II
LA LÁMPARA

En aquel tiempo, fray Giovanni conoció que los bienes de este mundo proceden de Dios, y que deben corresponder a los pobres, que son los preferidos de Jesucristo.

Los cristianos celebraban el nacimiento del Salvador; y fray Giovanni había ido a la ciudad de Asís. Esta ciudad está sobre una montaña. Y de esa montaña se alzó el Sol de caridad.

Pero la antevíspera de Navidad, fray Giovanni rezaba de hinojos ante el altar bajo el que reposa san Francisco en un pilón de piedra. Y meditaba, pensando que san Francisco había nacido en un establo, como Jesús. Y, hallándose en meditación, el sacristán fue a pedirle que tuviera a bien cuidar de la iglesia mientras él iba a cenar. La iglesia y el altar estaban llenos de ornamentos preciosos. El oro y la plata abundaban en ellos, porque los hijos de san Francisco habían perdido la pobreza primera. Y habían aceptado los regalos de las reinas.

Fray Giovanni respondió al sacristán:

―Hermano mío, id a cenar. Y yo guardaré la iglesia como quiere Nuestro Señor.

Y, tras haber hablado así, prosiguió su meditación. Y mientras estaba solo, rezando, una pobre mujer llegó a la iglesia y le pidió limosna por amor de Dios.

―No tengo nada ―respondió el santo varón―, pero el altar está lleno de ornamentos, y voy a ver si puedo daros algo.

Encima del altar colgaba una lámpara de oro, toda adornada de campanillas de plata. Y, contemplando aquella lámpara, se dijo para sus adentros:

―Estas campanillas no son más que vanos ornamentos. El verdadero adorno de este altar es el cuerpo de san Francisco que reposa desnudo bajo la losa con una piedra por almohada.

Y, sacando su navaja del bolsillo, separó las campanillas una tras otra y se las dio a la pobre mujer.

Y cuando el sacristán, después de haber cenado, volvió a la iglesia, fray Giovanni, el santo de Dios, le dijo:

―Hermano mío, no os inquietéis por las campanillas que había en la lámpara. Se las he dado a una pobre mujer que las necesitaba.

Y fray Giovanni había obrado de aquella manera porque sabía por revelación que todas las cosas de este mundo, por pertenecer a Dios, pertenecen a los pobres.

Y en la tierra fue culpado por los hombres apegados a sus riquezas. Pero resultó grato a las miradas de la bondad divina.