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A la mañana siguiente Nerea no quería levantarse de la cama, pero necesitaba urgentemente una ducha. Ada se había quedado dormida en su cama y estaba muy sudada. Con cuidado, le quitó la mano que reposaba en su pecho y la apartó para poder levantarse. El agua tibia corrió por su cuerpo y cerró los ojos recordando lo del día anterior. Todo había acabado. ¿O no? Demasiadas cosas en menos de cuarenta y ocho horas. Sin secarse el pelo, se puso unos pantalones cortos rosas y una camiseta de tirantes negra algo holgada. Pasaría el día con sus amigas fuera del hotel. La noche anterior Ada le comentó que pasarían el día en la playa y comerían en uno de los chiringuitos, y que más tarde irían a la discoteca donde trabajaba Sergio.

Mientras tanto, Hugo estaba pensativo. ¿Qué había pasado? ¿En serio todo se iba a acabar por un maldito malentendido? No había podido dormir en toda la noche pensando en ella. La necesitaba a su lado y la habitación estaba vacía sin su presencia. Necesitaba besarla al despertarse y volver a hacerlo al dormirse. Pero ya no sabía qué hacer. Era una cabezota que había sufrido bastante a lo largo de su vida y ante eso, poco podía hacer para que confiara.

—¡¡Hugo, baja de las nubes, joder!! Que esto pesa y no me estas ayudando –le regañó Samuel.

—Perdona, no es un buen día.

—Ayúdame a bajar el puñetero piano y hablamos.

Sin ganas, le ayudó a elevar su parte del gran piano de cola y siguieron bajándolo por las escaderas hasta ponerlo en el pequeño espacio que separaba el hall del comedor donde los clientes esperaban mesa. Ese era el día temático de la música, harían actividades, comidas y espectáculos relacionados con ella. Enseñarían a los niños cómo hacer música con su cuerpo y a utilizar instrumentos musicales sencillos como el xilófono o el piano electrónico. Pero ese día Hugo parecía todo menos un animador. Tenía la mirada ausente y su cara de preocupación lo que menos hacía era animar.

Alejandro les abrió las dos puertas por donde se accedía al restaurante y con cuidado dejaron el piano en una esquina.

—¡Puff! –suspiró Samuel quitándose el sudor de la frente–. ¿A quién se le ocurrió guardar el piano en el último piso?

—A mí –rio Alejandro–. Así hacéis ejercicio.

Samuel observó el piano colocado y propuso:

—Lo podemos dejar ya. En esa zona no solemos poner nada y no molesta, además, queda bien.

Alejandro miró y pensando en la propuesta sonrió. No le parecía mal. Pero ordenó que se llevaran la planta que estaba junto al piano o esa esquina quedaría demasiado recargada. Hugo y Samuel salieron, pero el primero se giró hacia Alejandro.

—¿Sabes algo de Nerea? –le preguntó preocupado.

—Desde ayer no y no me ha devuelto la llamada. No sé dónde puede estar y comienzo a preocuparme –se masajeó la frente.

—Está en Gandía. Lo siento, se me olvidó decírtelo. No sé dónde estuvo pero volvió por la noche y… discutimos por un malentendido.

—Lo mejor será que no la presionemos. Sé cómo se siente porque ya te conté que pasé por lo mismo que ella.

—Yo no quiero que se vaya –se sinceró apoyando la cabeza en la pared.

Alejandro no pudo evitar que una sonrisa apareciera en su rostro y se acercó al muchacho para apretarle el hombro y mostrarle su apoyo.

—Yo tampoco, Hugo. Pero es su decisión y aunque no nos guste, hay que respetarla. De todas formas, siempre podemos tomar nosotros las nuestras para conseguir lo que queremos.

Le dio una pequeña palmadita y le dejó pensativo. Consciente de que debía trabajar, pasó sus dedos por todas las teclas del piano y bajando la tapa comenzó a subir los escalones de dos en dos para coger el resto de los instrumentos con los que jugarían con los niños.

