21.
Hervé Joncour volvió a ver a Hara Kei solo la mañana del tercer día. Se dio cuenta de que sus cinco sirvientes habían desaparecido de repente, como por arte de magia, y después de algunos instantes lo vio llegar. Aquel hombre por el que todos en aquel pueblo vivían, se movía siempre en una burbuja de vacío. Como si un precepto tácito ordenara al mundo que lo dejaran vivir solo.
Subieron juntos la falda de la colina, hasta llegar a un claro donde el cielo era surcado por el vuelo de decenas de pájaros con grandes alas azules.
—La gente de aquí mira cómo vuelan y en su vuelo lee el futuro.
Dijo Hara Kei.
—Cuando era niño, mi padre me llevó a un lugar como este, me puso en la mano su arco y me ordenó tirarle a uno. Lo hice y un gran pájaro de alas azules se precipitó al suelo, como una piedra muerta. Lee el vuelo de tu flecha si quieres saber tu futuro, me dijo mi padre.
Volaban lentamente, subiendo y bajando en el cielo, como si quisieran borrarlo, meticulosamente, con sus alas.
Regresaron al pueblo caminando bajo la luz extraña de una tarde que parecía una noche. Llegados a la casa de Hervé Joncour, se despidieron. Hara Kei se volvió y se puso a caminar lentamente, bajando por el sendero que bordeaba el río. Hervé Joncour permaneció de pie, en el umbral, contemplándolo; esperó a que estuviera a una veintena de pasos, después dijo
—¿Cuándo me dirás quién es aquella muchacha?
Hara Kei siguió caminando, con un paso lento, ajeno a cualquier forma de cansancio. A su alrededor reinaba el más absoluto silencio, y el vacío. Como cumpliendo un extraño precepto, a dondequiera que fuese, aquel hombre andaba en una soledad sin condiciones, y absoluta.