XIII
LA VERDAD
El santo varón Giovanni seguía estando en una mazmorra muy estrecha, sujeto por cadenas a anillas clavadas en el muro. Pero su alma seguía siendo libre, y los tormentos no habían quebrantado su constancia. Y se prometía no traicionar su fe, sino ser el testigo y el mártir de la Verdad, a fin de morir en Dios. Y se decía: «La Verdad me acompañará a la horca. Me mirará y llorará. Dirá: Lloro porque este hombre muere por mí».
Y cuando el santo varón hacía así, en soledad, el coloquio de sus pensamientos, un caballero entró en la prisión, sin que nadie hubiera abierto las puertas. Iba vestido con un manto rojo y en la mano llevaba una linterna encendida.
Fray Giovanni le dijo:
―¿Cómo te llamas, sutil señor que traspasas los muros?
Y el caballero respondió:
―Hermano, ¿de qué sirve decirte los nombres que me dan? Tendré para ti el que me des. Has de saber que vengo a ti compasivo y benévolo, y porque, sabiendo que profesas encarecidamente el amor a la verdad, te traigo una palabra sobre esa Verdad que has tomado por señora y compañera.
Y fray Giovanni empezó dando las gracias al visitante. Mas éste le detuvo:
―Te advierto ―le dijo― que al principio esa palabra te parecerá vana y despreciable, porque es como una llavecita que el imprudente arroja sin usarla.
»Mas el hombre avisado la prueba en varias y al fin se da cuenta de que abre un cofre lleno de oro y piedras preciosas.
»Así pues, te digo: Fray Giovanni, puesto que te aventuraste a tomar la Verdad por señora y amiga, te importa mucho saber de ella cuanto se puede saber. Así pues te digo que es BLANCA. Y por su apariencia, que te doy a conocer, descubrirás su naturaleza, cosa que te será muy útil para relacionarte con ella y rodearla de toda clase de delicadezas, como un amigo que adora a su amiga. Ten pues por seguro, buen hermano, que es BLANCA.
Tras oír estas palabras, el santo varón Giovanni respondió:
―Maese Sutil, el sentido de vuestras palabras no es tan difícil de adivinar como al parecer habéis temido. Y mi inteligencia, aunque por naturaleza torpe y dura, ha sido atravesada enseguida por la aguda punta de la alegoría. Decís que la Verdad es blanca para representar la perfecta pureza que hay en ella y demostrar con toda claridad que es una dama inmaculada. Y yo me la represento tal como decís, superando en blancura a las azucenas de los jardines y a la nieve que cubre, durante el invierno, las cimas del Alverne.
Mas el visitante movió la cabeza y dijo:
―Fray Giovanni, no es ése el sentido de mis palabras y no has roto el hueso para sacar el tuétano. Te he enseñado que la Verdad es blanca pero no que es pura. Y es muestra de pequeño entendimiento creer que es pura.
Afligido por lo que acababa de oír, el santo varón Giovanni respondió:
―Así como la luna, cuando la tierra le oculta el sol, está oscurecida por la sombra espesa de este mundo donde se consumó el crimen de Eva, así, maese Sutil, habéis encubierto vos una palabra clara bajo una palabra oscura. Y erráis en las tinieblas. Porque la Verdad es pura, por venir de Dios, fuente de toda pureza.
Y el Contradictor respondió:
―Fray Giovanni, sed mejor físico, y reconoced que la pureza es una cualidad inconcebible. Es lo que hacían, según cuentan, los pastores arcadios, que nombraban dioses puros a los dioses que no conocían.
Entonces, el bondadoso fray Giovanni suspiró y dijo:
―Maese, vuestras palabras son oscuras y están envueltas de tristeza. A veces, en mi sueño, me han visitado los ángeles. Tampoco comprendía yo sus palabras. Mas el misterio de su pensamiento era gozoso.