*

—Vale, una cosa –dijo Elena señalándolas de una en una– Ada, no quiero que finjas nada para tirarte a nadie y vosotras dos –señaló a Laila y Nerea– si os metéis en el mar no montéis el numerito por una medusa. –Puso en alto dos dedos haciendo el gesto de poner entre comillas.

—Una pena no haberos visto –rio Ada tumbándose bocabajo apoyando la cabeza en los brazos y cerrando los ojos–. Y tengo novio, no voy a liarme con nadie salvo con él. Novio... me suena raro.

Pasaron el día tomando el sol y dándose cortos baños para refrescarse de vez en cuando. Bebieron granizados de todos los sabores y jugaron a las palas formando un cuadrado donde todas se divirtieron pasando mal la pelota. Durante ese juego, Nerea desvió la mirada al mar donde vio a una pareja jugando con el agua, salpicándose o haciéndose aguadillas. Los labios se le relajaron hasta formar una línea recta recordando sus momentos vividos con Hugo. En la playa, en la piscina, en la pequeña urbanización, pero sobre todo recordaba lo vivido en la habitación de él, donde las caricias y las palabras íntimas inundaban la estancia.

Ada cogió la pelota de plástico y se la tiró a Nerea a la cara para que bajara de las nubes.

—Nerea, deja de pensar en Hugo y vamos a jugar al voleibol, aunque sea sin red. A quien se le caiga la pelota tiene que quitarse una prenda de ropa –bromeó riendo.

—Sí hombre, si sólo llevamos el biquini –protestó Laila.

—Era broma, pero hagamos como el juego del burro. Cuando a alguna se nos caiga la pelota a la arena se le asignará una letra y la que complete la palabra «burro» tendrá que pasar una pequeña prueba.

Todas se callaron quedándose pensativas ante la proposición de Ada. No sería una prueba ni peligrosa ni demasiado bochornosa y las risas estaban aseguradas. Así que, ¿por qué no?

—Vale, pero acordemos antes la prueba –propuso Elena.

—¡Ronda de collejas! –saltó animada Laila aplaudiendo.

—Y una mierda –se quejó Ada con la pelota en la mano–. Si de algo son las rondas, son de chupitos.

Ada bajó la mirada pensando y dejando caer la pelota dio una palmada.

—¡Lo tengo! Esta noche hay concurso de karaoke en el hotel, así que después de cenar y antes de irnos a la discoteca, la que complete la palabra «burro», se tiene que apuntar.

—¡Ni de coña! –gritaron las tres a la vez.

—Menudas rancias… es eso o despelotarse en la playa.

Al final aceptaron el reto y comenzaron a rezar para que a ninguna se les cayera la pelota. Sacó Ada hacia Elena quien golpeó tan fuerte que hizo que Nerea tuviera que correr para darle pero finalmente no llegó.

—¡Tienes la B! –gritó Ada sonriendo–. ¡Sigamos!

Continuaron con el pequeño juego mientras gritaban, reían y sobre todo, disfrutaban. Golpeaban la pelota intentando que las otras le dieran, pero a medida que las letras avanzaban, iban poniéndolo más difícil haciendo mayores esfuerzos para que la pelota no tocara la arena.

—Un momento –dijo Laila con la respiración agitada–. Descanso y hacemos recuento. Ada tiene «bur», Nerea también, yo «bu» y Elena «burr». Así que, Elena… ¡cuidadito! ¿Veis? Algo tiene de bueno ser bajita, que cuando me la tiráis en dirección al suelo no tengo que agacharme tanto.

Incorporadas, Laila elevó la pelota con la mano izquierda y la golpeó con la derecha hacia Ada, quien no la vio venir y se le cayó.

—¡Mierda! –maldijo cuando a sus letras se le añadió otra «r».

