La habitación de Jane Fonda
Desde luego, la única suerte que tuvo jamás Paul Domenica fue ir al infierno. Desde luego… Desde luego, todo aquello era una sucesión de blancos corredores impolutos, como nuevos, no muy diferentes de los del Aeropuerto Internacional de Los Ángeles (donde Paul había trabajado cuando estuvo vivo). Había incluso cintas transportadoras con letreros en lo alto que te avisaban para que te agarrases al pasamanos negro cuando echabas a caminar por allí.
Su guía era una mujer llamada Ms. Baker, que sonreía un montón y se pasaba el rato asintiendo con la cabeza por nada en particular. Lucía en su blusa una pequeña plaquita de plástico con su nombre.
―Estoy segura de que habrá oído un millón de veces lo que voy a decirle, Ms. Baker, pero le aseguro que esto no es lo que yo había pensado.
Ella asintió una vez más, apretando contra su pecho el montón de papeles que llevaba, como una chica de high school muy estudiosa.
―Sí, esto siempre sorprende y choca. La gente hace las cosas más extrañas cuando llega aquí. Te podría contar historias que… bueno, te podría contar unas cuantas historias. ¿Has tenido ocasión de echar un vistazo a los folletos?
Paul echó un vistazo a los folletos desplegables que llevaba bajo el brazo, azul, amarillo y rojo, y sonrió.
―Sí, ya he tomado mi decisión… Ya sé cuál.
―¿Tan pronto? ¡Estupendo! Hay otra cosa de la que quiero hablarte, Paul… Damos a la gente el tiempo que honestamente creemos necesario para decidir, pero a veces parecen tan… uf… tan indecisos.
―Ms. Baker, sé perfectamente qué quiere decir. Cuando trabajaba como camarero, ¿sabe?, no puede imaginarse cuántas veces había que preguntar a la mitad de los clientes, por lo menos, si querían patatas fritas o picadillo con los huevos. Si me llega a ver, hubiera creído que les estaba ofreciendo un seguro de vida o algo así… ¡Todo para decidir si querían patatas fritas a la francesa o picadillo! Lo mismo les pasaría cuando iban a comprarse un coche nuevo o cualquier cosa.
―O para elegir el nombre de sus hijos ―se rió burlona Ms. Baker.
―O para comprarse una casa ―se enganchó Paul a la risa de ella y el eco parecía envolverles en aquel espacio blanco que parecía tan bueno, tan ideal, tan para siempre… Para siempre. Dos palabras muy gratas. Nunca se había parado a pensar en cosas así, pero ahora, tío, lo hacía… Blancos pasillos… Ms. Baker… Para siempre.
Ahí estaba Paul Domenica descendiendo a través de la blanca garganta del infierno, sin albergar la menor idea de adónde se dirigía. En eso tampoco había mucha diferencia con lo que hacía antes, en vida. Pensar aquello le sacó una risa y Ms. Baker lo miró feliz.
―Es verdad, Paul, te pasaste la vida haciendo eso… Ahora, relájate, tómatelo con calma, llegaremos en un momento.
¡Podían leer su mente, acababa de descubrirlo! ¡Allí podían leerle el pensamiento!
―¿Puedo hacerle una pregunta?
―Claro, Paul, las que quieras… Me parece razonable que preguntes ―dijo ella guiñándole un ojo.
―¿Cómo lo hace? Lo de leer el pensamiento, me refiero… ¿Puedo preguntárselo?
―Sííí, no tiene importancia… ―respondió ella mientras sacaba de un bolsillo un lápiz pequeño―. Mira, Paul, esto es una especie de bola de cristal… Cógela…
La cogió. De inmediato descubrió la mitad de la mente de Ms. Baker. Pensaba en peces tropicales, en pastelitos, en que le gustaría dormir con Paul.
Aunque siempre había sido un tipo lanzado, Paul le devolvió el lápiz como si quemara. No podía mirarla a los ojos.
