33.
El pueblo empezó a bullir como un hormiguero enloquecido: todos corrían y gritaban, miraban arriba y perseguían a aquellos pájaros en fuga, durante años orgullo de su señor, y ahora burla alada por el cielo. Hervé Joncour salió de su casa y descendió por la aldea, caminando lentamente y mirando hacia adelante con una calma infinita. Nadie parecía verlo y nada parecía ver él. Era un hilo de oro que corría recto en la trama de una alfombra tejida por un loco. Traspasó el puente sobre el río, bajó hasta los grandes cedros, penetró en su sombra y salió de ella. Frente a sí vio la inmensa pajarera, con las puertas abiertas de par en par, completamente vacía. Y delante de la misma, a una mujer. Hervé Joncour no miró a su alrededor, simplemente continuó caminando, con lentitud, y solo se paró cuando estuvo frente a ella.
Sus ojos no tenían sesgo oriental, y su rostro era el rostro de una muchacha joven.
Hervé Joncour dio un paso hacia ella, extendió el brazo y abrió la mano. En la palma había una pequeña hoja de papel, doblada en cuatro.
Ella la vio y cada esquina de su rostro sonrió. Apoyó su mano en la de Hervé Joncour, la apretó con dulzura, dudó un instante, después la retiró apretando entre los dedos aquella hoja que había dado la vuelta al mundo. Acababa de esconderla en un pliegue del vestido cuando se escuchó la voz de Hara Kei.
—Sed bienvenido, mi amigo francés.
Estaba a pocos pasos de allí. El kimono oscuro, el pelo, negro, perfectamente recogido en la nuca. Se acercó. Se puso a observar la pajarera, mirando una a una las puertas abiertas.
—Volverán. Es siempre difícil resistir la tentación de volver, ¿no es cierto?
Hervé Joncour no respondió. Hara Kei lo miró a los ojos y apaciblemente le dijo
—Venid conmigo.
Hervé Joncour lo siguió. Dio unos pasos y después se volvió hacia la muchacha y esbozó una inclinación.
—Espero volver a veros pronto.
Hara Kei siguió caminando.
—No conoce vuestra lengua.
Dijo.
—Venid conmigo.