Sólo estaba a una letra de perder y no estaba dispuesta, por lo que sacando se la tiró con fuerza a Elena quien reaccionó a tiempo desviándosela a Nerea. Esta no estaba atenta, por lo que empató con Ada y Elena. No dispuesta a cantar en el hotel y menos delante de Hugo, se la tiró haciendo un buen pase a Laila quien remató a los pies de Elena convirtiéndola en la perdedora. Todas gritaron y saltaron cuando acabó el juego menos Elena que soltando un gran « ¡No!» se dejó caer de rodillas en la arena tapándose la cara.

—No has hecho nada y ya tienes vergüenza –se mofó Laila.

A las ocho de la tarde, decidieron recoger y darse una rápida ducha antes de cenar. Nerea subió corriendo por las escaleras, dispuesta a no encontrarse con Hugo. No quería verlo, ni que la viera, no quería hablar con él, no quería saber nada de él. La noche anterior algo murió en ella al verle rodeado por esas dos chicas ¡y para más inri una le besaba el cuello! Furiosa se duchó y metió prisa a sus amigas para no tener que esperar mesa. Extrañadas por su actitud, la hicieron caso y al llegar al restaurante, Nerea se sentó en una de las mesas más alejadas.

—¿Más lejos de la comida no te podías poner? –dijo Ada con ironía dejando el bolso en la silla.

Nerea no contestó, sino que se levantó a coger su comida. No tardó ni cinco minutos y la comió a la velocidad del rayo dispuesta a largarse cuanto antes de allí. Sus amigas intentaron detenerla pero ella se excusaba.

—No te puedes ir, Nerea –protestó Laila–. Tenemos que ver a Elena en el concurso.

—De verdad, chicas, que no me apetece, estoy muy cansada pero pasadlo bien –contestó agobiada fijándose en la puerta.

—¡¿Pero se puede saber qué te pasa?! –la sobresaltó Ada–. ¿Es por Hugo? ¿Por lo que me contaste anoche? Joder, Nerea, fue un malentendido y tú lo sabes. ¡¿Cómo puedes ser tan cabezota?!

—No es por eso… –mintió en voz baja–. ¡Vale sí! ¿Pero tú qué harías si te encuentras a Sergio rodeado de dos zorras besándole el cuello?

Elena y Laila se miraron sorprendidas ¿Qué había pasado?

—Pues creerle a él. Porque según tú, Hugo sólo ayudaba a dos clientas que estaban como una cuba a entrar en el hotel ya que como empleado es su deber y no creo que él quisiera que le besaran el cuello, pero allá tú, Nerea. Estás renunciando a una relación que puede tener un final feliz.

—No… tarde o temprano acabaría –dijo con voz triste.

—Eso no lo sabes… –suspiró Ada.

—Sí lo sé. Buenas noches.

Nerea abandonó el restaurante más deprisa de lo que había llegado secándose los ojos antes de que ninguna lágrima se derramara. Ada no le quitó ojo hasta que desapareció de su vista y mirando a Laila y Elena que la observaban con cara de incredulidad, les resumió lo ocurrido el día anterior entre Nerea y Hugo.

—¡Qué fuerte! ¿Y la boba esta no le cree? –dijo Laila estupefacta.

—Sí le cree, pero no sé qué le pasa para que esté así. ¡Es una cabezota!

Sin querer darle más vueltas, salieron del comedor y entraron en el bar-salón. Con una sonrisa maliciosa, Ada se acercó a Samuel para que inscribiera a Elena en el concurso de karaoke.

—¿Y las demás? ¿No os animáis? –le preguntó Samuel a la pelirroja apuntando el nombre de Elena.

—No, es que ha sido una especie de apuesta.

—Vaya, y le ha tocado por lo que veo –rio–. Vale, ahora dime qué canción va a cantar.

—¿Hay que elegirla ya?

—Sí, así lo vamos preparando cuando baje el otro que no sé dónde se ha metido –bufó refiriéndose a Hugo.

Ada cogió el libro con las cientos de canciones que había y cuando vio una que podía prometer, se la enseñó a Samuel y este, con una sonrisa, la apuntó.

—Ya estoy aquí –dijo una voz profunda tras ellos.

