Las palabras de Guru

Ayer, cuando iba a encontrarme en el bosque con Guru, me salió al paso un hombre y me dijo:

―Muchacho, ¿qué haces por aquí a la una de la madrugada? ¿Sabe tu madre dónde estás? ¿Cuántos años tienes, para andar solo a estas horas?

Lo miré y vi que tenía los cabellos blancos, así que me eché a reír. Los viejos nunca ven; la verdad es que los hombres no ven nada. Las mujeres jóvenes, a veces, sí ven algo; pero los hombres, rara vez.

―En mi próximo cumpleaños haré doce ―le respondí, y como no quería que viviese para que pudiera contárselo a nadie, añadí―: Y ando por aquí a estas horas porque voy a ver a Guru.

―¿Guru? ―se extrañó él―. ¿Quién es Guru? ¿Un extranjero, quizá? Mala cosa, muchacho, juntarse con extranjeros… ¿Quién es ese tal Guru?

Le dije entonces quién era Guru, y cuando el viejo comenzó a hablarme de revistuchas baratas y de cuentos de hadas pronuncié una de las palabras que Guru me había enseñado, y el tipo se calló al instante. Al fin y al cabo, no era más que un viejo, por lo que tenía las articulaciones duras, lo que hizo que no se desmembrase, sino que cayera de golpe, de una pieza, golpeándose la cabeza contra un pedrusco. Y me fui de allí.

Aunque voy a cumplir sólo doce años, sé muchas cosas que los mayores desconocen. Y recuerdo otras muchas que la mayor parte de los chicos de mi edad no pueden.

Recuerdo haber nacido de la oscuridad, y recuerdo también el ruido que hacía la gente a mi alrededor. Recuerdo igualmente que cuando tenía sólo dos meses empecé a comprender que esos sonidos poseían el mismo significado que las cosas que había en mi cabeza. Supe así que yo también podía emitir aquellos sonidos, y cuando lo hice todos se sorprendieron grandemente. «¡Ya habla!» ―exclamaron, y lo repetían una y otra vez―. «¡Con lo pequeño que es! ¿Cómo lo has conseguido, Clara?».

Clara era mi madre. Y Clara les respondió así: «No sé nada. Jamás hubo un genio en mi familia, y estoy segura de que tampoco lo ha habido en la de Joe».

Joe era mi padre.

Clara me presentó un día a un hombre al que nunca había visto antes, y me dijo que era reportero, un tipo que escribía cosas en un periódico.

El reportero comenzó a hablarme como si fuese yo un niño cualquiera; no le respondí, no quise hacerlo; sólo le miraba fijamente, hasta que bajó los ojos y se fue. Después oiría leer a Clara una cosa que venía en el periódico, una cosa que al parecer tenía mucha gracia, una cosa según la cual el reportero me hacía preguntas y yo respondía con los sonidos propios de un bebé… No era cierto, por supuesto que no… No había respondido yo una sola palabra al reportero, y él no me había hecho ni una sola de aquellas preguntas que venían en el periódico.

Yo oía leer a Clara aquella noticia, pero mientras lo hacía miraba un bicho que trepaba por la pared. Y cuando Clara acabó de leer en voz alta, pregunté:

―¿Qué es esa cosa gris?

Miró hacia donde yo señalaba, pero no pudo ver nada.

―¿Qué cosa gris, Peter? ―me dijo; yo le había ordenado que me llamara por mi nombre completo, Peter, y no con algún estúpido nombre como Petey o algo similar―. ¿Qué cosa gris?

―Es tan grande como tu mano, Clara, pero parece muy blando… No creo que tenga huesos… Trepa por la pared; pero no le veo la cabeza… Tampoco tiene patas…

Creo que Clara se preocupó algo, pero trató de distraerme poniendo su mano en la pared y haciendo como que buscaba aquella cosa. Yo le indicaba que fuese más a la izquierda, o más a la derecha, hasta que puso la mano justo sobre el bicho. Pero entonces me percaté de que ella no veía la cosa, y de que no creía que realmente hubiese algo en la pared. No volví a decir una sola palabra sobre aquello hasta que hubieron transcurrido varios días.

