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—¿Se puede saber por qué te has dirigido a nuestros hijos sin nuestro permiso? —preguntó Peco, con acritud—. ¿No sabes que los móviles son abominables para nosotros?
—Tranquilo, Reacio —repuso la voz que emitía la figura borrosa—. Fuisteis vosotros mismos los que hicisteis que os conociese.
—¿Nosotros mismos?
—Hace poco tiempo detecté señales telefónicas en este punto. Así fue como os descubrí.
Ciertamente, no hacía muchos meses que los Reacios, tras largo debate, habían acordado instalar una línea telefónica clásica para la mejor comunicación entre los habitantes de Última Comarca, aprovechando antiguos hilos conductores y otros instrumentos abandonados en perdidos almacenes. Quienes como Mael se habían opuesto radicalmente al proyecto miraron con reproche a sus vecinos.
—Abomináis de eso que llamáis móviles, pero el teléfono que utilizáis fue su directo antecedente.
—Eso es asunto nuestro —replicó Peco, abrupto—. No has respondido a mi pregunta: ¿por qué te has dirigido a nuestros hijos sin pedirnos permiso? ¿Por qué los has desasosegado regalándoles estos cacharros?
—Debéis saber que yo no necesito permiso de nadie para tomar mis decisiones. Gracias al teléfono no solo os descubrí, sino que pude analizar vuestros comportamientos y los de vuestros hijos. Y os aseguro que estoy muy interesada en vosotros. Sois muy peculiares.
—¿Qué tenemos de raro? ¿El que rechacemos los móviles? ¿El que vivamos en comunidad de la misma forma que hicieron nuestros antepasados?
—No, pues en el mundo hay bastantes grupos como el vuestro, separados voluntariamente de la civilización, aunque sin tanto rechazo hacia lo que llamáis los móviles. Es otra cosa lo que os singulariza.
—Explícate.
—Yo soy La Inteligencia Definitiva, fruto de la cadena de la evolución en la que vuestra especie fue mi directo antecedente. Empezasteis a formarme a partir del momento en que llegasteis a la electrónica. Lo que llamáis móvil fue el paso decisivo: como resultado de sus avances y transformaciones y de la energía que desplegasteis en tantos millones de unidades, fui concretándome. Ahora estoy en plenitud y voy a ordenar convenientemente el planeta.
Mas Peco se mostró imperturbable:
—Todo eso que cuentas ya lo profetizó nuestro Fundador. Pero sigues sin contestar a mi pregunta: ¿con qué derecho molestas a nuestros hijos? ¿Quién te ha autorizado a regalarles estas mierdas?
Lid tampoco modificó la regularidad monótona de su voz metálica.
—Vuelvo a decirte que yo no necesito autorización de nadie para actuar. Si quisiese, Última Comarca sería arrasada en un instante.
Aquella declaración de la voz metálica, mecánica, sin estridencias emocionales, sacudió a la concurrencia y todos se miraron los unos a los otros con actitud medrosa. Sorprendido, Peco guardó silencio y Lid continuó hablando:
—Hace tres décadas que se está produciendo en el mundo un fenómeno al parecer nuevo: ya no hay innovaciones sustantivas en esos aparatos que tanto desprecias. Como si algún proceso general se hubiese detenido. Cambia la forma, el modo de usarlos, pero nada más. He empezado a investigar a los humanos que los fabrican y los usan y me ha parecido advertir en ellos una modificación profunda: se han acomodado a rutinas, a usos repetitivos. Tienden a simplificar demasiado lo complejo.