—Joder, macho, ya era hora.

—Lo siento, no sabía la hora que era –contestó Hugo apurado pasándose una mano por el cuello–. Hola, Ada.

—Hola, Huguito –y al ver cómo la miraba a ella y a su alrededor dijo–: Nerea no está aquí, se ha ido a la habitación, te cree, pero es una cabezona. Suerte.

Le dio un par de palmaditas en el brazo y se sentó junto a sus amigas para disfrutar de un cubata antes de salir de fiesta. El concurso empezó. Había participantes de todas las edades y cantando todo tipo de canciones. Desde el Aserejé hasta Pimpinela, pero Ada no dejaba de mirar a Hugo. Estaba apagado y sus ojos azules, tristes y preocupados. Apenas se concentraba trabajando y Samuel ya le había llamado la atención varias veces como a un niño despistado. Por desgracia, ella no podía hacer nada. Las cosas siempre pasaban por algo. Llamaron a Elena a ocupar el centro de la sala y roja como un tomate cogió el micrófono que le tendía Samuel, pero le detuvo antes de que se fuera.

—Espera, ¿qué canción puedo elegir?

—Tu amiga ya la ha elegido. –Miró el papel donde tenía los participantes con su canción apuntados.– Tú cantas la de Para hacer bien el amor de Raffaella Carrá.

Elena abrió la boca mientras Samuel se iba y maldijo por lo bajo.

—¡¡La mato!!

Samuel puso la música y muerta de vergüenza empezó a cantar quedándose quieta y a un volumen muy bajo. Laila y Ada se tapaban la cara para que no las viera reír. La pobre Elena estaba rígida como un palo sin saber cómo moverse o a dónde mirar. A Ada comenzó a darle pena y tras acabarse el cubata, se levantó y anduvo hasta ella sin dejar de bailar hasta que cogiéndole el micrófono lo puso en medio. El estribillo llegó y ambas más animadas y confiadas comenzaron a cantarlo a pleno pulmón haciendo que el público participara aplaudiendo o cantando desde sus asientos. Aún sentada, Laila aplaudía hasta que ella decidió también apuntarse y se unió a ellas en el centro del salón cantando y bailando. Cuando la canción acabó las tres se abrazaron riéndose y se inclinaron hacia delante a modo de agradecimiento por los aplausos. Se despidieron lanzando besos dispuestas a seguir con la fiesta en la discoteca, donde podían cantar sin ser escuchadas.

A la una de la madrugada, cuando el bar-salón quedó vacío, Hugo y Samuel recogieron todo, apagaron los focos y se despidieron de los camareros que estaban limpiando.

—¿Estás bien, Hugo? Hoy has estado… como si no estuvieras.

—No, la verdad. Lo siento, mañana estaré mejor.

—¿Necesitas hablar?

Hugo negó con la cabeza.

—Mejor mañana, ¿vale?

Samuel asintió y pulsó el botón del ascensor para subir a recoger sus cosas. Estaba cansado y quería irse a casa. Hugo le vio marcharse y quedándose unos minutos parado, giró la cabeza clavando su mirada en el piano. Poco a poco se encaminó hacia él y sentándose en la banqueta, levantó la tapa y comenzó a tocar notas sueltas.

Nerea no podía dormir. Por más que lo intentaba la imagen de Hugo pasaba por su cabeza una y otra vez. Acurrucada en la cama no dejaba de pensar en el día anterior e incluso analizó lo que sus ojos vieron y le contó Hugo. Harta de dar vueltas, se puso una fina chaqueta gris clara de manga tres cuartos y bajó para ver si su padre estaba en el despacho. Hablar con él siempre la ayudaba, pero el sonido dulce de un piano hizo que sus pies se desviaran al lugar de donde procedía. Y le vio. Apoyándose en la pared, observó los gestos de Hugo. No había tensión en su rostro y se le veía relajado con los ojos cerrados sintiendo lo que tocaba. Sus dedos se movían hábiles por las teclas y su respiración regular acompañaba a sus movimientos.

