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Después de aquella mágica noche, Nerea no volvió a dormir en su habitación. En las horas nocturnas apenas pisaba su cuarto y aunque Ada se alegraba de que por fin su amiga disfrutara, temía que los sentimientos afloraran en ella y sufriera de nuevo. Esa relación tenía fecha de caducidad y no podía enamorarse de un hombre que se quedaría allí cuando ella se tuviera que ir. No quería que cometiera el error que había cometido ella con Sergio y por el cual estaba sufriendo.

Nerea sólo tenía ojos para Hugo. Arrastraba a sus amigas al lugar dónde él estuviera cerca para poder verle y robarle un beso siempre que pudiera. Se sentía como una adolescente con su primer novio y la sensación le gustaba, pero sentía una opresión en el pecho ante las palabras de sus amigas. Tenían razón. Quizá esa relación acabaría en apenas mes y medio y aunque existía la posibilidad de que se quedase trabajando en Gandía, ella sabía que Hugo no era de relaciones serias. En varias ocasiones había pensado en acabar cuanto antes con ello, pero le era imposible. Cuando Hugo la sonreía se olvidaba de todo y se centraba en él. En besarle, en acariciarle y en sentirle.

Las mañanas que Nerea bajaba sola a las ocho a la piscina para poder nadar con tranquilidad, Hugo siempre la seguía para verla mientras preparaba el material necesario para las actividades que se realizaban a partir de las diez y media. En todos esos días, él la arrastraba hasta el almacén sin importarle la sonrisa burlona de Samuel cuando los veía irse y le hacía apasionadamente el amor antes de empezar su jornada laboral. Con desgana se despedía de ella hasta la noche. La falta de empleados en el ámbito de animación hacía que Samuel y él tuvieran unos horarios muy irregulares, pero se apañaban bien.

—¿Quieres dejar el móvil? –se quejó Ada quitándoselo a Nerea–. Aterriza Nerea.

Había vuelto a llegar la noche, el momento más esperado por Nerea. Entonces, ella y sus amigas se encaminaban hacia el restaurante mientras la joven le mandaba un mensaje a Hugo para reunirse después.

—Lo siento, es que… es que… no sé qué me pasa –dijo Nerea coqueta y con una increíble sonrisa.

—Espero que eso no sea una sonrisa de enamorada, sino de bien follada –advirtió Ada–. Enamorarte es una mierda, sólo tienes que mirarme.

—Pero tú estás así porque quieres. Creo que Sergio tampoco lo está pasando bien –le reprochó.

En ese momento, Ada recordó lo que les había contado Nerea sobre su posibilidad de quedarse en Gandía y dijo:

—Nerea, yo sí me voy a ir. Tú igual no, pero yo no puedo enamorarme de nadie que viva aquí y siento decírtelo pero aunque te quedes aquí dudo que sigas con Hugo. Mírale, es un pichabrava y quién sabe si mientras está contigo no se está tirando también a otra.

A Nerea le desapareció la sonrisa al pensar que otra también estuviera disfrutando de los besos y caricias de Hugo mientras estaba con ella. Tragándose el nudo que tenía en la garganta comenzó a caminar a paso lento hacia la salida. Ada intentó frenarla cogiéndola del brazo con delicadeza pero ella rechazó el contacto. Elena y Laila la miraron reprochándole su actuación al ver cómo Nerea abandonaba el hotel y tomaba el camino de la playa. Ada se estaba pasando con su comportamiento.

Con los zapatos en la mano y el pelo cubriéndole la cara por el viento, Nerea caminó por la orilla en silencio. Ada se había quedado su móvil, así que no podía llamar a su padre y contarle lo que pasaba entre Hugo y ella y tampoco quería ir al hotel. La espuma de las olas le acariciaba los dedos de los pies y el agua los refrescaba mientras caminaba. Al llegar a unas barcas, se sentó en la arena apoyando la espalda en una de las pequeñas embarcaciones y se abrazó las rodillas apoyando la barbilla en ellas. ¿Por qué no podía fijarse en un hombre normal que no le diera quebraderos de cabeza? Aunque no le gustase admitirlo, Ada tenía razón y lo mejor sería acabar cuanto antes o le volvería a pasar lo mismo que con Íñigo.

—Ey, ¿estás bien? –dijo una voz sentándose a su lado.

