24.
Al día siguiente, temprano por la mañana, Hervé Joncour partió. Escondidos entre su equipaje, llevaba consigo millares de huevos de gusanos de seda, es decir, el futuro de Lavilledieu, y el trabajo para centenares de personas y la riqueza para una decena de ellas. Donde el camino giraba a la izquierda, escondiendo para siempre, tras el perfil de la colina, la vista de la aldea, se detuvo, sin tener en cuenta a los dos hombres que lo acompañaban. Bajó del caballo y permaneció un rato al borde del camino con la mirada fija en aquellas casas encaramadas sobre la ladera de la colina.
Seis días después Hervé Joncour se embarcó, en Takaoka, en un barco de contrabandistas holandeses que lo llevó hasta Sabirk. Desde allí ascendió por la frontera china hasta el lago Baikal, atravesó cuatro mil kilómetros de tierra siberiana, superó los Urales, llegó hasta Kiev y recorrió en tren toda Europa, de este a oeste, hasta entrar, después de tres meses de viaje, en Francia. El primer domingo de abril —justo a tiempo para la misa mayor— llegó a las puertas de Lavilledieu. Vio a su mujer que corría a su encuentro, y notó el perfume de su piel cuando la abrazó, y el terciopelo de su voz cuando le dijo
—Has vuelto.
Dulcemente.
—Has vuelto.