A Hugo, de niño, su padre le pagaba las clases de piano en una casa particular y aunque al principio no le gustaba, con el paso del tiempo comenzó a ir con más ilusión, sobre todo cuando su madre se ponía violenta y veía en las clases y la música una manera de huir de la realidad. Cerró los ojos sintiendo la música fluir de sus dedos sin darse cuenta de que unos ojos lo observaban. De repente paró y abriendo lentamente los ojos se giró hacia la puerta notando cómo un hormigueo le recorría de arriba abajo.

Nerea, vestida con el pijama, dibujó una pequeña sonrisa pero no se movió. Comenzó a frotarse el brazo derecho nerviosa como si tuviera frío pensando qué hacer o decir.

—Ven –le susurró Hugo tendiéndole la mano.

A paso lento caminó hacia él, hasta que su mano cogió la suya y tirando suavemente de ella, le hizo sentarse a su lado. Ella aún no había dicho nada, pero bajó la cabeza hasta quedar recostada en su hombro. Él aprovechó este gesto para girar un poco el cuello y besarla en la frente.

—Toca algo –le pidió en voz baja.

Poniendo de nuevo los dedos en las teclas, comenzó a tocar las primeras notas de la pieza Orobroy de Dorantes. Nerea disfrutó de la preciosa melodía sin levantar la cabeza de su hombro. Cerró los ojos transportándose a otro universo, en el que sólo estaban ellos dos. Solos y juntos. La dulce canción y la cercanía de su cuerpo hicieron que se relajara por completo. Finalizada, Hugo echó el banco hacia atrás e hizo que Nerea se sentara en su regazo frente a él. Necesitaba abrazarla, olerla, besarla. En el abrazo, depositó un tierno beso en su cuello aspirando su perfume hasta que ella se separó apoyando la frente contra la suya.

—Lo siento –dijo al final–. Siento haber sido tan cabezota y no haber confiado en ti.

—¡Chsss! –la mandó callar retirándole el pelo de la cara–. Ya está, mi amor. No pasa nada.

Nerea le dio un dulce beso y volvió a abrazarse a él. Por fin se sentía bien. Hugo, más relajado tras lo ocurrido, comenzó a acariciarle el pelo sin dejar de repartir cientos de dulces besos por su cara.

—¿Todo bien? –le preguntó a Nerea al notarla relajada entre sus brazos.

—Sí, todo bien.

Deshizo el abrazo pero sin levantarse de su regazo, se retiró el pelo de la cara y entrelazó los dedos con los suyos jugueteando con ellos.

—No tengo sueño –dijo Nerea con voz mimosa mirando sus manos–. Tengo antojo de chocolate.

Hugo soltó una suave carcajada pero una idea se le cruzó por la cabeza. Hizo que Nerea se levantara de su regazo para después ponerse él de pie y cerrando la tapa del piano, metió la banqueta bajo este. La cogió de la mano y tras pedirle silencio, cruzó el restaurante con ella hasta llegar a la puerta que daba acceso a la cocina.

—¿Por qué me has traído aquí? –preguntó extrañada Nerea.

—Porque tienes antojo de chocolate y creo que es hora de enseñarte cómo se hacen los cupcakes.

Nerea abrió la boca estupefacta y se echó a reír.

—¿A la una y media de la madrugada? –soltó riendo–. Estás loco.

«Por ti», pensó Hugo pero no lo dijo.

—Perfecta hora para cocinar. Venga vamos.

