó horas hablando con su hija mientras ella, abrazada a él, lloraba y le contaba el porqué de esa decisión. Su padre intentó hacerla entrar en razón, pero Nerea, al igual que Hugo, había cerrado las puertas al amor que se profesaban. Como cuando era niña y enfermaba, Alejandro le dio una sopa de arroz que habían preparado en la cocina para ella. Se la dio despacio, para que su estómago lo asentara. Consiguió que se la acabara junto a un yogur que le costó comer, pero finalmente lo hizo y se quedó dormida abrazada a su padre. Alejandro, preocupado por la tez blanca de su hija junto a unas considerables ojeras y su pérdida de peso, le dio un beso en la frente y la dejó descansar. Él debía seguir trabajando, pero esa noche volvería a visitarla.

—¿Cómo está? –le preguntó Pedro cuando Alejandro salió de la habitación de su hija con ojos tristes.

—He conseguido que coma y ahora está durmiendo. Está destrozada –dijo en un suspiro.

—Hugo tiene un humor de perros, pero soy su padre y sé que con esa actitud quiere esconderme el dolor que siente ahora mismo.

Alejandro se sacó un pañuelo del bolsillo y se secó los ojos. No podía ver sufrir a su princesa y menos ver cómo su cuerpo se consumía por la pena. Intentando disimular su malestar, bajaron al despacho del director, donde ambos se sirvieron un vaso de whisky. Lo necesitaban.

—Sabes que Nerea lo pasó muy mal cuando descubrió lo que en realidad buscaba Íñigo de ella y ahora… tiene miedo a arriesgarse por amor.

—No hay manera de que ninguno de ellos entre en razón –dijo Pedro negando con la cabeza.

—Hugo jamás se había enamorado y entiendo su reacción. Es más, según me contó, Nerea tomó la decisión de regresar a Oviedo cuando él le confesó que la quería.

—Me duele decirlo, Alejandro. Pero no podemos hacer nada. Sólo ellos pueden solucionarlo.

Alejandro asintió triste y se bebió de un trago todo el whisky que había en su vaso.

Tal como le había prometido, Alejandro regresó por la noche al cuarto de su hija. Seguía tumbada y su rostro mostraba la tristeza y el dolor que sentía. Tenía el pelo húmedo, por lo que supuso que se había duchado. Su amiga Ada, que se encontraba en el baño preparándose para salir, clavó la vista en Alejandro y le saludó con un ligero movimiento de cabeza. El hombre pudo ver en los ojos de la joven el aire de derrota que sentía con respecto a su hija. Al ver a su padre, Nerea le hizo sitio en la cama para que se sentara a su lado y volvió a abrazarle.

—¿Crees que soy idiota? –le preguntó tras varios minutos de silencio.

—No digas eso, princesa. En las cosas del corazón nada es fácil.

Al oír cómo la llamaba una nueva punzada le atravesó. Aunque cuando le conoció lo odiaba, la manera de Hugo de llamarla princesita se había convertido en algo muy especial para ella, pero ahora era doloroso.

—Yo le quiero, papá –se sinceró–. Pero tarde o temprano sé que todo se habría acabado.

—¿Por qué dices eso, cariño?

—Somos muy diferentes. Cuando le conocí se iba con todas las que podía, estaba cerrado al amor y sólo quería de mí lo mismo que de ellas…

—Princesa, ¿te has dado cuenta? –Ella le miró extrañada–. Has hablado en pasado. No quiero agobiarte más, Nerea. Tú has sido la que ha tomado la decisión de que se rompiera lo que teníais. Tú te has negado al amor. Tú has decidido apartarte de su lado. Tú has decidido no arriesgarte a crear una vida junto a él. Ahora está en tú mano reconducir tu camino. Mira en tu corazón, Nerea, y escúchalo. ¿De verdad quieres separarte de él? ¿De verdad no quieres arriesgarte a ser feliz con el hombre que amas? –A Nerea se le resbaló una lágrima por la mejilla–: Sabes que siempre te he ayudado y hagas lo que hagas te querré, pero en esto no puedo ayudarte. Lo único que puedo hacer es aconsejarte, pero este será mi último consejo: arriésgate. Es cierto que puedes perder, pero ¿has pensado en lo que puedes ganar?

Nerea se quedó callada. Las palabras de su padre siempre conseguían que reflexionara, pero por una vez en su vida prefería olvidarlas. Eso haría que su cabeza no parara de dar vueltas y que tomara la decisión equivocada. Pero, ¿acaso sabía qué decisión era la acertada?

—Deberías comer algo, Nerea, o enfermarás. Aunque sea por mí, por favor, princesa. Tienes muy mal aspecto.