―Clara, ¿cómo llamarías a una cosa que una persona puede ver y otra no?

―Una ilusión, Peter ―me respondió―; si es eso a lo que te refieres.

No dije más; me llevó a la cama como siempre y cuando apagó la luz y se hubo marchado, esperé unos instantes y empecé a llamar en voz muy baja y suave: «¡Ilusión! ¡Ilusión!».

Y entonces Guru acudió a mí por primera vez. Me saludó con una inclinación de cabeza, como siempre hace, y me dijo:

―Esperaba tu llamada.

―No sabía cómo llamarte ni cómo encontrarte ―le dije.

―Siempre que me necesites, allí estaré, no importa dónde sea… Te enseñaré muchas cosas, Peter, si quieres aprenderlas… ¿Sabes qué es lo que voy a enseñarte?

―Dime qué es esa cosa gris que hay en la pared y te escucharé ―le respondí―. Y atenderé también a lo que digas, si me enseñas acerca de las cosas reales y de las irreales.

―Sobre eso ―comenzó a decir pensativo― son muy pocos los que quieren aprender algo… Y hay algunas cosas más sobre las que nadie quiere realmente saber nada… También hay ciertas cosas sobre las que no deseo enseñar una palabra ―sonrió burlón entonces y añadió medio riéndose―: Bien, aquí está tu maestro… El maestro Guru.

Así supe su nombre. Aquella misma noche me enseñó una palabra con cuya sola mención lograría cosas tales como que se echara a perder la comida.

Desde aquel día, hasta la última vez que nos vimos, la noche pasada, apenas ha cambiado; yo, ahora, soy tan alto como él; pero su piel sigue siendo tersa y brillante, y su rostro tan huesudo como siempre, coronado por una gran cabeza de cabello fosco y negro.

A mis diez años, una noche me fui a la cama sólo para aguardar a que transcurriese el tiempo suficiente como para que Joe y Clara creyeran que me había dormido. Dejé en mi lugar algo que aparece únicamente cuando digo una de las palabras de Guru, y bajé por el canalón que hay junto a la ventana de mi cuarto. Ya bajaba y subía por ahí sin el menor problema desde que tenía ocho años.

Me reuní con Guru en el Inwood Hill Park.

―Llegas tarde ―me dijo.

―No es tan tarde ―repliqué―; nunca lo es para este tipo de cosas.

―¿Y tú cómo lo sabes? ―me dijo un tanto abrupto―. Es tu primera vez.

―Y puede que la última ―respondí―. No me gusta la idea de no aprender nada nuevo la segunda vez, así que, si veo que no puedo hacerlo, no vendré más.

―No tienes ni idea ―dijo―, no sabes una palabra de todo esto; las voces, y los cuerpos resbaladizos por el ungüento que los cubre, las llamas vivas; ¡es un ritual de plenitud mental! No podrías hacerte una idea siquiera aproximada sin haber participado.

―Bueno, ya lo veremos ―respondí―. ¿Qué tal si nos vamos de aquí?

―Bien ―dijo.

Pronunció entonces la palabra que tenía que aprender yo, y la repetimos a la vez.

Nos vimos de inmediato en un lugar bañado por luces rojas; me pareció que las paredes de aquel sitio eran de pura roca. Pero en realidad no se podía ver nada y las luces rojas sólo lo parecían, y las paredes no eran de pura roca.

Cuando nos acercábamos al fuego nos interpeló una voz.

―¿Quién viene contigo? ―preguntó aquella voz, llamando a Guru por otro nombre. No supe hasta entonces que también tenía ese nombre, el de alguien muy poderoso.

Guru me miró de reojo y dijo lentamente:

―Es Peter, del que tanto os he hablado.

Aquella mujer que nos había salido al paso me miró sonriente, alargando hacia mí sus brazos aceitosos.