―Vamos, Paul, no te avergüences, aquí somos así… Cuando leí tu mente vi a la vez un montón de cosas adorables y otro montón de cosas terribles… No pasa nada… ¿A quién le importa lo que uno piense? Sexo, impuestos… Todo eso ya se ha acabado para ti, Paul, ahora tienes que interesarte por otras cosas… Y lo harás, claro que sí… Bien, ya hemos llegado… Habitación 3112.
Paul no vio número alguno en la puerta, pero la mujer apuntó con su dedo y la puerta se abrió despacio.
―Adelante ―dijo.
Paul entró en una habitación azul claro llena de muebles nuevos de aluminio y piel. Había bonitos cuadros en las paredes: puestas de sol, barcos en el mar, una lámina de Norman Rockwell[67] en la que se representa a un niño al que cortan el pelo…
En un escritorio transparente estaba una chica bellísima que leía un ejemplar de Princess Daisy[68]. Alzó los ojos del libro y sonrió.
―Hola, Leslie.
―Hola, Sally… Mira, éste es Paul Domenica. Acaba de llegar.
Se sonrieron; para romper el hielo Paul dijo algo acerca de lo mucho que había gustado aquel libro a su novia.
―Oh, es una historia tan increíble que no puedo dejar el libro, Paul.
―Será mejor que su jefe no la pille leyendo.
―¡Oh, Leslie, es el primero que me dice algo así!
Se echaron a reír los tres mientras Paul y Ms. Baker tomaban asiento en un canapé muy cómodo.
―OK, Paul, dices que ya lo tienes decidido…
―Sí, quiero quedarme aquí ―echó un vistazo a los folletos de colores que tenía en el regazo y tomó el rojo―. ¿Qué tal el cuarto de las películas? ¡Será fenomenal!
―Tiene buen gusto ―dijo Sally levantándose para cruzar la habitación.
Paul se sintió como si hubiera dado la respuesta correcta en clase de matemáticas.
―Paul, no quiero presionarte, pero me gustaría estar segura de que eliges bien… Creo que así lo has hecho, que la tuya es una excelente elección, aunque…
―Jane Fonda. Ya está. No lo dudaría ni un minuto.
―¿Te gusta, eh? ―dijo Ms. Baker dándole una palmadita en la rodilla.
―Amo a Jane Fonda.
Sonó el teléfono que había en la mesa de Sally, que corrió a descolgarlo al instante.
―Sí, señor ―dijo―; todo va bien por aquí… ¿Cómo? No, no es necesario… Ha elegido el cuarto de las películas… ¿Cómo dice? Sí, Jane Fonda.
La persona con la que hablaba Sally dijo algo del otro lado de la línea y la chica se echó a reír. Guiñó un ojo a Paul y a Ms. Baker.
―Dice lo mismo que yo, Paul, que tienes muy buen gusto.
Paul preguntó a Ms. Baker con quién hablaba Sally. Su guía levantó un dedo pidiéndole que esperase a que la secretaria cortara la comunicación.
―Sí, señor; tendrá el informe en media hora ―escuchó un poco más y colgó, sacudiendo la cabeza―. Está de muy buen humor ―anunció―. Hacía meses que no le veía tan contento.
Ya estaba a punto de preguntarles Paul de quién hablaban cuando se abrió una puerta en algún lado e hizo su aparición el Diablo, vestido de traje gris con chaleco. Estaba serio, pero en cuanto vio a Paul y a Ms. Baker sonrió ampliamente dirigiéndose a ellos.
―Paul Domenica, de Los Ángeles, California ―dijo―. ¿Cómo estás, Paul?
Le alargó la mano, y Paul, sin la menor duda, se la estrechó. Era una mano deliciosamente tibia. Apretaba bien, con firmeza. A Paul le gustó eso. A Paul le gustó él.