Asintió con la cabeza, pero le ocurrió lo de siempre. Al acabar un simple sándwich, su estómago hizo que corriera al baño para echarlo. Su padre, agotado con la situación, antes de salir de la habitación, le dijo que si seguía así la llevaría al médico.

Ada, que había sido testigo de la conversación padre e hija, con cariño, se agachó junto a ella y le pasó una toalla mojada por la nuca mientras le sujetaba el pelo y Nerea empezaba a respirar con dificultad.

—Tranquilízate Nerea.

—Estoy mareada –dijo llevándose una mano a la frente.

—Normal, no comes nada y lo poco que comes acabas echándolo. Creo que voy a llamar a Sergio para decirle que no puedo quedar con él. No te pienso dejar sola.

Ada se puso de pie para llamar a su novio, pero Nerea le cogió de la muñeca aún desde el suelo para impedírselo.

—Estaré bien, Ada, tranquila. Mi padre tiene razón. Soy yo la que ha decidido estar en esta situación y ahora debo asumirla. Regresaré a Oviedo y… yo que sé… seguiré buscando trabajo y… regresaré a mi vida normal.

—No pienso decirte nada más, Nerea –finalizó el tema llamando a Sergio para decirle que no podrían verse esa noche. El chico enseguida entendió lo que Ada le decía y con un «te quiero» que Nerea oyó sintiendo una punzada de celos, se despidieron hasta el día siguiente–. Venga. –La ayudó a levantarse–. Túmbate en la cama mientras me desmaquillo y pídeme algo de cenar, porfi.

—¿Qué quieres que te pida?

—Una ensalada y un yogur bastarán.

Nerea cogió el teléfono y llamó al servicio de habitaciones para que les subieran una ensalada y un yogur azucarado. Les indicó el número de la habitación y la recepcionista le dijo que enseguida se lo subirían. Nerea le dio las gracias y colgó.

En el baño, Ada buscaba por todos lados las toallitas desmaquilladoras. ¿Dónde narices las había dejado? Cansada de buscar, fue a coger una de las que Nerea guardaba en su neceser blanco y dorado con el contorno de la cara de Hello Kitty, pero al sacarlas, el neceser cayó al suelo y todo su contenido quedó esparcido por el baño. Poniendo los ojos en blanco por su torpeza, Ada se arrodilló para recoger las cosas, pero se quedó petrificada al coger el blíster que contenía tres filas de siete pastillas rosadas y una cuarta fila de blancas. Pudo apreciar que en la primera fila de las rosadas, faltaban sólo cinco pastillas. Cogiendo la caja con el resto de las pastillas anticonceptivas, sacó de ella dos tabletas más sin estrenar y la que estaba empezada ¡era del mes de julio! Continuó mirando el neceser de Nerea y vio que la caja de tampones que compró a finales de junio, no estaba abierta y el paquete de las compresas apenas estaba empezado. Con la boca abierta y lentamente salió del baño sin soltar el plastiquito del mes de julio.

—Nerea –dijo sin quitar su cara de asombro–. Piensa lo que te voy a decir, ¿vale? ¿Desde cuándo hace que no te visita tu amiga la roja? –le preguntó enseñándole el blíster empezado que tenía entre los dedos.

Al escucharla, Nerea abrió los ojos como platos y se puso a pensar hasta que saltó de la cama y corrió al baño como si tuviera un petardo en el culo. Sacó de su neceser un pequeño calendario y vio una cruz roja el veintisiete de junio. Se tapó la boca. No podía ser. Había estado tan embobada con su relación con Hugo y disfrutando de él, que se le había olvidado por completo tomarse la píldora. ¡Y la regla no le había bajado desde junio! Sintió cómo su corazón se aceleraba y comenzó a inspirar y expirar para tranquilizarse. Ahora entendía su malestar de esos días y sus vómitos continuos, que sumados a la ruptura con Hugo, habían empeorado debido al estrés. El cansancio, los mareos… todo. Ada al ver que comenzaba a ponerse nerviosa la cogió del rostro e hizo que la mirara.

—Nerea, tranquilízate, ¿vale? Voy a llamar a Sergio, él se conoce mejor la zona, y que me lleve a la farmacia de guardia más cercana.

—No le digas nada, por favor, Ada.

Ella asintió y le dio un beso en la mejilla antes de salir de la habitación. Por el camino hasta la puerta del hotel, Ada llamó a Sergio y le dijo que le esperaba en la salida de este. Sergio, sorprendido por esa llamada, se vistió y en menos de cinco minutos presionaba los labios de Ada contra los suyos. Su casa estaba muy cerca de ahí.

—Hola mi ninfa –la saludó tras el beso–. ¿Nerea está mejor?