Y el visitante Sutil replicó:
―Fray Giovanni, argumentemos los dos de acuerdo con las reglas.
Y el santo varón respondió:
―No puedo argumentar con vos. No me siento ni con ganas ni con fuerzas para hacerlo.
―Entonces tendré que buscar ―replicó el Sutil― otro contradictor.
Y al punto, levantando el dedo índice de su mano izquierda, con la derecha hizo, con un pico de su capa, una caperuza roja a ese dedo; luego, manteniéndolo levantado ante su nariz dijo:
―Aquí tenéis un dedo de mi mano derecha al que he convertido en doctor y con el que disputaré doctamente. Es un platónico, si no es el propio Platón.
»Maese Platón, ¿qué es lo puro? Os escucho, maese Platón. Afirmáis que el conocimiento es puro cuando está privado de todo lo que se ve, se oye, se toca y generalmente se prueba. Me concedéis, con una seña de vuestra caperuza, que la verdad será verdad pura en las mismas condiciones. Es decir, cuando se la haga muda, ciega, sorda, lisiada, paralítica, tullida en todos sus miembros. Y admito gustoso que, en ese estado, escapará a las ilusiones que se forjan los hombres y no andará de picos pardos. ¡Qué gran bromista sois, maese Platón, y cuánto os habéis reído del mundo! Quitaos la caperuza.
Y el Contradictor, tras soltar el pico de su capa, volvió a dirigir la palabra al santo varón Giovanni:
―Amigo, esos sofistas no sabían qué es la Verdad. Pero a mí, que soy físico y gran observador de las curiosidades naturales, puedes creerme si te digo que es blanca, o mejor dicho, que ella es lo blanco.
»De donde no hay que deducir, como te he dicho, que sea pura. ¿Crees que la señora Eletta, de Verona, que tenía los muslos como la leche, los hubiera abstraído por eso del resto del universo, escondiéndolos en lo invisible y en lo intangible, que es lo puro, según la doctrina aristotélica?
―No conozco a esa señora Eletta ―dijo el santo varón Giovanni.
―Dedicó toda su vida ―respondió el Contradictor― a dos papas, a sesenta cardenales, catorce príncipes, dieciocho comerciantes, a la reina de Chipre, a tres turcos, a cuatro judíos, al mono del señor obispo de Arezzo, a un hermafrodita y al diablo. Pero nos alejamos de nuestro asunto, que consiste en encontrar el carácter propio de la Verdad.
»Pero si ese carácter, como acabo de establecer frente al mismo Platón, no puede ser la pureza, es creíble que sea la impureza, impureza que es la condición necesaria de todo lo que existe. Pues acabamos de ver que lo puro no tiene vida ni conocimiento. Y tú has demostrado suficientemente, supongo, que la vida y todo lo que se relaciona con ella se halla compuesto, está mezclado, es diverso, con tendencia a crecer o a disminuir, inestable, soluble, corruptible y no puro.
―Doctor ―respondió Giovanni―, vuestras razones no valen nada, puesto que Dios, que es totalmente puro, existe.
Y el doctor Sutil replicó:
―Si leyeras mejor tus libros, hijo mío, verías que se ha dicho que Aquel al que acabas de nombrar no «existe», sino que «es». Y existir y ser no son una misma cosa, sino dos cosas contrarias. Tú vives, ¿y no te dices a ti mismo: «No soy nada; soy como si no fuera?». Y no dices: «Soy el que es». Porque vivir es en todo momento dejar de ser. Y también dices: «Estoy lleno de impurezas», porque no eres una cosa única, sino una mezcla de cosas que se agitan y combaten entre sí.
―Habláis con mucha sabiduría ―respondió el santo varón―, y por vuestras palabras veo que estáis muy avanzado, maese Sutil, en las ciencias tanto divinas como humanas. Porque es cierto que Dios es el que es.