Nerea se limpió las lágrimas que sin darse cuenta se le habían escapado. Nada en su vida salía como ella quería. Debería bajar de las nubes y ver la realidad o acabaría por destruirse.

Hugo se encontraba en el hall dispuesto a darle un beso a Nerea antes de que entrara a cenar cuando se detuvo y se ocultó tras una columna al escuchar lo que decía la pelirroja. Estuvo a punto de salir y decirle cuatro cositas tras oír lo que dijo de él, pero se contuvo. Al ver a Nerea salir a paso lento del hotel, esperó un poco y la siguió.

—Vete, por favor –dijo Nerea con voz suplicante.

Hugo intentó abrazarla pero ella se movió hacia la derecha para que no la tocara. No quería su contacto ni nada que procediera de él.

—¿Qué pasa?

—Quiero que nos dejemos de ver –mintió en un hilo de voz.

—¿Cómo? –susurró Hugo cuando el corazón le volvió a latir–. ¿He hecho algo malo? ¿Algo que te haya molestado? Si es así, te pido perdón y…

—No, pero esto tarde o temprano se acabará y no quiero volver a sufrir por ningún tío.

—Eso no lo sabes Nerea…

Hugo expulsó el aire retenido en sus pulmones sintiendo todo su cuerpo tenso. No quería dejar de verla, quería estar con ella y si por culpa de la pelirroja la perdía, tomaría cartas en el asunto.

—Hugo, yo no sé qué haré. No sé si me iré o me quedaré con mi padre. Si me voy tú y yo nos separaremos y si me quedo…

—Si te quedas y seguimos bien, yo seguiré a tu lado –dijo Hugo al ver que ella se detenía haciendo lo posible para que entrara en razón– y si te vas haré lo posible y hasta lo imposible para que no nos afecte la distancia.

—Hugo tú no eres de relaciones serias, yo sólo soy un rollo más para ti –explicó Nerea dolida ante la verdad.

Hugo calló. En lo último que había dicho había parte de verdad. Nunca había tenido una relación seria, pero tampoco veía a Nerea como un rollo. Estaba muy confundido porque estaba sintiendo cosas nuevas a su lado y eso le tenía aterrorizado, pero no quería dejar de sentirlas.

—¿Así que ya está? Ha vuelto la Nerea sensata, la que vive amargada, piensa en negativo y que todos los tíos son iguales que su ex. Muy bien –dijo levantándose–. Pues cuando vuelva la Nerea que me gusta, la que vive, la que me provoca, la que me reta e incluso la que, en ocasiones, me enfada, si quiere, que me busque.

Molesto, comenzó a caminar a grandes zancadas por la arena pero el grito de Nerea lo detuvo.

—¡Eres un gilipollas! –soltó furiosa levantándose de un salto y tirándole una de las manoletinas que le dio en la nuca–. Sólo piensas en ti, en ti y en ti ¡Como todos! Eres un insensible, un ser incapaz de sentir, que cuando me vaya, no tardará ni una hora en follarse a otra, porque Ada tiene razón. ¡Eres un pichabrava! Y lo único que quieres es tenerme a mí como tu puta particular para pasar el verano, ¡pues me niego! Así que no te vuelvas a acercar a mí.

Furioso, se dio la vuelta y a grandes zancadas se colocó frente a ella. No iba a permitir que creyera eso de él.

—¿Eso crees? –rugió Hugo enfadado ante las sandeces que había dicho Nerea–: ¿Así me ves tú? ¿O tu amiguita ya te ha comido el coco para que me veas como ella cree que soy? –Le cogió de las muñecas apresándola–. En las dos semanas que llevamos juntos creo que te he demostrado que eres especial, no he tonteado con nadie y cuando alguna huésped viene a hablar conmigo me alejo de ella rápidamente porque sé a lo que va. ¿Y sabes por qué lo hago? ¡¿Sabes por qué?! –gritó asustándola–. Porque no deseo a otra mujer ni puedo mirar a otra que no seas tú. Pero siempre es mejor ver lo que uno quiere.

—Me haces daño –gimió Nerea notando cómo se le cortaba la circulación de la sangre de sus muñecas.

Preocupado rápidamente se las soltó y las examinó. Estaban algo amoratadas por la falta de riego sanguíneo. Nerea sorbió con la nariz y dio un paso hacia atrás alejándose de él. Hugo la miró dándose cuenta de que se había pasado e intentó acercarse a ella.