―Ah, o sea que es Peter ―dijo melosa como los gatos que me hablan de noche―. ¿Acudirás a mí cuando te lo pida, Peter? ¿Me llamarás cuando estés solo, en la oscuridad de la noche?

―¡Déjalo en paz! ―gritó entonces Guru, empujándola para apartarla de mí―. Aún es muy joven, podrías echarlo a perder para siempre.

―¡Guru y su pupilo! ―gritó ella a nuestras espaldas, despectivamente―. ¡Vaya par! Muchacho ―me dijo―, Guru no es más real que yo; aquí el único real eres tú.

―No le hagas caso ―me recomendó Guru―; está enrabietada; siempre se ponen así cuando llega esta época del año.

Nos acercamos entonces a la hoguera, sentándonos sobre unas piedras. En ese momento la congregación mataba distintos animales y pájaros, y hacían cosas raras con ellos. Por ejemplo, recogían su sangre en un cuenco de piedra que se iban pasando después de mano en mano. Una que estaba a mi izquierda me lo ofreció.

―Bebe ―me dijo mostrando su sonrisa de dientes muy finos y blancos.

Bebí dos sorbos y le pasé el cuenco a Guru.

Cuando todos hubimos bebido del cuenco, procedimos a quitarnos la ropa. Algunos, como el propio Guru, no llevaban ropa, pero casi todos los allí congregados iban vestidos. La mujer sentada a mi izquierda se me acercó más, echándome sus jadeos espesos en la cara, por lo que me aparté de ella.

―Dile que me deje en paz, Guru ―le pedí―; sé bien que esto no forma parte del ritual.

Guru se dirigió a ella en tono acre en su idioma común, y la mujer se cambió de sitio, casi gruñendo.

Empezamos a cantar. Batíamos palmas y nos golpeábamos los muslos para llevar el ritmo. Una de aquellas mujeres se puso de pie y comenzó a dar vueltas alrededor de la hoguera con paso lento, mientras sus ojos giraban desorbitados. Además, abría la boca y cruzaba sus brazos con tanta violencia que pude escuchar el crujido de sus codos al romperse. Arrastró los pies sobre el suelo de piedra mientras iba echando el cuerpo hacia atrás poco a poco, y los músculos tensos de su vientre parecían barras que se le salieran por la piel, mientras el aceite le chorreaba por todo el cuerpo hasta caerle por los muslos. Cuando tocó el suelo con las palmas de las manos llevadas hacia atrás, se derrumbó gimoteando como para poner un contrapunto al cántico que hacíamos los demás, acompañado de nuestras palmas. Entonces se levantó otra para hacer lo mismo, y cantamos aún con más brío, y lo mismo hicimos, pero aún con mayor entusiasmo, cuando se levantó una tercera. A ésta acudió a levantarla otra más, mientras se incrementaba la furia de nuestro cántico y de nuestras palmas, para llevarla hasta un altar de obsidiana, tumbarla sobre el altar y sacrificarla con un cuchillo de piedra. La luz de la hoguera se reflejaba en el filo mellado de obsidiana, por el que vimos chorrear la sangre resplandeciente de la mujer sacrificada, hasta caer en un canalón del altar, momento en que cesamos en nuestro cántico y se consumieron las llamas de la hoguera.

No obstante aquella oscuridad, seguía viéndose lo que pasaba, porque en realidad las cosas que pasaban no ocurrían de verdad; simplemente, parecían suceder, como las cosas y la gente que allí había parecían ser lo que eran. Sólo yo era real. Quizá era precisamente por eso por lo que me deseaban tanto.

Finalmente, cuando se extinguieron los rescoldos de la hoguera, Guru susurró excitado: «¡La presencia!». Lo dijo hondamente conmovido.

De la charca de sangre derramada del cuerpo de la tercera bailarina brotó la Presencia. Era más alta que ninguno de los allí congregados; su voz era profunda; sus órdenes, prontamente obedecidas.

