39.
Hervé Joncour entregó los huevos a los criadores de gusanos de Lavilledieu. Después, durante días, no volvió a aparecer por el pueblo, descuidando incluso la habitual y cotidiana visita al café de Verdun. A primeros de mayo, suscitando el estupor general, compró la casa abandonada de Jean Berbeck, aquel que dejó un día de hablar y no volvió a hablar hasta su muerte. Todos creyeron que pensaba instalar allí su nuevo taller. Él ni siquiera empezó a vaciarla. Iba allí de vez en cuando y permanecía solo en aquellas habitaciones, haciendo nadie sabía qué. Un día se llevó consigo a Baldabiou.
—¿Tú sabes por qué Jean Berbeck dejó de hablar? —le preguntó.
—Es una de las muchas cosas que no dijo nunca.
Habían pasado años, pero todavía estaban los cuadros colgados de las paredes y las ollas en el escurreplatos, al lado del fregadero. No era un espectáculo alegre, y Baldabiou, de haber sido por él, se habría marchado de buena gana. Pero Hervé Joncour seguía mirando fascinado aquellas paredes enmohecidas y muertas. Era evidente: buscaba algo allí dentro.
—Tal vez sea que la vida a veces da tales vueltas que no queda ya absolutamente nada que decir.
Dijo.
—Nada de nada, para siempre.
Baldabiou no estaba hecho para las conversaciones serias. Miraba fijamente la cama de Jean Berbeck.
—Quizá cualquiera habría enmudecido con una casa tan horrenda.
Hervé Joncour siguió llevando durante días una vida retirada, dejándose ver poco en el pueblo y empleando su tiempo en trabajar en el proyecto del parque que antes o después construiría. Llenaba hojas y hojas de dibujos extraños, parecían máquinas. Una noche Hélène le preguntó
—¿Qué son?
—Es una pajarera.
—¿Una pajarera?
—Sí.
—¿Y para qué sirve?
Hervé Joncour mantenía los ojos fijos en aquellos dibujos.
—Se llenan de pájaros, todos lo que se pueda, y después, un día en el que suceda algo feliz, se abren sus puertas de par en par y se mira cómo vuelan libres.