—No… no te acerques a mí –gimió asustada.

—Nerea… –dio un paso hacia ella, pero la joven retrocedió.

—No quiero volver a verte, Hugo. Y no es por lo que me ha dicho Ada, es por mí. Me conozco y conozco mis sentimientos. Sufriré y tú también y no quiero.

Hugo asintió.

—Está bien Nerea… sé una cobarde y no te arriesgues a sentir como lo estoy haciendo yo contigo. Porque sabes muy bien que por culpa de mi madre me veía incapaz de enam… de que alguien que no fuera de mi entorno me importara. Sigue pensando que has sido una más para mí y ya verás cómo esta noche duermes feliz.

La mano de Nerea impactó en la cara de Hugo y comenzó a empujarle enredando sus piernas para intentar que se cayera. El joven intentó frenarla pero la furia que Nerea sentía en ese instante hacía que le fuera imposible controlarla. Por fin, colgándose de su cuello su peso le hizo caer de espaldas en la arena húmeda con ella a horcajadas encima en el momento que una ola llegaba calando la espalda de Hugo y las rodillas desnudas de Nerea.

—¡Mierda! –maldijo al notar la tibia agua.

—Te jodes por capullo.

Nerea se levantó y elevando la barbilla fue alejándose hasta que notó una fuerte mano en su tobillo que la hizo caer sobre la arena para luego ser arrastrada hacia el mar.

—¡Suéltame! –gritaba Nerea dando patadas para zafarse de la mano de Hugo y clavando las uñas en la arena como si así consiguiera quedarse quieta.

—Enseguida –la vaciló.

Cuando la tuvo cerca, la apresó por la cintura y se la puso al hombro como si fuera un saco adentrándose con ella en el mar. Ignorando sus puñetazos y pataleos, en el momento que el agua cubría las rodillas desnudas de Hugo la soltó.

—¡Imbécil! –le insultó Nerea cuando sacó la cabeza del agua.

Con el pantalón corto vaquero pegado a su piel, se retiró el pelo empapado de la cara y poniéndole la zancadilla a Hugo hizo que él también se hundiera en la salada agua. Al emerger, movió la cabeza de un lado a otro para quitarse la humedad del pelo y se acercó hasta Nerea que le esperaba con gesto enfadado y los brazos en jarras. Le cogió de la mano y tiró de ella para que ambos cayeran al agua de nuevo.

—¿Quieres dejar de tirarme o prefieres que vuelva a estrujarte los cascabeles? –gruñó la joven escupiendo agua antes de lanzarse de nuevo a él para hundirle.

—Esta es mi chica –sonrió Hugo cogiéndola del rostro para besarla.

En un principio Nerea mantuvo los labios apretados pero enseguida se rindió y abrió la boca para que sus lenguas bailaran notando los labios salados del otro por el agua del mar.

—No vuelvas a insinuar algo que no crees –le dijo Hugo chocando sus frentes–. Tú me conoces más que tu amiga la pelirroja, Nerea. Sabes cómo soy y sí, puede que fuera un pichabrava, pero estoy contigo y no con ninguna otra como ha insinuado.

—¿Lo has oído? –preguntó asombrada.

—Sí. Estaba buscando unos papeles en recepción cuando os he oído bajar y me he acercado para saludaros, pero al escucharos me he ocultado para que no me vierais. He estado a punto de cortarle la lengua por bocazas.

—Ada no está pasándolo bien y bueno… enseguida se enfada.

—Pues que no lo pague con los demás, porque he estado a punto de perderte por algo que no era cierto. Nerea, analiza tú misma lo que ves, no permitas que otras personas te metan en la cabeza ideas con las que no estés de acuerdo. Háblalo si quieres, pero no cambies de opinión hasta que tengas evidencias de lo que te dicen.

Nerea enredó los dedos en su pelo y lo atrajo hacia ella para volver a besarle susurrándole mil veces perdón, en especial por el bofetón que le había dado. Hugo sonrió al notar sus labios en la zona dañada y notó cómo las manos de Nerea descendían por su pecho hasta llegar al filo de su mojada camiseta. Al ver las intenciones que tenía, Hugo la detuvo.

—Para, princesita, tengo que trabajar y aún queda caminar hasta el hotel, secarme y cambiarme para el espectáculo de esta noche.

Nerea hizo un teatrero puchero a lo que Hugo correspondió con una carcajada. Le dio un beso en la punta de la nariz y dijo para hacerla sonreír.

