56.
Durante días y días, Hervé Joncour llevó la carta consigo, doblada por la mitad, metida en el bolsillo. Si se cambiaba de traje, la traspasaba al nuevo. No la abría nunca para mirarla. De vez en cuando la sostenía en la mano, mientras hablaba con un aparcero o esperaba que llegara la hora de cenar sentado en la galería. Una noche empezó a observarla a contraluz en la lámpara de su despacho. En transparencia, las huellas de los minúsculos pájaros hablaban con voz desenfocada. Decían algo absolutamente insignificante o algo capaz de desquiciar una vida: no era posible saberlo, y eso le gustaba a Hervé Joncour. Oyó que Hélène venía. Dejó la carta sobre la mesa. Ella se acercó y, como todas las noches, antes de retirarse a su habitación hizo ademán de besarlo. Cuando se inclinó hacia él, el camisón se le entreabrió apenas, a la altura del pecho. Hervé Joncour vio que no llevaba nada debajo, y que sus senos eran pequeños y blancos como los de una muchacha.
Durante cuatro días siguió con su vida habitual, sin alterar en nada los prudentes ritos de sus jornadas. La mañana del quinto día se puso un elegante traje gris y partió para Nîmes. Dijo que volvería antes de anochecer.