―Cuánta gente estupenda venimos recibiendo en los últimos días, ¿verdad, Sally? ―la secretaria asintió sonriente―. Bien, tengo que irme… Estaré de regreso en media hora. Sally, cuídame a Paul, ¿de acuerdo?
―Sí, señor.
Cuando el Diablo hubo salido, Paul se volvió a Ms. Baker con la mirada chispeante.
―¿Debo suponer que voy a entrevistarme con él?
―Sólo si estuvieras indeciso, Paul, pero no te preocupes por eso ―dijo ella levantándose del canapé.
Paul le tocó un brazo. En algún punto de su corazón notó un vago estremecimiento, un leve timbrazo de miedo, como alguien que toma entre sus dedos una copa de cristal puro.
―¿Y qué… qué ocurre si te muestras indeciso? ―preguntó.
Ms. Baker lo miró con esa mirada tan especial que tiene la gente cuando asoma la cabeza por la ventanilla de su coche para contemplar las consecuencias de un accidente de tráfico. Luego suspiró profundamente y no se oyó nada en la habitación.
Entonces Paul lo comprendió todo y ese leve timbrazo de miedo se convirtió en un gong chino.
―¡Oh! ―se limitó a exclamar mientras miraba al suelo preguntándose si realmente sería capaz de levantarse por sí mismo.
―No te preocupes, Paul, puedes hacerlo… Mira, ahora iremos a tu alojamiento.
El tono de su voz era cálido y amable. Paul la miró. Después miró a la secretaria. Curiosamente, tenían la misma expresión; eran amistosas, incluso adorables… Pero idénticas. Paul no sabía si alegrarse o aterrarse por ello.
―Vamos, Paul.
Se despidieron de Sally y salieron del bonito despacho para andar de nuevo por los pasillos blancos. Esta vez, sin embargo, aquella blancura infinita le pareció ominosa, nada que ver el ambiente con el del Aeropuerto de LA.
Caminaron y caminaron. Paul quería preguntar pero ella parecía no tener nada que decir. Ms. Baker se mostraba ahora muy seria; cuando Paul la miró vio que su cara estaba en blanco.
De golpe, inopinadamente, doblaron un esquinazo y la hasta entonces familiar blancura se convirtió en rojo. Un rojo tan vivo como el del folleto del cuarto de las películas. Paul miró de nuevo a Ms. Baker. Ella sonrió apretando contra el pecho sus papeles.
―Ya falta poco, Paul.
Y en un momento estuvieron allí. La puerta era roja. Tampoco tenía número. Era sólo una puerta roja ante la que Ms. Baker se detuvo, señalándola.
―Ici, Monsieur… Ya estamos aquí ―dijo mirándole de nuevo muy animada, con expresión feliz―. Llegas a tiempo de ver The Chase… Jane Fonda y Marlon Brando… No es mal reparto, ¿eh? Después echarán Barbarella, Klute, Corning Home, Nine to Five… ¿Qué te parece? No está nada mal para empezar.
―¿Y después? ―preguntó Paul con la mirada baja, pues comenzaba a comprender qué pasaría.
Ms. Baker frunció el ceño por primera vez.
―¿Después? Podrás ver el resto de sus películas… Son unas cuantas, desde luego… ¿No es maravilloso? Es mucho más de lo que podrías pedir…
―¿Las veré una y otra vez? ―dijo sintiendo que tenía fríos los dedos.
―Mira, tú…
―¿Sin descanso? ¿Veré todas las películas de Jane Fonda una y otra vez, sin una pausa?
Ms. Baker le echó una mirada taladradora.
―Sí, Paul; las verás una vez y otra… Una vez y otra, una vez y otra, una vez y otra… ―dijo mientras apuntaba con su dedo a la puerta, que se abría despacio.
Lo primero que vio Paul en medio de la oscuridad del cuarto fue aquella cara tan familiar por la que en otro tiempo hubiera dado la vida.