―¡Haceos sangre! ―dijo, y todos empezamos a lacerarnos la carne con piedras. La presencia sonrió complacida entonces y mostró unos grandes dientes, muy afilados y muy blancos, más que los de cualquiera de los que estábamos allí.

»¡Haceos agua! ―dijo después y comenzamos a escupirnos los unos a los otros. La Presencia desplegó entonces sus alas y comenzaron a darle vueltas los ojos en las cuencas, unos ojos más rojos y más grandes que los de cualquiera de quienes estábamos allí.

»¡Haceos fuego! ―dijo entonces, y respiramos y exhalamos humo y llamas.

La Presencia se irguió más aún y de su boca salieron unas llamas azuladas, más grandes y temibles que las que salían por las bocas de los que estábamos allí.

Regresó a la charca de sangre y prendimos de nuevo la hoguera. Guru tenía la mirada fija al frente. Le tomé entonces del brazo e inclinó la cabeza extrañado, como si nos viésemos por primera vez aquella noche.

―¿Qué piensas? ―le pregunté―. Quizá debiéramos irnos ya de aquí.

―Sí ―dijo pesadamente―. Vayámonos ―y pronunciamos al unísono la palabra que nos sacó de allí.

El primer hombre al que maté fue el hermano Paul, del colegio en el que aprendía las cosas que Guru no me enseñaba.

Aún no hace un año de aquello, aunque me parece que ha pasado mucho tiempo. He matado tantas veces desde entonces…

―Eres un chico muy brillante, Peter ―me había dicho el hermano Paul.

―Gracias, hermano.

―Pero hay cosas de ti que no comprendo… Normalmente, hablaría con tus padres, pero me parece que tampoco lo entenderían. Eres un niño prodigio, ¿verdad?

―Sí, hermano.

―Bueno, no hay nada realmente extraño en eso, es una cosa de las glándulas, según he oído decir… ¿Sabes qué son las glándulas?

Aquello me alarmó. Había oído hablar de eso, yo también, pero no estaba seguro de si eran esos enanitos verdes vestidos tan sólo con metal, o esos seres con muchas patas con los que hablaba en el bosque.

―¿Y cómo ha llegado a esa conclusión? ―le pregunté.

―¡Pero Peter! ¡Pareces muy asustado, muchacho! Yo, la verdad, no sé nada de todo eso; es el padre Frederick quien está al tanto. Tiene un montón de libros que hablan de esas cosas, pero la verdad es que dudo mucho que crea en ello.

―¿Es que no son buenos libros, hermano? ―le pregunté―. Entonces habría que quemarlos.

―Esa idea es terrible, muchacho… Pero volviendo a tu problema…

No podía dejar que continuara, sabiendo lo que él sabía sobre mí. Pronuncié entonces una de las palabras que Guru me había enseñado, cosa que pareció sorprenderlo mucho; luego pareció experimentar un dolor muy fuerte y cayó sobre la mesa. Le tomé el pulso para cerciorarme, porque hasta entonces no había hecho uso de aquella palabra. Estaba muerto.

Sentí unos pasos muy fuertes que llegaban de afuera y me hice invisible. Entró el corpulento padre Frederick; también estuve a punto de matarlo con la palabra, pero sabía que eso resultaría bastante raro. Preferí esperar, y me fui de allí mientras el padre Frederick se abalanzaba sobre el cuerpo del hermano muerto. Pensó que estaba dormido.

Fui por el pasillo hasta el despacho del sacerdote, que estaba repleto de libros; hice una pila con ellos en el centro de la habitación y les pegué fuego con mi aliento. Luego, una vez en el patio, me hice visible de nuevo, aprovechando que no había nadie que pudiera observarme. Era muy fácil. Al día siguiente maté a un hombre en la calle, cuando pasé a su lado.

Había una niña, Mary, que vivía cerca de mi casa. Tenía catorce años y la deseaba tanto como los de la cueva más allá del tiempo y del espacio me habían deseado a mí.

Así que, cuando vi a Guru, y después de que me saludase con su habitual inclinación de cabeza, le hablé de eso. Me miró muy sorprendido.