—Ven esta noche a mi habitación, quiero hacer algo contigo.

—¿Algo bueno o malo? –le preguntó con gesto pícaro.

—Ahora que lo dices, un poco malo sí que es.

Nerea abrió la boca antes de soltar una enorme carcajada que murió en los labios de Hugo. Calados hasta los huesos, salieron del mar y tras recoger sus manoletinas, cogidos de la mano regresaron al hotel.

—¡Joder, Hugo, te estaba buscando y…! ¿Os habéis intentado ahogar parejita? –dijo Samuel sonriendo al verles calados.

—Algo así –le contestó un alegre Hugo.

—Cámbiate que te necesito a la de ¡ya! No funciona el efecto del micrófono con el que se agudiza la voz.

—Dame diez minutos.

Hugo acompañó a Nerea hasta su planta y sin entrar en el pequeño pasillo donde se encontraban las dos habitaciones de sus amigas, la aplastó contra la pared y comenzó a besarla apasionadamente. Al cabo de unos minutos lograron separarse y Nerea entró en su habitación. La televisión estaba encendida y pudo ver los pies de Ada estirados en la cama. Estaba enfadada con ella, por lo que sin decir una palabra se metió en el baño y abrió el grifo de la ducha. Despojándose de su ropa calada, la dejó en el bidé para que la lavaran y se metió bajo el chorro de agua caliente. Se limpió toda la arena que tenía pegada y se dio dos jabonadas para eliminar cualquier tipo de suciedad en el pelo. Se puso el albornoz y una toalla en el cabello para salir del baño en busca del pijama. Ignorando a Ada se lo colocó y comenzó a frotarse el pelo con la toalla que tenía en la cabeza quitándose la humedad.

—¿No me piensas hablar? –dijo Ada molesta por su silencio–. Joder, Nerea, sólo quería evitarte un mal trago.

Llena de furia, Nerea tiró de mala manera la toalla al suelo y se volvió hacia Ada:

—A ver, Ada, soy mayorcita para cometer mis propios errores y ni tú ni nadie debe decirme lo que tengo que hacer o dejar de hacer. No puedes hablar de todos los tíos así, no puedes guiarte por los estereotipos. Nadie sabe cómo es una persona hasta que la conoce, y tú a Hugo precisamente le juzgas por lo que creíamos que era, pero no es así.

—Es como se muestra ante ti, Nerea, para que abras las piernas.

—¡Cállate! –le gritó cada vez más enfadada–. No tienes ni idea, Ada. Deja de creer que lo sabes todo porque no. Fíjate en la gente que te tachaba de ser una zorra y las personas que te conocemos sabemos que no lo eres.

—Muy bien. Sólo espero no tener que decirte te lo dije.

Ada cerró la revista que estaba mirando y cogiendo su pitillera y el mechero salió a la terraza a fumar. Era lo que le relajaba.

Nerea sin querer seguir ahí, se secó el pelo un poco con el secador y vistiéndose salió por la puerta dando un portazo que tuvo que oír medio hotel. Odiaba estar enfadada con cualquiera de sus amigas y aunque siempre lo solucionaban, temía que esa vez fuera diferente. Necesitaba espacio y reflexionar.

Ada se fumó tres cigarrillos y volvió dentro de la habitación. Estaba pasándolo tan mal con el tema de Sergio que en cierto modo tenía celos de Nerea, pero también quería evitarle la desilusión que probablemente sufriría en el futuro si seguía esa relación. Su amiga tenía razón, no conocía a Hugo pero tampoco se fiaba de él, además no hacía falta ver su historial en cuanto a conquistas, sólo su cara y lo poco que había visto de él el primer mes que estuvieron en el hotel lo demostraban.

Unos golpes en la puerta hicieron que saliera de su letargo y a paso lento llegó hasta la entrada para girar el pomo. Laila y Elena se encontraban al otro lado con los brazos en jarras y gesto enfadado. Ada puso los ojos en blanco al saber por dónde iban los tiros y quitándose la goma de pelo que llevaba en la muñeca se recogió su rojo cabello en un moño mal hecho formando una fuente de rizos de fuego por su cuello.

—No estoy de humor –las advirtió bebiendo de su botella de agua.

