20.
Hervé Joncour fue huésped de Hara Kei durante cuatro días. Era como habitar en la corte de un rey. Todo el pueblo vivía para aquel hombre y casi no había gesto, en aquellas colinas, que no fuera hecho en su defensa y para su placer. La vida discurría en voz baja, se movía con una lentitud astuta, como un animal acorralado en su madriguera. El mundo parecía estar a siglos de distancia.
Hervé Joncour tenía una casa para él solo, y cinco sirvientes que lo seguían a todas partes. Comía en soledad, a la sombra de un árbol con flores de colores que nuca había visto. Dos veces al día le servían con cierta solemnidad el té. Por la noche, lo acompañaban a la sala más grande de la casa, en la que el suelo era de piedra, y donde se consumaba el ritual del baño. Tres mujeres, ancianas, con la cara embadurnada con una especie de cera blanca, vertían agua sobre su cuerpo y lo secaban con paños de seda tibios. Tenían las manos leñosas pero ligerísimas.
La mañana del segundo día, Hervé Joncour vio llegar al pueblo a un blanco, acompañado por dos carros llenos de grandes cajas de madera. Era un inglés. No estaba allí para comprar. Estaba allí para vender.
—Armas, monsieur. ¿Y vos?
—Yo compro. Gusanos de seda.
Cenaron juntos. El inglés tenía muchas historias que contar: hacía ocho años que iba de un lado a otro, desde Europa hasta Japón. Hervé Joncour lo estuvo escuchando y solo al final le preguntó
—¿Conocéis a una mujer joven, creo que europea, blanca, que vive aquí?
El inglés continuó comiendo, impasible.
—No existen mujeres blancas en Japón. No hay ni una sola mujer blanca en Japón.
Partió al día siguiente cargado de oro.