―Estás creciendo, Peter ―me dijo.

―Es verdad, Guru. Y creo que llegará el momento en que tus palabras ya no sean lo suficientemente poderosas para mí.

Se echó a reír.

―Vamos, Peter ―me dijo―; sígueme, si lo deseas: Hay algo que está por hacer ―y tras pasar la lengua por sus labios muy finos y purpúreos, añadió―: Ya te he dicho cómo será.

―Claro que iré ―dije―. Enséñame la palabra ―y me la dijo, y al momento la pronunciamos al unísono.

Aparecimos en un lugar completamente distinto a los otros en los que ya había estado con Guru. Era el No-lugar. Hasta entonces siempre había existido una apariencia de tránsito de tiempo y materia, pero aquí no había ni tan siquiera eso; aquí, Guru y los demás se despojaron finalmente de sus formas y fueron al cabo lo que eran. El No-lugar era el único lugar donde podían hacer algo así.

No era como la Cueva, pues ésta estaba más allá del tiempo y del espacio; este lugar no era suficiente ni tan siquiera para eso. Era, ciertamente, el No-lugar.

Lo que allí aconteció no se puede referir con palabras, pero sí puedo decir que conocí a unos cuantos que nunca salían de allí. Todo convergía en ellos mientras existían. No poseían un color, ni un aspecto, ni una forma.

Allí supe, pues, que me uniría a ellos finalmente, pues había sido seleccionado como el único ser de mi planeta capaz de habitar el No-lugar, sin necesidad de tener que permanecer allí para siempre.

Una vez más, Guru y yo dijimos la palabra y nos fuimos.

―¿Y bien? ―me dijo Guru mirándome directamente a los ojos.

―Sí, lo deseo ―respondí―. Ahora, enséñame una palabra…

―Vaya ―dijo y sonrió―. ¿La chica?

―Así es. Enséñame la palabra que más significará para ella.

Aún sonriente me enseñó cuál era la palabra.

Mary, que por aquel entonces tenía catorce años, ahora tiene quince, y dicen que está loca, sin cura posible.

Anoche volví a ver a Guru por última vez. Me saludó con su habitual inclinación de cabeza.

―Peter ―me dijo con mucha calidez.

―Enséñame la palabra ―le solté sin más preámbulos―. No es demasiado tarde. Enséñame la palabra.

―Puedes retirarte… Con todo lo que ya sabes podrías convertirte en el amo del mundo. Tendrías oro, piedras preciosas, riquezas infinitas. Piensa en ello, Peter… Vivirías rodeado de terciopelo, pisando alfombras magníficas.

―Enséñame la palabra.

―Piensa, Peter, en la casa que podrías construirte. Una casa de mármol blanco, con un rubí en el centro de cada una de las losetas del piso; una casa con la puerta de oro bruñido, levantada alrededor de una esbelta torre de marfil tallado, que se alzaría milla a milla en el cielo turquesa, y desde la cual podrías ver las nubes bajo tus ojos.

―Enséñame la palabra.

―Tu lengua saborearía esas uvas que tienen el gusto de la plata fundida. Oirías cantar de continuo al ruiseñor y a la alondra, que son como la estrella de la mañana convertida en música… Disfrutarías del aroma de los nardos que florezcan incluso de aquí a mil años. Y acariciarían tus manos las plumas de los cisnes purpúreos del Himalaya, que son más suaves que una nube bajo la luz incipiente del ocaso.

―Enséñame la palabra.

―Piensa que podrás poseer mujeres con la piel negra del ébano o con la piel de la blanca nieve. Podrás poseer mujeres que sean duras como la piedra o suaves como las nubes en las puestas de sol.

―Enséñame la palabra.

Guru sonrió de nuevo y pronunció la palabra.

No sé si diré o no esa palabra, la última que me enseñó Guru, hoy o mañana, o acaso dentro de un año.

Es una palabra que hará estallar este planeta como lo haría un cartucho de dinamita puesto en una manzana podrida.