—Ya os hemos oído y probablemente todo el hotel –dijo Elena sentándose en los pies de la cama–. Ada, vale ya. Te estás pasando. Deja a Nerea disfrutar y dale una oportunidad al chico. ¿No te das cuenta de cómo la mira, de cómo la busca? A mí eso me dice mucho de una persona.

Ada se mordió el labio y bajando la mirada negó con la cabeza. Decidió contarles lo que le preocupaba desde hacía un par de días.

—Creo que esconde algo.

—Ya empezamos…

—No, Elena, te lo digo en serio. Hay algo raro, algo que no me huele bien sobre él.

—¿Quieres dejar de decir gilipolleces? –bufó Laila.

Laila se sentó también en la cama y Ada la imitó poniéndose a lo indio y formando las tres un pequeño círculo en el centro de la cama.

—El otro día, cuando me olvidé el móvil en la habitación y subí a por él, vi como Pedro abrazaba a Hugo y… vi mucha complicidad entre ellos. ¿Desde cuándo un empleado se abraza con su jefe con tanto cariño? Sé que tampoco es para tanto, pero creo que hay algo que no nos han contado y si es así y Nerea no lo sabe… va a arder Troya.

Todas se quedaron mudas. Ese instinto que Ada tenía nunca había fallado y aunque al principio no hacían caso de lo que decía, poco a poco, con el paso del tiempo, comprobaron que todo sobre lo que advertía se cumplía. Elena y Laila no sabían qué decir. Un extraño nerviosismo se instaló en ellas. Deberían averiguar si era verdad lo que decía su amiga, aunque todas deseaban que esta vez su instinto fallara.

*

Hugo y Samuel acabaron su función de esa noche y tras quedar el salón vacío comenzaron a recoger todo lo que habían utilizado. Esa noche se habían disfrazado de pitufos y pintado la cara de azul. Tras quitarse el maquillaje por el picor que les producía, comenzaron a desmontar las setas con las cuales los niños habían tenido que dejar volar su imaginación para divertirse con ellas, además de disfrutar del teatrillo que los dos pitufos, algo creciditos, realizaban. Guardaron los materiales detrás del escenario y Hugo se bebió de golpe toda la botella de agua. Estaba seco. Al ver cómo Samuel lo miraba, frunció el ceño.

—¿Qué? –preguntó extrañado.

—Nada. Sólo que tienes a los Ángeles de Charlie desnudándote con la mirada –dijo Samuel señalando con la cabeza a una chica rubia, otra morena y una última pelirroja que se encontraban sentadas cerca de ellos con sus cubatas, lanzándole proposiciones indecentes con los ojos– ¿Cuál toca hoy? ¿Morena, rubia o pelirroja? Puedes elegir, ¿o te vas a llevar a las tres?

Hugo desvió la mirada a la lejana puerta por donde aparecía su princesita Cascanueces. Sonrió al recordar ese nombre y antes de encaminarse hacia ella, le dio una palmada en la espalda a Samuel.

—Hoy toca la preciosa chica del pelo de color indescifrable.

Con la boca abierta, Samuel vio cómo su compañero y amigo desaparecía con una sonrisa que nunca había visto. No era su sonrisa seductora de siempre, sino una sonrisa cercana. ¿Acaso Hugo se había enamorado de la hija del director? Sabía que entre ellos había pasado algo, pero nunca creyó que el muchacho tuviera ojos para una sola mujer.

Las mujeres que anteriormente reclamaban las atenciones del animador miraron enfadadas a la chica con la que en ese momento se besaba. Ofuscadas tras no lograr su objetivo, recogieron sus bolsos y abandonaron el salón, no sin antes lanzar una mirada asesina a aquellos dos, pero que ambos ignoraron.

Hugo, al llegar hasta Nerea, le dio un dulce y delicado beso, pero la notó preocupada. Entrelazaron sus dedos y la guio hasta uno de los taburetes de la barra donde los camareros comenzaban a limpiar para cerrar el salón. Se sentó en el taburete y alzándola por la cintura, la ayudó a sentarse en el taburete que estaba frente a él.

—¿Qué ha pasado, cariño? –preguntó retirándole un mechón de la cara.

—He discutido con Ada y me siento mal. No dejo de darle vueltas a la cabeza. Creo que me he pasado. ¿Y si ya no quiere saber nada más de mí? ¿Y si no quiere hablar conmigo? ¿Y si no me perdona? –miró a Hugo con ojos angustiados.