—No, pero necesito que me lleves a una farmacia de guardia.

—¿Te ocurre algo? –le preguntó preocupado acariciándole el rostro.

—Tranquilo, ¿vale? Pero de momento no puedo decirte nada más.

Sacando su móvil, Sergio comenzó a buscar las farmacias abiertas a esas horas de la noche. Por suerte, la farmacia que se encontraba doblando la esquina estaba abierta y cogidos de la mano caminaron a paso ligero hacia ella. El ruido de la campana avisó a la farmacéutica de guardia de la llegada de clientes y con una sonrisa los recibió.

—Buenas noches. Díganme, ¿en que puedo ayudarles?

—Buenas noches, deme dos test de embarazo, uno normal y otro digital.

Sergio al oír lo que le pedía, la miró y poniendo los ojos en blanco, cayó redondo al suelo. Ante el ruido del impacto, ambas mujeres se miraron para ver a un desmayado Sergio en el suelo. Rápidamente comenzaron a auxiliarle subiéndole las piernas, hasta que poco a poco comenzó a recuperar la conciencia. Sentándole en una silla, Ada le dio un poco de agua mientras negaba con la cabeza.

—Anda que… ¡menudo blandengue! –le dijo sonriendo–. ¿Estás mejor?

—Sí, pero… Ada –La miró–. ¿Estás embarazada? Pero… ¿cómo es posible? Si siempre… ya sabes… siempre hemos usado protección.

—No estoy embarazada, la que puede que lo esté, y yo diría que sí, es Nerea, pero yo no te he dicho nada, ¿entendido?

El chico suspiró aliviado y asintió. Ada le dio la botella de agua y le dejó sentado mientras atendía las instrucciones de la farmacéutica.

—Ambos test pueden realizarse en cualquier momento del día, pero es preferible con la primera orina de la mañana –le indicó a Ada metiendo los dos paquetes en una pequeña bolsa–. Para cualquier duda, vuelvan y se la atenderemos y si da positivo, vaya cuanto antes a su médico de cabecera.

Ada le dio las gracias y cogiendo la mano de un aún pálido Sergio regresaron al hotel. Antes de entrar, guardó la bolsa de la farmacia en el bolso para que nadie la viera. No quería que Alejandro o incluso Hugo la interrogaran por lo que había en su interior. Muy a su pesar, se despidió de su chico y subió a la habitación donde vio a Nerea de pie mirando por el cristal de la terraza. Estaba pensativa y con una mano se acariciaba el vientre.

—Nerea, ya estoy aquí –dijo Ada para que notara su presencia.

—¿Qué voy a hacer ahora, Ada? –susurró sin dejar de mirar el mar presionando ligeramente su vientre–. No tengo trabajo, subsisto gracias al dinero que me pasa mi padre todos los meses hasta que encuentre algo. ¿Cómo voy a mantener a un… bebé? –dijo tras tragar saliva.

—Lo primero –Se acercó a ella con uno de los test en la mano– es confirmarlo.

—Llevo casi dos meses sin la regla, Ada…

—Haz el test, Nerea.

Tras resoplar, Nerea miró el test y luego a Ada. Con la mano temblorosa lo cogió y fue al baño. Al acabar, colocó de nuevo la capucha de plástico y dejó el predictor en una de las mesillas de noche bocabajo. Ada, mientras, había ido leyendo las instrucciones.

—Aquí pone que hay que esperar unos cinco minutos. Un palito, negativo; dos, positivo.

Guardó las instrucciones y se sentó en la cama junto a Nerea.

—¿Sabes que hay dos opciones en el caso de que dé positivo, verdad?

—Sí, pero ya sabes lo que opino sobre el… aborto. Cada mujer con su cuerpo puede hacer lo que quiera, pero siempre os he dicho que si me pasara a mí… me vería incapaz de hacerlo.

—¿Y la adopción? –le propuso retirándole un mechón detrás de la oreja.

—No podría, Ada. Es mi bebé, mi hijo y… –Se acarició el vientre– va a ser lo único que me quede de él.

Sabiendo que se refería a Hugo, Ada la abrazó y dejó que su cabeza reposara en su pecho mientras la acariciaba el pelo. No iba a ser fácil para ella, pero tanto ella como Elena y Laila y, por supuesto, su padre, la ayudarían en todo.

—¿Lo miras tú o lo miro yo?

—Mejor tú.

Nerea se quitó de encima de Ada y esta sentándose a lo indio cogió el predictor de la mesilla y lo miró. Nerviosa, Nerea se mordió el labio inferior a la espera de que dijera algo y tras resoplar, Ada la felicitó:

—Enhorabuena, Nerea. ¡Me vas a hacer tía!

