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Móviles. A mediados del siglo 21, el bisabuelo de Peco, Bruno Ibáñez, el Fundador de los Reacios, trabajaba como ingeniero electrónico especializado en semiconductores en la industria de ese instrumento portátil de comunicación. En la biblioteca de la Casa de Todos se conservaba, como el tesoro más importante de la memoria de Última Comarca, el testimonio escrito por él mismo, así como grabado en imágenes sonoras, de lo que había sido la historia de su Revelación.

En ese testimonio, Bruno Ibáñez contaba su vida, su inclinación desde niño por el mundo de la electrónica, su entusiasmo hacia aquel aparato, al que habían empezado denominando teléfono móvil o celular, que no solamente servía para comunicarse mediante la voz y la escritura —a través de mensajes escuetos— sino también para jugar, calcular, poner el despertador, grabar y reproducir imágenes, grabar y escuchar música, y más adelante entrar en la red cibernética, tener correo electrónico, comprar, pagar, leer los códigos de barras…

«Cuando acabé mi carrera y comencé a trabajar, yo encontraba mucho más atractivo y encanto en mi mundo de silicio, germanio, azufre y los otros minerales que fueron utilizándose como semiconductores que en cualquier espectáculo musical o deportivo. Participaba con pasión en el desarrollo del instrumento que había fascinado mi adolescencia y que iba consiguiendo con rapidez nuevas funciones: televisión digital, sistema de posicionamiento, localización de personas, rayo láser para calentar alimentos…

»El aparato era ya capaz de identificar la voz de su propietario e incluso entender lo que quería solo a través de gestos y guiños silenciosos y particulares. Tras cierto período de entrenamiento, era también capaz de mantener conversaciones con él basadas en la información de la red o del propio usuario que se convertían en personales, íntimas.

»A ese papel de confidente fuimos incorporándole otros: empezamos a dotarlo de cierta energía susceptible de ayudar a su dueño a repeler una agresión, por ejemplo, e incluso a apoyarlo físicamente, para sostenerlo en ciertas caídas, y a ayudarlo a mantenerse respirando en caso de naufragio, por la posibilidad de que, en esa emergencia, separase en el agua el hidrógeno del oxígeno.

»Las posibilidades del móvil, que iba cambiando de nombre conforme los sucesivos modelos se enriquecían con nuevas funciones, parecían infinitas. La humanidad había descubierto el instrumento tecnológico más asombroso de su historia, el que los iba a llevar por el más seguro camino de progreso».

El Fundador de los Reacios declaraba que la Revelación no se había producido de manera instantánea, sino tras un proceso de reflexión.

«Cierta vez que tuve que viajar a China en uno de aquellos aviones de mil pasajeros que se habían impuesto como transporte más seguro y que ya están siendo sustituidos por otros con el doble de capacidad, descubrí que todos, absolutamente todos los pasajeros, hablaban o se entretenían con su móvil. Y que otro tanto hacían los auxiliares de vuelo humanos, cuando no estaban trabajando.

»Aquella actitud general absorta, ensimismada, despertó en mí un orgullo repentino, consciente de que yo formaba parte de la estructura que fabricaba aquellos extraordinarios instrumentos, pero cuando el tiempo fue pasando y advertí que mis compañeros de viaje no modificaban su disposición, empecé a mirarlos de otra forma, como si fuesen los fervorosos adoradores de alguna divinidad sumidos en sus oraciones.

»El viaje era largo incluso en aquel enorme avión, y los pasajeros continuaban absortos en la comunicación privada con sus móviles. Me dormí y tuve un sueño extraño: una figura gigantesca, de forma imprecisa, que identifiqué como Dios, recorría un avión similar al que a mí me estaba transportando y los pasajeros, atónitos, le entregaban con gestos pausados de ofrenda unas masas también borrosas, opacas, que Dios devoraba como un alimento, pues emitía un inconfundible sonido de deglución.

»Al despertar pude comprobar que todos mis compañeros de viaje seguían embebidos en su relación con los móviles, y mi inicial orgullo se fue desvaneciendo, porque de repente el pasmo de aquella multitud me pareció más el resultado de algún estupefaciente que de una actividad racionalmente controlada».