Claude-François-Xavier Mercier (1763-1800) había nacido en Compiègne, pero, tras ser secretario a los quince años del caballero de Jaucourt, se trasladó a París, donde consigue un empleo en las oficinas de la Marina, que pierde con la Revolución. Se convierte entonces en librero, y para vivir y alimentar a su familia se dedica a escribir, traducir o remendar toda suerte de obras, desde poemas patrióticos a cuentos eróticos, novelas históricas, escritos burlescos, etc.
El relato La sorcière de Verberie apareció en el año VII de la Revolución (es decir, 1797-1798), firmado por C.M.D.C., siglas que, junto a otros detalles, han permitido atribuírselo sin apenas dudas. Novela ahí la historia de Jeanne Harvilliers, utilizando el testimonio de un protagonista de los hechos; el filósofo Bodino, que intervino como magistrado en el juicio contra esa mujer acusada de brujería y transcribió en su Demonomanía declaraciones de la acusada y actuaciones judiciales; también utilizó la Histoire du duché de Valois (1764), del abate Claude Carlier, que emplea los hechos narrados por Bodino y por otro especialista en demonología, Jean Vier; del texto de Carlier derivan términos regionales bien conocidos por Mercier ―sabatiers, sabatero―, dado que Verberie es una aldea cercana a su pueblo natal, a Compiègne.
Mercier quiere desmitificar en su relato la brujería, hacerla más cotidiana y habitual; elimina, por ejemplo, todos los elementos maravillosos que Bodino anota, como el poder del hombre negro para hacerse invisible, o el transporte mágico al sabbat. Pese a ello, consigue hacer de los hechos un relato fantástico por su tema y por su habilidad para ponerlos en escena y en cierto modo teatralizarlos. El relato tiene, además, un objetivo: denostar la Revolución ―de ahí las comparaciones de los niños consagrados a Marat o Robespierre con los que en el pasado se consagraban al diablo, la identificación del público de los teatros medievales donde se ofrecían diablerías con la clase baja que protagonizaba la Revolución, etc.―, denunciar el peligro de las novelas negras e «inglesas» ―El monje, entre ellas―, rechazar la lucha de clases, encarnada por los sabateros que han jurado «la perdición del rico», y el materialismo «más absurdo» encarnado en el hombre negro.