Nerea sonrió negando con la cabeza tras varios días sin hacerlo. ¡Ada era tremenda! Sin saber por qué, de repente se sintió feliz y se acarició el vientre. ¡Iba a ser madre! Ada, dejando de nuevo el test donde estaba, se acercó a su amiga y la abrazó dándole de nuevo la enhorabuena.

—De todas formas, mañana haces el otro test que he comprado. Es ese digital tan famoso que sale por la tele. Así sabremos de cuántas semanas estás –dijo acariciando su todavía liso estómago–. Tía, aún no me lo creo… ¡Vas a tener un bebé! –Sonrió, pero enseguida esa sonrisa desapareció–. ¿Se lo vas a decir?

—¿A quién?

—A mi tía la del pueblo ¿A quién va a ser? A Hugo.

Nerea bajó la mirada y negó con la cabeza. No quería que se viese obligado a volver con ella o seguirla a Oviedo sólo porque un hijo de ambos estuviera de camino. No había sido premeditado y quizá no quisiera tampoco asumir la responsabilidad que conllevaba la paternidad. Lo mejor era quedarse callada, marcharse y criarlo sola.

—Tiene derecho a saberlo, Nerea.

—Me dijo que no le volviera a dirigir la palabra. Lo siento, Ada, pero no y más te vale que mantengas la boca cerrada –la amenazó señalándola con un dedo.

—Uyss… las hormonas comienzan a hacer efecto –se mofó–. Anda avisemos a las otras dos futuras titas.

Ada salió de la habitación y llamó a la puerta de Elena y Laila. Aún estaban despiertas, pero ninguna de las dos dejaba de bostezar. Emocionada, las cogió de las muñecas y las llevó hasta su habitación. Les hizo sentarse en la cama de Nerea junto a ella mientras cogía tres chupitos de whisky para ellas y un chupito de zumo para la futura madre. Laila y Elena aún sin entender nada, le siguieron el brindis a Ada al grito de «¡Por el futuro de Nerea!» y las cuatro bebieron su bebida de un trago.

—¿Se puede saber qué pasa? –preguntó Laila tras toser cuando el amargo líquido bajó por su garganta.

—¿Vosotras qué preferís? ¿Que una monada de niño o que una preciosa niña os llame titas?

Ambas abrieron los ojos estupefactas y clavaron los ojos, en un principio, en el vientre de Ada.

—¡¿Estás preñada, insensata?! –escupió Laila.

—Laila, sujétame, que me desmayo aquí mismo –dijo una alucinada Elena.

—¡No! –gritó Ada riendo–. Más desmayos, ¡no! Con el de Sergio, ¡suficiente!

—Normal que el pobre chico haya besado el suelo…

—A ver que os desviáis –dijo Ada poniendo calma–. Yo no estoy embarazada, pero Nerea sí y ¡no la estreséis! –las advirtió.

Con los ojos como platos miraron a Nerea con la boca abierta. ¿Estaba embarazada? Como pudo, Nerea les contó lo sucedido ese mes y medio que Hugo y ella estuvieron juntos. Se había olvidado por completo de tomar la píldora y no se dio cuenta de la ausencia de la menstruación hasta que esa noche Ada descubrió en el neceser su caja de anticonceptivos sin tomar. Les pidió que no le dijeran nada a Hugo y Laila le amenazó con una colleja si se lo callaba, pero Elena y Ada la hicieron entender que esa era su decisión y, aunque no estuvieran de acuerdo, debían respetarla. Ellas tras abrazarla y besarla, se ofrecieron a ayudarla en todo y estaban dispuestas a malcriar al pequeño sobrinito o sobrinita que estaba de camino.

—Joder con Hugo… ¡menudo semental! No lo esterilizaste con el apretón de huevos… ¡lo avivaste más!

Todas rieron hasta que Ada al ver a Nerea comenzar a dormirse, echó a Elena y a Laila de la habitación quedando con ellas al día siguiente en el pequeño pasillo de sus habitaciones para bajar a desayunar. Con el corazón un poco más tranquilo y la emoción del futuro que le esperaba, se durmió, aunque volvió a entristecerse al despertar y recordar su sueño. Ella y Hugo criando a un precioso bebé en una maravillosa casa. Su conciencia, en ocasiones, era muy rencorosa.

Tras despertar y obligada por Ada, hizo el segundo test, que volvió a dar positivo e indicaba que estaba de más de tres semanas. Sin poder evitarlo, Nerea se miró de perfil en el espejo y levantó la camiseta que llevaba a la altura del vientre, incrédula porque un pequeño ser estuviera creciendo dentro de ella.