—Lo hará, cielo –le susurró besándola en la frente cerca del nacimiento del pelo–. Ya verás como lo hará.

Hugo se acercó a ella para abrazarla y tranquilizarla. Estuvieron así unos minutos hasta que comenzó a notar como Nerea por fin se relajaba y dejaba de sollozar. La hizo levantarse y comenzaron a irse, pero al llegar a recepción Hugo se paró.

—¿Qué ocurre? –le preguntó Nerea extrañada.

—Tenía pensado llevarte hoy a la piscina y nadar tú y yo solos.

—Sí, sobre todo nadar –ironizó Nerea soltando una pequeña carcajada.

—Ya lo dejaremos para otro día.

Hugo cogió la mano de Nerea y reanudó la marcha, pero un tirón le paró al ver que ella permanecía quieta. Extrañado la miró frunciendo el ceño y se quedó de piedra cuando ella se acercó lentamente hacia él y enlazando las manos en su nuca lo atrajo hacia ella y le dio un ardiente beso sin importar quién los mirara. Nerea le sedujo con la lengua y apretó su cuerpo contra el suyo notando la excitación en los pantalones de Hugo. ¡Lo había conseguido! Separó su boca de la de él pero sin apartar sus cuerpos, sonrió cerca de sus labios.

—¿Qué decías que tenías planeado? –le provocó Nerea.

Excitado tras el apasionado beso que había hecho que la recepcionista abriera los ojos como platos, sacó unas llaves de su bolsillo y tirando de ella corrió hasta la puerta por donde se accedía a la piscina. Una vez entraron, siguieron corriendo por el pequeño pasillo externo, pero Nerea lo detuvo al darse cuenta de algo.

—Espera, no llevo bañador.

Hugo sonrió de medio lado y pegándola a su cuerpo, le susurró al oído poniéndole la piel de gallina.

—Princesita, como tú has dicho, nadar es lo que menos haremos. Quiero verte desnuda y pasear mis ojos, mis manos y mi boca por todo tu cuerpo, y disfrutarte, sentirte y desearte como ningún otro lo ha hecho jamás.

Le mordió el lóbulo de la oreja y Nerea, provocativa, le empujó con delicadeza dando cada uno un paso hacia atrás. Sin dejar de mirarle a los ojos, llevó sus manos hasta la cremallera lateral de la falda y tras desabrocharla, la dejó caer hasta sus pies que se encontraban juntos. Separó las piernas apoyando el peso en la pierna derecha y haciendo que su cadera se elevara levemente. A Hugo se le secó la boca al ver cómo se deshacía lentamente de su camiseta quedando en ropa interior ante él. Nerea dio media vuelta para mostrarle la parte trasera de su cuerpo y él clavó la vista en las nalgas que dejaban a la vista su tanga. La joven sonrió al oír un gruñido de excitación y sin volverse, se deshizo del sujetador antes de extender la mano hacia un lado para soltarlo. A paso lento, pasó por su lado mirándole excitada esperando a que él la acompañara. Le gustaba la sensación de sentirse deseada y comprobar que había dejado a Hugo sin palabras. Caminó hasta el borde de la piscina, donde giró la cabeza para observar cómo Hugo se había dado media vuelta para seguir mirándola, pero no había dado ningún paso. Con una perversa sonrisa, Nerea se deshizo de las cuñas y metiendo el pulgar por el lateral de su tanga, lo rompió. Tras guiñarle un ojo, se tiró desnuda y de cabeza a la piscina. Buceó hasta el borde y apoyó los antebrazos cruzados para llamarle.

—¿Vienes o tengo que llamar a alguien para que te traiga hasta mí? –preguntó coqueta.

Hugo comenzó a caminar hasta ella mientras se iba desnudando. Nerea comenzó a reír ante su gesto que mostraba seriedad y excitación pero antes de que se tirara, comenzó a bucear para alejarse de él.

—No me provoques más princesita, porque te cogeré.

Muerta de risa, Nerea comenzó a nadar con cuidado de no chocarse con nada. La piscina estaba demasiado oscura a pesar de las luces que llegaban de las calles y de la blanquecina luz de la luna llena. Hugo, cansado de no pillarla, se metió bajo el agua para que no le viera venir. Cuando Nerea se dio la vuelta y no le vio, comenzó a mirar a su alrededor. ¿Dónde se había metido? No le veía emerger del agua y tampoco fuera de la piscina. Comenzó a agobiarse, pero de repente notó una mano por detrás apresándole la cintura lo que hizo que soltara un grito. Hugo rio y la acercó a su pecho.