Entre risas y de la mano llegaron a la enorme cocina y Hugo comenzó a sacar todos los ingredientes necesarios además de los utensilios, mientras Nerea le observaba. Encendió el horno para que se fuera calentando y dejó un bol en una de las encimeras, con el dedo índice le indicó que se acercara. Con una divertida sonrisa lo hizo y comenzó a ayudarle mezclando primero el cacao en polvo, el azúcar, la harina, la levadura y una pizquita de sal. Formada la masa, Nerea rompió en el bol dos huevos como le había indicado Hugo mientras él echaba la leche y el extracto de vainilla y lo removía. Entre los dos mezclaron los ingredientes y un intenso olor a chocolate comenzó a inundarles las fosas nasales. Mordiéndose el labio inferior, Nerea metió un dedo y se lo llevó a la boca soltando un gemido por su delicioso sabor. Hugo la miró haciéndose el enfadado y metiendo dos dedos le manchó una de sus mejillas. Divertida, cogió la cuchara sopera con la que removían la masa y le echó el chocolate que había en ella manchándole la camiseta y la cara. Sin decir nada, Hugo se dirigió hacia un lado de la inmensa cocina y cogió un cucharón. Al ver sus intenciones, Nerea comenzó a correr por la cocina protegiéndose con todo lo que veía, pero Hugo la atrapó inmovilizándola contra su pecho y dejó caer el líquido marrón por el pelo de Nerea.

—¡¡El pelo no!! –gritó intentando soltarse sin conseguirlo, pero pudo liberar una de sus manos para atrapar el cucharón volcándolo en la cabeza de él. Ambos quedaron pringados de chocolate–. ¡Por listillo!

Hugo soltó una carcajada y la liberó dejando el cucharón en la pila para lavarlo.

—Nos hemos quedado sin la mitad de la masa por tu culpa –la acusó Hugo.

—¿Por mi culpa? –dijo señalándose–. Yo sólo he cogido un poquito para probarla, ¡tú me has empezado a manchar!

—Anda, princesita. –Le dio un suave azote–. Vamos a rellenar algunos moldes.

Rellenaron media docena de moldes hasta la mitad y una vez que el horno estuvo a la temperatura adecuada, los metieron. Hugo dejó el trapo que había usado para no quemarse al lado del horno y cogiendo papel de cocina, le ofreció a Nerea para limpiarse un poco. Se quitaron todo el chocolate posible y se sentaron en el suelo a esperar los quince minutos que les quedaba a los cupcakes.

—¿No te dirán nada si te pillan aquí?

—La cocina está cerrada a estas horas, y cuando me entran antojos nocturnos siempre bajo a pillar algo.

Volvieron a entrelazar sus dedos quedándose un largo tiempo callados.

—¿Volverás a dormir conmigo? –le preguntó Hugo con voz suplicante rompiendo el silencio.

Nerea le miró a los ojos y soltó el aire retenido.

—Tengo que ducharme y cambiarme de pijama. Me has puesto perdida –respondió con una sonrisa.

—Princesita, tengo ducha y el pijama que dejas debajo de la almohada sigue ahí. Ven conmigo –le rogó poniéndole ojitos.

Enternecida, se colocó a horcajadas sobre él y le cogió del rostro dándole un pasional beso notando cómo sus fuertes brazos la envolvían por la cintura pegándola más a él.

—Está bien, pero te tendrás que duchar conmigo –levantó las cejas divertida–. Estoy muy cansada y necesito que alguien me frote la espalda.

—Pobre princesita –sonrió Hugo–. Menos mal que soy todo un caballero y te ayudaré encantado.

—Bueno, no hace falta que seas muy caballeroso dentro de la ducha.

Hugo soltó una carcajada y volvió a atrapar sus labios hasta que el pitidito del horno les indicó que los cupcakes ya estaban listos. Cogiendo el trapo que había dejado al lado del horno, Hugo sacó la bandeja y Nerea aplaudió al ver los deliciosos pastelitos. Los envolvieron en papel de aluminio y los pusieron en una bolsa para subirlos a la habitación. Limpiaron todos los utensilios de cocina que habían usado salpicándose, sin dejar de jugar, con el agua de las manos. Subieron al dormitorio con los cupcakes dentro de una bolsa para que se fueran enfriando mientras ellos se duchaban y hacían el amor con el agua cayendo sobre sus cuerpos. Limpios y vestidos, sacaron dos de ellos de sus moldes y los comieron entre risas y besos, pero esta vez, sin mancharse.