―Por el cuerpo de Baco ―replicó el otro―, es perfecta y universalmente, por lo cual estamos dispuestos a buscarle en cualquier sitio, seguros de que no se encuentra ni más ni menos en un sitio que en cualquier otro, y no sería posible encontrar un solo par de viejas polainas que no contenga su parte justa.
―Eso es admirable y cierto ―respondió Giovanni―. Pero conviene añadir que está de manera más especial en las santas especies, por efecto de la transustanciación.
―Y ya lo ves ―dijo el doctor―, ahí está comible. Observa además, hijo mío, que es redondo en una manzana, alargado en una berenjena, cortante en un cuchillo y sonoro en una flauta. Tiene todas las cualidades de las sustancias. También tiene todas las propiedades de las figuras. Es agudo y es obtuso, porque es a la vez todos los triángulos posibles; sus radios son iguales y desiguales, puesto que es el círculo y la elipse, y es además la hipérbole, que es una figura indescriptible.
Mientras el santo varón Giovanni meditaba estas sublimes verdades, oyó al doctor Sutil echarse a reír a carcajadas. Entonces preguntó:
―¿Por qué te ríes?
―Me río ―dijo el doctor― pensando que se descubrieron en mí ciertas contrariedades y contradicciones, y que me las reprochan amargamente. Es cierto que tengo muchas. Pero no se ve que, si las tuviera todas, sería semejante al Otro.
Y el santo varón preguntó:
―¿De qué otro hablas?
Y el Contradictor respondió:
―Si supieras de quién hablo, sabrías quién soy. Y mis mejores palabras no las entenderías gustoso, porque se me ha perjudicado mucho. Por el contrario, si ignoras quién soy, te seré muy útil. Te haré conocer que los hombres son extremadamente sensibles a los sonidos que se forman en los labios, y que se hacen matar por palabras que carecen de sentido, como se ve en el ejemplo de los mártires, y en tu propio ejemplo, ¡oh, Giovanni!, que te alegras de ser estrangulado, y luego quemado con el canto de los siete salmos en la plaza de Viterbo, por esa palabra de Verdad a la que te resultaría imposible encontrar una significación razonable.
»Y, cierto, registrarías todos los rincones de tu oscuro cerebro, y removerías todas las telarañas y toda la vieja herrumbre que allí se encuentra, sin descubrir nunca la ganzúa que abre esa palabra y extrae su sentido. Y sin mí, pobre amigo, te habrían hecho ahorcar y luego quemar por tres sílabas que ni tú ni tus jueces entendéis, de manera que nunca se habría sabido a quién despreciar más, si a los verdugos o a la víctima.
»Sabe, pues, que la Verdad, tu dama bienamada, está hecha de elementos donde se encuentran lo húmedo y lo seco, lo duro y lo blando, lo frío y su contrario, y que con esta dama ocurre lo mismo que con las damas carnales, que no tienen igualmente repartido por todo su cuerpo lo tierno y lo cálido.
Fray Giovanni dudaba, en su simplicidad, si estas palabras eran o no honradas. El Contradictor leyó en el pensamiento del santo varón. Y le tranquilizó, diciendo:
―Éstos son conocimientos que se adquieren en la escuela. Soy teólogo.
Se levantó y añadió:
―Lamento separarme de ti, amigo. Pero no puedo seguir estando más tiempo a tu lado. Porque tengo muchas contradicciones que llevar a los hombres. Y no puedo disfrutar de reposo de día ni de noche. Tengo que ir constantemente de un lugar a otro, depositando mi linterna unas veces en el pupitre del culto, otras sobre la cabecera del hombre doliente que vela.
Tras decir esto, se fue como había venido. Y el santo varón Giovanni se preguntó: «¿Por qué ha dicho este doctor que la verdad es blanca?». Y, acostado en la paja, rumiaba esa idea en su cabeza. Su cuerpo participaba de la inquietud de su alma y se volvía a uno y otro lado sin encontrar el descanso.