—¡Eres un idiota! Me has dado un susto de muerte –gritó Nerea enfadada golpeándole el brazo con el codo.

—Venga hombre, princesita. No te enfades.

Hugo comenzó a besar su cuello lamiendo las gotas de agua que lo recorrían. Nerea echó la cabeza hacia un lado para que tuviera mejor acceso y llevó la mano hasta su nuca para acariciársela. La mano de Hugo acarició con suavidad sus pechos y siguió bajando por su vientre plano hasta llegar donde él quería. Nerea gimió al sentir la mano de Hugo en su sexo y al notar cómo él introducía dos dedos en su interior, dio un respingo por la sorpresa de la invasión, pero enseguida comenzó a mover las caderas buscando su contacto. Se mordió el labio inferior notando cómo su erección chocaba con sus nalgas e intentó darse la vuelta, pero Hugo no se lo permitió.

—Para –susurró Nerea–. Te quiero a ti dentro… yo también quiero sentirte y disfrutarte como nadie lo ha hecho,

—Nadie, cariño, nadie me ha hecho sentirme así –confesó Hugo pasando los labios por su cuello.

Nerea hizo que los dedos de Hugo salieran de ella y cogiendo su duro y caliente pene comenzó a acariciarlo haciendo que se endureciera más ante su contacto. Él cerró los ojos y apretó la mandíbula sintiendo un increíble placer que nunca jamás había sentido con unas simples caricias. Nerea acercó más sus cuerpos y enredando las piernas en torno a su cintura, guio su palpitante miembro hasta su entrada, donde se clavó lentamente soltando un nuevo gemido. Agarrándose a sus hombros, comenzó a moverse notando cómo su miembro rozaba cada centímetro de sus paredes.

Hugo se introdujo uno de sus rosados pezones en la boca mientras mantenía las manos apretando las nalgas de Nerea, mientras entraba y salía de ella.

—Me vuelves loco... Siénteme, Nerea.

—Lo… hago, como espero que me sientas a mí.

—Siempre… ¿qué me has hecho, princesa?

Sus palabras y su voz ronca hicieron que Nerea abriera los ojos y clavara su mirada en sus ojos azules que apenas distinguía con la oscuridad de la noche. Pero no necesitaba luz para ver la sinceridad que había en ellos.

—Pues, muchas cosas, entre ellas estrujarte los cascabeles –dijo jadeante.

Ambos sonrieron y se besaron apasionadamente en el momento en el que un devastador orgasmo recorría sus cuerpos produciéndoles escalofríos. Hugo se derramó en su interior y su cuerpo laxo se abrazó al de Nerea. Permanecieron abrazados hasta que el frío comenzó a golpearles en sus cuerpos; salieron de la piscina y sacando dos toallas que tenían en el almacén, comenzaron a secarse con ellas.

Salieron de la zona de la piscina con el pelo empapado y tras cerrar la puerta cogieron el ascensor. Sin preguntar, Hugo pulsó el botón del último piso y al llegar a la habitación, volvieron a hacer el amor. Nerea, tumbada a su lado, se acurrucó contra él metiendo el rostro en su cuello donde depositó un dulce beso antes de dejar otro en sus labios, pero antes de alcanzarlos, se apartó y le tocó la frente.

—¿Qué es esto? –dijo con el ceño fruncido y pasándole los dedos cerca del nacimiento del pelo.

Hugo cogió su móvil y utilizando la pantalla como espejo, vio una mancha azul que le tapaba el pelo.

—Pintura azul. Hoy me ha tocado vestirme de pitufo.

—¿Pitufo? ¿Y yo no te he visto? –se quejó Nerea haciéndose la enfadada.

—Tú me has visto mucho mejor, ¿no crees? –dijo Hugo pícaro antes de atrapar sus labios de nuevo–. Será mejor que durmamos o tu padre me echará la bronca por quedarme dormido. Si se entera quién es la culpable…

Nerea sonrió dándole un pequeño empujón. Volvió a acurrucarse contra su pecho y poco a poco se fue quedando dormida, pero antes de hacerlo del todo escuchó:

—En unas horas volveré a despertarte con un beso, princesita. Siempre con un beso.